Además de elevarlos, el rato de ascensor permite a sus ocupantes viajar a un paisaje común: la Costa Brava. Pero no a la de la gauche divine, escondida entre calas y recovecos del Cap de Creus. A la otra, la que sobrevive entre segundas residencias, turistas que exprimen la última gota de sangría y los locales, que trabajan para ellos. Los tres ocupantes del ascensor algún día pertenecieron a la última categoría: o pusieron copas para guiris achicharrados por el sol o les vendieron perfumes, souvenirs y cremas solares.
Un debate sobre el modelo de ciudad que va del viajero romántico del pasado del pasado al cazador de la foto actual
Además de elevarlos, el rato de ascensor permite a sus ocupantes viajar a un paisaje común: la Costa Brava. Pero no a la de la gauche divine, escondida entre calas y recovecos del Cap de Creus. A la otra, la que sobrevive entre segundas residencias, turistas que exprimen la última gota de sangría y los locales, que trabajan para ellos. Los tres ocupantes del ascensor algún día pertenecieron a la última categoría: o pusieron copas para guiris achicharrados por el sol o les vendieron perfumes, souvenirs y cremas solares.
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