«Hay despedidas que solo encuentran las palabras cuando el tiempo está a punto de agotarse»: esa es la premisa de ‘El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes’, la adaptación teatral de la aclamada novela de Tatiana Țîbuleac que llega a los escenarios con Juan Díaz como único intérprete. Durante ochenta minutos. El actor encarna a Aleksy, un pintor que rememora el último verano que pasó junto a su madre, un viaje marcado por la enfermedad terminal de ella y por la posibilidad de reconstruir una relación rota durante años.Lejos de plantear un drama convencional sobre la pérdida, la función propone un recorrido por la memoria, el resentimiento y el perdón. «Todo el mundo merece una segunda oportunidad», asegura Díaz, quien considera que la obra habla de la necesidad de «reconocer los errores y cerrar bien los ciclos», especialmente cuando se trata del vínculo entre una madre y un hijo.La historia comienza cuando ambos viajan a un pequeño pueblo francés después de que la madre reciba un diagnóstico irreversible. Aleksy, que desconoce inicialmente la gravedad de la situación, carga con una infancia atravesada por el abandono del padre, la muerte de su hermana y el convencimiento de que su madre fue responsable de todas sus desgracias. Será durante ese verano cuando descubra que tras la rabia también permanecía intacto el afecto. «Cuando ella está viviendo su último viaje, él se da cuenta del amor que siente hacia su madre y de la importancia de despedirse bien», explica el actor.Una adaptación que conserva la voz de TîbuleacEl montaje, adaptado por Miguel Alcantud, mantiene prácticamente intacta la escritura de la autora moldava. Díaz subraya que el texto teatral reproduce literalmente los fragmentos seleccionados de la novela, respetando el lenguaje poético que convirtió la obra en un fenómeno editorial. «Todas las palabras que digo pertenecen a la novela», afirma.La puesta en escena también se aleja del monólogo tradicional. El público entra en el estudio de un pintor y presencia una especie de confesión artística en la que el protagonista reconstruye el origen de sus cuadros y, al mismo tiempo, de sus heridas. «Lo hemos planteado como un ‘happening’, una experiencia en la que el espectador entra en el taller del artista y descubre cómo ha llegado a ser quien es», explica.Juan Díaz en el escenario de la obra de ‘El verano en el que mi madre tuvo los ojos verdes’ Luisa ValarezEl arte ocupa un lugar central tanto en el relato como en la propuesta escénica. En la ficción, Aleksy consigue canalizar toda la violencia acumulada durante su infancia gracias a la pintura. Sobre el escenario, esa idea se convierte en una acción real: Juan Díaz pinta cuatro cuadros en directo durante cada representación.La propuesta nació durante una residencia artística junto a la grabadora Bárbara Shunyí, con quien el actor trabajó previamente la relación entre palabra e imagen. Esas obras sirven ahora como base para una función que combina interpretación, creación plástica y performance.«La gente no sale destrozada. Sale con esperanza»A pesar de abordar temas como la enfermedad, la muerte o la salud mental, el equipo quiso alejarse del sentimentalismo. La obra, estrenada inicialmente en México, recibió precisamente el reconocimiento del público por tratar estos asuntos desde la contención. « Las emociones no hay que actuarlas; llegan cuando tienen que llegar», sostiene Díaz.Según el actor, la novela alterna momentos de dureza con otros de humor, aventura y ternura, una mezcla de registros que también conserva la adaptación y que evita que el espectador abandone la sala con una sensación de derrota. «La gente no sale destrozada. Sale con esperanza», resume. Ese equilibrio, unido a temas universales como las relaciones familiares, el duelo o la adolescencia, explica para Díaz que la función conecte con espectadores de edades muy distintas. «Habla de cosas que pertenecen a todo el mundo», concluye. «Hay despedidas que solo encuentran las palabras cuando el tiempo está a punto de agotarse»: esa es la premisa de ‘El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes’, la adaptación teatral de la aclamada novela de Tatiana Țîbuleac que llega a los escenarios con Juan Díaz como único intérprete. Durante ochenta minutos. El actor encarna a Aleksy, un pintor que rememora el último verano que pasó junto a su madre, un viaje marcado por la enfermedad terminal de ella y por la posibilidad de reconstruir una relación rota durante años.Lejos de plantear un drama convencional sobre la pérdida, la función propone un recorrido por la memoria, el resentimiento y el perdón. «Todo el mundo merece una segunda oportunidad», asegura Díaz, quien considera que la obra habla de la necesidad de «reconocer los errores y cerrar bien los ciclos», especialmente cuando se trata del vínculo entre una madre y un hijo.La historia comienza cuando ambos viajan a un pequeño pueblo francés después de que la madre reciba un diagnóstico irreversible. Aleksy, que desconoce inicialmente la gravedad de la situación, carga con una infancia atravesada por el abandono del padre, la muerte de su hermana y el convencimiento de que su madre fue responsable de todas sus desgracias. Será durante ese verano cuando descubra que tras la rabia también permanecía intacto el afecto. «Cuando ella está viviendo su último viaje, él se da cuenta del amor que siente hacia su madre y de la importancia de despedirse bien», explica el actor.Una adaptación que conserva la voz de TîbuleacEl montaje, adaptado por Miguel Alcantud, mantiene prácticamente intacta la escritura de la autora moldava. Díaz subraya que el texto teatral reproduce literalmente los fragmentos seleccionados de la novela, respetando el lenguaje poético que convirtió la obra en un fenómeno editorial. «Todas las palabras que digo pertenecen a la novela», afirma.La puesta en escena también se aleja del monólogo tradicional. El público entra en el estudio de un pintor y presencia una especie de confesión artística en la que el protagonista reconstruye el origen de sus cuadros y, al mismo tiempo, de sus heridas. «Lo hemos planteado como un ‘happening’, una experiencia en la que el espectador entra en el taller del artista y descubre cómo ha llegado a ser quien es», explica.Juan Díaz en el escenario de la obra de ‘El verano en el que mi madre tuvo los ojos verdes’ Luisa ValarezEl arte ocupa un lugar central tanto en el relato como en la propuesta escénica. En la ficción, Aleksy consigue canalizar toda la violencia acumulada durante su infancia gracias a la pintura. Sobre el escenario, esa idea se convierte en una acción real: Juan Díaz pinta cuatro cuadros en directo durante cada representación.La propuesta nació durante una residencia artística junto a la grabadora Bárbara Shunyí, con quien el actor trabajó previamente la relación entre palabra e imagen. Esas obras sirven ahora como base para una función que combina interpretación, creación plástica y performance.«La gente no sale destrozada. Sale con esperanza»A pesar de abordar temas como la enfermedad, la muerte o la salud mental, el equipo quiso alejarse del sentimentalismo. La obra, estrenada inicialmente en México, recibió precisamente el reconocimiento del público por tratar estos asuntos desde la contención. « Las emociones no hay que actuarlas; llegan cuando tienen que llegar», sostiene Díaz.Según el actor, la novela alterna momentos de dureza con otros de humor, aventura y ternura, una mezcla de registros que también conserva la adaptación y que evita que el espectador abandone la sala con una sensación de derrota. «La gente no sale destrozada. Sale con esperanza», resume. Ese equilibrio, unido a temas universales como las relaciones familiares, el duelo o la adolescencia, explica para Díaz que la función conecte con espectadores de edades muy distintas. «Habla de cosas que pertenecen a todo el mundo», concluye. «Hay despedidas que solo encuentran las palabras cuando el tiempo está a punto de agotarse»: esa es la premisa de ‘El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes’, la adaptación teatral de la aclamada novela de Tatiana Țîbuleac que llega a los escenarios con Juan Díaz como único intérprete. Durante ochenta minutos. El actor encarna a Aleksy, un pintor que rememora el último verano que pasó junto a su madre, un viaje marcado por la enfermedad terminal de ella y por la posibilidad de reconstruir una relación rota durante años.Lejos de plantear un drama convencional sobre la pérdida, la función propone un recorrido por la memoria, el resentimiento y el perdón. «Todo el mundo merece una segunda oportunidad», asegura Díaz, quien considera que la obra habla de la necesidad de «reconocer los errores y cerrar bien los ciclos», especialmente cuando se trata del vínculo entre una madre y un hijo.La historia comienza cuando ambos viajan a un pequeño pueblo francés después de que la madre reciba un diagnóstico irreversible. Aleksy, que desconoce inicialmente la gravedad de la situación, carga con una infancia atravesada por el abandono del padre, la muerte de su hermana y el convencimiento de que su madre fue responsable de todas sus desgracias. Será durante ese verano cuando descubra que tras la rabia también permanecía intacto el afecto. «Cuando ella está viviendo su último viaje, él se da cuenta del amor que siente hacia su madre y de la importancia de despedirse bien», explica el actor.Una adaptación que conserva la voz de TîbuleacEl montaje, adaptado por Miguel Alcantud, mantiene prácticamente intacta la escritura de la autora moldava. Díaz subraya que el texto teatral reproduce literalmente los fragmentos seleccionados de la novela, respetando el lenguaje poético que convirtió la obra en un fenómeno editorial. «Todas las palabras que digo pertenecen a la novela», afirma.La puesta en escena también se aleja del monólogo tradicional. El público entra en el estudio de un pintor y presencia una especie de confesión artística en la que el protagonista reconstruye el origen de sus cuadros y, al mismo tiempo, de sus heridas. «Lo hemos planteado como un ‘happening’, una experiencia en la que el espectador entra en el taller del artista y descubre cómo ha llegado a ser quien es», explica.Juan Díaz en el escenario de la obra de ‘El verano en el que mi madre tuvo los ojos verdes’ Luisa ValarezEl arte ocupa un lugar central tanto en el relato como en la propuesta escénica. En la ficción, Aleksy consigue canalizar toda la violencia acumulada durante su infancia gracias a la pintura. Sobre el escenario, esa idea se convierte en una acción real: Juan Díaz pinta cuatro cuadros en directo durante cada representación.La propuesta nació durante una residencia artística junto a la grabadora Bárbara Shunyí, con quien el actor trabajó previamente la relación entre palabra e imagen. Esas obras sirven ahora como base para una función que combina interpretación, creación plástica y performance.«La gente no sale destrozada. Sale con esperanza»A pesar de abordar temas como la enfermedad, la muerte o la salud mental, el equipo quiso alejarse del sentimentalismo. La obra, estrenada inicialmente en México, recibió precisamente el reconocimiento del público por tratar estos asuntos desde la contención. « Las emociones no hay que actuarlas; llegan cuando tienen que llegar», sostiene Díaz.Según el actor, la novela alterna momentos de dureza con otros de humor, aventura y ternura, una mezcla de registros que también conserva la adaptación y que evita que el espectador abandone la sala con una sensación de derrota. «La gente no sale destrozada. Sale con esperanza», resume. Ese equilibrio, unido a temas universales como las relaciones familiares, el duelo o la adolescencia, explica para Díaz que la función conecte con espectadores de edades muy distintas. «Habla de cosas que pertenecen a todo el mundo», concluye. RSS de noticias de cultura
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