La espera amanecía con temblor de milagro . La mañana del Domingo de Resurrección tenía en Málaga una luz distinta, como si el cielo hubiera amanecido más despacio para no quebrar aquel silencio expectante. En el rincón de la calle Muro de las Catalinas, entre el incienso espeso y el latido grave de los tambores, la ciudad aguardaba con esa emoción callada que solo acompaña a las cosas grandes. Los toques de campana, a las 10.18, fueron rasgando el aire como un anuncio antiguo, y cuando se abrió la puerta, una oleada de aplausos, móviles en alto y ojos encendidos confirmó que no iba a salir solo un trono: iba a echarse a la calle la alegría entera de la Pascua.El Resucitado salió así para poner el broche a una Semana Santa de ensueño , de esas que se guardan enteras en la memoria de una ciudad. Desde 2023, Málaga no veía a todas sus hermandades en la calle sin incidencias meteorológicas, y ese detalle, que en otro año sería apenas una nota, este Domingo de Resurrección se convirtió en un motivo íntimo de gratitud colectiva . Había en el ambiente una alegría serena, la de quien siente que nada ha quedado a medias y que la pasión, después de atravesar la noche y el duelo , alcanzaba por fin su plenitud en la mañana luminosa de la Pascua.El cortejo llevaba dentro a Málaga entera. No era solo una procesión: era una ciudad compareciendo ante su domingo más luminoso. Marchaban 250 nazarenos, con 205 representantes de las 41 cofradías agrupadas y 45 nazarenos propios, envueltos en la sobriedad elegante de la túnica beige, la capa blanca y el capirote beige, con cíngulo burdeos en la sección del Cristo y azul en la de la Virgen. Pero más allá del número, lo que avanzaba era una suma viva de barrios, memorias, colores y devociones. Negro, blanco, verde , morado, rojo, azul. Como si cada hermandad hubiera querido dejar en ese cortejo final un latido propio, una señal de sí misma, para recordar que la Semana Santa de Málaga no termina del todo hasta que el Resucitado toma la calle.Nazarenos de distintas cofradías abren el cortejo del Resucitado a las puertas del templo Francis SilvaNo es el trono más grande de Málaga, pero sí uno de los más inmensos en lo que simboliza. Porque hay imágenes que no se miden en metros, sino en verdad. Y cuando avanza el Resucitado no avanza solo una talla sagrada: camina la certeza que ilumina todo lo vivido, la respuesta final a cada campana, a cada lágrima , a cada noche. El trono dorado bebía la luz de la mañana y la devolvía encendida, como si arrastrara por las calles un fulgor prestado del cielo. La gente lo recibió con aplausos, y muchos se echaron tras su estela por el centro, como quien sigue una luz que no quiere perder, como quien necesita acompañar un poco más a la esperanza cuando por fin tiene rostro .En la espera se escuchaban también las voces de quienes acudían con la convicción de estar asistiendo a algo necesario. Susana Alcaide, malagueña, lo resumía con una frase limpia, sin rodeos: «Porque es el día en el que resucita el Señor ». Ha acudido dos veces a ver al Resucitado y confesaba que, de las dos imágenes, la que más le conmueve es la del Cristo. A su lado, Raquel Conejo subrayaba que para los creyentes la noche de Pascua tiene un peso especial y explicaba que esta procesión posee una singularidad que la distingue de todas las demás porque reúne la representación de las cofradías malagueñas. También dejaba una idea que flotaba en la calle como una verdad compartida: si uno no viene al Domingo de Resurrección, queda en el aire la sensación de que la Semana Santa no se ha cerrado del todo .La Reina de los Cielos vence la estrechez del arco en una salida medida al milímetro Francis SilvaEso mismo se notaba en la forma en que el público esperaba a la Virgen. «Este año ha estado muy bien. Qué alegría que hayan salido todas », se escuchaba entre quienes aguardaban su llegada. Y cuando por fin apareció, blanca y limpia, la emoción volvió a encenderse. «Qué maravilla la Virgen, la Reina de los Cielos », decía la gente al verla avanzar.Su salida tuvo, además, uno de esos momentos de tensión hermosa que solo entienden del todo las calles estrechas de Málaga. El palio no cabía con holgura por el arco y la maniobra exigió una precisión milimétrica. El trono fue rebajado al máximo, muy metido, con los hombres de trono agachados y el conjunto casi rendido para ganar esos centímetros decisivos. La maniobra se hizo con una lentitud de orfebrería, sin un solo centímetro entregado al azar, mientras cada gesto era medido arriba y a los lados con pulso exacto. La calle contuvo el aliento como quien asiste a un instante sagrado . Y cuando el trance se libró sin herida ni roce, el alivio rompió en aplausos. No eran palmas de sobresalto, sino de descanso: el reconocimiento emocionado a ese esfuerzo humilde que también hace posible la hermosura .La túnica blanca pura de la Virgen parecía entonces aún más blanca, como si acabara de nacer a la luz de la mañana. Tras ella, la procesión siguió su curso entre incienso, campanas y ese rumor emocionado de la multitud que no se resigna a despedirse . Muchas personas siguieron su estela por las calles del centro porque detrás del Resucitado no caminaba solo una cofradía, sino la esperanza misma con forma de procesión.La Semana Santa se cerró así, no con un final, sino con el temblor limpio de una promesa cumplida. « He visto al Señor », dijo María Magdalena tras encontrarse con Cristo resucitado. En esa frase breve cabe toda la luz de la Pascua, toda la alegría que ya no necesita explicación. También Málaga, al paso del Resucitado, la pronunció en silencio. La espera amanecía con temblor de milagro . La mañana del Domingo de Resurrección tenía en Málaga una luz distinta, como si el cielo hubiera amanecido más despacio para no quebrar aquel silencio expectante. En el rincón de la calle Muro de las Catalinas, entre el incienso espeso y el latido grave de los tambores, la ciudad aguardaba con esa emoción callada que solo acompaña a las cosas grandes. Los toques de campana, a las 10.18, fueron rasgando el aire como un anuncio antiguo, y cuando se abrió la puerta, una oleada de aplausos, móviles en alto y ojos encendidos confirmó que no iba a salir solo un trono: iba a echarse a la calle la alegría entera de la Pascua.El Resucitado salió así para poner el broche a una Semana Santa de ensueño , de esas que se guardan enteras en la memoria de una ciudad. Desde 2023, Málaga no veía a todas sus hermandades en la calle sin incidencias meteorológicas, y ese detalle, que en otro año sería apenas una nota, este Domingo de Resurrección se convirtió en un motivo íntimo de gratitud colectiva . Había en el ambiente una alegría serena, la de quien siente que nada ha quedado a medias y que la pasión, después de atravesar la noche y el duelo , alcanzaba por fin su plenitud en la mañana luminosa de la Pascua.El cortejo llevaba dentro a Málaga entera. No era solo una procesión: era una ciudad compareciendo ante su domingo más luminoso. Marchaban 250 nazarenos, con 205 representantes de las 41 cofradías agrupadas y 45 nazarenos propios, envueltos en la sobriedad elegante de la túnica beige, la capa blanca y el capirote beige, con cíngulo burdeos en la sección del Cristo y azul en la de la Virgen. Pero más allá del número, lo que avanzaba era una suma viva de barrios, memorias, colores y devociones. Negro, blanco, verde , morado, rojo, azul. Como si cada hermandad hubiera querido dejar en ese cortejo final un latido propio, una señal de sí misma, para recordar que la Semana Santa de Málaga no termina del todo hasta que el Resucitado toma la calle.Nazarenos de distintas cofradías abren el cortejo del Resucitado a las puertas del templo Francis SilvaNo es el trono más grande de Málaga, pero sí uno de los más inmensos en lo que simboliza. Porque hay imágenes que no se miden en metros, sino en verdad. Y cuando avanza el Resucitado no avanza solo una talla sagrada: camina la certeza que ilumina todo lo vivido, la respuesta final a cada campana, a cada lágrima , a cada noche. El trono dorado bebía la luz de la mañana y la devolvía encendida, como si arrastrara por las calles un fulgor prestado del cielo. La gente lo recibió con aplausos, y muchos se echaron tras su estela por el centro, como quien sigue una luz que no quiere perder, como quien necesita acompañar un poco más a la esperanza cuando por fin tiene rostro .En la espera se escuchaban también las voces de quienes acudían con la convicción de estar asistiendo a algo necesario. Susana Alcaide, malagueña, lo resumía con una frase limpia, sin rodeos: «Porque es el día en el que resucita el Señor ». Ha acudido dos veces a ver al Resucitado y confesaba que, de las dos imágenes, la que más le conmueve es la del Cristo. A su lado, Raquel Conejo subrayaba que para los creyentes la noche de Pascua tiene un peso especial y explicaba que esta procesión posee una singularidad que la distingue de todas las demás porque reúne la representación de las cofradías malagueñas. También dejaba una idea que flotaba en la calle como una verdad compartida: si uno no viene al Domingo de Resurrección, queda en el aire la sensación de que la Semana Santa no se ha cerrado del todo .La Reina de los Cielos vence la estrechez del arco en una salida medida al milímetro Francis SilvaEso mismo se notaba en la forma en que el público esperaba a la Virgen. «Este año ha estado muy bien. Qué alegría que hayan salido todas », se escuchaba entre quienes aguardaban su llegada. Y cuando por fin apareció, blanca y limpia, la emoción volvió a encenderse. «Qué maravilla la Virgen, la Reina de los Cielos », decía la gente al verla avanzar.Su salida tuvo, además, uno de esos momentos de tensión hermosa que solo entienden del todo las calles estrechas de Málaga. El palio no cabía con holgura por el arco y la maniobra exigió una precisión milimétrica. El trono fue rebajado al máximo, muy metido, con los hombres de trono agachados y el conjunto casi rendido para ganar esos centímetros decisivos. La maniobra se hizo con una lentitud de orfebrería, sin un solo centímetro entregado al azar, mientras cada gesto era medido arriba y a los lados con pulso exacto. La calle contuvo el aliento como quien asiste a un instante sagrado . Y cuando el trance se libró sin herida ni roce, el alivio rompió en aplausos. No eran palmas de sobresalto, sino de descanso: el reconocimiento emocionado a ese esfuerzo humilde que también hace posible la hermosura .La túnica blanca pura de la Virgen parecía entonces aún más blanca, como si acabara de nacer a la luz de la mañana. Tras ella, la procesión siguió su curso entre incienso, campanas y ese rumor emocionado de la multitud que no se resigna a despedirse . Muchas personas siguieron su estela por las calles del centro porque detrás del Resucitado no caminaba solo una cofradía, sino la esperanza misma con forma de procesión.La Semana Santa se cerró así, no con un final, sino con el temblor limpio de una promesa cumplida. « He visto al Señor », dijo María Magdalena tras encontrarse con Cristo resucitado. En esa frase breve cabe toda la luz de la Pascua, toda la alegría que ya no necesita explicación. También Málaga, al paso del Resucitado, la pronunció en silencio. La espera amanecía con temblor de milagro . La mañana del Domingo de Resurrección tenía en Málaga una luz distinta, como si el cielo hubiera amanecido más despacio para no quebrar aquel silencio expectante. En el rincón de la calle Muro de las Catalinas, entre el incienso espeso y el latido grave de los tambores, la ciudad aguardaba con esa emoción callada que solo acompaña a las cosas grandes. Los toques de campana, a las 10.18, fueron rasgando el aire como un anuncio antiguo, y cuando se abrió la puerta, una oleada de aplausos, móviles en alto y ojos encendidos confirmó que no iba a salir solo un trono: iba a echarse a la calle la alegría entera de la Pascua.El Resucitado salió así para poner el broche a una Semana Santa de ensueño , de esas que se guardan enteras en la memoria de una ciudad. Desde 2023, Málaga no veía a todas sus hermandades en la calle sin incidencias meteorológicas, y ese detalle, que en otro año sería apenas una nota, este Domingo de Resurrección se convirtió en un motivo íntimo de gratitud colectiva . Había en el ambiente una alegría serena, la de quien siente que nada ha quedado a medias y que la pasión, después de atravesar la noche y el duelo , alcanzaba por fin su plenitud en la mañana luminosa de la Pascua.El cortejo llevaba dentro a Málaga entera. No era solo una procesión: era una ciudad compareciendo ante su domingo más luminoso. Marchaban 250 nazarenos, con 205 representantes de las 41 cofradías agrupadas y 45 nazarenos propios, envueltos en la sobriedad elegante de la túnica beige, la capa blanca y el capirote beige, con cíngulo burdeos en la sección del Cristo y azul en la de la Virgen. Pero más allá del número, lo que avanzaba era una suma viva de barrios, memorias, colores y devociones. Negro, blanco, verde , morado, rojo, azul. Como si cada hermandad hubiera querido dejar en ese cortejo final un latido propio, una señal de sí misma, para recordar que la Semana Santa de Málaga no termina del todo hasta que el Resucitado toma la calle.Nazarenos de distintas cofradías abren el cortejo del Resucitado a las puertas del templo Francis SilvaNo es el trono más grande de Málaga, pero sí uno de los más inmensos en lo que simboliza. Porque hay imágenes que no se miden en metros, sino en verdad. Y cuando avanza el Resucitado no avanza solo una talla sagrada: camina la certeza que ilumina todo lo vivido, la respuesta final a cada campana, a cada lágrima , a cada noche. El trono dorado bebía la luz de la mañana y la devolvía encendida, como si arrastrara por las calles un fulgor prestado del cielo. La gente lo recibió con aplausos, y muchos se echaron tras su estela por el centro, como quien sigue una luz que no quiere perder, como quien necesita acompañar un poco más a la esperanza cuando por fin tiene rostro .En la espera se escuchaban también las voces de quienes acudían con la convicción de estar asistiendo a algo necesario. Susana Alcaide, malagueña, lo resumía con una frase limpia, sin rodeos: «Porque es el día en el que resucita el Señor ». Ha acudido dos veces a ver al Resucitado y confesaba que, de las dos imágenes, la que más le conmueve es la del Cristo. A su lado, Raquel Conejo subrayaba que para los creyentes la noche de Pascua tiene un peso especial y explicaba que esta procesión posee una singularidad que la distingue de todas las demás porque reúne la representación de las cofradías malagueñas. También dejaba una idea que flotaba en la calle como una verdad compartida: si uno no viene al Domingo de Resurrección, queda en el aire la sensación de que la Semana Santa no se ha cerrado del todo .La Reina de los Cielos vence la estrechez del arco en una salida medida al milímetro Francis SilvaEso mismo se notaba en la forma en que el público esperaba a la Virgen. «Este año ha estado muy bien. Qué alegría que hayan salido todas », se escuchaba entre quienes aguardaban su llegada. Y cuando por fin apareció, blanca y limpia, la emoción volvió a encenderse. «Qué maravilla la Virgen, la Reina de los Cielos », decía la gente al verla avanzar.Su salida tuvo, además, uno de esos momentos de tensión hermosa que solo entienden del todo las calles estrechas de Málaga. El palio no cabía con holgura por el arco y la maniobra exigió una precisión milimétrica. El trono fue rebajado al máximo, muy metido, con los hombres de trono agachados y el conjunto casi rendido para ganar esos centímetros decisivos. La maniobra se hizo con una lentitud de orfebrería, sin un solo centímetro entregado al azar, mientras cada gesto era medido arriba y a los lados con pulso exacto. La calle contuvo el aliento como quien asiste a un instante sagrado . Y cuando el trance se libró sin herida ni roce, el alivio rompió en aplausos. No eran palmas de sobresalto, sino de descanso: el reconocimiento emocionado a ese esfuerzo humilde que también hace posible la hermosura .La túnica blanca pura de la Virgen parecía entonces aún más blanca, como si acabara de nacer a la luz de la mañana. Tras ella, la procesión siguió su curso entre incienso, campanas y ese rumor emocionado de la multitud que no se resigna a despedirse . Muchas personas siguieron su estela por las calles del centro porque detrás del Resucitado no caminaba solo una cofradía, sino la esperanza misma con forma de procesión.La Semana Santa se cerró así, no con un final, sino con el temblor limpio de una promesa cumplida. « He visto al Señor », dijo María Magdalena tras encontrarse con Cristo resucitado. En esa frase breve cabe toda la luz de la Pascua, toda la alegría que ya no necesita explicación. También Málaga, al paso del Resucitado, la pronunció en silencio. RSS de noticias de espana/andalucia
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