Durante décadas, la relación entre empresas y opinión pública se articuló a través de un intermediario incómodo pero imprescindible: el periodista. Incómodo, porque preguntaba; imprescindible, porque contrastaba. Hoy ese equilibrio se resquebraja. Las grandes compañías han descubierto que pueden construir su propio relato en directo, sin interrupciones, sin repreguntas y, sobre todo, sin riesgo .Hasta ahora lo hacían comprando espacios publicitarios que estaban claramente diferenciadas de la información. Lo nuevo es que ahora apelan directamente al público simulando ser documentales, informativos o periódicos. El reciente caso de Redeia es paradigmático. El vídeo difundido por la compañía en el aniversario del apagón adopta la estética de un documental para ofrecer un relato cerrado. No es solo una cuestión de formato, sino de intención: sustituir la rendición de cuentas por una narrativa autocontenida, emocionalmente eficaz y técnicamente opaca . La transparencia deja de ser un proceso –basado en datos, auditorías y escrutinio externo– para convertirse en una escenografía.Este fenómeno no es aislado. Según un artículo de The Economist que se puede leer en castellano en abc.es «hoy en día, toda empresa es una compañía de medios de comunicación». Silicon Valley lo entendió antes que nadie: directivos convertidos en presentadores, podcasts corporativos, entrevistas a medida y canales propios que acumulan millones de visualizaciones. La desintermediación no es un accidente; es una estrategia.La pregunta relevante no es si las empresas tienen derecho a comunicar directamente –lo tienen–, sino si el ciudadano sale ganando . La respuesta, en términos informativos, es dudosa. La eliminación del intermediario elimina la fricción crítica. Sin esa fricción, desaparece la pregunta incómoda, la verificación independiente y el contexto. El resultado no es más información, sino más discurso. Es cierto que hay periodistas que han renunciado a la crítica y han terminado validando esta desintermediación. Hay, además, una derivada inquietante: la colonización del espacio personal del empleado. En el caso del vídeo de Redeia hasta ocho altos cargos, aparte de Beatriz Corredor que es hija de una designación política, presentan una versión interesada y propagandística que excede sus capacidades técnicas . Si la empresa es un medio, sus trabajadores se convierten en potenciales altavoces. Ya no basta con cumplir una función técnica; se espera, implícitamente o no, que el empleado contribuya a la narrativa corporativa, preste su imagen, grabe vídeos o amplifique mensajes en redes sociales. ¿Forma parte del contrato? ¿Dónde termina la lealtad profesional y empieza la instrumentalización reputacional?Este desplazamiento tiene consecuencias. Cuando las empresas –y más aún las que tienen capital público o gestionan infraestructuras críticas– sustituyen el escrutinio por la autoproducción narrativa, erosionan la confianza. La paradoja es evidente. Nunca las empresas habían tenido tantos medios para explicar lo que hacen, y nunca ha sido tan difícil saber si lo que cuentan es verdad. En esa brecha, el papel del periodismo no se reduce: se vuelve más necesario. ● Durante décadas, la relación entre empresas y opinión pública se articuló a través de un intermediario incómodo pero imprescindible: el periodista. Incómodo, porque preguntaba; imprescindible, porque contrastaba. Hoy ese equilibrio se resquebraja. Las grandes compañías han descubierto que pueden construir su propio relato en directo, sin interrupciones, sin repreguntas y, sobre todo, sin riesgo .Hasta ahora lo hacían comprando espacios publicitarios que estaban claramente diferenciadas de la información. Lo nuevo es que ahora apelan directamente al público simulando ser documentales, informativos o periódicos. El reciente caso de Redeia es paradigmático. El vídeo difundido por la compañía en el aniversario del apagón adopta la estética de un documental para ofrecer un relato cerrado. No es solo una cuestión de formato, sino de intención: sustituir la rendición de cuentas por una narrativa autocontenida, emocionalmente eficaz y técnicamente opaca . La transparencia deja de ser un proceso –basado en datos, auditorías y escrutinio externo– para convertirse en una escenografía.Este fenómeno no es aislado. Según un artículo de The Economist que se puede leer en castellano en abc.es «hoy en día, toda empresa es una compañía de medios de comunicación». Silicon Valley lo entendió antes que nadie: directivos convertidos en presentadores, podcasts corporativos, entrevistas a medida y canales propios que acumulan millones de visualizaciones. La desintermediación no es un accidente; es una estrategia.La pregunta relevante no es si las empresas tienen derecho a comunicar directamente –lo tienen–, sino si el ciudadano sale ganando . La respuesta, en términos informativos, es dudosa. La eliminación del intermediario elimina la fricción crítica. Sin esa fricción, desaparece la pregunta incómoda, la verificación independiente y el contexto. El resultado no es más información, sino más discurso. Es cierto que hay periodistas que han renunciado a la crítica y han terminado validando esta desintermediación. Hay, además, una derivada inquietante: la colonización del espacio personal del empleado. En el caso del vídeo de Redeia hasta ocho altos cargos, aparte de Beatriz Corredor que es hija de una designación política, presentan una versión interesada y propagandística que excede sus capacidades técnicas . Si la empresa es un medio, sus trabajadores se convierten en potenciales altavoces. Ya no basta con cumplir una función técnica; se espera, implícitamente o no, que el empleado contribuya a la narrativa corporativa, preste su imagen, grabe vídeos o amplifique mensajes en redes sociales. ¿Forma parte del contrato? ¿Dónde termina la lealtad profesional y empieza la instrumentalización reputacional?Este desplazamiento tiene consecuencias. Cuando las empresas –y más aún las que tienen capital público o gestionan infraestructuras críticas– sustituyen el escrutinio por la autoproducción narrativa, erosionan la confianza. La paradoja es evidente. Nunca las empresas habían tenido tantos medios para explicar lo que hacen, y nunca ha sido tan difícil saber si lo que cuentan es verdad. En esa brecha, el papel del periodismo no se reduce: se vuelve más necesario. ● Durante décadas, la relación entre empresas y opinión pública se articuló a través de un intermediario incómodo pero imprescindible: el periodista. Incómodo, porque preguntaba; imprescindible, porque contrastaba. Hoy ese equilibrio se resquebraja. Las grandes compañías han descubierto que pueden construir su propio relato en directo, sin interrupciones, sin repreguntas y, sobre todo, sin riesgo .Hasta ahora lo hacían comprando espacios publicitarios que estaban claramente diferenciadas de la información. Lo nuevo es que ahora apelan directamente al público simulando ser documentales, informativos o periódicos. El reciente caso de Redeia es paradigmático. El vídeo difundido por la compañía en el aniversario del apagón adopta la estética de un documental para ofrecer un relato cerrado. No es solo una cuestión de formato, sino de intención: sustituir la rendición de cuentas por una narrativa autocontenida, emocionalmente eficaz y técnicamente opaca . La transparencia deja de ser un proceso –basado en datos, auditorías y escrutinio externo– para convertirse en una escenografía.Este fenómeno no es aislado. Según un artículo de The Economist que se puede leer en castellano en abc.es «hoy en día, toda empresa es una compañía de medios de comunicación». Silicon Valley lo entendió antes que nadie: directivos convertidos en presentadores, podcasts corporativos, entrevistas a medida y canales propios que acumulan millones de visualizaciones. La desintermediación no es un accidente; es una estrategia.La pregunta relevante no es si las empresas tienen derecho a comunicar directamente –lo tienen–, sino si el ciudadano sale ganando . La respuesta, en términos informativos, es dudosa. La eliminación del intermediario elimina la fricción crítica. Sin esa fricción, desaparece la pregunta incómoda, la verificación independiente y el contexto. El resultado no es más información, sino más discurso. Es cierto que hay periodistas que han renunciado a la crítica y han terminado validando esta desintermediación. Hay, además, una derivada inquietante: la colonización del espacio personal del empleado. En el caso del vídeo de Redeia hasta ocho altos cargos, aparte de Beatriz Corredor que es hija de una designación política, presentan una versión interesada y propagandística que excede sus capacidades técnicas . Si la empresa es un medio, sus trabajadores se convierten en potenciales altavoces. Ya no basta con cumplir una función técnica; se espera, implícitamente o no, que el empleado contribuya a la narrativa corporativa, preste su imagen, grabe vídeos o amplifique mensajes en redes sociales. ¿Forma parte del contrato? ¿Dónde termina la lealtad profesional y empieza la instrumentalización reputacional?Este desplazamiento tiene consecuencias. Cuando las empresas –y más aún las que tienen capital público o gestionan infraestructuras críticas– sustituyen el escrutinio por la autoproducción narrativa, erosionan la confianza. La paradoja es evidente. Nunca las empresas habían tenido tantos medios para explicar lo que hacen, y nunca ha sido tan difícil saber si lo que cuentan es verdad. En esa brecha, el papel del periodismo no se reduce: se vuelve más necesario. ● RSS de noticias de economia
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