Se acerca la Diada del 11 de septiembre y el independentismo intenta asomar entre titulares de la invasión de Ceuta o el paseíllo judicial del sanchismo. Con el retorno de Puigdemont aplazado al otoño, los agravios cotizan cual trufa blanca. Tenemos Sijena, propone Jaume Sobrequés, perpetrador del simposio ‘España contra Cataluña’. Que «dos mil catalanes» hagan guardia en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) para impedir el «expolio» de las pinturas por el gobierno de Aragón: «¿Se atreverá el Gobierno de España a responder a esta acción pacífica con una represión como la del procés?». El Barça potencia la cantera «indepe» con el aplauso de la alicaída ANC: que el ‘ganapia’ al que detuvo con malos modos la policía en Elche por exhibir una estelada sea otro Èric Bertran: aquel que, camuflado como Ejército del Fénix, amenazó vía email a varios supermercados por no rotular en catalán. «Lamentamos que, una vez más, agentes de la policía requisaran de forma arbitraria banderas catalanas esteladas, un símbolo democrático y legal que en ningún caso puede ser considerado incitador del odio o la violencia», rezaba el comunicado barcelonista. Democrática y legal era la «senyera», hasta que el Camp Nou, por aquiescencia o cobardía de sus mandatarios, se inundó de esteladas. Si cultivamos la empatía, blandir una estelada en Valencia puede verse como provocación pancatalanista. La ley contra la violencia en el deporte prohíbe la entrada al campo o sus inmediaciones de pancartas o banderas «de naturaleza política, ofensiva o discriminatoria» si no han sido «previamente autorizadas por escrito por los organizadores del evento». Si Laporta, que convierte el Barça-Bilbao en «acto de exaltación de la estelada» y suspende el homenaje a los ocho jugadores azulgranas de la selección campeona del mundo, supiera quién fue Vicenç Albert Ballester, creador de la estelada, esa copia de la bandera cubana no afirmaría que la enseña no incita al odio o la violencia. Léase el himno independentista que Ballester evacuó en 1907: «Un odio glorioso arrasa una montaña./ Nuestro odio titán contra la vil España/ es gigantesco y loco, es grande, divino y sublime/hasta odiamos su nombre, el grito y la memoria/ sus tradiciones, su estéril historia/ e incluso a sus propios hijos maldecimos». Con estribillos así, ‘Els segadors’ o ‘La Marsellesa’ son música celestial. De ahí que el independentismo no recuerde mucho a Ballester. En 2013, la alcaldía de Xavier Trias bautizó con su nombre un descampado en el cruce de calle Comercio y paseo Lluís Companys, cerca del Borne, territorio nacionalista. Se puso una placa conmemorativa que desapareció en 2018 -efervescencia del proceso separatista- para reaparecer en Wallapop la primavera de este 2026: «Placa mármol calle original, 70 euros». La Fundació Reeixida en defensa de la lengua y la cultura de los «Países Catalanes» pide la reposición de la placa en «este punto vital de la memoria nacional» que será «olvidado entre suciedad y escombros».Habrá que seguir escarbando: la Borràs y la Forcadell, los Rull y Turull, Junqueras y demás creadores de agravios, versión catalana de los creadores de contenidos, no excitan al personal. Los ofendiditos de siempre sienten en la nuca el aliento de Sílvia Orriols. Siempre queda llorar por la «muerte» del catalán. Hasta la escritora Juana Dolores, que participó en la batalla de Urquinaona en 2019, se pregunta por qué la «hipersubvencionada» lengua catalana no tiene un impacto real. La activista amaga con dejar de escribir en catalán «harta de sufrir linchamientos durante años por parte de ‘indepes’ catalanes que no dejan de ser unos amargados, lloricas y racistas». El victimismo, como la placa de Ballester, acaba en Wallapop. Se acerca la Diada del 11 de septiembre y el independentismo intenta asomar entre titulares de la invasión de Ceuta o el paseíllo judicial del sanchismo. Con el retorno de Puigdemont aplazado al otoño, los agravios cotizan cual trufa blanca. Tenemos Sijena, propone Jaume Sobrequés, perpetrador del simposio ‘España contra Cataluña’. Que «dos mil catalanes» hagan guardia en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) para impedir el «expolio» de las pinturas por el gobierno de Aragón: «¿Se atreverá el Gobierno de España a responder a esta acción pacífica con una represión como la del procés?». El Barça potencia la cantera «indepe» con el aplauso de la alicaída ANC: que el ‘ganapia’ al que detuvo con malos modos la policía en Elche por exhibir una estelada sea otro Èric Bertran: aquel que, camuflado como Ejército del Fénix, amenazó vía email a varios supermercados por no rotular en catalán. «Lamentamos que, una vez más, agentes de la policía requisaran de forma arbitraria banderas catalanas esteladas, un símbolo democrático y legal que en ningún caso puede ser considerado incitador del odio o la violencia», rezaba el comunicado barcelonista. Democrática y legal era la «senyera», hasta que el Camp Nou, por aquiescencia o cobardía de sus mandatarios, se inundó de esteladas. Si cultivamos la empatía, blandir una estelada en Valencia puede verse como provocación pancatalanista. La ley contra la violencia en el deporte prohíbe la entrada al campo o sus inmediaciones de pancartas o banderas «de naturaleza política, ofensiva o discriminatoria» si no han sido «previamente autorizadas por escrito por los organizadores del evento». Si Laporta, que convierte el Barça-Bilbao en «acto de exaltación de la estelada» y suspende el homenaje a los ocho jugadores azulgranas de la selección campeona del mundo, supiera quién fue Vicenç Albert Ballester, creador de la estelada, esa copia de la bandera cubana no afirmaría que la enseña no incita al odio o la violencia. Léase el himno independentista que Ballester evacuó en 1907: «Un odio glorioso arrasa una montaña./ Nuestro odio titán contra la vil España/ es gigantesco y loco, es grande, divino y sublime/hasta odiamos su nombre, el grito y la memoria/ sus tradiciones, su estéril historia/ e incluso a sus propios hijos maldecimos». Con estribillos así, ‘Els segadors’ o ‘La Marsellesa’ son música celestial. De ahí que el independentismo no recuerde mucho a Ballester. En 2013, la alcaldía de Xavier Trias bautizó con su nombre un descampado en el cruce de calle Comercio y paseo Lluís Companys, cerca del Borne, territorio nacionalista. Se puso una placa conmemorativa que desapareció en 2018 -efervescencia del proceso separatista- para reaparecer en Wallapop la primavera de este 2026: «Placa mármol calle original, 70 euros». La Fundació Reeixida en defensa de la lengua y la cultura de los «Países Catalanes» pide la reposición de la placa en «este punto vital de la memoria nacional» que será «olvidado entre suciedad y escombros».Habrá que seguir escarbando: la Borràs y la Forcadell, los Rull y Turull, Junqueras y demás creadores de agravios, versión catalana de los creadores de contenidos, no excitan al personal. Los ofendiditos de siempre sienten en la nuca el aliento de Sílvia Orriols. Siempre queda llorar por la «muerte» del catalán. Hasta la escritora Juana Dolores, que participó en la batalla de Urquinaona en 2019, se pregunta por qué la «hipersubvencionada» lengua catalana no tiene un impacto real. La activista amaga con dejar de escribir en catalán «harta de sufrir linchamientos durante años por parte de ‘indepes’ catalanes que no dejan de ser unos amargados, lloricas y racistas». El victimismo, como la placa de Ballester, acaba en Wallapop. Se acerca la Diada del 11 de septiembre y el independentismo intenta asomar entre titulares de la invasión de Ceuta o el paseíllo judicial del sanchismo. Con el retorno de Puigdemont aplazado al otoño, los agravios cotizan cual trufa blanca. Tenemos Sijena, propone Jaume Sobrequés, perpetrador del simposio ‘España contra Cataluña’. Que «dos mil catalanes» hagan guardia en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) para impedir el «expolio» de las pinturas por el gobierno de Aragón: «¿Se atreverá el Gobierno de España a responder a esta acción pacífica con una represión como la del procés?». El Barça potencia la cantera «indepe» con el aplauso de la alicaída ANC: que el ‘ganapia’ al que detuvo con malos modos la policía en Elche por exhibir una estelada sea otro Èric Bertran: aquel que, camuflado como Ejército del Fénix, amenazó vía email a varios supermercados por no rotular en catalán. «Lamentamos que, una vez más, agentes de la policía requisaran de forma arbitraria banderas catalanas esteladas, un símbolo democrático y legal que en ningún caso puede ser considerado incitador del odio o la violencia», rezaba el comunicado barcelonista. Democrática y legal era la «senyera», hasta que el Camp Nou, por aquiescencia o cobardía de sus mandatarios, se inundó de esteladas. Si cultivamos la empatía, blandir una estelada en Valencia puede verse como provocación pancatalanista. La ley contra la violencia en el deporte prohíbe la entrada al campo o sus inmediaciones de pancartas o banderas «de naturaleza política, ofensiva o discriminatoria» si no han sido «previamente autorizadas por escrito por los organizadores del evento». Si Laporta, que convierte el Barça-Bilbao en «acto de exaltación de la estelada» y suspende el homenaje a los ocho jugadores azulgranas de la selección campeona del mundo, supiera quién fue Vicenç Albert Ballester, creador de la estelada, esa copia de la bandera cubana no afirmaría que la enseña no incita al odio o la violencia. Léase el himno independentista que Ballester evacuó en 1907: «Un odio glorioso arrasa una montaña./ Nuestro odio titán contra la vil España/ es gigantesco y loco, es grande, divino y sublime/hasta odiamos su nombre, el grito y la memoria/ sus tradiciones, su estéril historia/ e incluso a sus propios hijos maldecimos». Con estribillos así, ‘Els segadors’ o ‘La Marsellesa’ son música celestial. De ahí que el independentismo no recuerde mucho a Ballester. En 2013, la alcaldía de Xavier Trias bautizó con su nombre un descampado en el cruce de calle Comercio y paseo Lluís Companys, cerca del Borne, territorio nacionalista. Se puso una placa conmemorativa que desapareció en 2018 -efervescencia del proceso separatista- para reaparecer en Wallapop la primavera de este 2026: «Placa mármol calle original, 70 euros». La Fundació Reeixida en defensa de la lengua y la cultura de los «Países Catalanes» pide la reposición de la placa en «este punto vital de la memoria nacional» que será «olvidado entre suciedad y escombros».Habrá que seguir escarbando: la Borràs y la Forcadell, los Rull y Turull, Junqueras y demás creadores de agravios, versión catalana de los creadores de contenidos, no excitan al personal. Los ofendiditos de siempre sienten en la nuca el aliento de Sílvia Orriols. Siempre queda llorar por la «muerte» del catalán. Hasta la escritora Juana Dolores, que participó en la batalla de Urquinaona en 2019, se pregunta por qué la «hipersubvencionada» lengua catalana no tiene un impacto real. La activista amaga con dejar de escribir en catalán «harta de sufrir linchamientos durante años por parte de ‘indepes’ catalanes que no dejan de ser unos amargados, lloricas y racistas». El victimismo, como la placa de Ballester, acaba en Wallapop. RSS de noticias de espana
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