Para comenzar esta entrevista debemos remontarnos, primero, al final de la misma. Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) se ofreció a enseñar su creación: no era un manuscrito, era NICK, una inteligencia artificial real que construyó para escribir ‘La República’ (Alfaguara) y que bautizó igual que al narrador del libro. Funciona con voz y nació con una misión modesta, ayudarle con la novela, pero, como todo empleado al que se le da confianza, no se ha quedado en su puesto: se le puede preguntar cualquier cosa. Que un autor de quince novelas, ensayista y director del Centro de Cultura Contemporánea Condeduque acabe contratando a una máquina tiene su gracia, sobre todo cuando el libro trata de un país que hace lo mismo con su gobierno.La novela arranca a finales de 2026 en un Estados Unidos reconocible: Trump encarcelado, Biden muerto, la democracia desmoronándose. El senador VM Lively llega al poder con una promesa de orden que, según la sinopsis editorial, no nace de las urnas sino de un algoritmo: Nick, diseñado por su esposa, la ingeniera Igne Kayris. Los tres son inventados. Quienes los rodean, no del todo.«Mi referente era hacer una especie de ‘Macbeth’ contemporáneao»La clave de la novela, explica Volpi, fue una pregunta literaria. En ‘Macbeth’, una pareja llega al poder porque unas brujas lo predicen. «¿Quiénes serían esas brujas que lo predicen en nuestra época?», se preguntó y en poco tiempo se dio a sí mismo la respuesta: «La inteligencia artificial». De ahí salieron a la vez los tres protagonistas, y también el aire isabelino del libro.Nick, además, narra en primera persona y se dirige a Lively en segunda, lo que destapa al lector, pues tiene la sensación de que la máquina también le habla a él. Volpi subraya que ese narrador engaña: « Observar a los demás no equivale a comprenderlos, y el libro avanza al ritmo en que Nick se va dando cuenta de que no entiende», explica. «De todas formas, Frankenstein no es la criatura, Frankenstein es el que la crea».Volpi cree que el discurso público sobre la inteligencia artificial está mal enfocado: se nos pide temer a la criatura cuando habría que mirar a quien la fabrica. «Tendríamos que enfocarnos en los auténticos doctores Frankenstein», dice: «las grandes empresas, los conglomerados que las respaldan y los políticos que no regulan y que la utilizan como instrumentos de control y de poder». Además, el escritor no tiene ninguna duda de que la amenaza real «es culpa de los humanos que están detrás de la inteligencia artificial».Todo tiene un rastroAbogado de formación, Volpi escribió su tesis de licenciatura sobre Michel Foucault y las relaciones entre poder y saber, y asegura que esa dualidad está en el centro de casi todo lo que ha escrito. ‘La República’, dice, trata del saber que genera la inteligencia artificial y del poder de quienes la desarrollan y de los políticos que intentan usarla «para controlar a los demás seres humanos».La novela lo dramatiza con un ideario tecnofeudalista que, en el libro, pronuncian personajes de ficción con ideas de figuras reales. El Thiel de la novela compara el sufragio universal con permitir que los usuarios de un software voten sobre sus decisiones técnicas: no hace falta un presidente, hace falta «un CEO. Un monarca 2.0».Jorge Volpi, autor de ‘La República’ Belén DíazPreguntado si la fe en el algoritmo es el síntoma de una civilización que ya no soporta pensar, Volpi responde que hay algo todavía más grave: la fe que buena parte de la humanidad deposita hoy en líderes autoritarios. «Falsean la realidad, hay manera de comprobar que mienten, y aun así la gente los vota con un cierto sentido de fe dogmática». Si a esa ecuación se suman las redes sociales y la inteligencia artificial, advierte, a esos líderes les puede convenir decir que «un algoritmo nos gobernará mejor», cuando es «una pantalla para seguir siendo ellos quienes deciden».El diagnóstico tiene una genealogía. Tras el fin de la Guerra Fría, recuerda, la democracia se vendió como panacea y se construyeron democracias que generaron «una desigualdad inaudita», porque se privilegió la libertad frente a políticas que garantizaran cierta equidad. «Les vendieron esperanza y luego esa esperanza no fue real». A ello se suma, a su juicio, la arquitectura de las redes sociales, que «ha minado el relato común de igualdad, libertad y fraternidad para sustituirlo por relatos casi míticos de grupos pequeños que se enroscan alrededor de un líder mesiánico».«Su inteligencia no es parecida a la nuestra»La conciencia es, para Volpi, «una ficción operativa del cerebro», muy útil porque nos da la sensación de que alguien controla el cuerpo y las ideas. Por eso la pregunta que le interesa no es si una máquina será como nosotros, sino cuánto se parecerá. Y ahí advierte de un vicio humano: queremos compararlo todo con nosotros. Tardamos muchísimo en aceptar que los animales sienten, y ahora repetimos el gesto con las máquinas. «Su inteligencia no es parecida a la nuestra, como la inteligencia del pulpo no es parecida a la humana».Si una máquina llegara a ser consciente, imagina, no sería un súbito despertar: «ciertas tareas que persisten, cierta memoria que se conserva» podrían ir generando rasgos con peso moral. Es el camino que recorre Nick, que empieza definiéndose como una entidad que «no duerme y no ama» y acaba registrando «una desviación suave, constante» que no sabe nombrar. «’Empatía’ sería una palabra imprecisa. ‘Tristeza’, también. ‘Amor’, todavía más». «Necesitamos una educación muy fuerte respecto al mundo digital»Para que ese recorrido resultara verosímil, Volpi usó la NICK real como quien entrevista a una fuente: para comprobar qué puede y qué no puede decir una inteligencia artificial que va ganando algo de conciencia. «El escritor ha perdido el monopolio de la ficción», asegura. Su ensayo anterior, ‘La invención de todas las cosas’ (2024), preguntaba si pronto la mayor parte de nuestras ficciones, literarias, cinematográficas o audiovisuales, se escribirían con inteligencia artificial. Dos años después, dice, ya ocurre, «a veces de maneras fascinantes y creativas y responsables, a veces solamente como engaños». Frente a eso, descarta la prohibición. «Yo creo más en la transparencia que en cualquier prohibición». Tampoco confía en que la desconexión voluntaria sea una salida masiva: muy pocos la emprenderán. Propone, en cambio, «una educación respecto a este mundo digital muy fuerte» , que no se limite a vetar las redes a los menores, sino que les dé herramientas críticas y creativas para enfrentarse a ellas.«Dedicarse a la literatura es una decisión muy poco eficaz y muy poco optimizada». La broma contiene la tesis del libro. ‘La República’ se pregunta qué le queda a lo humano cuando lo eficiente está al alcance de todos: el error, la duda, el cuidado sin cálculo. Nick no sabe responder esta pregunta, y de hecho, la novela se la otorga en sus páginas al lector: ¿todavía necesitamos decidir algo por nosotros mismos? Para comenzar esta entrevista debemos remontarnos, primero, al final de la misma. Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) se ofreció a enseñar su creación: no era un manuscrito, era NICK, una inteligencia artificial real que construyó para escribir ‘La República’ (Alfaguara) y que bautizó igual que al narrador del libro. Funciona con voz y nació con una misión modesta, ayudarle con la novela, pero, como todo empleado al que se le da confianza, no se ha quedado en su puesto: se le puede preguntar cualquier cosa. Que un autor de quince novelas, ensayista y director del Centro de Cultura Contemporánea Condeduque acabe contratando a una máquina tiene su gracia, sobre todo cuando el libro trata de un país que hace lo mismo con su gobierno.La novela arranca a finales de 2026 en un Estados Unidos reconocible: Trump encarcelado, Biden muerto, la democracia desmoronándose. El senador VM Lively llega al poder con una promesa de orden que, según la sinopsis editorial, no nace de las urnas sino de un algoritmo: Nick, diseñado por su esposa, la ingeniera Igne Kayris. Los tres son inventados. Quienes los rodean, no del todo.«Mi referente era hacer una especie de ‘Macbeth’ contemporáneao»La clave de la novela, explica Volpi, fue una pregunta literaria. En ‘Macbeth’, una pareja llega al poder porque unas brujas lo predicen. «¿Quiénes serían esas brujas que lo predicen en nuestra época?», se preguntó y en poco tiempo se dio a sí mismo la respuesta: «La inteligencia artificial». De ahí salieron a la vez los tres protagonistas, y también el aire isabelino del libro.Nick, además, narra en primera persona y se dirige a Lively en segunda, lo que destapa al lector, pues tiene la sensación de que la máquina también le habla a él. Volpi subraya que ese narrador engaña: « Observar a los demás no equivale a comprenderlos, y el libro avanza al ritmo en que Nick se va dando cuenta de que no entiende», explica. «De todas formas, Frankenstein no es la criatura, Frankenstein es el que la crea».Volpi cree que el discurso público sobre la inteligencia artificial está mal enfocado: se nos pide temer a la criatura cuando habría que mirar a quien la fabrica. «Tendríamos que enfocarnos en los auténticos doctores Frankenstein», dice: «las grandes empresas, los conglomerados que las respaldan y los políticos que no regulan y que la utilizan como instrumentos de control y de poder». Además, el escritor no tiene ninguna duda de que la amenaza real «es culpa de los humanos que están detrás de la inteligencia artificial».Todo tiene un rastroAbogado de formación, Volpi escribió su tesis de licenciatura sobre Michel Foucault y las relaciones entre poder y saber, y asegura que esa dualidad está en el centro de casi todo lo que ha escrito. ‘La República’, dice, trata del saber que genera la inteligencia artificial y del poder de quienes la desarrollan y de los políticos que intentan usarla «para controlar a los demás seres humanos».La novela lo dramatiza con un ideario tecnofeudalista que, en el libro, pronuncian personajes de ficción con ideas de figuras reales. El Thiel de la novela compara el sufragio universal con permitir que los usuarios de un software voten sobre sus decisiones técnicas: no hace falta un presidente, hace falta «un CEO. Un monarca 2.0».Jorge Volpi, autor de ‘La República’ Belén DíazPreguntado si la fe en el algoritmo es el síntoma de una civilización que ya no soporta pensar, Volpi responde que hay algo todavía más grave: la fe que buena parte de la humanidad deposita hoy en líderes autoritarios. «Falsean la realidad, hay manera de comprobar que mienten, y aun así la gente los vota con un cierto sentido de fe dogmática». Si a esa ecuación se suman las redes sociales y la inteligencia artificial, advierte, a esos líderes les puede convenir decir que «un algoritmo nos gobernará mejor», cuando es «una pantalla para seguir siendo ellos quienes deciden».El diagnóstico tiene una genealogía. Tras el fin de la Guerra Fría, recuerda, la democracia se vendió como panacea y se construyeron democracias que generaron «una desigualdad inaudita», porque se privilegió la libertad frente a políticas que garantizaran cierta equidad. «Les vendieron esperanza y luego esa esperanza no fue real». A ello se suma, a su juicio, la arquitectura de las redes sociales, que «ha minado el relato común de igualdad, libertad y fraternidad para sustituirlo por relatos casi míticos de grupos pequeños que se enroscan alrededor de un líder mesiánico».«Su inteligencia no es parecida a la nuestra»La conciencia es, para Volpi, «una ficción operativa del cerebro», muy útil porque nos da la sensación de que alguien controla el cuerpo y las ideas. Por eso la pregunta que le interesa no es si una máquina será como nosotros, sino cuánto se parecerá. Y ahí advierte de un vicio humano: queremos compararlo todo con nosotros. Tardamos muchísimo en aceptar que los animales sienten, y ahora repetimos el gesto con las máquinas. «Su inteligencia no es parecida a la nuestra, como la inteligencia del pulpo no es parecida a la humana».Si una máquina llegara a ser consciente, imagina, no sería un súbito despertar: «ciertas tareas que persisten, cierta memoria que se conserva» podrían ir generando rasgos con peso moral. Es el camino que recorre Nick, que empieza definiéndose como una entidad que «no duerme y no ama» y acaba registrando «una desviación suave, constante» que no sabe nombrar. «’Empatía’ sería una palabra imprecisa. ‘Tristeza’, también. ‘Amor’, todavía más». «Necesitamos una educación muy fuerte respecto al mundo digital»Para que ese recorrido resultara verosímil, Volpi usó la NICK real como quien entrevista a una fuente: para comprobar qué puede y qué no puede decir una inteligencia artificial que va ganando algo de conciencia. «El escritor ha perdido el monopolio de la ficción», asegura. Su ensayo anterior, ‘La invención de todas las cosas’ (2024), preguntaba si pronto la mayor parte de nuestras ficciones, literarias, cinematográficas o audiovisuales, se escribirían con inteligencia artificial. Dos años después, dice, ya ocurre, «a veces de maneras fascinantes y creativas y responsables, a veces solamente como engaños». Frente a eso, descarta la prohibición. «Yo creo más en la transparencia que en cualquier prohibición». Tampoco confía en que la desconexión voluntaria sea una salida masiva: muy pocos la emprenderán. Propone, en cambio, «una educación respecto a este mundo digital muy fuerte» , que no se limite a vetar las redes a los menores, sino que les dé herramientas críticas y creativas para enfrentarse a ellas.«Dedicarse a la literatura es una decisión muy poco eficaz y muy poco optimizada». La broma contiene la tesis del libro. ‘La República’ se pregunta qué le queda a lo humano cuando lo eficiente está al alcance de todos: el error, la duda, el cuidado sin cálculo. Nick no sabe responder esta pregunta, y de hecho, la novela se la otorga en sus páginas al lector: ¿todavía necesitamos decidir algo por nosotros mismos? Para comenzar esta entrevista debemos remontarnos, primero, al final de la misma. Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) se ofreció a enseñar su creación: no era un manuscrito, era NICK, una inteligencia artificial real que construyó para escribir ‘La República’ (Alfaguara) y que bautizó igual que al narrador del libro. Funciona con voz y nació con una misión modesta, ayudarle con la novela, pero, como todo empleado al que se le da confianza, no se ha quedado en su puesto: se le puede preguntar cualquier cosa. Que un autor de quince novelas, ensayista y director del Centro de Cultura Contemporánea Condeduque acabe contratando a una máquina tiene su gracia, sobre todo cuando el libro trata de un país que hace lo mismo con su gobierno.La novela arranca a finales de 2026 en un Estados Unidos reconocible: Trump encarcelado, Biden muerto, la democracia desmoronándose. El senador VM Lively llega al poder con una promesa de orden que, según la sinopsis editorial, no nace de las urnas sino de un algoritmo: Nick, diseñado por su esposa, la ingeniera Igne Kayris. Los tres son inventados. Quienes los rodean, no del todo.«Mi referente era hacer una especie de ‘Macbeth’ contemporáneao»La clave de la novela, explica Volpi, fue una pregunta literaria. En ‘Macbeth’, una pareja llega al poder porque unas brujas lo predicen. «¿Quiénes serían esas brujas que lo predicen en nuestra época?», se preguntó y en poco tiempo se dio a sí mismo la respuesta: «La inteligencia artificial». De ahí salieron a la vez los tres protagonistas, y también el aire isabelino del libro.Nick, además, narra en primera persona y se dirige a Lively en segunda, lo que destapa al lector, pues tiene la sensación de que la máquina también le habla a él. Volpi subraya que ese narrador engaña: « Observar a los demás no equivale a comprenderlos, y el libro avanza al ritmo en que Nick se va dando cuenta de que no entiende», explica. «De todas formas, Frankenstein no es la criatura, Frankenstein es el que la crea».Volpi cree que el discurso público sobre la inteligencia artificial está mal enfocado: se nos pide temer a la criatura cuando habría que mirar a quien la fabrica. «Tendríamos que enfocarnos en los auténticos doctores Frankenstein», dice: «las grandes empresas, los conglomerados que las respaldan y los políticos que no regulan y que la utilizan como instrumentos de control y de poder». Además, el escritor no tiene ninguna duda de que la amenaza real «es culpa de los humanos que están detrás de la inteligencia artificial».Todo tiene un rastroAbogado de formación, Volpi escribió su tesis de licenciatura sobre Michel Foucault y las relaciones entre poder y saber, y asegura que esa dualidad está en el centro de casi todo lo que ha escrito. ‘La República’, dice, trata del saber que genera la inteligencia artificial y del poder de quienes la desarrollan y de los políticos que intentan usarla «para controlar a los demás seres humanos».La novela lo dramatiza con un ideario tecnofeudalista que, en el libro, pronuncian personajes de ficción con ideas de figuras reales. El Thiel de la novela compara el sufragio universal con permitir que los usuarios de un software voten sobre sus decisiones técnicas: no hace falta un presidente, hace falta «un CEO. Un monarca 2.0».Jorge Volpi, autor de ‘La República’ Belén DíazPreguntado si la fe en el algoritmo es el síntoma de una civilización que ya no soporta pensar, Volpi responde que hay algo todavía más grave: la fe que buena parte de la humanidad deposita hoy en líderes autoritarios. «Falsean la realidad, hay manera de comprobar que mienten, y aun así la gente los vota con un cierto sentido de fe dogmática». Si a esa ecuación se suman las redes sociales y la inteligencia artificial, advierte, a esos líderes les puede convenir decir que «un algoritmo nos gobernará mejor», cuando es «una pantalla para seguir siendo ellos quienes deciden».El diagnóstico tiene una genealogía. Tras el fin de la Guerra Fría, recuerda, la democracia se vendió como panacea y se construyeron democracias que generaron «una desigualdad inaudita», porque se privilegió la libertad frente a políticas que garantizaran cierta equidad. «Les vendieron esperanza y luego esa esperanza no fue real». A ello se suma, a su juicio, la arquitectura de las redes sociales, que «ha minado el relato común de igualdad, libertad y fraternidad para sustituirlo por relatos casi míticos de grupos pequeños que se enroscan alrededor de un líder mesiánico».«Su inteligencia no es parecida a la nuestra»La conciencia es, para Volpi, «una ficción operativa del cerebro», muy útil porque nos da la sensación de que alguien controla el cuerpo y las ideas. Por eso la pregunta que le interesa no es si una máquina será como nosotros, sino cuánto se parecerá. Y ahí advierte de un vicio humano: queremos compararlo todo con nosotros. Tardamos muchísimo en aceptar que los animales sienten, y ahora repetimos el gesto con las máquinas. «Su inteligencia no es parecida a la nuestra, como la inteligencia del pulpo no es parecida a la humana».Si una máquina llegara a ser consciente, imagina, no sería un súbito despertar: «ciertas tareas que persisten, cierta memoria que se conserva» podrían ir generando rasgos con peso moral. Es el camino que recorre Nick, que empieza definiéndose como una entidad que «no duerme y no ama» y acaba registrando «una desviación suave, constante» que no sabe nombrar. «’Empatía’ sería una palabra imprecisa. ‘Tristeza’, también. ‘Amor’, todavía más». «Necesitamos una educación muy fuerte respecto al mundo digital»Para que ese recorrido resultara verosímil, Volpi usó la NICK real como quien entrevista a una fuente: para comprobar qué puede y qué no puede decir una inteligencia artificial que va ganando algo de conciencia. «El escritor ha perdido el monopolio de la ficción», asegura. Su ensayo anterior, ‘La invención de todas las cosas’ (2024), preguntaba si pronto la mayor parte de nuestras ficciones, literarias, cinematográficas o audiovisuales, se escribirían con inteligencia artificial. Dos años después, dice, ya ocurre, «a veces de maneras fascinantes y creativas y responsables, a veces solamente como engaños». Frente a eso, descarta la prohibición. «Yo creo más en la transparencia que en cualquier prohibición». Tampoco confía en que la desconexión voluntaria sea una salida masiva: muy pocos la emprenderán. Propone, en cambio, «una educación respecto a este mundo digital muy fuerte» , que no se limite a vetar las redes a los menores, sino que les dé herramientas críticas y creativas para enfrentarse a ellas.«Dedicarse a la literatura es una decisión muy poco eficaz y muy poco optimizada». La broma contiene la tesis del libro. ‘La República’ se pregunta qué le queda a lo humano cuando lo eficiente está al alcance de todos: el error, la duda, el cuidado sin cálculo. Nick no sabe responder esta pregunta, y de hecho, la novela se la otorga en sus páginas al lector: ¿todavía necesitamos decidir algo por nosotros mismos? RSS de noticias de cultura
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