Dos maletas: una rosa chicle y otra verde manzana. Una, para las tardes de Morante; la otra, para los paseos y la playa. La chica de la trenza lo tenía todo organizado, un plan al que solo le faltaba el excel con la ropa íntima del sábado y las sandalias del domingo. Más trapío que un planificador editorial tenía aquello. Qué barbaridad, qué perfección. La chica de la trenza recitaba sus planes vía móvil mientras los leía en el portátil. Había colocado la vestimenta siguiendo los cánones de verticalidad de Kondo -que bien podrían bautizarse como los de Miranda-, sin una sola prenda de más, eliminando el por si acaso… Lo explicaba de manera tan milimétrica que yo miraba hacia el maletero del vagón y pensaba que, si las maletas hablasen, la mía escribiría una nota en el departamento de quejas: en horizontal, vertical y diagonal los trapos, con libros de por medio, con varios ratones para el ordenador… Por si acaso. Porque rara es la feria en la que alguno no se lleva la puntilla. Y otra vez la mirada regresó a la chica de la trenza: se puso su collarín viscoelástico, dobló con perfecta simetría su foulard y siguió estudiando su plan perfecto. Atrás quedaba el barullo de Atocha, los golpes del equipaje sobre las cintas, las voces de despedida a los que se quedaban tras el cristal. El Alvia con destino El Puerto de Santa María respiraba verano y, sobre todo, desprendía aroma taurino en el fin de semana de más loca expectación, con los dos primeros capítulos de la tetralogía del cigarrero.Antes de sus cuatro tardes, la temporada se estrenó con una novillada monstruo, no por monstruosa ni fea, sino por los ocho episodios que se alargaron hasta la medianoche. Bonita y de buena presencia la de Rocío de la Cámara y Cortijo de la Sierra, con su variado pelaje, y con los últimos más fuertes. Pese a la virtud de la obediencia, hubo muchas notas mansas, algunos asperotes y apretando en banderillas. Allí nos dieron las diez. Y las once. Y todo apuntaba a las doce… Un largometraje que echaba un pulso a ‘Cleopatra’, con sus lentos paseos al anillo trofeo en mano. ¡Orejas para todos! Porque, como recordó Bocanegra, quien no ha cortado una oreja en El Puerto no sabe lo que es cortar una oreja. Una por coleta se llevaron Víctor Barroso, Gonzalo Capdevila, Samuel Castrejón y el debutante Antonio Santana cuando arrastraban el cuarto. Disposición de todos y un ilusionante sentido del toreo, el del discípulo de Robleño. De Castrejón fueron los momentos de más gusto, de más pellizco. Con calma y medida. De perezas su capote y buena la estocada.El Puerto Plaza Real Viernes, 31 de julio de 2026. Primera de la temporada de verano. Alrededor de media entrada. Novillos de Rocío de la Cámara (3º, 6º, 7º y 8º) y Cortijo de la Sierra (1º, 2º, 4º y 5º), de bonita presencia dentro de la desigualdad, más fuertes los últimos, de notas mansas, aunque obedientes; algunos muy asperotes. Víctor Barroso, de azul y oro: casi media (oreja); pinchazo y estocada (saludos tras petición). Gonzalo Capdevila, de grana y oro: pinchazo y media perpendicular (oreja); dos pinchazos y estocada (vuelta por su cuenta). Samuel Castrejón, de negro y azabache: estocada tendida (oreja tras aviso); gran estocada (oreja con petición de otra). Antonio Santana, de espuma de mar y plata: pinchazo y estocada (oreja); estocada (oreja con petición de otra).Había ganas de ver a Samuel en el séptimo, y otra vez dejó su sello, con muestras de su proyección en una obra con la montera calada y con una contundente estocada, que le entregaba la oreja y la puerta grande. Con ansias la buscó Santana, bullidor y con el verdor lógico, pero en novillero siempre. A hombros se marchó con Castrejón. Dos maletas: una rosa chicle y otra verde manzana. Una, para las tardes de Morante; la otra, para los paseos y la playa. La chica de la trenza lo tenía todo organizado, un plan al que solo le faltaba el excel con la ropa íntima del sábado y las sandalias del domingo. Más trapío que un planificador editorial tenía aquello. Qué barbaridad, qué perfección. La chica de la trenza recitaba sus planes vía móvil mientras los leía en el portátil. Había colocado la vestimenta siguiendo los cánones de verticalidad de Kondo -que bien podrían bautizarse como los de Miranda-, sin una sola prenda de más, eliminando el por si acaso… Lo explicaba de manera tan milimétrica que yo miraba hacia el maletero del vagón y pensaba que, si las maletas hablasen, la mía escribiría una nota en el departamento de quejas: en horizontal, vertical y diagonal los trapos, con libros de por medio, con varios ratones para el ordenador… Por si acaso. Porque rara es la feria en la que alguno no se lleva la puntilla. Y otra vez la mirada regresó a la chica de la trenza: se puso su collarín viscoelástico, dobló con perfecta simetría su foulard y siguió estudiando su plan perfecto. Atrás quedaba el barullo de Atocha, los golpes del equipaje sobre las cintas, las voces de despedida a los que se quedaban tras el cristal. El Alvia con destino El Puerto de Santa María respiraba verano y, sobre todo, desprendía aroma taurino en el fin de semana de más loca expectación, con los dos primeros capítulos de la tetralogía del cigarrero.Antes de sus cuatro tardes, la temporada se estrenó con una novillada monstruo, no por monstruosa ni fea, sino por los ocho episodios que se alargaron hasta la medianoche. Bonita y de buena presencia la de Rocío de la Cámara y Cortijo de la Sierra, con su variado pelaje, y con los últimos más fuertes. Pese a la virtud de la obediencia, hubo muchas notas mansas, algunos asperotes y apretando en banderillas. Allí nos dieron las diez. Y las once. Y todo apuntaba a las doce… Un largometraje que echaba un pulso a ‘Cleopatra’, con sus lentos paseos al anillo trofeo en mano. ¡Orejas para todos! Porque, como recordó Bocanegra, quien no ha cortado una oreja en El Puerto no sabe lo que es cortar una oreja. Una por coleta se llevaron Víctor Barroso, Gonzalo Capdevila, Samuel Castrejón y el debutante Antonio Santana cuando arrastraban el cuarto. Disposición de todos y un ilusionante sentido del toreo, el del discípulo de Robleño. De Castrejón fueron los momentos de más gusto, de más pellizco. Con calma y medida. De perezas su capote y buena la estocada.El Puerto Plaza Real Viernes, 31 de julio de 2026. Primera de la temporada de verano. Alrededor de media entrada. Novillos de Rocío de la Cámara (3º, 6º, 7º y 8º) y Cortijo de la Sierra (1º, 2º, 4º y 5º), de bonita presencia dentro de la desigualdad, más fuertes los últimos, de notas mansas, aunque obedientes; algunos muy asperotes. Víctor Barroso, de azul y oro: casi media (oreja); pinchazo y estocada (saludos tras petición). Gonzalo Capdevila, de grana y oro: pinchazo y media perpendicular (oreja); dos pinchazos y estocada (vuelta por su cuenta). Samuel Castrejón, de negro y azabache: estocada tendida (oreja tras aviso); gran estocada (oreja con petición de otra). Antonio Santana, de espuma de mar y plata: pinchazo y estocada (oreja); estocada (oreja con petición de otra).Había ganas de ver a Samuel en el séptimo, y otra vez dejó su sello, con muestras de su proyección en una obra con la montera calada y con una contundente estocada, que le entregaba la oreja y la puerta grande. Con ansias la buscó Santana, bullidor y con el verdor lógico, pero en novillero siempre. A hombros se marchó con Castrejón. Dos maletas: una rosa chicle y otra verde manzana. Una, para las tardes de Morante; la otra, para los paseos y la playa. La chica de la trenza lo tenía todo organizado, un plan al que solo le faltaba el excel con la ropa íntima del sábado y las sandalias del domingo. Más trapío que un planificador editorial tenía aquello. Qué barbaridad, qué perfección. La chica de la trenza recitaba sus planes vía móvil mientras los leía en el portátil. Había colocado la vestimenta siguiendo los cánones de verticalidad de Kondo -que bien podrían bautizarse como los de Miranda-, sin una sola prenda de más, eliminando el por si acaso… Lo explicaba de manera tan milimétrica que yo miraba hacia el maletero del vagón y pensaba que, si las maletas hablasen, la mía escribiría una nota en el departamento de quejas: en horizontal, vertical y diagonal los trapos, con libros de por medio, con varios ratones para el ordenador… Por si acaso. Porque rara es la feria en la que alguno no se lleva la puntilla. Y otra vez la mirada regresó a la chica de la trenza: se puso su collarín viscoelástico, dobló con perfecta simetría su foulard y siguió estudiando su plan perfecto. Atrás quedaba el barullo de Atocha, los golpes del equipaje sobre las cintas, las voces de despedida a los que se quedaban tras el cristal. El Alvia con destino El Puerto de Santa María respiraba verano y, sobre todo, desprendía aroma taurino en el fin de semana de más loca expectación, con los dos primeros capítulos de la tetralogía del cigarrero.Antes de sus cuatro tardes, la temporada se estrenó con una novillada monstruo, no por monstruosa ni fea, sino por los ocho episodios que se alargaron hasta la medianoche. Bonita y de buena presencia la de Rocío de la Cámara y Cortijo de la Sierra, con su variado pelaje, y con los últimos más fuertes. Pese a la virtud de la obediencia, hubo muchas notas mansas, algunos asperotes y apretando en banderillas. Allí nos dieron las diez. Y las once. Y todo apuntaba a las doce… Un largometraje que echaba un pulso a ‘Cleopatra’, con sus lentos paseos al anillo trofeo en mano. ¡Orejas para todos! Porque, como recordó Bocanegra, quien no ha cortado una oreja en El Puerto no sabe lo que es cortar una oreja. Una por coleta se llevaron Víctor Barroso, Gonzalo Capdevila, Samuel Castrejón y el debutante Antonio Santana cuando arrastraban el cuarto. Disposición de todos y un ilusionante sentido del toreo, el del discípulo de Robleño. De Castrejón fueron los momentos de más gusto, de más pellizco. Con calma y medida. De perezas su capote y buena la estocada.El Puerto Plaza Real Viernes, 31 de julio de 2026. Primera de la temporada de verano. Alrededor de media entrada. Novillos de Rocío de la Cámara (3º, 6º, 7º y 8º) y Cortijo de la Sierra (1º, 2º, 4º y 5º), de bonita presencia dentro de la desigualdad, más fuertes los últimos, de notas mansas, aunque obedientes; algunos muy asperotes. Víctor Barroso, de azul y oro: casi media (oreja); pinchazo y estocada (saludos tras petición). Gonzalo Capdevila, de grana y oro: pinchazo y media perpendicular (oreja); dos pinchazos y estocada (vuelta por su cuenta). Samuel Castrejón, de negro y azabache: estocada tendida (oreja tras aviso); gran estocada (oreja con petición de otra). Antonio Santana, de espuma de mar y plata: pinchazo y estocada (oreja); estocada (oreja con petición de otra).Había ganas de ver a Samuel en el séptimo, y otra vez dejó su sello, con muestras de su proyección en una obra con la montera calada y con una contundente estocada, que le entregaba la oreja y la puerta grande. Con ansias la buscó Santana, bullidor y con el verdor lógico, pero en novillero siempre. A hombros se marchó con Castrejón. RSS de noticias de cultura
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