Partió Jesús Nazareno el Pobre desde la Iglesia de San Pedro el Viejo, en pleno centro de Madrid, en la calle del Nuncio. Lo hizo rodeado de sus nazarenos, justo cuando el sol pegaba de frente. Ellos iban vestidos con el hábito de sarga morada, con ancha faja de esparto; antifaz de raso morado con cruz trinitaria y capirote de 90 centímetros; alpargatas de esparto negras y guantes de algodón blancos. La imagen sobrecoge, entre la pena y el dolor, sabiéndose lo que le venía encima , pero bien acompañado de fieles que darían la mano por sostener esa carga. La talla es de autoría anónima, fechada en el siglo XVII, y representa al Pobre para diferenciarlo del ‘rico’, que viene a ser el Jesús de Medinaceli y que saldrá el viernes .No solo es el estilo humilde lo que representa este nombre: también lo son su origen y su devoción, puesto que la Iglesia de San Pedro el Viejo siempre tuvo más de misericordiosa que de pretenciosa y eso, tratándose de Dios, es toda una semejanza simbólica que requiere respeto y admiración. Ruano decía que «hay calles en Madrid donde el tiempo se arrodilla». Quizá por eso los primeros nazarenos salen doblados y los segundos se arrastran de rodillas mientras todo el mundo aplaude. Ellos van pelándose los huesos contra un asfalto que en Madrid no perdona a nadie. A la vez, me doy cuenta de que la mitad de la calle está gastando la ciudad y la otra mitad sigue con devoción los primeros tambores y el dolor que reaparece en forma de memoria.Son dos ciudades las que se han partido esta tarde de Jueves Santo. Es curioso, porque lo que sí está claro es que Madrid puede con las dos cosas. No es tan devota como Sevilla, ni tan silenciosa como la que viven Pucela y Peláez esta misma tarde. La de Madrid es otra cosa, más natural y discreta, porque ninguna de sus mitades le permite a la otra tener demasiada presencia. Quizá por eso sea tan buena. Escribió Azorín que «la emoción religiosa es emoción estética; el recogimiento es una forma de belleza». Pero aquí hay un ruido sensato y devoto, una banda sonora que te entra por los oídos y por los ojos a la vez, porque suena a vientos de trompeta. Recoge un llanto que aumenta de ritmo al compás de los pasos de todos estos caballeros, sean hombres o mujeres, de este Jesús el Pobre. Noticia relacionada general No No La estación de Sol cierra la tarde de este Viernes Santo por las procesiones Amina OuldEl sonido es ensordecedor. Los tambores replican mientras el paso acompasado de la imagen del Pobre gira por la calle del Cordón para llegar a la plaza de la Villa, por esa cuesta que parece un pasadizo del Madrid que escribió Reverte en ‘Alatriste’. La caballería del Pobre son 48 soldados que caminan al son de una tarde en la que la ciudad abraza la calle. De vez en cuando lo mecen y mueven la base mientras escucho campanas que vienen, esta vez, de San Francisco el Grande o de la Almudena. Paran y descansan de vez en cuando. La gente aplaude y agradece poder mirarlo un rato más largo. Y, de pronto, el descanso se rompe al toque de una orden en forma de golpe. Y arriba. Y la música vuelve a sonar en el viento. Esta ciudad está hecha de personas de toda España. Y es precisamente durante la Semana Santa cuando es más natural que vuelvan a su infancia y a sus pueblos. Pero otros muchos se quedaron aquí. No sé qué dejaban atrás, pero lo quisieron olvidar y por eso nosotros nunca les preguntamos de qué huían. Algunos dejaron también los recuerdos y la Semana Santa, con sus pasos y sus vínculos más estrechos con aquel pasado. En Madrid siempre hay gente. Eso no cambia en Semana Santa, porque quienes se marchan al silencio no dejan la ciudad sola: la convierten en suya. En la plaza de la Villa se oye una saeta que hace temblar el aire. Ismael de la Rosa la eleva y convierte todo en un silencio que duele con sus lamentos. Los balcones cerrados de Javier Marías me recuerdan que el tiempo pasa mucho más rápido de lo que quisimos. Un grupo de alemanas o suecas mira a mi lado este espectáculo de la fe. Señalan los capirotes y me dice la más alta que parecen del Ku Klux Klan. La dejo tranquila al contarle que estos no queman a nadie, que de eso hace ya más de trescientos años y que ahora simplemente son famosos porque siempre ponen la otra mejilla. La generosidad y la caridad son su razón de ser, y esta fecha marca también el camino de ese sacrificio que le costó la vida al hijo de un Dios al que lloramos en Semana Santa.Al que no le guste esto, que cierre al salir, pero somos, de una u otra forma, así. No importa que unos miren, recen, odien o renieguen. Es innegable que Occidente se fundó bajo este ritual llamado cristianismo, y que quizá sembró valores que hoy permiten que sigamos siendo así. Me fijo en que hoy Madrid tiene en cada trozo de cielo una torre de iglesia. Parece como si todas las personas con las que me cruzo miraran hacia arriba pidiendo redención. O algo. Me despido del Pobre dejándole en la puerta de Santiago de la Catedral de la Almudena. Mientras esto sucede, Jesús del Gran Poder y la Macarena avanzan por Madrid con ese acento que no es de aquí, pero que ya suena propio. Salen desde la colegiata de San Isidro abriéndose paso entre una ciudad que no termina de decidir si mira o acompaña. El Gran Poder camina despacio, como si midiera cada paso sobre un suelo que no es el suyo. No hay Guadalquivir ni calle estrecha de cal, pero sí un aire distinto, más ancho, más abierto, donde la fe no se recoge tanto sino que se reparte entre miradas curiosas y silencios intermitentes. Hay muchos niños y eso le da un toque muy festivo a la procesión. La Macarena viene detrás, luminosa y pletórica. No necesita su barrio para emocionar. Hay algo en su forma de avanzar, en el balanceo leve del paso, que obliga a detenerse. Madrid la mira con respeto, casi con sorpresa, como si no terminara de entender por qué duele tanto algo que viene de tan lejos. El recorrido atraviesa calles que no están hechas para esto, o eso parece. Pero, sin embargo, todo encaja. Atocha se abre, las aceras se llenan y, por un momento, la ciudad se deja llevar. No hay ese silencio cerrado del sur ni ese recogimiento absoluto de otras tierras, pero hay una especie de acuerdo tácito entre quienes creen y quienes solo observan que infunde respeto por todas partes. La difícil salida de la Virgen del Dulce nombre, en la iglesia de la calle del Nuncio. Los anderos se arrastran de rodillas para sacar del templo a la Señora. Una joven perfectamente ataviada de mantilla este Jueves Santo en Madrid. Tania SieiraQuizá por eso estas imágenes encuentran su sitio aquí. Porque Madrid no pregunta de dónde vienes, sino cuánto estás dispuesto a dejarte en sus calles. Y esta tarde, entre tambores, luces y pasos medidos, el Gran Poder y la Macarena dejan algo suyo en cada esquina y en cada gato que les mira. Cuando se alejan, la ciudad vuelve poco a poco a su ruido habitual, pero queda una huella leve, como si durante unas horas hubiera sido otra. O quizá la misma, pero mirándose desde un lugar distinto.Me refugio en la plaza del Biombo para escribir esta crónica. Madrid no se arrodilla del todo, pero tampoco pasa de largo. Parece como si por un rato se hubiera santiguado, aunque ya esté de nuevo a su manera. Tiene devoción y tiene pasión de Cristo, que es lo que se gasta ahora con tanto dolor en las espaldas de los nazarenos, y de los ojos de quienes han llorado esta tarde a los pasos. Partió Jesús Nazareno el Pobre desde la Iglesia de San Pedro el Viejo, en pleno centro de Madrid, en la calle del Nuncio. Lo hizo rodeado de sus nazarenos, justo cuando el sol pegaba de frente. Ellos iban vestidos con el hábito de sarga morada, con ancha faja de esparto; antifaz de raso morado con cruz trinitaria y capirote de 90 centímetros; alpargatas de esparto negras y guantes de algodón blancos. La imagen sobrecoge, entre la pena y el dolor, sabiéndose lo que le venía encima , pero bien acompañado de fieles que darían la mano por sostener esa carga. La talla es de autoría anónima, fechada en el siglo XVII, y representa al Pobre para diferenciarlo del ‘rico’, que viene a ser el Jesús de Medinaceli y que saldrá el viernes .No solo es el estilo humilde lo que representa este nombre: también lo son su origen y su devoción, puesto que la Iglesia de San Pedro el Viejo siempre tuvo más de misericordiosa que de pretenciosa y eso, tratándose de Dios, es toda una semejanza simbólica que requiere respeto y admiración. Ruano decía que «hay calles en Madrid donde el tiempo se arrodilla». Quizá por eso los primeros nazarenos salen doblados y los segundos se arrastran de rodillas mientras todo el mundo aplaude. Ellos van pelándose los huesos contra un asfalto que en Madrid no perdona a nadie. A la vez, me doy cuenta de que la mitad de la calle está gastando la ciudad y la otra mitad sigue con devoción los primeros tambores y el dolor que reaparece en forma de memoria.Son dos ciudades las que se han partido esta tarde de Jueves Santo. Es curioso, porque lo que sí está claro es que Madrid puede con las dos cosas. No es tan devota como Sevilla, ni tan silenciosa como la que viven Pucela y Peláez esta misma tarde. La de Madrid es otra cosa, más natural y discreta, porque ninguna de sus mitades le permite a la otra tener demasiada presencia. Quizá por eso sea tan buena. Escribió Azorín que «la emoción religiosa es emoción estética; el recogimiento es una forma de belleza». Pero aquí hay un ruido sensato y devoto, una banda sonora que te entra por los oídos y por los ojos a la vez, porque suena a vientos de trompeta. Recoge un llanto que aumenta de ritmo al compás de los pasos de todos estos caballeros, sean hombres o mujeres, de este Jesús el Pobre. Noticia relacionada general No No La estación de Sol cierra la tarde de este Viernes Santo por las procesiones Amina OuldEl sonido es ensordecedor. Los tambores replican mientras el paso acompasado de la imagen del Pobre gira por la calle del Cordón para llegar a la plaza de la Villa, por esa cuesta que parece un pasadizo del Madrid que escribió Reverte en ‘Alatriste’. La caballería del Pobre son 48 soldados que caminan al son de una tarde en la que la ciudad abraza la calle. De vez en cuando lo mecen y mueven la base mientras escucho campanas que vienen, esta vez, de San Francisco el Grande o de la Almudena. Paran y descansan de vez en cuando. La gente aplaude y agradece poder mirarlo un rato más largo. Y, de pronto, el descanso se rompe al toque de una orden en forma de golpe. Y arriba. Y la música vuelve a sonar en el viento. Esta ciudad está hecha de personas de toda España. Y es precisamente durante la Semana Santa cuando es más natural que vuelvan a su infancia y a sus pueblos. Pero otros muchos se quedaron aquí. No sé qué dejaban atrás, pero lo quisieron olvidar y por eso nosotros nunca les preguntamos de qué huían. Algunos dejaron también los recuerdos y la Semana Santa, con sus pasos y sus vínculos más estrechos con aquel pasado. En Madrid siempre hay gente. Eso no cambia en Semana Santa, porque quienes se marchan al silencio no dejan la ciudad sola: la convierten en suya. En la plaza de la Villa se oye una saeta que hace temblar el aire. Ismael de la Rosa la eleva y convierte todo en un silencio que duele con sus lamentos. Los balcones cerrados de Javier Marías me recuerdan que el tiempo pasa mucho más rápido de lo que quisimos. Un grupo de alemanas o suecas mira a mi lado este espectáculo de la fe. Señalan los capirotes y me dice la más alta que parecen del Ku Klux Klan. La dejo tranquila al contarle que estos no queman a nadie, que de eso hace ya más de trescientos años y que ahora simplemente son famosos porque siempre ponen la otra mejilla. La generosidad y la caridad son su razón de ser, y esta fecha marca también el camino de ese sacrificio que le costó la vida al hijo de un Dios al que lloramos en Semana Santa.Al que no le guste esto, que cierre al salir, pero somos, de una u otra forma, así. No importa que unos miren, recen, odien o renieguen. Es innegable que Occidente se fundó bajo este ritual llamado cristianismo, y que quizá sembró valores que hoy permiten que sigamos siendo así. Me fijo en que hoy Madrid tiene en cada trozo de cielo una torre de iglesia. Parece como si todas las personas con las que me cruzo miraran hacia arriba pidiendo redención. O algo. Me despido del Pobre dejándole en la puerta de Santiago de la Catedral de la Almudena. Mientras esto sucede, Jesús del Gran Poder y la Macarena avanzan por Madrid con ese acento que no es de aquí, pero que ya suena propio. Salen desde la colegiata de San Isidro abriéndose paso entre una ciudad que no termina de decidir si mira o acompaña. El Gran Poder camina despacio, como si midiera cada paso sobre un suelo que no es el suyo. No hay Guadalquivir ni calle estrecha de cal, pero sí un aire distinto, más ancho, más abierto, donde la fe no se recoge tanto sino que se reparte entre miradas curiosas y silencios intermitentes. Hay muchos niños y eso le da un toque muy festivo a la procesión. La Macarena viene detrás, luminosa y pletórica. No necesita su barrio para emocionar. Hay algo en su forma de avanzar, en el balanceo leve del paso, que obliga a detenerse. Madrid la mira con respeto, casi con sorpresa, como si no terminara de entender por qué duele tanto algo que viene de tan lejos. El recorrido atraviesa calles que no están hechas para esto, o eso parece. Pero, sin embargo, todo encaja. Atocha se abre, las aceras se llenan y, por un momento, la ciudad se deja llevar. No hay ese silencio cerrado del sur ni ese recogimiento absoluto de otras tierras, pero hay una especie de acuerdo tácito entre quienes creen y quienes solo observan que infunde respeto por todas partes. La difícil salida de la Virgen del Dulce nombre, en la iglesia de la calle del Nuncio. Los anderos se arrastran de rodillas para sacar del templo a la Señora. Una joven perfectamente ataviada de mantilla este Jueves Santo en Madrid. Tania SieiraQuizá por eso estas imágenes encuentran su sitio aquí. Porque Madrid no pregunta de dónde vienes, sino cuánto estás dispuesto a dejarte en sus calles. Y esta tarde, entre tambores, luces y pasos medidos, el Gran Poder y la Macarena dejan algo suyo en cada esquina y en cada gato que les mira. Cuando se alejan, la ciudad vuelve poco a poco a su ruido habitual, pero queda una huella leve, como si durante unas horas hubiera sido otra. O quizá la misma, pero mirándose desde un lugar distinto.Me refugio en la plaza del Biombo para escribir esta crónica. Madrid no se arrodilla del todo, pero tampoco pasa de largo. Parece como si por un rato se hubiera santiguado, aunque ya esté de nuevo a su manera. Tiene devoción y tiene pasión de Cristo, que es lo que se gasta ahora con tanto dolor en las espaldas de los nazarenos, y de los ojos de quienes han llorado esta tarde a los pasos. Partió Jesús Nazareno el Pobre desde la Iglesia de San Pedro el Viejo, en pleno centro de Madrid, en la calle del Nuncio. Lo hizo rodeado de sus nazarenos, justo cuando el sol pegaba de frente. Ellos iban vestidos con el hábito de sarga morada, con ancha faja de esparto; antifaz de raso morado con cruz trinitaria y capirote de 90 centímetros; alpargatas de esparto negras y guantes de algodón blancos. La imagen sobrecoge, entre la pena y el dolor, sabiéndose lo que le venía encima , pero bien acompañado de fieles que darían la mano por sostener esa carga. La talla es de autoría anónima, fechada en el siglo XVII, y representa al Pobre para diferenciarlo del ‘rico’, que viene a ser el Jesús de Medinaceli y que saldrá el viernes .No solo es el estilo humilde lo que representa este nombre: también lo son su origen y su devoción, puesto que la Iglesia de San Pedro el Viejo siempre tuvo más de misericordiosa que de pretenciosa y eso, tratándose de Dios, es toda una semejanza simbólica que requiere respeto y admiración. Ruano decía que «hay calles en Madrid donde el tiempo se arrodilla». Quizá por eso los primeros nazarenos salen doblados y los segundos se arrastran de rodillas mientras todo el mundo aplaude. Ellos van pelándose los huesos contra un asfalto que en Madrid no perdona a nadie. A la vez, me doy cuenta de que la mitad de la calle está gastando la ciudad y la otra mitad sigue con devoción los primeros tambores y el dolor que reaparece en forma de memoria.Son dos ciudades las que se han partido esta tarde de Jueves Santo. Es curioso, porque lo que sí está claro es que Madrid puede con las dos cosas. No es tan devota como Sevilla, ni tan silenciosa como la que viven Pucela y Peláez esta misma tarde. La de Madrid es otra cosa, más natural y discreta, porque ninguna de sus mitades le permite a la otra tener demasiada presencia. Quizá por eso sea tan buena. Escribió Azorín que «la emoción religiosa es emoción estética; el recogimiento es una forma de belleza». Pero aquí hay un ruido sensato y devoto, una banda sonora que te entra por los oídos y por los ojos a la vez, porque suena a vientos de trompeta. Recoge un llanto que aumenta de ritmo al compás de los pasos de todos estos caballeros, sean hombres o mujeres, de este Jesús el Pobre. Noticia relacionada general No No La estación de Sol cierra la tarde de este Viernes Santo por las procesiones Amina OuldEl sonido es ensordecedor. Los tambores replican mientras el paso acompasado de la imagen del Pobre gira por la calle del Cordón para llegar a la plaza de la Villa, por esa cuesta que parece un pasadizo del Madrid que escribió Reverte en ‘Alatriste’. La caballería del Pobre son 48 soldados que caminan al son de una tarde en la que la ciudad abraza la calle. De vez en cuando lo mecen y mueven la base mientras escucho campanas que vienen, esta vez, de San Francisco el Grande o de la Almudena. Paran y descansan de vez en cuando. La gente aplaude y agradece poder mirarlo un rato más largo. Y, de pronto, el descanso se rompe al toque de una orden en forma de golpe. Y arriba. Y la música vuelve a sonar en el viento. Esta ciudad está hecha de personas de toda España. Y es precisamente durante la Semana Santa cuando es más natural que vuelvan a su infancia y a sus pueblos. Pero otros muchos se quedaron aquí. No sé qué dejaban atrás, pero lo quisieron olvidar y por eso nosotros nunca les preguntamos de qué huían. Algunos dejaron también los recuerdos y la Semana Santa, con sus pasos y sus vínculos más estrechos con aquel pasado. En Madrid siempre hay gente. Eso no cambia en Semana Santa, porque quienes se marchan al silencio no dejan la ciudad sola: la convierten en suya. En la plaza de la Villa se oye una saeta que hace temblar el aire. Ismael de la Rosa la eleva y convierte todo en un silencio que duele con sus lamentos. Los balcones cerrados de Javier Marías me recuerdan que el tiempo pasa mucho más rápido de lo que quisimos. Un grupo de alemanas o suecas mira a mi lado este espectáculo de la fe. Señalan los capirotes y me dice la más alta que parecen del Ku Klux Klan. La dejo tranquila al contarle que estos no queman a nadie, que de eso hace ya más de trescientos años y que ahora simplemente son famosos porque siempre ponen la otra mejilla. La generosidad y la caridad son su razón de ser, y esta fecha marca también el camino de ese sacrificio que le costó la vida al hijo de un Dios al que lloramos en Semana Santa.Al que no le guste esto, que cierre al salir, pero somos, de una u otra forma, así. No importa que unos miren, recen, odien o renieguen. Es innegable que Occidente se fundó bajo este ritual llamado cristianismo, y que quizá sembró valores que hoy permiten que sigamos siendo así. Me fijo en que hoy Madrid tiene en cada trozo de cielo una torre de iglesia. Parece como si todas las personas con las que me cruzo miraran hacia arriba pidiendo redención. O algo. Me despido del Pobre dejándole en la puerta de Santiago de la Catedral de la Almudena. Mientras esto sucede, Jesús del Gran Poder y la Macarena avanzan por Madrid con ese acento que no es de aquí, pero que ya suena propio. Salen desde la colegiata de San Isidro abriéndose paso entre una ciudad que no termina de decidir si mira o acompaña. El Gran Poder camina despacio, como si midiera cada paso sobre un suelo que no es el suyo. No hay Guadalquivir ni calle estrecha de cal, pero sí un aire distinto, más ancho, más abierto, donde la fe no se recoge tanto sino que se reparte entre miradas curiosas y silencios intermitentes. Hay muchos niños y eso le da un toque muy festivo a la procesión. La Macarena viene detrás, luminosa y pletórica. No necesita su barrio para emocionar. Hay algo en su forma de avanzar, en el balanceo leve del paso, que obliga a detenerse. Madrid la mira con respeto, casi con sorpresa, como si no terminara de entender por qué duele tanto algo que viene de tan lejos. El recorrido atraviesa calles que no están hechas para esto, o eso parece. Pero, sin embargo, todo encaja. Atocha se abre, las aceras se llenan y, por un momento, la ciudad se deja llevar. No hay ese silencio cerrado del sur ni ese recogimiento absoluto de otras tierras, pero hay una especie de acuerdo tácito entre quienes creen y quienes solo observan que infunde respeto por todas partes. La difícil salida de la Virgen del Dulce nombre, en la iglesia de la calle del Nuncio. Los anderos se arrastran de rodillas para sacar del templo a la Señora. Una joven perfectamente ataviada de mantilla este Jueves Santo en Madrid. Tania SieiraQuizá por eso estas imágenes encuentran su sitio aquí. Porque Madrid no pregunta de dónde vienes, sino cuánto estás dispuesto a dejarte en sus calles. Y esta tarde, entre tambores, luces y pasos medidos, el Gran Poder y la Macarena dejan algo suyo en cada esquina y en cada gato que les mira. Cuando se alejan, la ciudad vuelve poco a poco a su ruido habitual, pero queda una huella leve, como si durante unas horas hubiera sido otra. O quizá la misma, pero mirándose desde un lugar distinto.Me refugio en la plaza del Biombo para escribir esta crónica. Madrid no se arrodilla del todo, pero tampoco pasa de largo. Parece como si por un rato se hubiera santiguado, aunque ya esté de nuevo a su manera. Tiene devoción y tiene pasión de Cristo, que es lo que se gasta ahora con tanto dolor en las espaldas de los nazarenos, y de los ojos de quienes han llorado esta tarde a los pasos. RSS de noticias de espana
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