A las siete de la tarde, Madrid tenía una cita con Dios y este con la muerte . Quizá por eso se respiraba un aire distinto, espeso, pese al viento y al azul del Guadarrama, que despejaba el cielo para no ser aguafiestas. La ciudad vieja comenzaba a esa misma hora dos procesiones que son enseña y tradición: Jesús de Medinaceli, ‘el Rico’, y el Cristo de la Fe, protegido por los alabarderos desde el Palacio de Oriente. Mantienen viva una tradición que comenzó en 1632 en torno a la parroquia de San Sebastián y después, ya en 1743, bajo la protección de los Reales Guardias de Corps. Impresionaba ver la escolta de este Cristo, compuesta por 44 anderos, 32 alabarderos, 90 nazarenos de cirio, 30 infantes, 30 damas de mantilla y 20 congregantes. La Unidad de Música de la Guardia Real llenaba de solemnidad y compás un paso que revuelve el alma al mirarlo y que regala una fusión entre la fe y lo castrense en su máxima expresión. Media hora antes salía el Divino Cautivo de la Catedral de la Almudena. La calle Mayor, hasta Sol, era un hervidero de expresiones: desde asombro hasta dolor; turistas y devotos guardaban silencio y aplaudían en cada una de las paradas que los nazarenos realizaban. La talla de este Cautivo, obra maestra en madera de nogal, fue realizada en 1944 por el escultor Mariano Benlliure y representa ese momento en el que Poncio Pilato pudo cambiar la historia, aunque prefiriera lavarse las manos. Mientras, la plaza de Jesús congregaba la mayor parte de fieles viendo al de Medinaceli, acompañado de Nuestra Señora de los Dolores en su Mayor Soledad, pasando por la plaza de las Cortes y la carrera de San Jerónimo hasta llegar a la Puerta del Sol, donde la ciudad se concentraba en una mezcla rara de pasión y curiosidad. Entre las nueve y las diez de la noche, las tres procesiones se cruzaban por este kilómetro cero que quiso ser, en Viernes Santo, el Monte Calvario. Casi 4.000 cofrades rodean la imagen de este Jesús de Medinaceli, que pasó su propio infierno hasta llegar a la ciudad. El ‘Señor de Madrid’, como le dicen, fue tallado en Sevilla y secuestrado por los musulmanes hasta 1682, fecha en la que fue rescatado por los frailes trinitarios pagando su peso en oro. Se salvó de nuevo en 1936, cuando un grupo de vecinos de Madrid se la arrebató a los milicianos de la capital. Pasó por Suiza hasta volver en 1939 a su iglesia y, desde entonces, se convirtió en el emblema religioso de una procesión que tiene en Viernes Santo su última parada hasta la muerte. Noticia relacionada reportaje No No Madrid Jueves Santo entre el Pobre, el Poderoso y la Macarena Alfonso J. UssíaMadrid este viernes guardaba silencio. Se interrumpía cuando los capataces o contraguías gritaban «más despacio» o un «vámonos de frente». Entonces se notaba el esfuerzo de hombros y brazos, una fuerza contenida que mantenía en pie a los santos de esta ciudad. La imagen de los Siete Dolores, el Jesús de Medinaceli, el Divino Cautivo o el Cristo de la Fe, con los brillos de las armaduras de sus guardianes reales. Los capirotes caídos parecen un antifaz, como si quienes rodean las tallas fueran, esta vez, fantasmas que portan una posible redención al pueblo de Madrid. Tac, tac, tac, y arriba con ella otra vez, mientras los aplausos dejaban sin voz a las trompetas y cornetas. Me cuentan que el trono del Cristo de la Fe pesa más de una tonelada, que las lágrimas de la Dolorosa están colocadas en sus mejillas a mano y que las horquillas marcan el paso de los nazarenos para que nadie deje de mirar. Esta Dolorosa se coloca detrás del ‘Señor de Madrid’ porque quizá se trate de la procesión de todas, la única estación de penitencia que perdona a todos los gatos por igual. 186 personas manejaban el paso del trono; el de los Dolores, otros 110. El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, como miembro de honor de la Archicofradía de Jesús de Medinaceli, iniciaba los primeros pasos, mientras que, en el Palacio de Oriente, al mismo tiempo, la Puerta del Príncipe se abría para que los nazarenos de capirote rojo fueran colocándose a los pies de la calle Bailén.El Cristo de los Alabarderos (arriba), a su salida en el Palacio Real. En la imagen de abajo, el Divino Cautivo por las calles de Madrid Tania SieiraEl ‘Señor de Madrid’, levantado por los nazarenos morados, mira con el miedo y la compasión de quien se sabe en sus horas más bajas. La gente a mi alrededor aplaude emocionada porque la banda suena al toque de un inevitable final que está por llegar esta noche. La corona de espinas, el pelo largo, la túnica morada: todo en este Medinaceli es colosal, como la angustia de muchas personas que parecen gritar en silencio mientras Él pasa a su lado. Se detuvieron también frente al Congreso, para hacer una parada con el Himno de España en la banda de música y las cuatro toneladas de peso del Jesús ‘Rico’, que en esa cuesta de la Carrera de San Jerónimo era una forma de subir al cielo de Madrid pese a todo. La corona de espinas, el pelo largo, la túnica morada: todo en este Medinaceli es colosalPuede que, en esta Puerta del Sol, en Viernes Santo no se ande. Simplemente se está. La gente no pasa, se queda, como en los cafés de antes o como mirando desde las terrazas y balcones. Hay turistas que no entienden, pero respetan, del mismo modo que hay madrileños que guardan silencio, aunque todo esto no vaya con ellos. Una señora se santigua, un niño señala y un guiri bebe de una botella de agua mientras todo esto pasa por aquí. Se escucha una saeta que dice: «Hoy pasea el Rey de Reyes, que es el Cristo de Madrid. Le llaman Medinaceli» Y todo el mundo grita un ¡Viva!, mientras yo busco un sitio para poder escribir. Madrid este viernes tiene el Monte Calvario en la Puerta del Sol. A las siete de la tarde, Madrid tenía una cita con Dios y este con la muerte . Quizá por eso se respiraba un aire distinto, espeso, pese al viento y al azul del Guadarrama, que despejaba el cielo para no ser aguafiestas. La ciudad vieja comenzaba a esa misma hora dos procesiones que son enseña y tradición: Jesús de Medinaceli, ‘el Rico’, y el Cristo de la Fe, protegido por los alabarderos desde el Palacio de Oriente. Mantienen viva una tradición que comenzó en 1632 en torno a la parroquia de San Sebastián y después, ya en 1743, bajo la protección de los Reales Guardias de Corps. Impresionaba ver la escolta de este Cristo, compuesta por 44 anderos, 32 alabarderos, 90 nazarenos de cirio, 30 infantes, 30 damas de mantilla y 20 congregantes. La Unidad de Música de la Guardia Real llenaba de solemnidad y compás un paso que revuelve el alma al mirarlo y que regala una fusión entre la fe y lo castrense en su máxima expresión. Media hora antes salía el Divino Cautivo de la Catedral de la Almudena. La calle Mayor, hasta Sol, era un hervidero de expresiones: desde asombro hasta dolor; turistas y devotos guardaban silencio y aplaudían en cada una de las paradas que los nazarenos realizaban. La talla de este Cautivo, obra maestra en madera de nogal, fue realizada en 1944 por el escultor Mariano Benlliure y representa ese momento en el que Poncio Pilato pudo cambiar la historia, aunque prefiriera lavarse las manos. Mientras, la plaza de Jesús congregaba la mayor parte de fieles viendo al de Medinaceli, acompañado de Nuestra Señora de los Dolores en su Mayor Soledad, pasando por la plaza de las Cortes y la carrera de San Jerónimo hasta llegar a la Puerta del Sol, donde la ciudad se concentraba en una mezcla rara de pasión y curiosidad. Entre las nueve y las diez de la noche, las tres procesiones se cruzaban por este kilómetro cero que quiso ser, en Viernes Santo, el Monte Calvario. Casi 4.000 cofrades rodean la imagen de este Jesús de Medinaceli, que pasó su propio infierno hasta llegar a la ciudad. El ‘Señor de Madrid’, como le dicen, fue tallado en Sevilla y secuestrado por los musulmanes hasta 1682, fecha en la que fue rescatado por los frailes trinitarios pagando su peso en oro. Se salvó de nuevo en 1936, cuando un grupo de vecinos de Madrid se la arrebató a los milicianos de la capital. Pasó por Suiza hasta volver en 1939 a su iglesia y, desde entonces, se convirtió en el emblema religioso de una procesión que tiene en Viernes Santo su última parada hasta la muerte. Noticia relacionada reportaje No No Madrid Jueves Santo entre el Pobre, el Poderoso y la Macarena Alfonso J. UssíaMadrid este viernes guardaba silencio. Se interrumpía cuando los capataces o contraguías gritaban «más despacio» o un «vámonos de frente». Entonces se notaba el esfuerzo de hombros y brazos, una fuerza contenida que mantenía en pie a los santos de esta ciudad. La imagen de los Siete Dolores, el Jesús de Medinaceli, el Divino Cautivo o el Cristo de la Fe, con los brillos de las armaduras de sus guardianes reales. Los capirotes caídos parecen un antifaz, como si quienes rodean las tallas fueran, esta vez, fantasmas que portan una posible redención al pueblo de Madrid. Tac, tac, tac, y arriba con ella otra vez, mientras los aplausos dejaban sin voz a las trompetas y cornetas. Me cuentan que el trono del Cristo de la Fe pesa más de una tonelada, que las lágrimas de la Dolorosa están colocadas en sus mejillas a mano y que las horquillas marcan el paso de los nazarenos para que nadie deje de mirar. Esta Dolorosa se coloca detrás del ‘Señor de Madrid’ porque quizá se trate de la procesión de todas, la única estación de penitencia que perdona a todos los gatos por igual. 186 personas manejaban el paso del trono; el de los Dolores, otros 110. El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, como miembro de honor de la Archicofradía de Jesús de Medinaceli, iniciaba los primeros pasos, mientras que, en el Palacio de Oriente, al mismo tiempo, la Puerta del Príncipe se abría para que los nazarenos de capirote rojo fueran colocándose a los pies de la calle Bailén.El Cristo de los Alabarderos (arriba), a su salida en el Palacio Real. En la imagen de abajo, el Divino Cautivo por las calles de Madrid Tania SieiraEl ‘Señor de Madrid’, levantado por los nazarenos morados, mira con el miedo y la compasión de quien se sabe en sus horas más bajas. La gente a mi alrededor aplaude emocionada porque la banda suena al toque de un inevitable final que está por llegar esta noche. La corona de espinas, el pelo largo, la túnica morada: todo en este Medinaceli es colosal, como la angustia de muchas personas que parecen gritar en silencio mientras Él pasa a su lado. Se detuvieron también frente al Congreso, para hacer una parada con el Himno de España en la banda de música y las cuatro toneladas de peso del Jesús ‘Rico’, que en esa cuesta de la Carrera de San Jerónimo era una forma de subir al cielo de Madrid pese a todo. La corona de espinas, el pelo largo, la túnica morada: todo en este Medinaceli es colosalPuede que, en esta Puerta del Sol, en Viernes Santo no se ande. Simplemente se está. La gente no pasa, se queda, como en los cafés de antes o como mirando desde las terrazas y balcones. Hay turistas que no entienden, pero respetan, del mismo modo que hay madrileños que guardan silencio, aunque todo esto no vaya con ellos. Una señora se santigua, un niño señala y un guiri bebe de una botella de agua mientras todo esto pasa por aquí. Se escucha una saeta que dice: «Hoy pasea el Rey de Reyes, que es el Cristo de Madrid. Le llaman Medinaceli» Y todo el mundo grita un ¡Viva!, mientras yo busco un sitio para poder escribir. Madrid este viernes tiene el Monte Calvario en la Puerta del Sol. A las siete de la tarde, Madrid tenía una cita con Dios y este con la muerte . Quizá por eso se respiraba un aire distinto, espeso, pese al viento y al azul del Guadarrama, que despejaba el cielo para no ser aguafiestas. La ciudad vieja comenzaba a esa misma hora dos procesiones que son enseña y tradición: Jesús de Medinaceli, ‘el Rico’, y el Cristo de la Fe, protegido por los alabarderos desde el Palacio de Oriente. Mantienen viva una tradición que comenzó en 1632 en torno a la parroquia de San Sebastián y después, ya en 1743, bajo la protección de los Reales Guardias de Corps. Impresionaba ver la escolta de este Cristo, compuesta por 44 anderos, 32 alabarderos, 90 nazarenos de cirio, 30 infantes, 30 damas de mantilla y 20 congregantes. La Unidad de Música de la Guardia Real llenaba de solemnidad y compás un paso que revuelve el alma al mirarlo y que regala una fusión entre la fe y lo castrense en su máxima expresión. Media hora antes salía el Divino Cautivo de la Catedral de la Almudena. La calle Mayor, hasta Sol, era un hervidero de expresiones: desde asombro hasta dolor; turistas y devotos guardaban silencio y aplaudían en cada una de las paradas que los nazarenos realizaban. La talla de este Cautivo, obra maestra en madera de nogal, fue realizada en 1944 por el escultor Mariano Benlliure y representa ese momento en el que Poncio Pilato pudo cambiar la historia, aunque prefiriera lavarse las manos. Mientras, la plaza de Jesús congregaba la mayor parte de fieles viendo al de Medinaceli, acompañado de Nuestra Señora de los Dolores en su Mayor Soledad, pasando por la plaza de las Cortes y la carrera de San Jerónimo hasta llegar a la Puerta del Sol, donde la ciudad se concentraba en una mezcla rara de pasión y curiosidad. Entre las nueve y las diez de la noche, las tres procesiones se cruzaban por este kilómetro cero que quiso ser, en Viernes Santo, el Monte Calvario. Casi 4.000 cofrades rodean la imagen de este Jesús de Medinaceli, que pasó su propio infierno hasta llegar a la ciudad. El ‘Señor de Madrid’, como le dicen, fue tallado en Sevilla y secuestrado por los musulmanes hasta 1682, fecha en la que fue rescatado por los frailes trinitarios pagando su peso en oro. Se salvó de nuevo en 1936, cuando un grupo de vecinos de Madrid se la arrebató a los milicianos de la capital. Pasó por Suiza hasta volver en 1939 a su iglesia y, desde entonces, se convirtió en el emblema religioso de una procesión que tiene en Viernes Santo su última parada hasta la muerte. Noticia relacionada reportaje No No Madrid Jueves Santo entre el Pobre, el Poderoso y la Macarena Alfonso J. UssíaMadrid este viernes guardaba silencio. Se interrumpía cuando los capataces o contraguías gritaban «más despacio» o un «vámonos de frente». Entonces se notaba el esfuerzo de hombros y brazos, una fuerza contenida que mantenía en pie a los santos de esta ciudad. La imagen de los Siete Dolores, el Jesús de Medinaceli, el Divino Cautivo o el Cristo de la Fe, con los brillos de las armaduras de sus guardianes reales. Los capirotes caídos parecen un antifaz, como si quienes rodean las tallas fueran, esta vez, fantasmas que portan una posible redención al pueblo de Madrid. Tac, tac, tac, y arriba con ella otra vez, mientras los aplausos dejaban sin voz a las trompetas y cornetas. Me cuentan que el trono del Cristo de la Fe pesa más de una tonelada, que las lágrimas de la Dolorosa están colocadas en sus mejillas a mano y que las horquillas marcan el paso de los nazarenos para que nadie deje de mirar. Esta Dolorosa se coloca detrás del ‘Señor de Madrid’ porque quizá se trate de la procesión de todas, la única estación de penitencia que perdona a todos los gatos por igual. 186 personas manejaban el paso del trono; el de los Dolores, otros 110. El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, como miembro de honor de la Archicofradía de Jesús de Medinaceli, iniciaba los primeros pasos, mientras que, en el Palacio de Oriente, al mismo tiempo, la Puerta del Príncipe se abría para que los nazarenos de capirote rojo fueran colocándose a los pies de la calle Bailén.El Cristo de los Alabarderos (arriba), a su salida en el Palacio Real. En la imagen de abajo, el Divino Cautivo por las calles de Madrid Tania SieiraEl ‘Señor de Madrid’, levantado por los nazarenos morados, mira con el miedo y la compasión de quien se sabe en sus horas más bajas. La gente a mi alrededor aplaude emocionada porque la banda suena al toque de un inevitable final que está por llegar esta noche. La corona de espinas, el pelo largo, la túnica morada: todo en este Medinaceli es colosal, como la angustia de muchas personas que parecen gritar en silencio mientras Él pasa a su lado. Se detuvieron también frente al Congreso, para hacer una parada con el Himno de España en la banda de música y las cuatro toneladas de peso del Jesús ‘Rico’, que en esa cuesta de la Carrera de San Jerónimo era una forma de subir al cielo de Madrid pese a todo. La corona de espinas, el pelo largo, la túnica morada: todo en este Medinaceli es colosalPuede que, en esta Puerta del Sol, en Viernes Santo no se ande. Simplemente se está. La gente no pasa, se queda, como en los cafés de antes o como mirando desde las terrazas y balcones. Hay turistas que no entienden, pero respetan, del mismo modo que hay madrileños que guardan silencio, aunque todo esto no vaya con ellos. Una señora se santigua, un niño señala y un guiri bebe de una botella de agua mientras todo esto pasa por aquí. Se escucha una saeta que dice: «Hoy pasea el Rey de Reyes, que es el Cristo de Madrid. Le llaman Medinaceli» Y todo el mundo grita un ¡Viva!, mientras yo busco un sitio para poder escribir. Madrid este viernes tiene el Monte Calvario en la Puerta del Sol. RSS de noticias de espana
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