Que la muerte rondaba el cielo ya lo imaginó Goya. En su ‘Modo de volar’, hombres con sombreros en forma de ave de presa y alas de murciélago se ciernen sobre una víctima fuera de escena. Se trata del número 13 de ‘Los Disparates’. La serie de oscuros grabados con la que el pintor enjuicia a la razón y al hombre. Estas estampas viajan por primera vez a Kiev, la única capital europea que escruta el firmamento con recelo. Con motivo de su 280 aniversario, el genio español se revuelve de nuevo contra el belicismo . Y su obra original desafía a los bombardeos del Kremlin desde las salas del Museo Khanenko. A Goya también se le atragantó la guerra. Los ocupantes, los defensores y el siglo eran otros; el saldo humano sigue siendo el mismo. Mientras la represión y la violencia entre semejantes dominaban su tiempo, el artista no apartó la mirada. Él lo presenció, lo sufrió y lo pintó. De estas vivencias bélicas brota un legado visual crudo que se instala en lo universal. La sentencia de André Malraux que lo retrata como «el mayor intérprete de la angustia que ha conocido Occidente» sigue vigente en Kiev en 2026.Una angustia, esta de la guerra, que no distingue de puntos cardinales ni décadas. El maestro podía intuirlo. Lo que quizás nunca se figuró es que sus ‘Disparates’ inspirarían a la juventud ucraniana . Goya bajó a una estación del metro de Járkov. La segunda ciudad más grande del país. La ciudad universitaria que extraña a sus estudiantes. Una metrópolis en carne viva a 30 kilómetros de la frontera rusa. Durante meses y al abrigo de un refugio antiaéreo mutado en el taller artístico Aza Nizi Maza, Camelia y Varya junto al resto de compañeras entablaron un diálogo con el aragonés. El resultado: un mural conjunto de 23 metros, cuyo protagonista, como en las obras de Goya, es un sujeto colectivo.Arriba, una de las trabajadoras del Museo Khanenko ante los grabados de Goya; en segundo lugar, Varia Camelia y Sofia posan frente a su mural inspirado en Goya. En último lugar, estampas de Goya en el Khanenko M. G.¿Qué puede decirle un pintor español del XIX a una joven ucraniana con más de cuatro años de guerra a sus espaldas? «Creo que lo más especial para mí es que sus pinturas se parecen mucho a mis sueños. Pero mis sueños son todos a color y esta obra es el blanco y negro», describe Camelia tras pensar unos segundos. Portando un dibujo de flores en el rostro, tilda su proceso de «silencioso y poderoso». El silencio, precisamente, es un bien escaso cuando los drones y misiles rusos acechan.Las autoras de la obra van y vienen al amparo del mural que da forma redonda a la sala rectangular. En el espacio sobrante transitan viceministros ucranianos, pequeñas con chupete, uniformados militares y diplomáticos españoles. El pelo rosa de Varya y su maquillaje blanquecino destaca bajo los focos que marcan contrastes en el lugar. A ella también le llamó la atención el grabado 13, dice, tras revisar el folleto que recoge la serie. Los nervios del estreno calan en las jóvenes sin nublar sus razones.«Creo que todo el arte que hacen los ucranianos en Ucrania en tiempos de guerra la refleja de alguna manera. Aunque no sea nuestra intención», dice Varya«Creo que todo el arte que hacen los ucranianos en Ucrania en tiempos de guerra la refleja de alguna manera. Aunque no sea nuestra intención», apunta Varya. «Yo no quiero darle muchas vueltas a eso. Pero a veces me digo: ¡Caramba, hay una guerra! Y da miedo, la verdad. Así que para distraerme intento plasmar sentimientos buenos y cosas así», desliza la artista con una madurez extraña. «Hacemos esto para demostrar a los demás que se puede ser feliz incluso en la guerra. Y eso está bien. Porque ser feliz no debería ser tabú». Varya tiene quince años. A la cabeza del estudio Aza Nizi Maza está Mykola Kolomiets, presente en esta inauguración patrocinada por la embajada española. De negro riguroso, toma el micrófono principal tras el discurso de la directora del museo y las palabras del embajador de Madrid, Ricardo López-Aranda. Kolomiets gasta una emoción contenida que palpita entre los grabados de Goya. Antes de comenzar pide a sus alumnas que salgan del público para acompañarlo.«Cuando en septiembre de 2022 nos aventuramos en una estación de metro, nos encontramos a unos niños. Empezamos a trabajar. Y sorprendentemente algunos todavía asisten ahora al taller», recuerda el hombre. Avivar la chispa interior de los más jóvenes es el motor del trabajo de Kolomiets en el quinto año de guerra a gran escala. «Debemos apoyarlos, trabajar con ellos, y entonces obtendremos resultados extraordinarios. Este es el mensaje principal. Gracias por venir», finaliza entre aplausos. La alegría momentánea del arte no borra las ausencias. Faltan Andriy Anishchuk, Oleg Bily, Dmytro Gursky y Rostyslav Rukhovych, miembros de la familia del Khanenko que, como miles de ucranianos, habitan ahora el frente. Todas las guerras son avarientas. Y lo arrebatado estuvo presente desde el inicio: un minuto de silencio por los caídos en batalla. Solo gracias a su sacrificio este museo y esta ciudad pueden admirar a Goya desde la independencia. Que la muerte rondaba el cielo ya lo imaginó Goya. En su ‘Modo de volar’, hombres con sombreros en forma de ave de presa y alas de murciélago se ciernen sobre una víctima fuera de escena. Se trata del número 13 de ‘Los Disparates’. La serie de oscuros grabados con la que el pintor enjuicia a la razón y al hombre. Estas estampas viajan por primera vez a Kiev, la única capital europea que escruta el firmamento con recelo. Con motivo de su 280 aniversario, el genio español se revuelve de nuevo contra el belicismo . Y su obra original desafía a los bombardeos del Kremlin desde las salas del Museo Khanenko. A Goya también se le atragantó la guerra. Los ocupantes, los defensores y el siglo eran otros; el saldo humano sigue siendo el mismo. Mientras la represión y la violencia entre semejantes dominaban su tiempo, el artista no apartó la mirada. Él lo presenció, lo sufrió y lo pintó. De estas vivencias bélicas brota un legado visual crudo que se instala en lo universal. La sentencia de André Malraux que lo retrata como «el mayor intérprete de la angustia que ha conocido Occidente» sigue vigente en Kiev en 2026.Una angustia, esta de la guerra, que no distingue de puntos cardinales ni décadas. El maestro podía intuirlo. Lo que quizás nunca se figuró es que sus ‘Disparates’ inspirarían a la juventud ucraniana . Goya bajó a una estación del metro de Járkov. La segunda ciudad más grande del país. La ciudad universitaria que extraña a sus estudiantes. Una metrópolis en carne viva a 30 kilómetros de la frontera rusa. Durante meses y al abrigo de un refugio antiaéreo mutado en el taller artístico Aza Nizi Maza, Camelia y Varya junto al resto de compañeras entablaron un diálogo con el aragonés. El resultado: un mural conjunto de 23 metros, cuyo protagonista, como en las obras de Goya, es un sujeto colectivo.Arriba, una de las trabajadoras del Museo Khanenko ante los grabados de Goya; en segundo lugar, Varia Camelia y Sofia posan frente a su mural inspirado en Goya. En último lugar, estampas de Goya en el Khanenko M. G.¿Qué puede decirle un pintor español del XIX a una joven ucraniana con más de cuatro años de guerra a sus espaldas? «Creo que lo más especial para mí es que sus pinturas se parecen mucho a mis sueños. Pero mis sueños son todos a color y esta obra es el blanco y negro», describe Camelia tras pensar unos segundos. Portando un dibujo de flores en el rostro, tilda su proceso de «silencioso y poderoso». El silencio, precisamente, es un bien escaso cuando los drones y misiles rusos acechan.Las autoras de la obra van y vienen al amparo del mural que da forma redonda a la sala rectangular. En el espacio sobrante transitan viceministros ucranianos, pequeñas con chupete, uniformados militares y diplomáticos españoles. El pelo rosa de Varya y su maquillaje blanquecino destaca bajo los focos que marcan contrastes en el lugar. A ella también le llamó la atención el grabado 13, dice, tras revisar el folleto que recoge la serie. Los nervios del estreno calan en las jóvenes sin nublar sus razones.«Creo que todo el arte que hacen los ucranianos en Ucrania en tiempos de guerra la refleja de alguna manera. Aunque no sea nuestra intención», dice Varya«Creo que todo el arte que hacen los ucranianos en Ucrania en tiempos de guerra la refleja de alguna manera. Aunque no sea nuestra intención», apunta Varya. «Yo no quiero darle muchas vueltas a eso. Pero a veces me digo: ¡Caramba, hay una guerra! Y da miedo, la verdad. Así que para distraerme intento plasmar sentimientos buenos y cosas así», desliza la artista con una madurez extraña. «Hacemos esto para demostrar a los demás que se puede ser feliz incluso en la guerra. Y eso está bien. Porque ser feliz no debería ser tabú». Varya tiene quince años. A la cabeza del estudio Aza Nizi Maza está Mykola Kolomiets, presente en esta inauguración patrocinada por la embajada española. De negro riguroso, toma el micrófono principal tras el discurso de la directora del museo y las palabras del embajador de Madrid, Ricardo López-Aranda. Kolomiets gasta una emoción contenida que palpita entre los grabados de Goya. Antes de comenzar pide a sus alumnas que salgan del público para acompañarlo.«Cuando en septiembre de 2022 nos aventuramos en una estación de metro, nos encontramos a unos niños. Empezamos a trabajar. Y sorprendentemente algunos todavía asisten ahora al taller», recuerda el hombre. Avivar la chispa interior de los más jóvenes es el motor del trabajo de Kolomiets en el quinto año de guerra a gran escala. «Debemos apoyarlos, trabajar con ellos, y entonces obtendremos resultados extraordinarios. Este es el mensaje principal. Gracias por venir», finaliza entre aplausos. La alegría momentánea del arte no borra las ausencias. Faltan Andriy Anishchuk, Oleg Bily, Dmytro Gursky y Rostyslav Rukhovych, miembros de la familia del Khanenko que, como miles de ucranianos, habitan ahora el frente. Todas las guerras son avarientas. Y lo arrebatado estuvo presente desde el inicio: un minuto de silencio por los caídos en batalla. Solo gracias a su sacrificio este museo y esta ciudad pueden admirar a Goya desde la independencia. Que la muerte rondaba el cielo ya lo imaginó Goya. En su ‘Modo de volar’, hombres con sombreros en forma de ave de presa y alas de murciélago se ciernen sobre una víctima fuera de escena. Se trata del número 13 de ‘Los Disparates’. La serie de oscuros grabados con la que el pintor enjuicia a la razón y al hombre. Estas estampas viajan por primera vez a Kiev, la única capital europea que escruta el firmamento con recelo. Con motivo de su 280 aniversario, el genio español se revuelve de nuevo contra el belicismo . Y su obra original desafía a los bombardeos del Kremlin desde las salas del Museo Khanenko. A Goya también se le atragantó la guerra. Los ocupantes, los defensores y el siglo eran otros; el saldo humano sigue siendo el mismo. Mientras la represión y la violencia entre semejantes dominaban su tiempo, el artista no apartó la mirada. Él lo presenció, lo sufrió y lo pintó. De estas vivencias bélicas brota un legado visual crudo que se instala en lo universal. La sentencia de André Malraux que lo retrata como «el mayor intérprete de la angustia que ha conocido Occidente» sigue vigente en Kiev en 2026.Una angustia, esta de la guerra, que no distingue de puntos cardinales ni décadas. El maestro podía intuirlo. Lo que quizás nunca se figuró es que sus ‘Disparates’ inspirarían a la juventud ucraniana . Goya bajó a una estación del metro de Járkov. La segunda ciudad más grande del país. La ciudad universitaria que extraña a sus estudiantes. Una metrópolis en carne viva a 30 kilómetros de la frontera rusa. Durante meses y al abrigo de un refugio antiaéreo mutado en el taller artístico Aza Nizi Maza, Camelia y Varya junto al resto de compañeras entablaron un diálogo con el aragonés. El resultado: un mural conjunto de 23 metros, cuyo protagonista, como en las obras de Goya, es un sujeto colectivo.Arriba, una de las trabajadoras del Museo Khanenko ante los grabados de Goya; en segundo lugar, Varia Camelia y Sofia posan frente a su mural inspirado en Goya. En último lugar, estampas de Goya en el Khanenko M. G.¿Qué puede decirle un pintor español del XIX a una joven ucraniana con más de cuatro años de guerra a sus espaldas? «Creo que lo más especial para mí es que sus pinturas se parecen mucho a mis sueños. Pero mis sueños son todos a color y esta obra es el blanco y negro», describe Camelia tras pensar unos segundos. Portando un dibujo de flores en el rostro, tilda su proceso de «silencioso y poderoso». El silencio, precisamente, es un bien escaso cuando los drones y misiles rusos acechan.Las autoras de la obra van y vienen al amparo del mural que da forma redonda a la sala rectangular. En el espacio sobrante transitan viceministros ucranianos, pequeñas con chupete, uniformados militares y diplomáticos españoles. El pelo rosa de Varya y su maquillaje blanquecino destaca bajo los focos que marcan contrastes en el lugar. A ella también le llamó la atención el grabado 13, dice, tras revisar el folleto que recoge la serie. Los nervios del estreno calan en las jóvenes sin nublar sus razones.«Creo que todo el arte que hacen los ucranianos en Ucrania en tiempos de guerra la refleja de alguna manera. Aunque no sea nuestra intención», dice Varya«Creo que todo el arte que hacen los ucranianos en Ucrania en tiempos de guerra la refleja de alguna manera. Aunque no sea nuestra intención», apunta Varya. «Yo no quiero darle muchas vueltas a eso. Pero a veces me digo: ¡Caramba, hay una guerra! Y da miedo, la verdad. Así que para distraerme intento plasmar sentimientos buenos y cosas así», desliza la artista con una madurez extraña. «Hacemos esto para demostrar a los demás que se puede ser feliz incluso en la guerra. Y eso está bien. Porque ser feliz no debería ser tabú». Varya tiene quince años. A la cabeza del estudio Aza Nizi Maza está Mykola Kolomiets, presente en esta inauguración patrocinada por la embajada española. De negro riguroso, toma el micrófono principal tras el discurso de la directora del museo y las palabras del embajador de Madrid, Ricardo López-Aranda. Kolomiets gasta una emoción contenida que palpita entre los grabados de Goya. Antes de comenzar pide a sus alumnas que salgan del público para acompañarlo.«Cuando en septiembre de 2022 nos aventuramos en una estación de metro, nos encontramos a unos niños. Empezamos a trabajar. Y sorprendentemente algunos todavía asisten ahora al taller», recuerda el hombre. Avivar la chispa interior de los más jóvenes es el motor del trabajo de Kolomiets en el quinto año de guerra a gran escala. «Debemos apoyarlos, trabajar con ellos, y entonces obtendremos resultados extraordinarios. Este es el mensaje principal. Gracias por venir», finaliza entre aplausos. La alegría momentánea del arte no borra las ausencias. Faltan Andriy Anishchuk, Oleg Bily, Dmytro Gursky y Rostyslav Rukhovych, miembros de la familia del Khanenko que, como miles de ucranianos, habitan ahora el frente. Todas las guerras son avarientas. Y lo arrebatado estuvo presente desde el inicio: un minuto de silencio por los caídos en batalla. Solo gracias a su sacrificio este museo y esta ciudad pueden admirar a Goya desde la independencia. RSS de noticias de cultura
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