En la Edad Media, los médicos, que entonces trabajaban con sus pócimas y sus teorías de los humores, entendían que su oficio solo debía aspirar a restituir la salud perdida de un enfermo, recomponiendo los balances desregulados: restitutio ad integrum (devolver a la integridad), porque cualquier otra pretensión chocaba con el principio de que Dios había hecho las cosas bien, y no se podían mejorar. Con los siglos, el ser humano se fue moviendo hacia el centro de toda la cosmovisión, y este principio evolucionó hacia una concepción de la medicina que ya no buscaba solo curar, sino mejorar y perfeccionar: transformatio ad optimum (transformación a mejor). Este principio, que ha permitido los avances científicos y médicos más espectaculares en los últimos dos siglos, no ha hecho más que extenderse e imponerse, en una búsqueda incesante de las fórmulas para combatir las enfermedades, las limitaciones y, en última instancia, la vejez. Detrás de esta obsesión en que no pasen los años no solo hay un interés científico o humanista, sino también un lucrativo negocio que está transformando a las empresas de la industria farmacéutica y del sector de la medicina estética.
Una solución no apta para todos
Más allá de las oportunidades de negocio que supone este sector, los expertos en nutrición y salud alertan de que existen riesgos, especialmente para las personas que tienen condiciones de salud complicadas, o para las mujeres embarazadas. “Los suplementos no están sometidos a la ley del medicamento, sino que están en el cajón de sastre de la alimentación. No tiene por qué pasar nada, pero hay riesgos, a veces por la dosis, a veces porque interactúan con otros medicamentos que la persona se esté tomando, o a veces porque se adulteran”, explica Jordi Salas, catedrático de Nutrición de la Universitat Rovira i Virgili. Cita el caso de un suplemento natural para la sexualidad llamado Bichota, que la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios retiró el pasado mes de marzo por estar adulterado con viagra; o los productos naturales contra inflamaciones hechos con hierba de San Juan, que tienen contraindicaciones con fármacos antidepresivos o anticoagulantes; o la retirada de productos de vitamina D o de Omega 3 con dosis demasiado elevadas; o las cápsulas de cafeína que los adolescentes usan para tolerar mejor el alcohol. “Hay empresas que sí que explican los riesgos y actúan responsablemente, pero otras no lo hacen, porque no están obligadas a poner según qué cosas, como las contraindicaciones”, explica Salas. La clave, según él, es que la mayoría de las sustancias ya están presentes en una dieta equilibrada, y un suplemento solo sería realmente necesario para una persona que tenga un déficit concreto y evaluable. “Pero el consumo se ha extendido sin razón, y sin tener en cuenta los riesgos para la seguridad”, remata.
Sobre el colágeno, los expertos consultados avisan de que no es que tenga efectos no deseados, sino que el problema es de publicidad engañosa, puesto que la efectividad no está demostrada. “Hay muchísimos artículos sobre el colágeno, pero si los filtras por las fuentes de financiación, ves que forman parte de la estrategia promocional”, advierte Juan Revenga, director del grado de Nutrición Humana y Dietética de la Universidad de Valencia. Este profesor señala que si el negocio ha crecido tanto es por una combinación de las ganas de los consumidores de “creer en los milagros”, la falta de regulación estricta y el auge de la venta por internet: “Muchas empresas sacan sus líneas de suplementos y ofrecen a los influencers sus productos. Para comercializar muchos de ellos necesitas la misma regulación que para la mermelada”.
Ambos expertos señalan que las autoridades están preocupadas por la extensión del consumo, pero que la variedad es tan elevada, y se renuevan los productos tan a menudo, que la regulación no da abasto: “Hace falta regulación específica y formación de los médicos. Esta industria ha crecido mucho, pero siempre ha habido este tipo de productos. No se trata de generar alarma, pero sí de señalar la falta de eficacia y los riesgos para personas vulnerables”, apunta Salas.
Los productos que aseguran mantener a raya el paso del tiempo generan una industria millonaria, pero también dan lugar a abusos
En la Edad Media, los médicos, que entonces trabajaban con sus pócimas y sus teorías de los humores, entendían que su oficio solo debía aspirar a restituir la salud perdida de un enfermo, recomponiendo los balances desregulados: restitutio ad integrum (devolver a la integridad), porque cualquier otra pretensión chocaba con el principio de que Dios había hecho las cosas bien, y no se podían mejorar. Con los siglos, el ser humano se fue moviendo hacia el centro de toda la cosmovisión, y este principio evolucionó hacia una concepción de la medicina que ya no buscaba solo curar, sino mejorar y perfeccionar: transformatio ad optimum (transformación a mejor). Este principio, que ha permitido los avances científicos y médicos más espectaculares en los últimos dos siglos, no ha hecho más que extenderse e imponerse, en una búsqueda incesante de las fórmulas para combatir las enfermedades, las limitaciones y, en última instancia, la vejez. Detrás de esta obsesión en que no pasen los años no solo hay un interés científico o humanista, sino también un lucrativo negocio que está transformando a las empresas de la industria farmacéutica y del sector de la medicina estética.
Una solución no apta para todos
Más allá de las oportunidades de negocio que supone este sector, los expertos en nutrición y salud alertan de que existen riesgos, especialmente para las personas que tienen condiciones de salud complicadas, o para las mujeres embarazadas. “Los suplementos no están sometidos a la ley del medicamento, sino que están en el cajón de sastre de la alimentación. No tiene por qué pasar nada, pero hay riesgos, a veces por la dosis, a veces porque interactúan con otros medicamentos que la persona se esté tomando, o a veces porque se adulteran”, explica Jordi Salas, catedrático de Nutrición de la Universitat Rovira i Virgili. Cita el caso de un suplemento natural para la sexualidad llamado Bichota, que la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios retiró el pasado mes de marzo por estar adulterado con viagra; o los productos naturales contra inflamaciones hechos con hierba de San Juan, que tienen contraindicaciones con fármacos antidepresivos o anticoagulantes; o la retirada de productos de vitamina D o de Omega 3 con dosis demasiado elevadas; o las cápsulas de cafeína que los adolescentes usan para tolerar mejor el alcohol. “Hay empresas que sí que explican los riesgos y actúan responsablemente, pero otras no lo hacen, porque no están obligadas a poner según qué cosas, como las contraindicaciones”, explica Salas. La clave, según él, es que la mayoría de las sustancias ya están presentes en una dieta equilibrada, y un suplemento solo sería realmente necesario para una persona que tenga un déficit concreto y evaluable. “Pero el consumo se ha extendido sin razón, y sin tener en cuenta los riesgos para la seguridad”, remata.
Sobre el colágeno, los expertos consultados avisan de que no es que tenga efectos no deseados, sino que el problema es de publicidad engañosa, puesto que la efectividad no está demostrada. “Hay muchísimos artículos sobre el colágeno, pero si los filtras por las fuentes de financiación, ves que forman parte de la estrategia promocional”, advierte Juan Revenga, director del grado de Nutrición Humana y Dietética de la Universidad de Valencia. Este profesor señala que si el negocio ha crecido tanto es por una combinación de las ganas de los consumidores de “creer en los milagros”, la falta de regulación estricta y el auge de la venta por internet: “Muchas empresas sacan sus líneas de suplementos y ofrecen a los influencers sus productos. Para comercializar muchos de ellos necesitas la misma regulación que para la mermelada”.
Ambos expertos señalan que las autoridades están preocupadas por la extensión del consumo, pero que la variedad es tan elevada, y se renuevan los productos tan a menudo, que la regulación no da abasto: “Hace falta regulación específica y formación de los médicos. Esta industria ha crecido mucho, pero siempre ha habido este tipo de productos. No se trata de generar alarma, pero sí de señalar la falta de eficacia y los riesgos para personas vulnerables”, apunta Salas.
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