Varias personas practican surf en la paradisíaca playa de El Tunco, mientras las terrazas frente al mar están abarrotadas de turistas tomando un cóctel y disfrutando de la puesta de sol al ritmo de música electrónica. En Concepción de Ataco, a 65 kilómetros de la capital salvadoreña, artistas urbanos pintan grandes murales en un festival itinerante que llena de color las calles del país centroamericano. Hasta hace muy poco, las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18 usaban esas mismas paredes para hacer sus pintadas y marcar sus territorios asesinando a quien osara traspasar unas fronteras invisibles entre unos barrios y otros. Los jaguares, los rostros de mujeres, las flores y las aves han sustituido las temibles cifras tatuadas en muchas paredes con el número 18 o las siglas MS-13, que hacían referencia a las dos pandillas que se disputaban a fuego el control de los barrios extorsionando a comerciantes, transportistas y pequeños negocios bajo amenaza real de muerte. «Años después, le ganamos los muros a las pandillas», le reconocía a la agencia Afp entre lágrimas de alegría el muralista Isaac Sosa, de 31 años, que considera que el arte es una «herramienta mágica» de «transformación social».
El presidente extirpa la violencia de las maras con mano de hierro mientras suspende leyes constitucionales para seguir en el cargo
Varias personas practican surf en la paradisíaca playa de El Tunco, mientras las terrazas frente al mar están abarrotadas de turistas tomando un cóctel y disfrutando de la puesta de sol al ritmo de música electrónica. En Concepción de Ataco, a 65 kilómetros de la capital salvadoreña, artistas urbanos pintan grandes murales en un festival itinerante que llena de color las calles del país centroamericano. Hasta hace muy poco, las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18 usaban esas mismas paredes para hacer sus pintadas y marcar sus territorios asesinando a quien osara traspasar unas fronteras invisibles entre unos barrios y otros. Los jaguares, los rostros de mujeres, las flores y las aves han sustituido las temibles cifras tatuadas en muchas paredes con el número 18 o las siglas MS-13, que hacían referencia a las dos pandillas que se disputaban a fuego el control de los barrios extorsionando a comerciantes, transportistas y pequeños negocios bajo amenaza real de muerte. «Años después, le ganamos los muros a las pandillas», le reconocía a la agencia Afp entre lágrimas de alegría el muralista Isaac Sosa, de 31 años, que considera que el arte es una «herramienta mágica» de «transformación social».
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