No sé si después de la Guerra Civil no hay lugar para la poesía como decía Adorno tras Auschwitz, pero es claro —a los hechos me remito— que siguen haciendo falta encuentros, estudios y lecturas: revisionismo, sí, que es lo que se hacemos todos. Quizá especialmente en España (o como se quiera llamar) precisa de relatos sobre la guerra que perdimos todos o —como hay que entender el marbete con menos bilis— lo que todos perdimos con la guerra.Al hilo de la estupenda cartografía de mi hermana Karina Sainz Borgo , dan ganas de empezar una serie de recomendaciones de lecturas «guerracivilistas» en el mejor sentido de la palabra. Don Andrés Trapiello lleva tiempo orientando a todos los curiosos por este campo minado en entregas mejoradas de ‘Las armas y las letras’ (1994) porque —como sabe mejor que nadie— cada vez es más difícil moverse entre tanto texto para evitar la enésima «puñetera novela sobre la Guerra Civil», que decía el otro: es un asunto muy complejo con muchas perspectivas y trampas, que no puede reducirse maquiavélicamente a buenos contra malos, aunque el punto de partida del golpe sea de Perogrullo. Baste hoy con algunas escenas sacadas de aquí y allá que retratan bien el drama general. Chaves Nogales, que se puede tener por el padre de la cosa, lo hace mejor que nadie con el enfrentamiento entre Julián y Andrés en ‘La gesta de los caballistas’ (parte de ‘A sangre y fuego’, 1937), que se cierra con el abrazo fraterno antes del paseíllo: un abrazo que «para ambos valió más que la propia vida entera». Con un salto mortal por encima de muchos otros textos valiosos, se llega a ‘ Santander, 1936 ‘ (2023) de Álvaro Pombo, donde el señorito Alvarito se hace falangista un poco porque sí, pero mantiene un profundo escepticismo que no le permite entender el enfrentamiento automático a cara de perro con su antiguo amigo Tote, que rompe con odio toda relación cuando se ven en bandos opuestos. Otra escena memorable, para que no se diga, está en ‘ La península de las casas vacías ‘ (2024) de David Uclés, los hermanos José y Paulo se cruzan en el campo de batalla y —bañados en llanto— se dan un abrazo de muerte. Porque la guerra incivil seguramente tuvo menos de ideología pura que de tragedias humanas. No sé si después de la Guerra Civil no hay lugar para la poesía como decía Adorno tras Auschwitz, pero es claro —a los hechos me remito— que siguen haciendo falta encuentros, estudios y lecturas: revisionismo, sí, que es lo que se hacemos todos. Quizá especialmente en España (o como se quiera llamar) precisa de relatos sobre la guerra que perdimos todos o —como hay que entender el marbete con menos bilis— lo que todos perdimos con la guerra.Al hilo de la estupenda cartografía de mi hermana Karina Sainz Borgo , dan ganas de empezar una serie de recomendaciones de lecturas «guerracivilistas» en el mejor sentido de la palabra. Don Andrés Trapiello lleva tiempo orientando a todos los curiosos por este campo minado en entregas mejoradas de ‘Las armas y las letras’ (1994) porque —como sabe mejor que nadie— cada vez es más difícil moverse entre tanto texto para evitar la enésima «puñetera novela sobre la Guerra Civil», que decía el otro: es un asunto muy complejo con muchas perspectivas y trampas, que no puede reducirse maquiavélicamente a buenos contra malos, aunque el punto de partida del golpe sea de Perogrullo. Baste hoy con algunas escenas sacadas de aquí y allá que retratan bien el drama general. Chaves Nogales, que se puede tener por el padre de la cosa, lo hace mejor que nadie con el enfrentamiento entre Julián y Andrés en ‘La gesta de los caballistas’ (parte de ‘A sangre y fuego’, 1937), que se cierra con el abrazo fraterno antes del paseíllo: un abrazo que «para ambos valió más que la propia vida entera». Con un salto mortal por encima de muchos otros textos valiosos, se llega a ‘ Santander, 1936 ‘ (2023) de Álvaro Pombo, donde el señorito Alvarito se hace falangista un poco porque sí, pero mantiene un profundo escepticismo que no le permite entender el enfrentamiento automático a cara de perro con su antiguo amigo Tote, que rompe con odio toda relación cuando se ven en bandos opuestos. Otra escena memorable, para que no se diga, está en ‘ La península de las casas vacías ‘ (2024) de David Uclés, los hermanos José y Paulo se cruzan en el campo de batalla y —bañados en llanto— se dan un abrazo de muerte. Porque la guerra incivil seguramente tuvo menos de ideología pura que de tragedias humanas. No sé si después de la Guerra Civil no hay lugar para la poesía como decía Adorno tras Auschwitz, pero es claro —a los hechos me remito— que siguen haciendo falta encuentros, estudios y lecturas: revisionismo, sí, que es lo que se hacemos todos. Quizá especialmente en España (o como se quiera llamar) precisa de relatos sobre la guerra que perdimos todos o —como hay que entender el marbete con menos bilis— lo que todos perdimos con la guerra.Al hilo de la estupenda cartografía de mi hermana Karina Sainz Borgo , dan ganas de empezar una serie de recomendaciones de lecturas «guerracivilistas» en el mejor sentido de la palabra. Don Andrés Trapiello lleva tiempo orientando a todos los curiosos por este campo minado en entregas mejoradas de ‘Las armas y las letras’ (1994) porque —como sabe mejor que nadie— cada vez es más difícil moverse entre tanto texto para evitar la enésima «puñetera novela sobre la Guerra Civil», que decía el otro: es un asunto muy complejo con muchas perspectivas y trampas, que no puede reducirse maquiavélicamente a buenos contra malos, aunque el punto de partida del golpe sea de Perogrullo. Baste hoy con algunas escenas sacadas de aquí y allá que retratan bien el drama general. Chaves Nogales, que se puede tener por el padre de la cosa, lo hace mejor que nadie con el enfrentamiento entre Julián y Andrés en ‘La gesta de los caballistas’ (parte de ‘A sangre y fuego’, 1937), que se cierra con el abrazo fraterno antes del paseíllo: un abrazo que «para ambos valió más que la propia vida entera». Con un salto mortal por encima de muchos otros textos valiosos, se llega a ‘ Santander, 1936 ‘ (2023) de Álvaro Pombo, donde el señorito Alvarito se hace falangista un poco porque sí, pero mantiene un profundo escepticismo que no le permite entender el enfrentamiento automático a cara de perro con su antiguo amigo Tote, que rompe con odio toda relación cuando se ven en bandos opuestos. Otra escena memorable, para que no se diga, está en ‘ La península de las casas vacías ‘ (2024) de David Uclés, los hermanos José y Paulo se cruzan en el campo de batalla y —bañados en llanto— se dan un abrazo de muerte. Porque la guerra incivil seguramente tuvo menos de ideología pura que de tragedias humanas. RSS de noticias de cultura
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