La vuelta del verano nos está trayendo un extra de estrés nacional. Lo de Ceuta ha sido el corolario de un país que ya venía hiperventilando a causa de los interminables conflictos de todo tipo con los que ha de convivir la vida cotidiana. La brecha entre el devenir diario de la gente y el de sus representantes se ha hecho más grande que nunca. Y a ello no contribuye precisamente el tono del debate, ni su nivel: todo es áspero y desabrido. Todo rezuma cabreo.A la vuelta, a las familias les espera el reto de simultanear el trabajo con los colegios, el sueldo con los precios y las disrupciones tecnológicas. A la vuelta, al vecindario le aguardan las amenazas de las redes sociales, especialmente para los niños; el cambio climático, que nos tiene acalorados; y la cada vez más compleja vida de las ciudades.Pero a la gente no le esperará un tono moderado en las maneras de la dirigencia, ni un Gobierno que estabilice sus miedos y sus inconvenientes: al contrario, es muy posible que las refriegas aviven nuestras bajas pasiones y enciendan los ánimos. Esperan que en ese fuego ardan las posibilidades de sus adversarios políticos en beneficio propio.La brecha entre la vida diaria y las sensaciones que se desprenden de la práctica del poder nunca ha sido tan grande. Y es que, en efecto, la falta de empatía que destilan los constantes dicterios, las polémicas vacuas, esa agresividad de los ministros tuiteros, esa falta de humildad de un presidente que hace tiempo ha perdido el marchamo de representante de todos los españoles: en definitiva, esa tendencia a engendrar problemas en lugar de soluciones mantiene a la opinión pública en un estado de permanente desconcierto.Nunca tan pocos les complicaron la vida a tantos. Pocas veces, a la vuelta de la actividad, se produce un contraste tan fuerte entre los que administran y los administrados, empezando por Pedro Sánchez, que vio cómo su país era invadido y se fue de vacaciones. La brecha se ha convertido en una herida abierta. Y supura. La vuelta del verano nos está trayendo un extra de estrés nacional. Lo de Ceuta ha sido el corolario de un país que ya venía hiperventilando a causa de los interminables conflictos de todo tipo con los que ha de convivir la vida cotidiana. La brecha entre el devenir diario de la gente y el de sus representantes se ha hecho más grande que nunca. Y a ello no contribuye precisamente el tono del debate, ni su nivel: todo es áspero y desabrido. Todo rezuma cabreo.A la vuelta, a las familias les espera el reto de simultanear el trabajo con los colegios, el sueldo con los precios y las disrupciones tecnológicas. A la vuelta, al vecindario le aguardan las amenazas de las redes sociales, especialmente para los niños; el cambio climático, que nos tiene acalorados; y la cada vez más compleja vida de las ciudades.Pero a la gente no le esperará un tono moderado en las maneras de la dirigencia, ni un Gobierno que estabilice sus miedos y sus inconvenientes: al contrario, es muy posible que las refriegas aviven nuestras bajas pasiones y enciendan los ánimos. Esperan que en ese fuego ardan las posibilidades de sus adversarios políticos en beneficio propio.La brecha entre la vida diaria y las sensaciones que se desprenden de la práctica del poder nunca ha sido tan grande. Y es que, en efecto, la falta de empatía que destilan los constantes dicterios, las polémicas vacuas, esa agresividad de los ministros tuiteros, esa falta de humildad de un presidente que hace tiempo ha perdido el marchamo de representante de todos los españoles: en definitiva, esa tendencia a engendrar problemas en lugar de soluciones mantiene a la opinión pública en un estado de permanente desconcierto.Nunca tan pocos les complicaron la vida a tantos. Pocas veces, a la vuelta de la actividad, se produce un contraste tan fuerte entre los que administran y los administrados, empezando por Pedro Sánchez, que vio cómo su país era invadido y se fue de vacaciones. La brecha se ha convertido en una herida abierta. Y supura. La vuelta del verano nos está trayendo un extra de estrés nacional. Lo de Ceuta ha sido el corolario de un país que ya venía hiperventilando a causa de los interminables conflictos de todo tipo con los que ha de convivir la vida cotidiana. La brecha entre el devenir diario de la gente y el de sus representantes se ha hecho más grande que nunca. Y a ello no contribuye precisamente el tono del debate, ni su nivel: todo es áspero y desabrido. Todo rezuma cabreo.A la vuelta, a las familias les espera el reto de simultanear el trabajo con los colegios, el sueldo con los precios y las disrupciones tecnológicas. A la vuelta, al vecindario le aguardan las amenazas de las redes sociales, especialmente para los niños; el cambio climático, que nos tiene acalorados; y la cada vez más compleja vida de las ciudades.Pero a la gente no le esperará un tono moderado en las maneras de la dirigencia, ni un Gobierno que estabilice sus miedos y sus inconvenientes: al contrario, es muy posible que las refriegas aviven nuestras bajas pasiones y enciendan los ánimos. Esperan que en ese fuego ardan las posibilidades de sus adversarios políticos en beneficio propio.La brecha entre la vida diaria y las sensaciones que se desprenden de la práctica del poder nunca ha sido tan grande. Y es que, en efecto, la falta de empatía que destilan los constantes dicterios, las polémicas vacuas, esa agresividad de los ministros tuiteros, esa falta de humildad de un presidente que hace tiempo ha perdido el marchamo de representante de todos los españoles: en definitiva, esa tendencia a engendrar problemas en lugar de soluciones mantiene a la opinión pública en un estado de permanente desconcierto.Nunca tan pocos les complicaron la vida a tantos. Pocas veces, a la vuelta de la actividad, se produce un contraste tan fuerte entre los que administran y los administrados, empezando por Pedro Sánchez, que vio cómo su país era invadido y se fue de vacaciones. La brecha se ha convertido en una herida abierta. Y supura. RSS de noticias de espana
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