Veo el anuncio publicitario de Manos Unidas y contemplo a una niña, que avanza vulnerable y decidida, tocando el tambor. No empuña ningún arma, pero marcha en primera línea, mientras marca, firme, con dos cucharas de palo, el ritmo de un batallón desarmado que clama por la paz. Este es el mensaje de la campaña de Manos Unidas , organización de la Iglesia para el desarrollo, que comienza este mes de febrero: ‘Declara la guerra al hambre’. Es incomprensible que en un mundo tan poderoso, rico y tecnológicamente avanzado aún perdure la condena del hambre . No es un recurso dramático, es una realidad que duele y que los datos avalan: 673 millones de personas la sufren y más de 1.000 millones viven en pobreza extrema. Las causas de esta privación de recursos y de los derechos más fundamentales son diversas, aunque existe una clara vinculación entre la ausencia de paz y la falta de justicia. Ambas son, al mismo tiempo, causa y consecuencia. Casi el cuarenta por ciento de estas personas viven en lugares en conflicto armado, en los que más de cincuenta millones de niños no van a la escuela y soportan las más graves emergencias alimentarias recientes como resultado de las guerras. Además, setenta y ocho países libran enfrentamientos fuera de sus fronteras y existen cincuenta y nueve guerras activas en el mundo, algunas próximas y las más, invisibilizadas. La frialdad de la estadística no debe silenciar las vidas perdidas y truncadas, el miedo, el sufrimiento, los desplazamientos obligados, la destrucción de viviendas, infraestructuras y medios de vida, y también de la dignidad y la esperanza, porque donde hay desigualdad, hambre o pobreza, la paz se vuelve frágil y el futuro incierto. Solo la erradicación del desigual reparto de los bienes y oportunidades, de la falta de acceso a los derechos fundamentales -a la alimentación, al agua, a la educación, a la seguridad, a la libertad, a una vida digna- hará posible la paz. Sin ello, será apenas un deseo humano, una aspiración frágil en un mundo incapaz de conquistarla. Esta es la convicción que impulsa a Manos Unidas que, desde hace sesenta y siete años, lucha sin descanso -voluntarios que se dejan el alma en la tarea- para acabar con las causas estructurales del hambre y la desigualdad en cincuenta y dos países de África , Asia y América y que ha beneficiado con sus proyectos más recientes a un millón y medio de personas.Hoy, este batallón desarmado de los que aún creen que es posible un mundo mejor -como la pequeña tamborilera-, para los que nada humano le es ajeno, sino prójimo y fraterno, ha declarado la única guerra legítima: la guerra contra el hambre, de pan, paz y derechos, y nos recuerda que luchar contra la injusticia no es un gesto heroico, sino una decisión necesaria. Lo demás, inevitablemente, es complicidad. Veo el anuncio publicitario de Manos Unidas y contemplo a una niña, que avanza vulnerable y decidida, tocando el tambor. No empuña ningún arma, pero marcha en primera línea, mientras marca, firme, con dos cucharas de palo, el ritmo de un batallón desarmado que clama por la paz. Este es el mensaje de la campaña de Manos Unidas , organización de la Iglesia para el desarrollo, que comienza este mes de febrero: ‘Declara la guerra al hambre’. Es incomprensible que en un mundo tan poderoso, rico y tecnológicamente avanzado aún perdure la condena del hambre . No es un recurso dramático, es una realidad que duele y que los datos avalan: 673 millones de personas la sufren y más de 1.000 millones viven en pobreza extrema. Las causas de esta privación de recursos y de los derechos más fundamentales son diversas, aunque existe una clara vinculación entre la ausencia de paz y la falta de justicia. Ambas son, al mismo tiempo, causa y consecuencia. Casi el cuarenta por ciento de estas personas viven en lugares en conflicto armado, en los que más de cincuenta millones de niños no van a la escuela y soportan las más graves emergencias alimentarias recientes como resultado de las guerras. Además, setenta y ocho países libran enfrentamientos fuera de sus fronteras y existen cincuenta y nueve guerras activas en el mundo, algunas próximas y las más, invisibilizadas. La frialdad de la estadística no debe silenciar las vidas perdidas y truncadas, el miedo, el sufrimiento, los desplazamientos obligados, la destrucción de viviendas, infraestructuras y medios de vida, y también de la dignidad y la esperanza, porque donde hay desigualdad, hambre o pobreza, la paz se vuelve frágil y el futuro incierto. Solo la erradicación del desigual reparto de los bienes y oportunidades, de la falta de acceso a los derechos fundamentales -a la alimentación, al agua, a la educación, a la seguridad, a la libertad, a una vida digna- hará posible la paz. Sin ello, será apenas un deseo humano, una aspiración frágil en un mundo incapaz de conquistarla. Esta es la convicción que impulsa a Manos Unidas que, desde hace sesenta y siete años, lucha sin descanso -voluntarios que se dejan el alma en la tarea- para acabar con las causas estructurales del hambre y la desigualdad en cincuenta y dos países de África , Asia y América y que ha beneficiado con sus proyectos más recientes a un millón y medio de personas.Hoy, este batallón desarmado de los que aún creen que es posible un mundo mejor -como la pequeña tamborilera-, para los que nada humano le es ajeno, sino prójimo y fraterno, ha declarado la única guerra legítima: la guerra contra el hambre, de pan, paz y derechos, y nos recuerda que luchar contra la injusticia no es un gesto heroico, sino una decisión necesaria. Lo demás, inevitablemente, es complicidad. Veo el anuncio publicitario de Manos Unidas y contemplo a una niña, que avanza vulnerable y decidida, tocando el tambor. No empuña ningún arma, pero marcha en primera línea, mientras marca, firme, con dos cucharas de palo, el ritmo de un batallón desarmado que clama por la paz. Este es el mensaje de la campaña de Manos Unidas , organización de la Iglesia para el desarrollo, que comienza este mes de febrero: ‘Declara la guerra al hambre’. Es incomprensible que en un mundo tan poderoso, rico y tecnológicamente avanzado aún perdure la condena del hambre . No es un recurso dramático, es una realidad que duele y que los datos avalan: 673 millones de personas la sufren y más de 1.000 millones viven en pobreza extrema. Las causas de esta privación de recursos y de los derechos más fundamentales son diversas, aunque existe una clara vinculación entre la ausencia de paz y la falta de justicia. Ambas son, al mismo tiempo, causa y consecuencia. Casi el cuarenta por ciento de estas personas viven en lugares en conflicto armado, en los que más de cincuenta millones de niños no van a la escuela y soportan las más graves emergencias alimentarias recientes como resultado de las guerras. Además, setenta y ocho países libran enfrentamientos fuera de sus fronteras y existen cincuenta y nueve guerras activas en el mundo, algunas próximas y las más, invisibilizadas. La frialdad de la estadística no debe silenciar las vidas perdidas y truncadas, el miedo, el sufrimiento, los desplazamientos obligados, la destrucción de viviendas, infraestructuras y medios de vida, y también de la dignidad y la esperanza, porque donde hay desigualdad, hambre o pobreza, la paz se vuelve frágil y el futuro incierto. Solo la erradicación del desigual reparto de los bienes y oportunidades, de la falta de acceso a los derechos fundamentales -a la alimentación, al agua, a la educación, a la seguridad, a la libertad, a una vida digna- hará posible la paz. Sin ello, será apenas un deseo humano, una aspiración frágil en un mundo incapaz de conquistarla. Esta es la convicción que impulsa a Manos Unidas que, desde hace sesenta y siete años, lucha sin descanso -voluntarios que se dejan el alma en la tarea- para acabar con las causas estructurales del hambre y la desigualdad en cincuenta y dos países de África , Asia y América y que ha beneficiado con sus proyectos más recientes a un millón y medio de personas.Hoy, este batallón desarmado de los que aún creen que es posible un mundo mejor -como la pequeña tamborilera-, para los que nada humano le es ajeno, sino prójimo y fraterno, ha declarado la única guerra legítima: la guerra contra el hambre, de pan, paz y derechos, y nos recuerda que luchar contra la injusticia no es un gesto heroico, sino una decisión necesaria. Lo demás, inevitablemente, es complicidad. RSS de noticias de espana/andalucia
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