Le va ocurriendo a la acera lo que le ocurre a la nostalgia. Ya no es lo que era. De modo que caminar es un nuevo modo de la extravagancia. Quiero decir que las aceras ya no son derrotero del peatón, alcalde. O no son sólo sitio del peatón, que quizá sea aún peor, porque ahora un caminante de Madrid transita un laberinto en litigio. Desde hace mucho tiempo, la acera cumplió como invento de bella elementalidad. O sea, un espacio donde prosperaban los que no usaban vehículo. Pero luego la terraza ha querido dos mesas adicionales, el restaurante impone sus pizarras, el patinete zigzaguea como un crío, la bicicleta cumple su esprín de alegría, y las obras, casi incalculables, son ya una promiscuidad bárbara. Estas invasiones diversas resultan livianas, razonables, necesarias, incluso, si las juzgamos por separado. Si las sumamos, estamos en el suplicio. La ciudad no le ha quitado la acera al peatón de una vez, alcalde, sino poco a poco, patín a patín, mesa a mesa, bicicleta a bicicleta. Y así, de repente, uno se ve caminando de lado por la zona que siempre fue una reserva propia. La acera tuvo algo de democracia básica. Lo tuvo. Ahí cabíamos todos porque nadie tenía prebendas. Ahí estaba el niño y el viejo, el que iba deprisa y el que iba despacio, el que paseaba al galgo y el que directamente daba una vuelta por el barrio para aclararse el panorama. No necesita grandes privilegios el peatón. Ni los pide. Pero sí añora, con desespero incluso, aquel patrimonio principal que un día tuvo, ocupando la acera como un carril propio. Que, en la prehistoria reciente, lo era. La modernidad entraña complejidad, alcalde. Pero nunca sobra un sitio donde cabe un hombre con sus zapatos, más el exotismo antiguo de caminar tranquilo. Le va ocurriendo a la acera lo que le ocurre a la nostalgia. Ya no es lo que era. De modo que caminar es un nuevo modo de la extravagancia. Quiero decir que las aceras ya no son derrotero del peatón, alcalde. O no son sólo sitio del peatón, que quizá sea aún peor, porque ahora un caminante de Madrid transita un laberinto en litigio. Desde hace mucho tiempo, la acera cumplió como invento de bella elementalidad. O sea, un espacio donde prosperaban los que no usaban vehículo. Pero luego la terraza ha querido dos mesas adicionales, el restaurante impone sus pizarras, el patinete zigzaguea como un crío, la bicicleta cumple su esprín de alegría, y las obras, casi incalculables, son ya una promiscuidad bárbara. Estas invasiones diversas resultan livianas, razonables, necesarias, incluso, si las juzgamos por separado. Si las sumamos, estamos en el suplicio. La ciudad no le ha quitado la acera al peatón de una vez, alcalde, sino poco a poco, patín a patín, mesa a mesa, bicicleta a bicicleta. Y así, de repente, uno se ve caminando de lado por la zona que siempre fue una reserva propia. La acera tuvo algo de democracia básica. Lo tuvo. Ahí cabíamos todos porque nadie tenía prebendas. Ahí estaba el niño y el viejo, el que iba deprisa y el que iba despacio, el que paseaba al galgo y el que directamente daba una vuelta por el barrio para aclararse el panorama. No necesita grandes privilegios el peatón. Ni los pide. Pero sí añora, con desespero incluso, aquel patrimonio principal que un día tuvo, ocupando la acera como un carril propio. Que, en la prehistoria reciente, lo era. La modernidad entraña complejidad, alcalde. Pero nunca sobra un sitio donde cabe un hombre con sus zapatos, más el exotismo antiguo de caminar tranquilo. Le va ocurriendo a la acera lo que le ocurre a la nostalgia. Ya no es lo que era. De modo que caminar es un nuevo modo de la extravagancia. Quiero decir que las aceras ya no son derrotero del peatón, alcalde. O no son sólo sitio del peatón, que quizá sea aún peor, porque ahora un caminante de Madrid transita un laberinto en litigio. Desde hace mucho tiempo, la acera cumplió como invento de bella elementalidad. O sea, un espacio donde prosperaban los que no usaban vehículo. Pero luego la terraza ha querido dos mesas adicionales, el restaurante impone sus pizarras, el patinete zigzaguea como un crío, la bicicleta cumple su esprín de alegría, y las obras, casi incalculables, son ya una promiscuidad bárbara. Estas invasiones diversas resultan livianas, razonables, necesarias, incluso, si las juzgamos por separado. Si las sumamos, estamos en el suplicio. La ciudad no le ha quitado la acera al peatón de una vez, alcalde, sino poco a poco, patín a patín, mesa a mesa, bicicleta a bicicleta. Y así, de repente, uno se ve caminando de lado por la zona que siempre fue una reserva propia. La acera tuvo algo de democracia básica. Lo tuvo. Ahí cabíamos todos porque nadie tenía prebendas. Ahí estaba el niño y el viejo, el que iba deprisa y el que iba despacio, el que paseaba al galgo y el que directamente daba una vuelta por el barrio para aclararse el panorama. No necesita grandes privilegios el peatón. Ni los pide. Pero sí añora, con desespero incluso, aquel patrimonio principal que un día tuvo, ocupando la acera como un carril propio. Que, en la prehistoria reciente, lo era. La modernidad entraña complejidad, alcalde. Pero nunca sobra un sitio donde cabe un hombre con sus zapatos, más el exotismo antiguo de caminar tranquilo. RSS de noticias de espana
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