Hace días que el monte de Ceuta es también refugio de vida humana . Las calles todavía no están vacías después de la llegada masiva de inmigrantes y muchos han retornado a la frontera, pero otros tantos se esconden y tratan de burlar las redadas del Ejército para quedarse en España. Se han alejado del centro, de las zonas cercanas al espigón por el que entraron, para buscar amparo en sombras y vegetación. A pesar de que decenas de miles de magrebíes volvieron a su país de manera voluntaria al encontrarse una ciudad con comercios cerrados y vecinos huidos, ellos tratan de alargar su estancia en España entre los árboles. Suben y bajan las montañas deslizándose colina abajo cuando el terreno no es estable y agarrándose a raíces como manera de trepar porque se niegan a regresar. Dicen que Marruecos no es tierra de posibilidades.— Componente galeria-lead arrastrado. Para configurarlo, seleccionar cmp-galeria-lead del desplegable de visualizaciones — automaticoTanto la playa como el bosque, alejados de las calles céntricas que poco a poco recuperan la normalidad con la reapertura de tiendas y el pasar de los residentes, se han convertido en un hogar improvisado hasta que decidan qué pasos seguir o las autoridades encuentren sus escondites. La orilla de la playa que lleva al Centro Temporal de Acogida de Inmigrantes es también improvisado refugio, alivio del calor y lugar en el que aprovechan para lavar su ropa o refrescarse. Son numerosos los que se sientan sin nada más que hacer que confiar en una solución que no llega y por la que, carentes de información, preguntan a todo aquel que consideran que puede tenerla. Si uno da la espalda a las olas y observa la vegetación que se extiende por las colinas, observa puntos de color que vienen y van, muchas veces con bolsas de plástico sujetas con ahínco entre sus manos. En el claro de una de ellas acampan una veintena de personas que, con el transcurso de los días, han formado una comunidad . «Estamos aquí escondidos porque la gente nos pega y la Policía nos quiere llevar a la frontera», cuentan, en árabe, a través de otro joven inmigrante que se ofrece como traductor. Unos descansan sentados, otros duermen entre arbustos y unos pocos charlan como amigos de siempre. Enseñan también las historias que han publicado en Instagram tras el cruce de la frontera, en las que se ofrece la vista de Marruecos con un emoticono de corazón roto, para después aparecer la playa de El Tarajal, en Ceuta, con la imagen de un corazón cuyas heridas han sanado.El claro está rodeado de árboles y una barrera formada por ramas lo separa de un camino descuidado por el que se accede. Las otras vías para acceder son a través de una escarpada montaña en la que alguno, bajo un arbusto, encuentra un espacio de sombra e intimidad. Son, en su práctica totalidad, hombres. Pero este claro es uno de los pocos lugares en la ciudad en el que también se ve a mujeres , tres muchachas de unos veinte años de edad. También los hay menores, de catorce y quince años, que cruzaron a nado y permanecen en España sin su familia. «Estamos aquí porque la gente nos pega y la Policía nos quiere llevar a la frontera»El más pequeño sonríe mientras desliza el pulgar por su cuello. «Es que casi se muere. Entró por la noche y no tiene familia aquí», narra el improvisado traductor. Admiten que, por su debilidad física en comparación con los adultos, hay quienes les roban la comida cuando les ven portando bolsas, por lo que tienen que ser discretos si quieren comer. Tanto ellos como la mayoría de los subsaharianos que esperan debajo de la colina, a las puertas del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), llevan días sin comer.Un hombre duerme postrado en suelo rodeado de vegetación en el monte de Ceuta. N. LOIZAGANo tienen planes de futuro salvo aguardar a que la tormenta amaine y las autoridades abandonen la búsqueda. Repiten muchas veces «Marruecos no, Marruecos no» , pero lo demás todavía es incierto. Mientras deciden sus siguientes pasos, solo salen en contadas ocasiones y lo hacen burlando, cuando lo consiguen, los controles de seguridad a través de zonas boscosas para que no los reconduzcan a una frontera que no quieren volver a cruzar. Su objetivo era entrar en el CETI, pero supera su capacidad de acogida y, aunque a los subsaharianos se les está permitiendo permanecer a sus puertas, a los marroquíes los mandan volver: «Dejan a los negros y a nosotros no, por control».En tales condiciones, conseguir comida con el dinero que tienen se convierte en una tarea complicada. «A veces bajamos y hay gente marroquí que es de aquí y nos dan agua. A veces compramos con dinero de Marruecos (dirham) porque algunas tiendas aceptan. Hemos metido unos veinte o treinta euros, nada más», aseguran.Un extranjero aprovecha para asearse y lavarse los dientes mientras se esconce en el monte de Ceuta. N. L.Esta veintena de personas ocultas no saben qué será de sus futuros , pero se las apañan para continuar pasando los días escondidos. No tienen una organización concreta en esta comunidad improvisada. «Aquí no hay jefes, no somos una mafia», se ríen. «Solo estamos aquí para descansar y cada uno luego se va a buscar agua y comida. Si los soldados suben aquí, nos vamos a otro lado». Tienen sillas que dicen haber encontrado en la basura, también numerosas bolsas de plástico. Y la basura ya comienza a acumularse en el monte, tanto en su claro como en los caminos que utilizan para subir a éste y otros tantos. Ahora son conocidos, bromean entre ellos y se sientan en sillas que dicen haber encontrado en la basura y que subieron por el camino. No quieren que más gente aparezca a instalarse en este espacio no asignado porque creen que ya son demasiados y, por ello, han formado esa suerte de barrera que los protege de visitas inesperadas. También la han colocado para dificultar el paso del Ejército y la Policía, que no está lejos del lugar. Pero antes de colgar el cartel de completo, unos y otros llegaron allí, solos o en pequeños grupos, por su propio pie. «Estábamos abajo y no nos dejaban así que poco a poco llegamos aquí. De grupo en grupo», cuentan. Y así se sucede la vida en los montes. Hace días que el monte de Ceuta es también refugio de vida humana . Las calles todavía no están vacías después de la llegada masiva de inmigrantes y muchos han retornado a la frontera, pero otros tantos se esconden y tratan de burlar las redadas del Ejército para quedarse en España. Se han alejado del centro, de las zonas cercanas al espigón por el que entraron, para buscar amparo en sombras y vegetación. A pesar de que decenas de miles de magrebíes volvieron a su país de manera voluntaria al encontrarse una ciudad con comercios cerrados y vecinos huidos, ellos tratan de alargar su estancia en España entre los árboles. Suben y bajan las montañas deslizándose colina abajo cuando el terreno no es estable y agarrándose a raíces como manera de trepar porque se niegan a regresar. Dicen que Marruecos no es tierra de posibilidades.— Componente galeria-lead arrastrado. Para configurarlo, seleccionar cmp-galeria-lead del desplegable de visualizaciones — automaticoTanto la playa como el bosque, alejados de las calles céntricas que poco a poco recuperan la normalidad con la reapertura de tiendas y el pasar de los residentes, se han convertido en un hogar improvisado hasta que decidan qué pasos seguir o las autoridades encuentren sus escondites. La orilla de la playa que lleva al Centro Temporal de Acogida de Inmigrantes es también improvisado refugio, alivio del calor y lugar en el que aprovechan para lavar su ropa o refrescarse. Son numerosos los que se sientan sin nada más que hacer que confiar en una solución que no llega y por la que, carentes de información, preguntan a todo aquel que consideran que puede tenerla. Si uno da la espalda a las olas y observa la vegetación que se extiende por las colinas, observa puntos de color que vienen y van, muchas veces con bolsas de plástico sujetas con ahínco entre sus manos. En el claro de una de ellas acampan una veintena de personas que, con el transcurso de los días, han formado una comunidad . «Estamos aquí escondidos porque la gente nos pega y la Policía nos quiere llevar a la frontera», cuentan, en árabe, a través de otro joven inmigrante que se ofrece como traductor. Unos descansan sentados, otros duermen entre arbustos y unos pocos charlan como amigos de siempre. Enseñan también las historias que han publicado en Instagram tras el cruce de la frontera, en las que se ofrece la vista de Marruecos con un emoticono de corazón roto, para después aparecer la playa de El Tarajal, en Ceuta, con la imagen de un corazón cuyas heridas han sanado.El claro está rodeado de árboles y una barrera formada por ramas lo separa de un camino descuidado por el que se accede. Las otras vías para acceder son a través de una escarpada montaña en la que alguno, bajo un arbusto, encuentra un espacio de sombra e intimidad. Son, en su práctica totalidad, hombres. Pero este claro es uno de los pocos lugares en la ciudad en el que también se ve a mujeres , tres muchachas de unos veinte años de edad. También los hay menores, de catorce y quince años, que cruzaron a nado y permanecen en España sin su familia. «Estamos aquí porque la gente nos pega y la Policía nos quiere llevar a la frontera»El más pequeño sonríe mientras desliza el pulgar por su cuello. «Es que casi se muere. Entró por la noche y no tiene familia aquí», narra el improvisado traductor. Admiten que, por su debilidad física en comparación con los adultos, hay quienes les roban la comida cuando les ven portando bolsas, por lo que tienen que ser discretos si quieren comer. Tanto ellos como la mayoría de los subsaharianos que esperan debajo de la colina, a las puertas del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), llevan días sin comer.Un hombre duerme postrado en suelo rodeado de vegetación en el monte de Ceuta. N. LOIZAGANo tienen planes de futuro salvo aguardar a que la tormenta amaine y las autoridades abandonen la búsqueda. Repiten muchas veces «Marruecos no, Marruecos no» , pero lo demás todavía es incierto. Mientras deciden sus siguientes pasos, solo salen en contadas ocasiones y lo hacen burlando, cuando lo consiguen, los controles de seguridad a través de zonas boscosas para que no los reconduzcan a una frontera que no quieren volver a cruzar. Su objetivo era entrar en el CETI, pero supera su capacidad de acogida y, aunque a los subsaharianos se les está permitiendo permanecer a sus puertas, a los marroquíes los mandan volver: «Dejan a los negros y a nosotros no, por control».En tales condiciones, conseguir comida con el dinero que tienen se convierte en una tarea complicada. «A veces bajamos y hay gente marroquí que es de aquí y nos dan agua. A veces compramos con dinero de Marruecos (dirham) porque algunas tiendas aceptan. Hemos metido unos veinte o treinta euros, nada más», aseguran.Un extranjero aprovecha para asearse y lavarse los dientes mientras se esconce en el monte de Ceuta. N. L.Esta veintena de personas ocultas no saben qué será de sus futuros , pero se las apañan para continuar pasando los días escondidos. No tienen una organización concreta en esta comunidad improvisada. «Aquí no hay jefes, no somos una mafia», se ríen. «Solo estamos aquí para descansar y cada uno luego se va a buscar agua y comida. Si los soldados suben aquí, nos vamos a otro lado». Tienen sillas que dicen haber encontrado en la basura, también numerosas bolsas de plástico. Y la basura ya comienza a acumularse en el monte, tanto en su claro como en los caminos que utilizan para subir a éste y otros tantos. Ahora son conocidos, bromean entre ellos y se sientan en sillas que dicen haber encontrado en la basura y que subieron por el camino. No quieren que más gente aparezca a instalarse en este espacio no asignado porque creen que ya son demasiados y, por ello, han formado esa suerte de barrera que los protege de visitas inesperadas. También la han colocado para dificultar el paso del Ejército y la Policía, que no está lejos del lugar. Pero antes de colgar el cartel de completo, unos y otros llegaron allí, solos o en pequeños grupos, por su propio pie. «Estábamos abajo y no nos dejaban así que poco a poco llegamos aquí. De grupo en grupo», cuentan. Y así se sucede la vida en los montes. Hace días que el monte de Ceuta es también refugio de vida humana . Las calles todavía no están vacías después de la llegada masiva de inmigrantes y muchos han retornado a la frontera, pero otros tantos se esconden y tratan de burlar las redadas del Ejército para quedarse en España. Se han alejado del centro, de las zonas cercanas al espigón por el que entraron, para buscar amparo en sombras y vegetación. A pesar de que decenas de miles de magrebíes volvieron a su país de manera voluntaria al encontrarse una ciudad con comercios cerrados y vecinos huidos, ellos tratan de alargar su estancia en España entre los árboles. Suben y bajan las montañas deslizándose colina abajo cuando el terreno no es estable y agarrándose a raíces como manera de trepar porque se niegan a regresar. Dicen que Marruecos no es tierra de posibilidades.— Componente galeria-lead arrastrado. Para configurarlo, seleccionar cmp-galeria-lead del desplegable de visualizaciones — automaticoTanto la playa como el bosque, alejados de las calles céntricas que poco a poco recuperan la normalidad con la reapertura de tiendas y el pasar de los residentes, se han convertido en un hogar improvisado hasta que decidan qué pasos seguir o las autoridades encuentren sus escondites. La orilla de la playa que lleva al Centro Temporal de Acogida de Inmigrantes es también improvisado refugio, alivio del calor y lugar en el que aprovechan para lavar su ropa o refrescarse. Son numerosos los que se sientan sin nada más que hacer que confiar en una solución que no llega y por la que, carentes de información, preguntan a todo aquel que consideran que puede tenerla. Si uno da la espalda a las olas y observa la vegetación que se extiende por las colinas, observa puntos de color que vienen y van, muchas veces con bolsas de plástico sujetas con ahínco entre sus manos. En el claro de una de ellas acampan una veintena de personas que, con el transcurso de los días, han formado una comunidad . «Estamos aquí escondidos porque la gente nos pega y la Policía nos quiere llevar a la frontera», cuentan, en árabe, a través de otro joven inmigrante que se ofrece como traductor. Unos descansan sentados, otros duermen entre arbustos y unos pocos charlan como amigos de siempre. Enseñan también las historias que han publicado en Instagram tras el cruce de la frontera, en las que se ofrece la vista de Marruecos con un emoticono de corazón roto, para después aparecer la playa de El Tarajal, en Ceuta, con la imagen de un corazón cuyas heridas han sanado.El claro está rodeado de árboles y una barrera formada por ramas lo separa de un camino descuidado por el que se accede. Las otras vías para acceder son a través de una escarpada montaña en la que alguno, bajo un arbusto, encuentra un espacio de sombra e intimidad. Son, en su práctica totalidad, hombres. Pero este claro es uno de los pocos lugares en la ciudad en el que también se ve a mujeres , tres muchachas de unos veinte años de edad. También los hay menores, de catorce y quince años, que cruzaron a nado y permanecen en España sin su familia. «Estamos aquí porque la gente nos pega y la Policía nos quiere llevar a la frontera»El más pequeño sonríe mientras desliza el pulgar por su cuello. «Es que casi se muere. Entró por la noche y no tiene familia aquí», narra el improvisado traductor. Admiten que, por su debilidad física en comparación con los adultos, hay quienes les roban la comida cuando les ven portando bolsas, por lo que tienen que ser discretos si quieren comer. Tanto ellos como la mayoría de los subsaharianos que esperan debajo de la colina, a las puertas del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), llevan días sin comer.Un hombre duerme postrado en suelo rodeado de vegetación en el monte de Ceuta. N. LOIZAGANo tienen planes de futuro salvo aguardar a que la tormenta amaine y las autoridades abandonen la búsqueda. Repiten muchas veces «Marruecos no, Marruecos no» , pero lo demás todavía es incierto. Mientras deciden sus siguientes pasos, solo salen en contadas ocasiones y lo hacen burlando, cuando lo consiguen, los controles de seguridad a través de zonas boscosas para que no los reconduzcan a una frontera que no quieren volver a cruzar. Su objetivo era entrar en el CETI, pero supera su capacidad de acogida y, aunque a los subsaharianos se les está permitiendo permanecer a sus puertas, a los marroquíes los mandan volver: «Dejan a los negros y a nosotros no, por control».En tales condiciones, conseguir comida con el dinero que tienen se convierte en una tarea complicada. «A veces bajamos y hay gente marroquí que es de aquí y nos dan agua. A veces compramos con dinero de Marruecos (dirham) porque algunas tiendas aceptan. Hemos metido unos veinte o treinta euros, nada más», aseguran.Un extranjero aprovecha para asearse y lavarse los dientes mientras se esconce en el monte de Ceuta. N. L.Esta veintena de personas ocultas no saben qué será de sus futuros , pero se las apañan para continuar pasando los días escondidos. No tienen una organización concreta en esta comunidad improvisada. «Aquí no hay jefes, no somos una mafia», se ríen. «Solo estamos aquí para descansar y cada uno luego se va a buscar agua y comida. Si los soldados suben aquí, nos vamos a otro lado». Tienen sillas que dicen haber encontrado en la basura, también numerosas bolsas de plástico. Y la basura ya comienza a acumularse en el monte, tanto en su claro como en los caminos que utilizan para subir a éste y otros tantos. Ahora son conocidos, bromean entre ellos y se sientan en sillas que dicen haber encontrado en la basura y que subieron por el camino. No quieren que más gente aparezca a instalarse en este espacio no asignado porque creen que ya son demasiados y, por ello, han formado esa suerte de barrera que los protege de visitas inesperadas. También la han colocado para dificultar el paso del Ejército y la Policía, que no está lejos del lugar. Pero antes de colgar el cartel de completo, unos y otros llegaron allí, solos o en pequeños grupos, por su propio pie. «Estábamos abajo y no nos dejaban así que poco a poco llegamos aquí. De grupo en grupo», cuentan. Y así se sucede la vida en los montes. RSS de noticias de espana
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