Ahora que se ha ido Arco, alcalde, vemos en las vísperas de después lo mismo que ya veíamos en las vísperas propiamente dichas: la cita es mitad galería, mitad paseíto dominical. Quiero decir que hay mucho turismo en estos jaleos culturales, igual que hay mucho turismo también en los Goya, donde ajetrean los ‘instagramers’ y otros ociosos, que no han ido nunca al cine, pero hacen su tráiler propio, para estrenar en Instagram. Pasa igual en la feria del libro. Pasa ya siempre, alcalde. De algún modo, todo es una feria, y dentro de cada feria hay otra feria, que es la del personal que llega a ver qué se cuece. Ahí está el alegre peatón curioso, que igual va a una tienda de coches que a un stand de lienzos expresionistas. No va a comprar ningún cuadro, pero sí un rato de ambiente . Vive los stands como un parque temático del talento, donde cada obra es una atracción silenciosa y cada pasillo una romería de curiosos. Se queda mirando una instalación con la cara del que busca el interruptor secreto del sentido. Otros se dedican al safari del famoso, que siempre aparece por allí, mirando los cuadros como si fueran todos suyos.El visitante de feria viene y va, se aviva, y, sobre todo, observa al resto del público, bajo la misma curiosidad o incredulidad con la que observa los cuadros. No sólo se exhibe arte, también se exhibe gente. Hay un desfile de gafas negras, chaquetas premeditadas y opiniones rápidas. Así, la feria acaba siendo una mezcla insólita de mercado y paseo, de museo improvisado y picnic urbano. Al final, alcalde, la multitud sale con el móvil reventón de fotos, el ánimo entretenido y la sensación de haber rematado una tarde en un sitio donde todo parecía importante. Quizá porque lo era. Ahora que se ha ido Arco, alcalde, vemos en las vísperas de después lo mismo que ya veíamos en las vísperas propiamente dichas: la cita es mitad galería, mitad paseíto dominical. Quiero decir que hay mucho turismo en estos jaleos culturales, igual que hay mucho turismo también en los Goya, donde ajetrean los ‘instagramers’ y otros ociosos, que no han ido nunca al cine, pero hacen su tráiler propio, para estrenar en Instagram. Pasa igual en la feria del libro. Pasa ya siempre, alcalde. De algún modo, todo es una feria, y dentro de cada feria hay otra feria, que es la del personal que llega a ver qué se cuece. Ahí está el alegre peatón curioso, que igual va a una tienda de coches que a un stand de lienzos expresionistas. No va a comprar ningún cuadro, pero sí un rato de ambiente . Vive los stands como un parque temático del talento, donde cada obra es una atracción silenciosa y cada pasillo una romería de curiosos. Se queda mirando una instalación con la cara del que busca el interruptor secreto del sentido. Otros se dedican al safari del famoso, que siempre aparece por allí, mirando los cuadros como si fueran todos suyos.El visitante de feria viene y va, se aviva, y, sobre todo, observa al resto del público, bajo la misma curiosidad o incredulidad con la que observa los cuadros. No sólo se exhibe arte, también se exhibe gente. Hay un desfile de gafas negras, chaquetas premeditadas y opiniones rápidas. Así, la feria acaba siendo una mezcla insólita de mercado y paseo, de museo improvisado y picnic urbano. Al final, alcalde, la multitud sale con el móvil reventón de fotos, el ánimo entretenido y la sensación de haber rematado una tarde en un sitio donde todo parecía importante. Quizá porque lo era. Ahora que se ha ido Arco, alcalde, vemos en las vísperas de después lo mismo que ya veíamos en las vísperas propiamente dichas: la cita es mitad galería, mitad paseíto dominical. Quiero decir que hay mucho turismo en estos jaleos culturales, igual que hay mucho turismo también en los Goya, donde ajetrean los ‘instagramers’ y otros ociosos, que no han ido nunca al cine, pero hacen su tráiler propio, para estrenar en Instagram. Pasa igual en la feria del libro. Pasa ya siempre, alcalde. De algún modo, todo es una feria, y dentro de cada feria hay otra feria, que es la del personal que llega a ver qué se cuece. Ahí está el alegre peatón curioso, que igual va a una tienda de coches que a un stand de lienzos expresionistas. No va a comprar ningún cuadro, pero sí un rato de ambiente . Vive los stands como un parque temático del talento, donde cada obra es una atracción silenciosa y cada pasillo una romería de curiosos. Se queda mirando una instalación con la cara del que busca el interruptor secreto del sentido. Otros se dedican al safari del famoso, que siempre aparece por allí, mirando los cuadros como si fueran todos suyos.El visitante de feria viene y va, se aviva, y, sobre todo, observa al resto del público, bajo la misma curiosidad o incredulidad con la que observa los cuadros. No sólo se exhibe arte, también se exhibe gente. Hay un desfile de gafas negras, chaquetas premeditadas y opiniones rápidas. Así, la feria acaba siendo una mezcla insólita de mercado y paseo, de museo improvisado y picnic urbano. Al final, alcalde, la multitud sale con el móvil reventón de fotos, el ánimo entretenido y la sensación de haber rematado una tarde en un sitio donde todo parecía importante. Quizá porque lo era. RSS de noticias de espana
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