Un cóctel Honey Deuce, vodka con limón y licor de frambuesa, 23 dólares. Un lobster roll, es decir un perrito de bogavante, 40 dólares. Seis nuggets acompañados de caviar Petrossian, 100 dólares. El tenis nunca ha sido un deporte barato, pero en los últimos años se está viviendo un nuevo fenómeno: su Coachella-fication, como lo bautizó The Guardian, su conversión en algo parecido al festival de Coachella. Al tradicional componente aspiracional de estar en las gradas de un Grand Slam se le ha sumado la abundancia actual de influencers y la mezcla ha hecho que su acceso sea prohibitivo y que haya cambiado el perfil de los espectadores. Ahora hay más jóvenes, sí, pero menos amantes del juego. El US Open que empieza hoy es el ejemplo absoluto.
El Grand Slam estadounidense culmina una nueva era de lujo y redes sociales mientras las audiencias caen y el español regresa tras más de cuatro meses sin competir
Un cóctel Honey Deuce, vodka con limón y licor de frambuesa, 23 dólares. Un lobster roll, es decir un perrito de bogavante, 40 dólares. Seis nuggets acompañados de caviar Petrossian, 100 dólares. El tenis nunca ha sido un deporte barato, pero en los últimos años se está viviendo un nuevo fenómeno: su Coachella-fication, como lo bautizó The Guardian, su conversión en algo parecido al festival de Coachella. Al tradicional componente aspiracional de estar en las gradas de un Grand Slam se le ha sumado la abundancia actual de influencers y la mezcla ha hecho que su acceso sea prohibitivo y que haya cambiado el perfil de los espectadores. Ahora hay más jóvenes, sí, pero menos amantes del juego. El US Open que empieza hoy es el ejemplo absoluto.
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