Lo sucedido el pasado domingo en la plaza de toros de Sevilla —inauguración de la temporada, cartel de no hay billetes, una tarde radiante, un público enfervorizado, una presidencia contaminada, toros anovillados, nula exigencia, trofeos de tómbola pueblerina, pero todo muy divertido y bien regado con gin tonics con hielo y a precio abusivo (“un día es un día, compadre…“)— debiera llamar la atención de los taurinos, si es que aún queda alguno a quien le preocupe el curso de esta fiesta de toros (la Fundación Toro de Lidia, no, que esta no entra en asuntos profesionales…) y el porvenir de la misma.
La tauromaquia actual, abarrotada de público en Sevilla y Madrid, y más divertida que emocionante, corre el serio peligro de morir de éxito
Lo sucedido el pasado domingo en la plaza de toros de Sevilla —inauguración de la temporada, cartel de no hay billetes, una tarde radiante, un público enfervorizado, una presidencia contaminada, toros anovillados, nula exigencia, trofeos de tómbola pueblerina, pero todo muy divertido y bien regado con gin tonics con hielo y a precio abusivo (“un día es un día, compadre…“)— debiera llamar la atención de los taurinos, si es que aún queda alguno a quien le preocupe el curso de esta fiesta de toros (la Fundación Toro de Lidia, no, que esta no entra en asuntos profesionales…) y el porvenir de la misma.
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