Los hermanos Ángel y Javier Escribano han dado un pelotazo de casi mil millones de euros en apenas tres años con su entrada en Indra. El PP solo ha tardado 36 meses en percibir que en esa operación pudo haber uso de información privilegiada y pide el VAR a desgana como quien le dice a esos que incordian día y noche por teléfono que no vuelvan a llamar nunca más. No hacía falta una crisis de gobernanza como la habida en Indra, que ha costado el cargo a varios consejeros y al propio presidente, para darse cuenta de que algo olía mal en el hecho de convertirse en el accionista de una cotizada estratégica, de la mano de la Moncloa, apalancado, con las acciones pignoradas y con el plan de autocomprarse la empresa familiar al precio fijado por ellos mismos en calidad de comprador y vendedor. Nada de eso habría sido un problema si los interesados no hubieran tenido la ambición de cuantificar el precio de su activo en una tercera parte del valor total del adquiriente. Si la compañía de los Escribano valía 3.000 millones e Indra 9.000, pues echen cuentas de la proporción de acciones que les pertenecía, lo que sumado al 14,3% que ya tenían les daba el control absoluto de lo que la Moncloa se desgañitaba en calificar como campeón nacional de la defensa.Ahí estaba, por cierto, el consejero delegado de la compañía de Defensa y Tecnología, José Vicente de los Mozos, bendiciendo la operación, con bono multimillonario incluido en caso de completarse. Como lo que se proyecta en el aire termina siempre en el suelo, la operación se estrelló contra la realidad (y contra el pulso con Estados Unidos y Bruselas) y el paraíso de la defensa patria lo ocupa ahora otro ángel, Simón, caído de la nube Caixa y recolocado por el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, que es una maravilla. Con mil kilos para la buchaca, la carrera de los Escribano no termina ahí, pues EM&E se antoja clave para el cumplimiento de los plazos de entrega de distintas contrataciones comprometidas por Indra. Pero los hermanos de Coslada no quieren ni oír hablar de perder su juguete y saben que, a las malas, bastaría un acercamiento a los alemanes de Rheinmetall o a los italianos de Leonardo para sacar una buena tajada por la venta de una participación que, al tiempo, les permitiera seguir manejando la compañía. Un ‘win win’ que dirían los cursis. Ganando de Indra y ganando de sus rivales. El problema esta vez es que Manuel de la Rocha ya tiene una tarjeta amarilla del número 1, Pedro Sánchez, y no puede permitirse otra crisis con Indra, en plena escandalera con Bruselas y los halcones nórdicos por el desvío de fondos europeos para pagos ordinarios en España. La oficina económica de la Moncloa ha vuelto a azuzar el espantajo del comité de inversiones estratégicas y el escudo antiopas desarrollado en la pandemia para hacerles ver a los Escribano que nada de eso de coquetear a tres manos y por debajo de la mesa, lo que deja a EM&E en un limbo corporativo, a expensas de que Indra quiera hacer la compra o no y, sobre todo, a un precio y con unas condiciones de gobernanza que no serán las de los hermanos.El sanchismo ha llevado a las empresas estratégicas al ‘punto cero’, un colapso que aún irá a peorDe la Rocha ha vuelto a sacar el manual del asalto a Telefónica y ha aplicado el capítulo de los vetos e impedimentos leguleyos (cuando metieron al expresidente de la operadora, José María Álvarez-Pallete, en la túrmix por el enjuague con los saudíes de STC). Y esto no ha hecho más que empezar, porque el actual presidente, Ángel Simón, no está dispuesto a cerrar el año sin ganar poderes ejecutivos y para ellos ha de perderlos quien los tiene ahora: De los Mozos. El CEO, no sé por qué me da, plantará poca batalla y su marcha coincidiendo con la proximidad de su otra ocupación, la Fórmula 1 en Madrid, sería una solución a la medida para todos, teniendo en cuenta que su indemnización se vería actualizada con el sueldo de primer ejecutivo recién revisado al alza, y ante un escenario de cambio de Gobierno que le permitiría mantener sus buenas relaciones con un PP al que se le empieza a indigestar lo que pasa en Indra.Los problemas crecen, además, en la empresa y se acelera el plan de ventas parciales de la filial Minsait ante el deterioro escandaloso de un negocio que era la joya de la corona de Indra hasta hace un año y que languidece ante sus rivales por la falta de inversión en talento humano y tecnología de última generación. Lo que en 2025 valía 1.300 millones a juicio de fondos como Cinven o Permira ahora no pasa de escasos centenares. Las unidades más atractivas, BPO o Minsait Business Consulting, se han vendido por 200 millones en total. Hagan cuentas ustedes mismos.El sanchismo ha llevado la gestión de las compañías estratégicas a lo que Zizek -pensador ilustre de la progresía- denomina el ‘punto cero’, última fase de la desesperación donde las cosas pueden empeorar hasta el colapso y, con toda probabilidad, lo harán. Los hermanos Ángel y Javier Escribano han dado un pelotazo de casi mil millones de euros en apenas tres años con su entrada en Indra. El PP solo ha tardado 36 meses en percibir que en esa operación pudo haber uso de información privilegiada y pide el VAR a desgana como quien le dice a esos que incordian día y noche por teléfono que no vuelvan a llamar nunca más. No hacía falta una crisis de gobernanza como la habida en Indra, que ha costado el cargo a varios consejeros y al propio presidente, para darse cuenta de que algo olía mal en el hecho de convertirse en el accionista de una cotizada estratégica, de la mano de la Moncloa, apalancado, con las acciones pignoradas y con el plan de autocomprarse la empresa familiar al precio fijado por ellos mismos en calidad de comprador y vendedor. Nada de eso habría sido un problema si los interesados no hubieran tenido la ambición de cuantificar el precio de su activo en una tercera parte del valor total del adquiriente. Si la compañía de los Escribano valía 3.000 millones e Indra 9.000, pues echen cuentas de la proporción de acciones que les pertenecía, lo que sumado al 14,3% que ya tenían les daba el control absoluto de lo que la Moncloa se desgañitaba en calificar como campeón nacional de la defensa.Ahí estaba, por cierto, el consejero delegado de la compañía de Defensa y Tecnología, José Vicente de los Mozos, bendiciendo la operación, con bono multimillonario incluido en caso de completarse. Como lo que se proyecta en el aire termina siempre en el suelo, la operación se estrelló contra la realidad (y contra el pulso con Estados Unidos y Bruselas) y el paraíso de la defensa patria lo ocupa ahora otro ángel, Simón, caído de la nube Caixa y recolocado por el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, que es una maravilla. Con mil kilos para la buchaca, la carrera de los Escribano no termina ahí, pues EM&E se antoja clave para el cumplimiento de los plazos de entrega de distintas contrataciones comprometidas por Indra. Pero los hermanos de Coslada no quieren ni oír hablar de perder su juguete y saben que, a las malas, bastaría un acercamiento a los alemanes de Rheinmetall o a los italianos de Leonardo para sacar una buena tajada por la venta de una participación que, al tiempo, les permitiera seguir manejando la compañía. Un ‘win win’ que dirían los cursis. Ganando de Indra y ganando de sus rivales. El problema esta vez es que Manuel de la Rocha ya tiene una tarjeta amarilla del número 1, Pedro Sánchez, y no puede permitirse otra crisis con Indra, en plena escandalera con Bruselas y los halcones nórdicos por el desvío de fondos europeos para pagos ordinarios en España. La oficina económica de la Moncloa ha vuelto a azuzar el espantajo del comité de inversiones estratégicas y el escudo antiopas desarrollado en la pandemia para hacerles ver a los Escribano que nada de eso de coquetear a tres manos y por debajo de la mesa, lo que deja a EM&E en un limbo corporativo, a expensas de que Indra quiera hacer la compra o no y, sobre todo, a un precio y con unas condiciones de gobernanza que no serán las de los hermanos.El sanchismo ha llevado a las empresas estratégicas al ‘punto cero’, un colapso que aún irá a peorDe la Rocha ha vuelto a sacar el manual del asalto a Telefónica y ha aplicado el capítulo de los vetos e impedimentos leguleyos (cuando metieron al expresidente de la operadora, José María Álvarez-Pallete, en la túrmix por el enjuague con los saudíes de STC). Y esto no ha hecho más que empezar, porque el actual presidente, Ángel Simón, no está dispuesto a cerrar el año sin ganar poderes ejecutivos y para ellos ha de perderlos quien los tiene ahora: De los Mozos. El CEO, no sé por qué me da, plantará poca batalla y su marcha coincidiendo con la proximidad de su otra ocupación, la Fórmula 1 en Madrid, sería una solución a la medida para todos, teniendo en cuenta que su indemnización se vería actualizada con el sueldo de primer ejecutivo recién revisado al alza, y ante un escenario de cambio de Gobierno que le permitiría mantener sus buenas relaciones con un PP al que se le empieza a indigestar lo que pasa en Indra.Los problemas crecen, además, en la empresa y se acelera el plan de ventas parciales de la filial Minsait ante el deterioro escandaloso de un negocio que era la joya de la corona de Indra hasta hace un año y que languidece ante sus rivales por la falta de inversión en talento humano y tecnología de última generación. Lo que en 2025 valía 1.300 millones a juicio de fondos como Cinven o Permira ahora no pasa de escasos centenares. Las unidades más atractivas, BPO o Minsait Business Consulting, se han vendido por 200 millones en total. Hagan cuentas ustedes mismos.El sanchismo ha llevado la gestión de las compañías estratégicas a lo que Zizek -pensador ilustre de la progresía- denomina el ‘punto cero’, última fase de la desesperación donde las cosas pueden empeorar hasta el colapso y, con toda probabilidad, lo harán. Los hermanos Ángel y Javier Escribano han dado un pelotazo de casi mil millones de euros en apenas tres años con su entrada en Indra. El PP solo ha tardado 36 meses en percibir que en esa operación pudo haber uso de información privilegiada y pide el VAR a desgana como quien le dice a esos que incordian día y noche por teléfono que no vuelvan a llamar nunca más. No hacía falta una crisis de gobernanza como la habida en Indra, que ha costado el cargo a varios consejeros y al propio presidente, para darse cuenta de que algo olía mal en el hecho de convertirse en el accionista de una cotizada estratégica, de la mano de la Moncloa, apalancado, con las acciones pignoradas y con el plan de autocomprarse la empresa familiar al precio fijado por ellos mismos en calidad de comprador y vendedor. Nada de eso habría sido un problema si los interesados no hubieran tenido la ambición de cuantificar el precio de su activo en una tercera parte del valor total del adquiriente. Si la compañía de los Escribano valía 3.000 millones e Indra 9.000, pues echen cuentas de la proporción de acciones que les pertenecía, lo que sumado al 14,3% que ya tenían les daba el control absoluto de lo que la Moncloa se desgañitaba en calificar como campeón nacional de la defensa.Ahí estaba, por cierto, el consejero delegado de la compañía de Defensa y Tecnología, José Vicente de los Mozos, bendiciendo la operación, con bono multimillonario incluido en caso de completarse. Como lo que se proyecta en el aire termina siempre en el suelo, la operación se estrelló contra la realidad (y contra el pulso con Estados Unidos y Bruselas) y el paraíso de la defensa patria lo ocupa ahora otro ángel, Simón, caído de la nube Caixa y recolocado por el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, que es una maravilla. Con mil kilos para la buchaca, la carrera de los Escribano no termina ahí, pues EM&E se antoja clave para el cumplimiento de los plazos de entrega de distintas contrataciones comprometidas por Indra. Pero los hermanos de Coslada no quieren ni oír hablar de perder su juguete y saben que, a las malas, bastaría un acercamiento a los alemanes de Rheinmetall o a los italianos de Leonardo para sacar una buena tajada por la venta de una participación que, al tiempo, les permitiera seguir manejando la compañía. Un ‘win win’ que dirían los cursis. Ganando de Indra y ganando de sus rivales. El problema esta vez es que Manuel de la Rocha ya tiene una tarjeta amarilla del número 1, Pedro Sánchez, y no puede permitirse otra crisis con Indra, en plena escandalera con Bruselas y los halcones nórdicos por el desvío de fondos europeos para pagos ordinarios en España. La oficina económica de la Moncloa ha vuelto a azuzar el espantajo del comité de inversiones estratégicas y el escudo antiopas desarrollado en la pandemia para hacerles ver a los Escribano que nada de eso de coquetear a tres manos y por debajo de la mesa, lo que deja a EM&E en un limbo corporativo, a expensas de que Indra quiera hacer la compra o no y, sobre todo, a un precio y con unas condiciones de gobernanza que no serán las de los hermanos.El sanchismo ha llevado a las empresas estratégicas al ‘punto cero’, un colapso que aún irá a peorDe la Rocha ha vuelto a sacar el manual del asalto a Telefónica y ha aplicado el capítulo de los vetos e impedimentos leguleyos (cuando metieron al expresidente de la operadora, José María Álvarez-Pallete, en la túrmix por el enjuague con los saudíes de STC). Y esto no ha hecho más que empezar, porque el actual presidente, Ángel Simón, no está dispuesto a cerrar el año sin ganar poderes ejecutivos y para ellos ha de perderlos quien los tiene ahora: De los Mozos. El CEO, no sé por qué me da, plantará poca batalla y su marcha coincidiendo con la proximidad de su otra ocupación, la Fórmula 1 en Madrid, sería una solución a la medida para todos, teniendo en cuenta que su indemnización se vería actualizada con el sueldo de primer ejecutivo recién revisado al alza, y ante un escenario de cambio de Gobierno que le permitiría mantener sus buenas relaciones con un PP al que se le empieza a indigestar lo que pasa en Indra.Los problemas crecen, además, en la empresa y se acelera el plan de ventas parciales de la filial Minsait ante el deterioro escandaloso de un negocio que era la joya de la corona de Indra hasta hace un año y que languidece ante sus rivales por la falta de inversión en talento humano y tecnología de última generación. Lo que en 2025 valía 1.300 millones a juicio de fondos como Cinven o Permira ahora no pasa de escasos centenares. Las unidades más atractivas, BPO o Minsait Business Consulting, se han vendido por 200 millones en total. Hagan cuentas ustedes mismos.El sanchismo ha llevado la gestión de las compañías estratégicas a lo que Zizek -pensador ilustre de la progresía- denomina el ‘punto cero’, última fase de la desesperación donde las cosas pueden empeorar hasta el colapso y, con toda probabilidad, lo harán. RSS de noticias de economia
Noticias Similares
