A Manuel Pellegrini (Santiago, Chile; 1953) te lo puedes encontrar algún sábado en una mesa esquinada en el Milonga’s, un restaurante argentino en el barrio del rival, Nervión, desde el que casi puede verse el azulejo del Ramón Sánchez-Pizjuán. Vino de malbec, lomo bajo al punto de la casa y en el móvil, apoyado en el vaso de agua, algún partido de LaLiga. Firma servilletas, se hace fotos con los niños que se lo piden y se despide con timidez de los camareros. Es un hombre pausado, de voz baja y enfados hacia dentro.
El chileno parece afrontar sus últimos partidos al frente de un conjunto verdiblanco al que ha otorgado estabilidad y éxitos
A Manuel Pellegrini (Santiago, Chile; 1953) te lo puedes encontrar algún sábado en una mesa esquinada en el Milonga’s, un restaurante argentino en el barrio del rival, Nervión, desde el que casi puede verse el azulejo del Ramón Sánchez-Pizjuán. Vino de malbec, lomo bajo al punto de la casa y en el móvil, apoyado en el vaso de agua, algún partido de LaLiga. Firma servilletas, se hace fotos con los niños que se lo piden y se despide con timidez de los camareros. Es un hombre pausado, de voz baja y enfados hacia dentro.
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