Que el campo va a ser el primero en asumir el golpe económico por la guerra en Irán es algo del todo sabido, pues los agricultores son consumidores intensivos de gasóleo y fertilizantes, dos bienes que en apenas tres semanas se han encarecido un 37% y más de un 40% -respectivamente- por el cierre del estrecho de Ormuz. Sin embargo, y con permiso del resto de la industria agroalimentaria, hay un sector que arriesga mucho más que ningún otro con esta guerra: los productores de alfalfa o, más bien, las empresas que la procesan. En este caso el problema está tanto en lo que ‘entra’ en Ormuz como en lo que ‘sale’ de Ormuz, pues resulta que más de un 44% de las exportaciones españolas de forrajes para alimentación animal van a los países del Golfo Pérsico. Varias fuentes del sector consultadas por este diario coinciden en que actualmente hay entre 2.000 y 3.000 contenedores de alfalfa sin posibilidad de llegar a su destino; es decir, bloqueados en puertos de terceros países, en puertos de salida, ya cargados en los almacenes o navegando rumbo a un destino desconocido.Cuando Israel y EE.UU. lanzaron su ofensiva el 28 de febrero, mucho producto estaba en alta mar, y este es el problema al que se enfrenta Nafosa, uno de los grandes productores de nuestro país, con plantas en España y Argentina y exportaciones de entre 250.000 y 400.000 toneladas al año, el 60% de las cuales van a la región ahora en conflicto, explica a ABC Pedro José Ibarretxe, portavoz de la firma. Mientras hablamos, el equipo de Pedro José trata de encontrar salida para los cerca de 400 de sus contenedores que han acabado en destinos inesperados. La mayor parte de sus lotes fueron derivados a Chipre o Europa del Este en cuanto llegaron las primeras noticias de Ormuz, y lo que fue embarcado en Argentina -donde Nafosa tiene dos plantas- navega hacia India o Sri Lanka.Noticia relacionada general No No La guerra de Irán provoca retrasos en las rutas de comercio marítimo y presiona los precios Raúl MasaEn algunos casos, cuenta el portavoz, han optado por «esperar y ver», y en otros tratarán de encontrar nuevos clientes que compren la mercancía allí donde está ahora mismo. En todo caso, para Ibarretxe se trata principalmente de un problema «comercial», ya que en el Golfo tienen clientes que «no queremos perder», zanja.Para contextualizar el caso hay que empezar por explicar que España ocupa el segundo puesto en el ránking mundial -detrás de los EE.UU.- de producción de alfalfa deshidratada, un subproducto que -como su nombre indica- se obtiene de retirar el exceso de agua de la planta con ánimo de poder almacenarla, de ahí que más del 60% se venda a países terceros.Sin opciones Los puertos del mar Rojo y Egipto no son una alternativa viable y las empresas temen perder sus clientesEl interés de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Qatar o Kuwait por los forrajes españoles se explica por esto último o, más bien, por las limitaciones que impone el desierto. Desde hace una década al menos esos países están derivando inversiones de forma masiva hacia la consecución de un cierto grado de seguridad alimentaria, en una estrategia que pasa por producir en casa todo lo que sea posible y asegurar las importaciones para lo demás. Precisamente, Arabia Saudí y EAU se están convirtiendo en potencias ganaderas , hecho que les obliga a importar mucho forraje. En la campaña 2024/2025, Arabia Saudí compró 196.750 toneladas de alfalfa española, que equivalen al 23% de nuestras exportaciones; los EAU, 159.027 toneladas (19%); y Kuwait, 19.951 toneladas (2%). Y a esto se suma Jordania, con 39.184 toneladas (7%). Es tal el interés de las monarquías del Golfo por esta relación que en los últimos años han invertido capital en adquirir fincas y deshidratadoras en nuestro país. Es el caso de Alliance Food Security Holdings (AFSH), un conglomerado emiratí que ya cuenta con dos factorías en el valle del Ebro (en Lérida y Huesca) desde las que cada año exportan 150.000 toneladas de balas deshidratadas a todo el mundo. «Pérdidas millonarias»Lógicamente, la crisis en Irán amenaza con dar al traste con este negocio. En conversación con este diario, Elena Stoean, que es directora de operaciones de AFSH, define la situación que están viviendo como «una masacre» que redundará en «pérdidas millonarias y no absorbibles» . La directiva no confirma cuántos contenedores de su empresa han quedado en tránsito, pero sí avanza que se enfrentan a ese problema y que trabajan a contrarreloj para solucionarlo, cosa que no es sencilla ya que en este momento las navieras cobran recargos de hasta 3.000 dólares por contenedor, frente a los 800-1.500 dólares de coste habitual. Pedro José Ibaretxe, por su parte, habla de sobrecostes de hasta 10.000 dólares en algunos casos, cifras que son del todo inasumibles. Para el sector, en estos momentos las únicas alternativas para acceder a sus clientes son el puerto de Yeda, en la costa del mar Rojo de Arabia Saudí, y las terminales de Egipto, pero desde Nafosa desechan estas opciones porque obligan a hacer varios cientos de kilómetros por carretera, añadiéndole otros cientos de euros al coste final del producto: «Sin Ormuz dejará de ser viable exportar», explican. Una factura inasumible El sector se enfrenta a sobrecostes de más de 3.000 dólares para recuperar los contenedoresLógicamente, de alargarse en el tiempo el cierre de Ormuz el impacto se acabará trasladando a las líneas de producción. Este es el panorama que describe Francisco Tabuenca, socio de Forrajes San Agustín, una sociedad de Huesca que factura 11 millones de euros al año y vende el 90% de su alfalfa deshidratada a las monarquías árabes . Con estos números, es fácil imaginar el nivel de exposición de esta compañía. Según Tabuenca, para ellos el problema se tornaría «grave» si llegado el mes de junio nada hubiera cambiado, pues por entonces ya hará tres meses que su campaña de fabricación habrá empezado y su capacidad de almacenaje es limitada. Y a esto, añádase el hecho de que los contratos con los agricultores que les proveen de alfalfa ya están firmados, de modo que se cuentan como pasivo. Bien es cierto que el Gobierno ya ha aprobado un paquete fiscal para paliar los efectos de la guerra en Irán, pero a la luz de estos hechos queda claro que para este sector no hay solución buena que no pase por la apertura inmediata de Ormuz. Que el campo va a ser el primero en asumir el golpe económico por la guerra en Irán es algo del todo sabido, pues los agricultores son consumidores intensivos de gasóleo y fertilizantes, dos bienes que en apenas tres semanas se han encarecido un 37% y más de un 40% -respectivamente- por el cierre del estrecho de Ormuz. Sin embargo, y con permiso del resto de la industria agroalimentaria, hay un sector que arriesga mucho más que ningún otro con esta guerra: los productores de alfalfa o, más bien, las empresas que la procesan. En este caso el problema está tanto en lo que ‘entra’ en Ormuz como en lo que ‘sale’ de Ormuz, pues resulta que más de un 44% de las exportaciones españolas de forrajes para alimentación animal van a los países del Golfo Pérsico. Varias fuentes del sector consultadas por este diario coinciden en que actualmente hay entre 2.000 y 3.000 contenedores de alfalfa sin posibilidad de llegar a su destino; es decir, bloqueados en puertos de terceros países, en puertos de salida, ya cargados en los almacenes o navegando rumbo a un destino desconocido.Cuando Israel y EE.UU. lanzaron su ofensiva el 28 de febrero, mucho producto estaba en alta mar, y este es el problema al que se enfrenta Nafosa, uno de los grandes productores de nuestro país, con plantas en España y Argentina y exportaciones de entre 250.000 y 400.000 toneladas al año, el 60% de las cuales van a la región ahora en conflicto, explica a ABC Pedro José Ibarretxe, portavoz de la firma. Mientras hablamos, el equipo de Pedro José trata de encontrar salida para los cerca de 400 de sus contenedores que han acabado en destinos inesperados. La mayor parte de sus lotes fueron derivados a Chipre o Europa del Este en cuanto llegaron las primeras noticias de Ormuz, y lo que fue embarcado en Argentina -donde Nafosa tiene dos plantas- navega hacia India o Sri Lanka.Noticia relacionada general No No La guerra de Irán provoca retrasos en las rutas de comercio marítimo y presiona los precios Raúl MasaEn algunos casos, cuenta el portavoz, han optado por «esperar y ver», y en otros tratarán de encontrar nuevos clientes que compren la mercancía allí donde está ahora mismo. En todo caso, para Ibarretxe se trata principalmente de un problema «comercial», ya que en el Golfo tienen clientes que «no queremos perder», zanja.Para contextualizar el caso hay que empezar por explicar que España ocupa el segundo puesto en el ránking mundial -detrás de los EE.UU.- de producción de alfalfa deshidratada, un subproducto que -como su nombre indica- se obtiene de retirar el exceso de agua de la planta con ánimo de poder almacenarla, de ahí que más del 60% se venda a países terceros.Sin opciones Los puertos del mar Rojo y Egipto no son una alternativa viable y las empresas temen perder sus clientesEl interés de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Qatar o Kuwait por los forrajes españoles se explica por esto último o, más bien, por las limitaciones que impone el desierto. Desde hace una década al menos esos países están derivando inversiones de forma masiva hacia la consecución de un cierto grado de seguridad alimentaria, en una estrategia que pasa por producir en casa todo lo que sea posible y asegurar las importaciones para lo demás. Precisamente, Arabia Saudí y EAU se están convirtiendo en potencias ganaderas , hecho que les obliga a importar mucho forraje. En la campaña 2024/2025, Arabia Saudí compró 196.750 toneladas de alfalfa española, que equivalen al 23% de nuestras exportaciones; los EAU, 159.027 toneladas (19%); y Kuwait, 19.951 toneladas (2%). Y a esto se suma Jordania, con 39.184 toneladas (7%). Es tal el interés de las monarquías del Golfo por esta relación que en los últimos años han invertido capital en adquirir fincas y deshidratadoras en nuestro país. Es el caso de Alliance Food Security Holdings (AFSH), un conglomerado emiratí que ya cuenta con dos factorías en el valle del Ebro (en Lérida y Huesca) desde las que cada año exportan 150.000 toneladas de balas deshidratadas a todo el mundo. «Pérdidas millonarias»Lógicamente, la crisis en Irán amenaza con dar al traste con este negocio. En conversación con este diario, Elena Stoean, que es directora de operaciones de AFSH, define la situación que están viviendo como «una masacre» que redundará en «pérdidas millonarias y no absorbibles» . La directiva no confirma cuántos contenedores de su empresa han quedado en tránsito, pero sí avanza que se enfrentan a ese problema y que trabajan a contrarreloj para solucionarlo, cosa que no es sencilla ya que en este momento las navieras cobran recargos de hasta 3.000 dólares por contenedor, frente a los 800-1.500 dólares de coste habitual. Pedro José Ibaretxe, por su parte, habla de sobrecostes de hasta 10.000 dólares en algunos casos, cifras que son del todo inasumibles. Para el sector, en estos momentos las únicas alternativas para acceder a sus clientes son el puerto de Yeda, en la costa del mar Rojo de Arabia Saudí, y las terminales de Egipto, pero desde Nafosa desechan estas opciones porque obligan a hacer varios cientos de kilómetros por carretera, añadiéndole otros cientos de euros al coste final del producto: «Sin Ormuz dejará de ser viable exportar», explican. Una factura inasumible El sector se enfrenta a sobrecostes de más de 3.000 dólares para recuperar los contenedoresLógicamente, de alargarse en el tiempo el cierre de Ormuz el impacto se acabará trasladando a las líneas de producción. Este es el panorama que describe Francisco Tabuenca, socio de Forrajes San Agustín, una sociedad de Huesca que factura 11 millones de euros al año y vende el 90% de su alfalfa deshidratada a las monarquías árabes . Con estos números, es fácil imaginar el nivel de exposición de esta compañía. Según Tabuenca, para ellos el problema se tornaría «grave» si llegado el mes de junio nada hubiera cambiado, pues por entonces ya hará tres meses que su campaña de fabricación habrá empezado y su capacidad de almacenaje es limitada. Y a esto, añádase el hecho de que los contratos con los agricultores que les proveen de alfalfa ya están firmados, de modo que se cuentan como pasivo. Bien es cierto que el Gobierno ya ha aprobado un paquete fiscal para paliar los efectos de la guerra en Irán, pero a la luz de estos hechos queda claro que para este sector no hay solución buena que no pase por la apertura inmediata de Ormuz. Que el campo va a ser el primero en asumir el golpe económico por la guerra en Irán es algo del todo sabido, pues los agricultores son consumidores intensivos de gasóleo y fertilizantes, dos bienes que en apenas tres semanas se han encarecido un 37% y más de un 40% -respectivamente- por el cierre del estrecho de Ormuz. Sin embargo, y con permiso del resto de la industria agroalimentaria, hay un sector que arriesga mucho más que ningún otro con esta guerra: los productores de alfalfa o, más bien, las empresas que la procesan. En este caso el problema está tanto en lo que ‘entra’ en Ormuz como en lo que ‘sale’ de Ormuz, pues resulta que más de un 44% de las exportaciones españolas de forrajes para alimentación animal van a los países del Golfo Pérsico. Varias fuentes del sector consultadas por este diario coinciden en que actualmente hay entre 2.000 y 3.000 contenedores de alfalfa sin posibilidad de llegar a su destino; es decir, bloqueados en puertos de terceros países, en puertos de salida, ya cargados en los almacenes o navegando rumbo a un destino desconocido.Cuando Israel y EE.UU. lanzaron su ofensiva el 28 de febrero, mucho producto estaba en alta mar, y este es el problema al que se enfrenta Nafosa, uno de los grandes productores de nuestro país, con plantas en España y Argentina y exportaciones de entre 250.000 y 400.000 toneladas al año, el 60% de las cuales van a la región ahora en conflicto, explica a ABC Pedro José Ibarretxe, portavoz de la firma. Mientras hablamos, el equipo de Pedro José trata de encontrar salida para los cerca de 400 de sus contenedores que han acabado en destinos inesperados. La mayor parte de sus lotes fueron derivados a Chipre o Europa del Este en cuanto llegaron las primeras noticias de Ormuz, y lo que fue embarcado en Argentina -donde Nafosa tiene dos plantas- navega hacia India o Sri Lanka.Noticia relacionada general No No La guerra de Irán provoca retrasos en las rutas de comercio marítimo y presiona los precios Raúl MasaEn algunos casos, cuenta el portavoz, han optado por «esperar y ver», y en otros tratarán de encontrar nuevos clientes que compren la mercancía allí donde está ahora mismo. En todo caso, para Ibarretxe se trata principalmente de un problema «comercial», ya que en el Golfo tienen clientes que «no queremos perder», zanja.Para contextualizar el caso hay que empezar por explicar que España ocupa el segundo puesto en el ránking mundial -detrás de los EE.UU.- de producción de alfalfa deshidratada, un subproducto que -como su nombre indica- se obtiene de retirar el exceso de agua de la planta con ánimo de poder almacenarla, de ahí que más del 60% se venda a países terceros.Sin opciones Los puertos del mar Rojo y Egipto no son una alternativa viable y las empresas temen perder sus clientesEl interés de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Qatar o Kuwait por los forrajes españoles se explica por esto último o, más bien, por las limitaciones que impone el desierto. Desde hace una década al menos esos países están derivando inversiones de forma masiva hacia la consecución de un cierto grado de seguridad alimentaria, en una estrategia que pasa por producir en casa todo lo que sea posible y asegurar las importaciones para lo demás. Precisamente, Arabia Saudí y EAU se están convirtiendo en potencias ganaderas , hecho que les obliga a importar mucho forraje. En la campaña 2024/2025, Arabia Saudí compró 196.750 toneladas de alfalfa española, que equivalen al 23% de nuestras exportaciones; los EAU, 159.027 toneladas (19%); y Kuwait, 19.951 toneladas (2%). Y a esto se suma Jordania, con 39.184 toneladas (7%). Es tal el interés de las monarquías del Golfo por esta relación que en los últimos años han invertido capital en adquirir fincas y deshidratadoras en nuestro país. Es el caso de Alliance Food Security Holdings (AFSH), un conglomerado emiratí que ya cuenta con dos factorías en el valle del Ebro (en Lérida y Huesca) desde las que cada año exportan 150.000 toneladas de balas deshidratadas a todo el mundo. «Pérdidas millonarias»Lógicamente, la crisis en Irán amenaza con dar al traste con este negocio. En conversación con este diario, Elena Stoean, que es directora de operaciones de AFSH, define la situación que están viviendo como «una masacre» que redundará en «pérdidas millonarias y no absorbibles» . La directiva no confirma cuántos contenedores de su empresa han quedado en tránsito, pero sí avanza que se enfrentan a ese problema y que trabajan a contrarreloj para solucionarlo, cosa que no es sencilla ya que en este momento las navieras cobran recargos de hasta 3.000 dólares por contenedor, frente a los 800-1.500 dólares de coste habitual. Pedro José Ibaretxe, por su parte, habla de sobrecostes de hasta 10.000 dólares en algunos casos, cifras que son del todo inasumibles. Para el sector, en estos momentos las únicas alternativas para acceder a sus clientes son el puerto de Yeda, en la costa del mar Rojo de Arabia Saudí, y las terminales de Egipto, pero desde Nafosa desechan estas opciones porque obligan a hacer varios cientos de kilómetros por carretera, añadiéndole otros cientos de euros al coste final del producto: «Sin Ormuz dejará de ser viable exportar», explican. Una factura inasumible El sector se enfrenta a sobrecostes de más de 3.000 dólares para recuperar los contenedoresLógicamente, de alargarse en el tiempo el cierre de Ormuz el impacto se acabará trasladando a las líneas de producción. Este es el panorama que describe Francisco Tabuenca, socio de Forrajes San Agustín, una sociedad de Huesca que factura 11 millones de euros al año y vende el 90% de su alfalfa deshidratada a las monarquías árabes . Con estos números, es fácil imaginar el nivel de exposición de esta compañía. Según Tabuenca, para ellos el problema se tornaría «grave» si llegado el mes de junio nada hubiera cambiado, pues por entonces ya hará tres meses que su campaña de fabricación habrá empezado y su capacidad de almacenaje es limitada. Y a esto, añádase el hecho de que los contratos con los agricultores que les proveen de alfalfa ya están firmados, de modo que se cuentan como pasivo. Bien es cierto que el Gobierno ya ha aprobado un paquete fiscal para paliar los efectos de la guerra en Irán, pero a la luz de estos hechos queda claro que para este sector no hay solución buena que no pase por la apertura inmediata de Ormuz. RSS de noticias de economia
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