Viajemos en el tiempo. Cerremos los ojos y sobre la oscuridad proyectemos una imagen potente, sonora, otra dimensión. Nos sumergimos y ya no hay vuelta atrás. Es martes 30 de septiembre de 1975. La noche cae plácida sobre el barrio de Trieste, en Roma, con los sonidos típicos y reconocibles que anticipan el sueño de la ciudad eterna, ese instante en el que parece que nada más ocurrirá hasta el día siguiente; un momento de paz que, sin embargo, se ve interrumpido de repente a causa de algo insólito, unos golpes desde dentro del maletero de un Fiat 127. Alguien está pidiendo auxilio. Ahí es cuando la cotidianidad se rompe en mil pedazos y la maldad, como un virus, salta las barreras preventivas de la convención e infecta todo lo que encuentra a su paso como el agua desbordada de una presa. El lunes 29 de septiembre de 1975, Donatella Colasanti y Rosaria Lopez se encontraron con Angelo Izzo y Gianni Guido delante del cine Ambassade. Apenas se conocían. Ellos eran hijos de buenas familias, alumnos de San Leone Magno, un prestigioso instituto católico, aunque ya estaban fichados como autores de pequeños delitos y abusos; ellas, chicas de barrio humilde, algo deslumbradas por la situación y, por supuesto, ignorantes de los turbios antecedentes de Gianni y Angelo. Ninguno de los cuatro tenía más de 20 años. Donatella tenía 17. Era menor de edad.La cita tiene el color que la memoria atribuye a los convulsos y beligerantes años setenta. La corporeidad y el vestuario se ajustan a la idea que tenemos de este tiempo. Tonos sepia, coches destartalados, cierta tendencia en los estilismos a parecer más mayor de lo que en realidad se es (los peinados, los accesorios, la impostura). Años después, varias películas se inspirarán en lo ocurrido y ninguna de ellas logrará transmitir en su justa medida la vergüenza e incomodidad. Ni el cine ni la literatura serán suficiente. Tal vez, de haber conocido el pasado poco fiable de los chicos, Donatella y Rosaria no hubieran aceptado el trayecto en coche hasta una villa en San Felice Circeo, una preciosa localidad costera apenas a cien kilómetros de Roma, pero no sabían nada. Allí empezó el martirio.Gianni y Angelo, a quienes no tardó en unírseles Andrea Ghira, obligaron a las chicas a punta de pistola a desnudarse, y las encerraron en una habitación de la que, durante horas, las fueron sacando por turnos para torturarlas y violarlas sin treguaGianni y Angelo, a quienes no tardó en unírseles Andrea Ghira, obligaron a las chicas a punta de pistola a desnudarse, y las encerraron en una habitación de la que, durante horas, las fueron sacando por turnos para torturarlas y violarlas sin tregua. Cuando se cansaron del «juego», ahogaron a Rosaria en la bañera. A Donatella, después de inyectarle un líquido indefinido y apalizarla, la estrangularon con un cinturón. Los tres muchachos metieron los dos cuerpos en el maletero del Fiat y condujeron de regreso a Roma ya de noche, hasta el barrio de Trieste, el suyo, donde aparcaron tan tranquilos y se fueron a tomar algo, como si no estuvieran dejando tras ellos a dos mujeres muertas… o, al menos, eso es lo que creían, porque Donatella estaba viva. Los había engañado y, en cuanto tuvo oportunidad, empezó a golpear desde el interior del maletero con la poquísima fuerza que le quedaba. Afortunadamente, esa fuerza bastó. Es fácil encontrar en la red la fotografía de su rescate, tomada por el reportero Antonio Monteforte. Se ha convertido en un símbolo de la abominable violencia machista. Eran otros tiempos. La instantánea en blanco y negro apareció en los medios y se quedó para siempre: una mujer desfigurada y desnuda emerge del maletero de un coche y nos parece la víctima de una catástrofe climática o un accidente, pero la causa del horror que refleja su estado no es natural y aleatoria, es un acto humano, el ejercicio a conciencia del dolor. Observo la foto desde la tranquilidad de una mañana de verano en mi buhardilla, mientras escribo este texto y releo fragmentos de ‘La escuela católica’ (Lumen, 2019), el libro de casi 1.300 páginas en el que Edoardo Albinati (Roma, 1956), también alumno de San Leone Magno en la época del crimen, reflexiona acerca de lo ocurrido y construye un relato indefinible, extraño y laberíntico, en el que se interroga acerca de la religión, el contexto sociocultural, la diferencia de clase, la influencia del Arte y los estímulos que envolvieron el terrible acontecimiento, que acabaría conociéndose internacionalmente como ‘La Masacre del Circeo’. El contraste entre la languidez de esta mañana de verano y la lejana noche romana me resulta incomprensible. Adentrarme de nuevo en la obra de Albinati, interesante y perturbador. En ella me reencuentro con un concepto que había olvidado, el que recoge aquellos crímenes cometidos simplemente por entretenimiento o por placer, el concepto de «homicidio recreativo».La gratuidad del malEscribe Albinati: «Cuanto más gratuito es el mal, más persiste»; y escribe también: «La violencia que los pudientes ejercen contra las chicas del pueblo es la más grande y abominable que existe». Podríamos pensar que, ocurrido lo anterior, la sociedad, como sujeto colectivo, extrajo un aprendizaje. Aquí Roma representa a todas las ciudades y Gianni, Angelo y Andrea, a todos los asesinos. Pero Roma no aprendió. En la primavera de 2016, cuatro décadas después de la Masacre del Circeo, tras compartir 72 horas de fiesta y drogas en un claustrofóbico apartamento de la vía Igino Giordani, Manuel Foffo y Marco Prato torturaron hasta la muerte al jovencísimo Luca Varani. Agotados, se durmieron junto al cuerpo y, al despertar, salieron a desayunar con una tranquilidad pasmosa. Varani tenía 23 años y procedía de un entorno pobre; Foffo y Prato, que se habían conocido apenas dos meses antes del suceso, se acercaban a la treintena y eran hijos de la clase media alta. Ninguno de los dos tenía muy claro qué hacer con su vida, pero contaban con la suerte de un respaldo económico que les ahorraba todas las prisas a la hora de decidirse.Vacío de morosidadEs en ese vacío de morosidad e incertidumbre, de sordidez, donde silencioso y lento, sin que los verdugos se den cuenta, se va gestando el escenario adecuado para una carnicería sin otro móvil que el divertimento. Cuando leí ‘ La ciudad de los vivos ‘ (Literatura Random House, 2022 ), la crónica criminal de Nicola Lagioia (Bari, 1973) sobre este asesinato, me impresionó. A la altura de ‘A sangre fría’ (1965) y ‘El adversario’ (2000), destinada sin duda a convertirse en un referente de la crónica literaria criminal, durante semanas, la historia de Manuel, Marco y Luca, y la del propio Lagioia, que se introduce en primera persona entre los claroscuros del relato, estuvo conmigo: en mis conversaciones, en los minutos previos al sueño, en los encuentros en mi librería, donde recomendé el libro hasta el infinito y más allá… también escribí una página entera para este periódico sobre el ensayo y, a pesar de este empacho temático, mi interés por la descomunal obra de Lagioia no disminuyó y, hasta hoy, ha llegada intacto.El temor de ser víctimasTodos tememos ser víctimas, argumenta el autor en su texto impecable e híbrido como el de Albinati, pero somos incapaces de imaginarnos criminales. Sin embargo, es finísima la frontera entre la obediencia y la transgresión. «Yo sabía» —escribe Lagioia al recordar su atormentada adolescencia— «lo que significaba dar medio paso en el interior del cono de sombra, sabía que había que echarse para atrás lo antes posible. Pero ¿y luego? ¿Qué le ocurría a quién no se detenía o era incapaz de hacerlo?». Hay en esta reflexión cierto fatalismo, el mismo con que el responsable de los Carabinieri, al que Lagioia acudió tras experimentar un rechazo intangible en el rellano del piso donde tuvieron lugar los hechos, trató de explicar la razón de la muerte de Varani al escritor, mostrándole una serie de recortes de periódico sobre exorcismos, como si el mal en esencia no fuera humano, sino sobrenatural, y en cualquier momento pudiera apoderarse de nosotros. Gran enigma. Viajemos en el tiempo. Cerremos los ojos y sobre la oscuridad proyectemos una imagen potente, sonora, otra dimensión. Nos sumergimos y ya no hay vuelta atrás. Es martes 30 de septiembre de 1975. La noche cae plácida sobre el barrio de Trieste, en Roma, con los sonidos típicos y reconocibles que anticipan el sueño de la ciudad eterna, ese instante en el que parece que nada más ocurrirá hasta el día siguiente; un momento de paz que, sin embargo, se ve interrumpido de repente a causa de algo insólito, unos golpes desde dentro del maletero de un Fiat 127. Alguien está pidiendo auxilio. Ahí es cuando la cotidianidad se rompe en mil pedazos y la maldad, como un virus, salta las barreras preventivas de la convención e infecta todo lo que encuentra a su paso como el agua desbordada de una presa. El lunes 29 de septiembre de 1975, Donatella Colasanti y Rosaria Lopez se encontraron con Angelo Izzo y Gianni Guido delante del cine Ambassade. Apenas se conocían. Ellos eran hijos de buenas familias, alumnos de San Leone Magno, un prestigioso instituto católico, aunque ya estaban fichados como autores de pequeños delitos y abusos; ellas, chicas de barrio humilde, algo deslumbradas por la situación y, por supuesto, ignorantes de los turbios antecedentes de Gianni y Angelo. Ninguno de los cuatro tenía más de 20 años. Donatella tenía 17. Era menor de edad.La cita tiene el color que la memoria atribuye a los convulsos y beligerantes años setenta. La corporeidad y el vestuario se ajustan a la idea que tenemos de este tiempo. Tonos sepia, coches destartalados, cierta tendencia en los estilismos a parecer más mayor de lo que en realidad se es (los peinados, los accesorios, la impostura). Años después, varias películas se inspirarán en lo ocurrido y ninguna de ellas logrará transmitir en su justa medida la vergüenza e incomodidad. Ni el cine ni la literatura serán suficiente. Tal vez, de haber conocido el pasado poco fiable de los chicos, Donatella y Rosaria no hubieran aceptado el trayecto en coche hasta una villa en San Felice Circeo, una preciosa localidad costera apenas a cien kilómetros de Roma, pero no sabían nada. Allí empezó el martirio.Gianni y Angelo, a quienes no tardó en unírseles Andrea Ghira, obligaron a las chicas a punta de pistola a desnudarse, y las encerraron en una habitación de la que, durante horas, las fueron sacando por turnos para torturarlas y violarlas sin treguaGianni y Angelo, a quienes no tardó en unírseles Andrea Ghira, obligaron a las chicas a punta de pistola a desnudarse, y las encerraron en una habitación de la que, durante horas, las fueron sacando por turnos para torturarlas y violarlas sin tregua. Cuando se cansaron del «juego», ahogaron a Rosaria en la bañera. A Donatella, después de inyectarle un líquido indefinido y apalizarla, la estrangularon con un cinturón. Los tres muchachos metieron los dos cuerpos en el maletero del Fiat y condujeron de regreso a Roma ya de noche, hasta el barrio de Trieste, el suyo, donde aparcaron tan tranquilos y se fueron a tomar algo, como si no estuvieran dejando tras ellos a dos mujeres muertas… o, al menos, eso es lo que creían, porque Donatella estaba viva. Los había engañado y, en cuanto tuvo oportunidad, empezó a golpear desde el interior del maletero con la poquísima fuerza que le quedaba. Afortunadamente, esa fuerza bastó. Es fácil encontrar en la red la fotografía de su rescate, tomada por el reportero Antonio Monteforte. Se ha convertido en un símbolo de la abominable violencia machista. Eran otros tiempos. La instantánea en blanco y negro apareció en los medios y se quedó para siempre: una mujer desfigurada y desnuda emerge del maletero de un coche y nos parece la víctima de una catástrofe climática o un accidente, pero la causa del horror que refleja su estado no es natural y aleatoria, es un acto humano, el ejercicio a conciencia del dolor. Observo la foto desde la tranquilidad de una mañana de verano en mi buhardilla, mientras escribo este texto y releo fragmentos de ‘La escuela católica’ (Lumen, 2019), el libro de casi 1.300 páginas en el que Edoardo Albinati (Roma, 1956), también alumno de San Leone Magno en la época del crimen, reflexiona acerca de lo ocurrido y construye un relato indefinible, extraño y laberíntico, en el que se interroga acerca de la religión, el contexto sociocultural, la diferencia de clase, la influencia del Arte y los estímulos que envolvieron el terrible acontecimiento, que acabaría conociéndose internacionalmente como ‘La Masacre del Circeo’. El contraste entre la languidez de esta mañana de verano y la lejana noche romana me resulta incomprensible. Adentrarme de nuevo en la obra de Albinati, interesante y perturbador. En ella me reencuentro con un concepto que había olvidado, el que recoge aquellos crímenes cometidos simplemente por entretenimiento o por placer, el concepto de «homicidio recreativo».La gratuidad del malEscribe Albinati: «Cuanto más gratuito es el mal, más persiste»; y escribe también: «La violencia que los pudientes ejercen contra las chicas del pueblo es la más grande y abominable que existe». Podríamos pensar que, ocurrido lo anterior, la sociedad, como sujeto colectivo, extrajo un aprendizaje. Aquí Roma representa a todas las ciudades y Gianni, Angelo y Andrea, a todos los asesinos. Pero Roma no aprendió. En la primavera de 2016, cuatro décadas después de la Masacre del Circeo, tras compartir 72 horas de fiesta y drogas en un claustrofóbico apartamento de la vía Igino Giordani, Manuel Foffo y Marco Prato torturaron hasta la muerte al jovencísimo Luca Varani. Agotados, se durmieron junto al cuerpo y, al despertar, salieron a desayunar con una tranquilidad pasmosa. Varani tenía 23 años y procedía de un entorno pobre; Foffo y Prato, que se habían conocido apenas dos meses antes del suceso, se acercaban a la treintena y eran hijos de la clase media alta. Ninguno de los dos tenía muy claro qué hacer con su vida, pero contaban con la suerte de un respaldo económico que les ahorraba todas las prisas a la hora de decidirse.Vacío de morosidadEs en ese vacío de morosidad e incertidumbre, de sordidez, donde silencioso y lento, sin que los verdugos se den cuenta, se va gestando el escenario adecuado para una carnicería sin otro móvil que el divertimento. Cuando leí ‘ La ciudad de los vivos ‘ (Literatura Random House, 2022 ), la crónica criminal de Nicola Lagioia (Bari, 1973) sobre este asesinato, me impresionó. A la altura de ‘A sangre fría’ (1965) y ‘El adversario’ (2000), destinada sin duda a convertirse en un referente de la crónica literaria criminal, durante semanas, la historia de Manuel, Marco y Luca, y la del propio Lagioia, que se introduce en primera persona entre los claroscuros del relato, estuvo conmigo: en mis conversaciones, en los minutos previos al sueño, en los encuentros en mi librería, donde recomendé el libro hasta el infinito y más allá… también escribí una página entera para este periódico sobre el ensayo y, a pesar de este empacho temático, mi interés por la descomunal obra de Lagioia no disminuyó y, hasta hoy, ha llegada intacto.El temor de ser víctimasTodos tememos ser víctimas, argumenta el autor en su texto impecable e híbrido como el de Albinati, pero somos incapaces de imaginarnos criminales. Sin embargo, es finísima la frontera entre la obediencia y la transgresión. «Yo sabía» —escribe Lagioia al recordar su atormentada adolescencia— «lo que significaba dar medio paso en el interior del cono de sombra, sabía que había que echarse para atrás lo antes posible. Pero ¿y luego? ¿Qué le ocurría a quién no se detenía o era incapaz de hacerlo?». Hay en esta reflexión cierto fatalismo, el mismo con que el responsable de los Carabinieri, al que Lagioia acudió tras experimentar un rechazo intangible en el rellano del piso donde tuvieron lugar los hechos, trató de explicar la razón de la muerte de Varani al escritor, mostrándole una serie de recortes de periódico sobre exorcismos, como si el mal en esencia no fuera humano, sino sobrenatural, y en cualquier momento pudiera apoderarse de nosotros. Gran enigma. Viajemos en el tiempo. Cerremos los ojos y sobre la oscuridad proyectemos una imagen potente, sonora, otra dimensión. Nos sumergimos y ya no hay vuelta atrás. Es martes 30 de septiembre de 1975. La noche cae plácida sobre el barrio de Trieste, en Roma, con los sonidos típicos y reconocibles que anticipan el sueño de la ciudad eterna, ese instante en el que parece que nada más ocurrirá hasta el día siguiente; un momento de paz que, sin embargo, se ve interrumpido de repente a causa de algo insólito, unos golpes desde dentro del maletero de un Fiat 127. Alguien está pidiendo auxilio. Ahí es cuando la cotidianidad se rompe en mil pedazos y la maldad, como un virus, salta las barreras preventivas de la convención e infecta todo lo que encuentra a su paso como el agua desbordada de una presa. El lunes 29 de septiembre de 1975, Donatella Colasanti y Rosaria Lopez se encontraron con Angelo Izzo y Gianni Guido delante del cine Ambassade. Apenas se conocían. Ellos eran hijos de buenas familias, alumnos de San Leone Magno, un prestigioso instituto católico, aunque ya estaban fichados como autores de pequeños delitos y abusos; ellas, chicas de barrio humilde, algo deslumbradas por la situación y, por supuesto, ignorantes de los turbios antecedentes de Gianni y Angelo. Ninguno de los cuatro tenía más de 20 años. Donatella tenía 17. Era menor de edad.La cita tiene el color que la memoria atribuye a los convulsos y beligerantes años setenta. La corporeidad y el vestuario se ajustan a la idea que tenemos de este tiempo. Tonos sepia, coches destartalados, cierta tendencia en los estilismos a parecer más mayor de lo que en realidad se es (los peinados, los accesorios, la impostura). Años después, varias películas se inspirarán en lo ocurrido y ninguna de ellas logrará transmitir en su justa medida la vergüenza e incomodidad. Ni el cine ni la literatura serán suficiente. Tal vez, de haber conocido el pasado poco fiable de los chicos, Donatella y Rosaria no hubieran aceptado el trayecto en coche hasta una villa en San Felice Circeo, una preciosa localidad costera apenas a cien kilómetros de Roma, pero no sabían nada. Allí empezó el martirio.Gianni y Angelo, a quienes no tardó en unírseles Andrea Ghira, obligaron a las chicas a punta de pistola a desnudarse, y las encerraron en una habitación de la que, durante horas, las fueron sacando por turnos para torturarlas y violarlas sin treguaGianni y Angelo, a quienes no tardó en unírseles Andrea Ghira, obligaron a las chicas a punta de pistola a desnudarse, y las encerraron en una habitación de la que, durante horas, las fueron sacando por turnos para torturarlas y violarlas sin tregua. Cuando se cansaron del «juego», ahogaron a Rosaria en la bañera. A Donatella, después de inyectarle un líquido indefinido y apalizarla, la estrangularon con un cinturón. Los tres muchachos metieron los dos cuerpos en el maletero del Fiat y condujeron de regreso a Roma ya de noche, hasta el barrio de Trieste, el suyo, donde aparcaron tan tranquilos y se fueron a tomar algo, como si no estuvieran dejando tras ellos a dos mujeres muertas… o, al menos, eso es lo que creían, porque Donatella estaba viva. Los había engañado y, en cuanto tuvo oportunidad, empezó a golpear desde el interior del maletero con la poquísima fuerza que le quedaba. Afortunadamente, esa fuerza bastó. Es fácil encontrar en la red la fotografía de su rescate, tomada por el reportero Antonio Monteforte. Se ha convertido en un símbolo de la abominable violencia machista. Eran otros tiempos. La instantánea en blanco y negro apareció en los medios y se quedó para siempre: una mujer desfigurada y desnuda emerge del maletero de un coche y nos parece la víctima de una catástrofe climática o un accidente, pero la causa del horror que refleja su estado no es natural y aleatoria, es un acto humano, el ejercicio a conciencia del dolor. Observo la foto desde la tranquilidad de una mañana de verano en mi buhardilla, mientras escribo este texto y releo fragmentos de ‘La escuela católica’ (Lumen, 2019), el libro de casi 1.300 páginas en el que Edoardo Albinati (Roma, 1956), también alumno de San Leone Magno en la época del crimen, reflexiona acerca de lo ocurrido y construye un relato indefinible, extraño y laberíntico, en el que se interroga acerca de la religión, el contexto sociocultural, la diferencia de clase, la influencia del Arte y los estímulos que envolvieron el terrible acontecimiento, que acabaría conociéndose internacionalmente como ‘La Masacre del Circeo’. El contraste entre la languidez de esta mañana de verano y la lejana noche romana me resulta incomprensible. Adentrarme de nuevo en la obra de Albinati, interesante y perturbador. En ella me reencuentro con un concepto que había olvidado, el que recoge aquellos crímenes cometidos simplemente por entretenimiento o por placer, el concepto de «homicidio recreativo».La gratuidad del malEscribe Albinati: «Cuanto más gratuito es el mal, más persiste»; y escribe también: «La violencia que los pudientes ejercen contra las chicas del pueblo es la más grande y abominable que existe». Podríamos pensar que, ocurrido lo anterior, la sociedad, como sujeto colectivo, extrajo un aprendizaje. Aquí Roma representa a todas las ciudades y Gianni, Angelo y Andrea, a todos los asesinos. Pero Roma no aprendió. En la primavera de 2016, cuatro décadas después de la Masacre del Circeo, tras compartir 72 horas de fiesta y drogas en un claustrofóbico apartamento de la vía Igino Giordani, Manuel Foffo y Marco Prato torturaron hasta la muerte al jovencísimo Luca Varani. Agotados, se durmieron junto al cuerpo y, al despertar, salieron a desayunar con una tranquilidad pasmosa. Varani tenía 23 años y procedía de un entorno pobre; Foffo y Prato, que se habían conocido apenas dos meses antes del suceso, se acercaban a la treintena y eran hijos de la clase media alta. Ninguno de los dos tenía muy claro qué hacer con su vida, pero contaban con la suerte de un respaldo económico que les ahorraba todas las prisas a la hora de decidirse.Vacío de morosidadEs en ese vacío de morosidad e incertidumbre, de sordidez, donde silencioso y lento, sin que los verdugos se den cuenta, se va gestando el escenario adecuado para una carnicería sin otro móvil que el divertimento. Cuando leí ‘ La ciudad de los vivos ‘ (Literatura Random House, 2022 ), la crónica criminal de Nicola Lagioia (Bari, 1973) sobre este asesinato, me impresionó. A la altura de ‘A sangre fría’ (1965) y ‘El adversario’ (2000), destinada sin duda a convertirse en un referente de la crónica literaria criminal, durante semanas, la historia de Manuel, Marco y Luca, y la del propio Lagioia, que se introduce en primera persona entre los claroscuros del relato, estuvo conmigo: en mis conversaciones, en los minutos previos al sueño, en los encuentros en mi librería, donde recomendé el libro hasta el infinito y más allá… también escribí una página entera para este periódico sobre el ensayo y, a pesar de este empacho temático, mi interés por la descomunal obra de Lagioia no disminuyó y, hasta hoy, ha llegada intacto.El temor de ser víctimasTodos tememos ser víctimas, argumenta el autor en su texto impecable e híbrido como el de Albinati, pero somos incapaces de imaginarnos criminales. Sin embargo, es finísima la frontera entre la obediencia y la transgresión. «Yo sabía» —escribe Lagioia al recordar su atormentada adolescencia— «lo que significaba dar medio paso en el interior del cono de sombra, sabía que había que echarse para atrás lo antes posible. Pero ¿y luego? ¿Qué le ocurría a quién no se detenía o era incapaz de hacerlo?». Hay en esta reflexión cierto fatalismo, el mismo con que el responsable de los Carabinieri, al que Lagioia acudió tras experimentar un rechazo intangible en el rellano del piso donde tuvieron lugar los hechos, trató de explicar la razón de la muerte de Varani al escritor, mostrándole una serie de recortes de periódico sobre exorcismos, como si el mal en esencia no fuera humano, sino sobrenatural, y en cualquier momento pudiera apoderarse de nosotros. Gran enigma. RSS de noticias de cultura
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