En 1971, siendo un adolescente, fue enviado con su hermana como refugiados a España. Era parte de un programa que trasladaba a niños desde Cuba huyendo del régimen. Separarlo de su familia supuso para él un trauma. No estuvo mucho tiempo, apenas unos meses. Veinte años después, regresó con motivo de una exposición colectiva, ‘El jardín salvaje’, invitado por Dan Cameron. Escribió entonces el artista: «Volví a Madrid casi veinte años después -dulce venganza-». En la Fundación Caja de Pensiones presentó por vez primera su obra ‘Untitled (Revenge)’, una ‘escultura’ de caramelos de color azul. Esa dulce venganza da título a la exposición que el Museo Reina Sofía , que este martes cumplía 40 años, le dedica a Felix Gonzalez-Torres (decidió no acentuar su nombre ni su apellido, eliminando cualquier marca de identidad). Ha habido otras exposiciones en nuestro país: en el CGAC de Santiago de Compostela (1995) y en el Macba de Barcelona (en 2021, en plena pandemia). Sin embargo, este tercer viaje a Madrid ha quedado un tanto descafeinado. Si, como bien dice Manuel Segade, director del museo español, era una deuda pendiente de Madrid con Gonzalez-Torres, parece una oportunidad perdida no haber organizado la merecida retrospectiva en Madrid, que presentase al artista en toda su complejidad y en todas sus contradicciones, que no son pocas. Y que lo hiciese con sus obras más destacadas, no evocando conceptos con otras obras (unos relojes evocados en unos anillos) o en un vídeo que no podemos ver o en un catálogo que, quizás, nunca se haga y se quede tan solo en un folleto digital. Demasiadas evocaciones, quizás. Felix Gonzalez-Torres. ‘Untitled (Madrid 1971)’, 1988. Fotografía: Roberto Ruiz. © Estate Felix Gonzalez-TorresSí se exhiben en el Reina Sofía sus piezas con caramelos azules con envoltorio transparente; sus pilas de papel (varias, y de varios colores). Ambos (caramelos y hojas de papel) se pueden reponer cuando el público se los vaya llevando. El artista pedía la colaboración del espectador («sin el público, estas obras no son nada, nada», decía). También aparecen sus guirnaldas de luces colgadas del techo, retratos textuales , vallas publicitarias, cortinas de cuentas (evocan temas biomédicos como la sangre, la quimio) y unas telas traslúcidas de color azul que tapan los ventanales de la Sala A1 de Sabatini, matizan y tiñen la luz. Cuelga en una de las salas ‘Untitled (For Parkett)’, de 1994, una obra adquirida por la Fundación Museo Reina Sofía, gracias a la donación de la familia Butinof. Es una valla publicitaria fotográfica que no puede fabricarse una vez instalada en un lugar concreto. No se sabe si finalmente se destruirá cuando acabe la muestra. La exposición no se cierra en el museo, se expande más allá. Una de sus obras se ha instalado en vallas publicitarias en varias estaciones de Metro en la capital: Cuzco, Guzmán el Bueno, Retiro, O’Donnell, Legazpi y Tirso de Molina. Noticia relacionada general No No El Reina Sofía despliega el fascinante universo de Aurèlia Muñoz en su centenario Natividad PulidoDe Madrid, apenas hay alusiones. Sí está presente en ‘Untitled (Madrid, 1971)’ , de 1998. Un puzle fotográfico en bolsa de plástico y letras en la pared, en la que aparece un retrato del artista adolescente y, a su lado, un monumento visto desde la mirada de un niño, pero no se ha podido identificar cuál es ni dónde está. Tras su breve paso por Madrid, Gonzalez-Torres se marchó a Puerto Rico para vivir con un tío hasta que en 1979 recaló en Nueva York, ciudad donde desarrolló su intensa pero corta carrera. La ruptura radical entre lugar e identidad tuvo un fuerte impacto en su obra. Entre las grandes ausencias en la exposición, ‘Untitled (Perfect lovers)’, que habla de la pérdida y el duelo, pero también de la celebración del amorLa exposición, que puede visitarse hasta el 12 de octubre , reúne medio centenar de obras a lo largo de diez salas. Pero no hay ni rastro en las salas del Reina Sofía de piezas tan icónicas como ‘Untitled (Perfect lovers)’ , del MoMA: dos relojes cuelgan juntos. Las manecillas se han detenido en las once y cuarenta y dos, hora a la que murió su pareja, Ross Laycock , en 1991. Él le sobrevivió cinco años. Esos relojes, inevitablemente, se irán desincronizando con el tiempo. La obra habla de la muerte, el dolor, el duelo, el luto, la pérdida, la ausencia, pero también de la celebración del amor. Tampoco está la valla publicitaria con la imagen de una cama deshecha (el artista colocó por toda Nueva York, con motivo de una exposición en el MoMA en 1992, veinticuatro imágenes de esa cama, en la que supuestamente habían estado él y su amante); ni ‘Untitle (Go-go Dancing Patform)’, en la que un hombre con unos calzoncillos de lamé baila sobre una plataforma (pone en cuestión qué es la masculinidad), ni ‘Forbidden Colors’ (1988) -cuatro cuadros de colores evocan la bandera de Gaza-, ni ’10 años, 10 horas, 10 madres’…. Demasiadas ausencias . Félix Gonzalez-Torres. ‘Untitled’, 1992/1993; ‘Untitled (Beginning)’, 1994, y ‘Untitled (Lover’s Letters)’, 1991. Fotografía: Roberto Ruiz. © Estate Felix Gonzalez-TorresAlejandro Cesarco y Nancy Spector son los comisarios de la muestra. Para el primero, la obra de Gonzalez-Torres «está atravesada por el duelo y la pérdida, pero también por el deseo, el amor , la resiliencia y el humor. Es una forma de infiltración, como si fuera un virus. Se infiltra lentamente. Usa la ternura, la belleza, la vulnerabilidad y el amor como fuerzas políticas». Spector, por su parte, ve su obra como un caballo de troya: «Es seductora, pero con un contenido subversivo . Una obra abierta, deliberadamente inestable, que acepta múltiples interpretaciones». La biografía se cuela en su obra de forma discreta, sutil, poética, metafórica. Gay y seropositivo, el sida segó prematuramente, a los 38 años, la vida y la obra de este genial artista A caballo entre el arte conceptual, el minimalismo y el arte povera , su obra invita a una reflexión crítica. El trabajo de Gonzalez-Torres, siempre sutil, esconde una profunda carga emocional y política . Hay en él contradicciones, paradojas: lo público y lo privado, lo personal y lo político, la levedad y la fuerza, la abstracción y la resistencia, lo minimalista y lo emocional, lo elegiaco y lo celebratorio… La refinada belleza de su vocabulario estético contrasta con la dureza de los temas que aborda en sus obras: la guerra, la enfermedad, las desigualdades sociales… Su obra es elegiaca, atrae y desconcierta, da pero exige algo a cambio. Entre el amor y la pérdida, seduce y frustra a la vez. Gay y seropositivo, Felix Gonzalez-Torres (Guáimaro, Cuba, 1957-Miami, 1996) trabajó en Estados Unidos en una etapa marcada por las políticas conservadoras de Reagan y por el drama del sida , que acabó con su vida prematuramente, a los 38 años. Es uno de los artistas más interesantes en el Nueva York de finales de los 80 y comienzos de los 90. Representó de forma póstuma a Estados Unidos en la Bienal de Venecia de 2007 y su trabajo se halla en las colecciones de los museos más importantes del mundo. En 2010 una de sus obras se vendió por 4,6 millones de dólares. En 1971, siendo un adolescente, fue enviado con su hermana como refugiados a España. Era parte de un programa que trasladaba a niños desde Cuba huyendo del régimen. Separarlo de su familia supuso para él un trauma. No estuvo mucho tiempo, apenas unos meses. Veinte años después, regresó con motivo de una exposición colectiva, ‘El jardín salvaje’, invitado por Dan Cameron. Escribió entonces el artista: «Volví a Madrid casi veinte años después -dulce venganza-». En la Fundación Caja de Pensiones presentó por vez primera su obra ‘Untitled (Revenge)’, una ‘escultura’ de caramelos de color azul. Esa dulce venganza da título a la exposición que el Museo Reina Sofía , que este martes cumplía 40 años, le dedica a Felix Gonzalez-Torres (decidió no acentuar su nombre ni su apellido, eliminando cualquier marca de identidad). Ha habido otras exposiciones en nuestro país: en el CGAC de Santiago de Compostela (1995) y en el Macba de Barcelona (en 2021, en plena pandemia). Sin embargo, este tercer viaje a Madrid ha quedado un tanto descafeinado. Si, como bien dice Manuel Segade, director del museo español, era una deuda pendiente de Madrid con Gonzalez-Torres, parece una oportunidad perdida no haber organizado la merecida retrospectiva en Madrid, que presentase al artista en toda su complejidad y en todas sus contradicciones, que no son pocas. Y que lo hiciese con sus obras más destacadas, no evocando conceptos con otras obras (unos relojes evocados en unos anillos) o en un vídeo que no podemos ver o en un catálogo que, quizás, nunca se haga y se quede tan solo en un folleto digital. Demasiadas evocaciones, quizás. Felix Gonzalez-Torres. ‘Untitled (Madrid 1971)’, 1988. Fotografía: Roberto Ruiz. © Estate Felix Gonzalez-TorresSí se exhiben en el Reina Sofía sus piezas con caramelos azules con envoltorio transparente; sus pilas de papel (varias, y de varios colores). Ambos (caramelos y hojas de papel) se pueden reponer cuando el público se los vaya llevando. El artista pedía la colaboración del espectador («sin el público, estas obras no son nada, nada», decía). También aparecen sus guirnaldas de luces colgadas del techo, retratos textuales , vallas publicitarias, cortinas de cuentas (evocan temas biomédicos como la sangre, la quimio) y unas telas traslúcidas de color azul que tapan los ventanales de la Sala A1 de Sabatini, matizan y tiñen la luz. Cuelga en una de las salas ‘Untitled (For Parkett)’, de 1994, una obra adquirida por la Fundación Museo Reina Sofía, gracias a la donación de la familia Butinof. Es una valla publicitaria fotográfica que no puede fabricarse una vez instalada en un lugar concreto. No se sabe si finalmente se destruirá cuando acabe la muestra. La exposición no se cierra en el museo, se expande más allá. Una de sus obras se ha instalado en vallas publicitarias en varias estaciones de Metro en la capital: Cuzco, Guzmán el Bueno, Retiro, O’Donnell, Legazpi y Tirso de Molina. Noticia relacionada general No No El Reina Sofía despliega el fascinante universo de Aurèlia Muñoz en su centenario Natividad PulidoDe Madrid, apenas hay alusiones. Sí está presente en ‘Untitled (Madrid, 1971)’ , de 1998. Un puzle fotográfico en bolsa de plástico y letras en la pared, en la que aparece un retrato del artista adolescente y, a su lado, un monumento visto desde la mirada de un niño, pero no se ha podido identificar cuál es ni dónde está. Tras su breve paso por Madrid, Gonzalez-Torres se marchó a Puerto Rico para vivir con un tío hasta que en 1979 recaló en Nueva York, ciudad donde desarrolló su intensa pero corta carrera. La ruptura radical entre lugar e identidad tuvo un fuerte impacto en su obra. Entre las grandes ausencias en la exposición, ‘Untitled (Perfect lovers)’, que habla de la pérdida y el duelo, pero también de la celebración del amorLa exposición, que puede visitarse hasta el 12 de octubre , reúne medio centenar de obras a lo largo de diez salas. Pero no hay ni rastro en las salas del Reina Sofía de piezas tan icónicas como ‘Untitled (Perfect lovers)’ , del MoMA: dos relojes cuelgan juntos. Las manecillas se han detenido en las once y cuarenta y dos, hora a la que murió su pareja, Ross Laycock , en 1991. Él le sobrevivió cinco años. Esos relojes, inevitablemente, se irán desincronizando con el tiempo. La obra habla de la muerte, el dolor, el duelo, el luto, la pérdida, la ausencia, pero también de la celebración del amor. Tampoco está la valla publicitaria con la imagen de una cama deshecha (el artista colocó por toda Nueva York, con motivo de una exposición en el MoMA en 1992, veinticuatro imágenes de esa cama, en la que supuestamente habían estado él y su amante); ni ‘Untitle (Go-go Dancing Patform)’, en la que un hombre con unos calzoncillos de lamé baila sobre una plataforma (pone en cuestión qué es la masculinidad), ni ‘Forbidden Colors’ (1988) -cuatro cuadros de colores evocan la bandera de Gaza-, ni ’10 años, 10 horas, 10 madres’…. Demasiadas ausencias . Félix Gonzalez-Torres. ‘Untitled’, 1992/1993; ‘Untitled (Beginning)’, 1994, y ‘Untitled (Lover’s Letters)’, 1991. Fotografía: Roberto Ruiz. © Estate Felix Gonzalez-TorresAlejandro Cesarco y Nancy Spector son los comisarios de la muestra. Para el primero, la obra de Gonzalez-Torres «está atravesada por el duelo y la pérdida, pero también por el deseo, el amor , la resiliencia y el humor. Es una forma de infiltración, como si fuera un virus. Se infiltra lentamente. Usa la ternura, la belleza, la vulnerabilidad y el amor como fuerzas políticas». Spector, por su parte, ve su obra como un caballo de troya: «Es seductora, pero con un contenido subversivo . Una obra abierta, deliberadamente inestable, que acepta múltiples interpretaciones». La biografía se cuela en su obra de forma discreta, sutil, poética, metafórica. Gay y seropositivo, el sida segó prematuramente, a los 38 años, la vida y la obra de este genial artista A caballo entre el arte conceptual, el minimalismo y el arte povera , su obra invita a una reflexión crítica. El trabajo de Gonzalez-Torres, siempre sutil, esconde una profunda carga emocional y política . Hay en él contradicciones, paradojas: lo público y lo privado, lo personal y lo político, la levedad y la fuerza, la abstracción y la resistencia, lo minimalista y lo emocional, lo elegiaco y lo celebratorio… La refinada belleza de su vocabulario estético contrasta con la dureza de los temas que aborda en sus obras: la guerra, la enfermedad, las desigualdades sociales… Su obra es elegiaca, atrae y desconcierta, da pero exige algo a cambio. Entre el amor y la pérdida, seduce y frustra a la vez. Gay y seropositivo, Felix Gonzalez-Torres (Guáimaro, Cuba, 1957-Miami, 1996) trabajó en Estados Unidos en una etapa marcada por las políticas conservadoras de Reagan y por el drama del sida , que acabó con su vida prematuramente, a los 38 años. Es uno de los artistas más interesantes en el Nueva York de finales de los 80 y comienzos de los 90. Representó de forma póstuma a Estados Unidos en la Bienal de Venecia de 2007 y su trabajo se halla en las colecciones de los museos más importantes del mundo. En 2010 una de sus obras se vendió por 4,6 millones de dólares. En 1971, siendo un adolescente, fue enviado con su hermana como refugiados a España. Era parte de un programa que trasladaba a niños desde Cuba huyendo del régimen. Separarlo de su familia supuso para él un trauma. No estuvo mucho tiempo, apenas unos meses. Veinte años después, regresó con motivo de una exposición colectiva, ‘El jardín salvaje’, invitado por Dan Cameron. Escribió entonces el artista: «Volví a Madrid casi veinte años después -dulce venganza-». En la Fundación Caja de Pensiones presentó por vez primera su obra ‘Untitled (Revenge)’, una ‘escultura’ de caramelos de color azul. Esa dulce venganza da título a la exposición que el Museo Reina Sofía , que este martes cumplía 40 años, le dedica a Felix Gonzalez-Torres (decidió no acentuar su nombre ni su apellido, eliminando cualquier marca de identidad). Ha habido otras exposiciones en nuestro país: en el CGAC de Santiago de Compostela (1995) y en el Macba de Barcelona (en 2021, en plena pandemia). Sin embargo, este tercer viaje a Madrid ha quedado un tanto descafeinado. Si, como bien dice Manuel Segade, director del museo español, era una deuda pendiente de Madrid con Gonzalez-Torres, parece una oportunidad perdida no haber organizado la merecida retrospectiva en Madrid, que presentase al artista en toda su complejidad y en todas sus contradicciones, que no son pocas. Y que lo hiciese con sus obras más destacadas, no evocando conceptos con otras obras (unos relojes evocados en unos anillos) o en un vídeo que no podemos ver o en un catálogo que, quizás, nunca se haga y se quede tan solo en un folleto digital. Demasiadas evocaciones, quizás. Felix Gonzalez-Torres. ‘Untitled (Madrid 1971)’, 1988. Fotografía: Roberto Ruiz. © Estate Felix Gonzalez-TorresSí se exhiben en el Reina Sofía sus piezas con caramelos azules con envoltorio transparente; sus pilas de papel (varias, y de varios colores). Ambos (caramelos y hojas de papel) se pueden reponer cuando el público se los vaya llevando. El artista pedía la colaboración del espectador («sin el público, estas obras no son nada, nada», decía). También aparecen sus guirnaldas de luces colgadas del techo, retratos textuales , vallas publicitarias, cortinas de cuentas (evocan temas biomédicos como la sangre, la quimio) y unas telas traslúcidas de color azul que tapan los ventanales de la Sala A1 de Sabatini, matizan y tiñen la luz. Cuelga en una de las salas ‘Untitled (For Parkett)’, de 1994, una obra adquirida por la Fundación Museo Reina Sofía, gracias a la donación de la familia Butinof. Es una valla publicitaria fotográfica que no puede fabricarse una vez instalada en un lugar concreto. No se sabe si finalmente se destruirá cuando acabe la muestra. La exposición no se cierra en el museo, se expande más allá. Una de sus obras se ha instalado en vallas publicitarias en varias estaciones de Metro en la capital: Cuzco, Guzmán el Bueno, Retiro, O’Donnell, Legazpi y Tirso de Molina. Noticia relacionada general No No El Reina Sofía despliega el fascinante universo de Aurèlia Muñoz en su centenario Natividad PulidoDe Madrid, apenas hay alusiones. Sí está presente en ‘Untitled (Madrid, 1971)’ , de 1998. Un puzle fotográfico en bolsa de plástico y letras en la pared, en la que aparece un retrato del artista adolescente y, a su lado, un monumento visto desde la mirada de un niño, pero no se ha podido identificar cuál es ni dónde está. Tras su breve paso por Madrid, Gonzalez-Torres se marchó a Puerto Rico para vivir con un tío hasta que en 1979 recaló en Nueva York, ciudad donde desarrolló su intensa pero corta carrera. La ruptura radical entre lugar e identidad tuvo un fuerte impacto en su obra. Entre las grandes ausencias en la exposición, ‘Untitled (Perfect lovers)’, que habla de la pérdida y el duelo, pero también de la celebración del amorLa exposición, que puede visitarse hasta el 12 de octubre , reúne medio centenar de obras a lo largo de diez salas. Pero no hay ni rastro en las salas del Reina Sofía de piezas tan icónicas como ‘Untitled (Perfect lovers)’ , del MoMA: dos relojes cuelgan juntos. Las manecillas se han detenido en las once y cuarenta y dos, hora a la que murió su pareja, Ross Laycock , en 1991. Él le sobrevivió cinco años. Esos relojes, inevitablemente, se irán desincronizando con el tiempo. La obra habla de la muerte, el dolor, el duelo, el luto, la pérdida, la ausencia, pero también de la celebración del amor. Tampoco está la valla publicitaria con la imagen de una cama deshecha (el artista colocó por toda Nueva York, con motivo de una exposición en el MoMA en 1992, veinticuatro imágenes de esa cama, en la que supuestamente habían estado él y su amante); ni ‘Untitle (Go-go Dancing Patform)’, en la que un hombre con unos calzoncillos de lamé baila sobre una plataforma (pone en cuestión qué es la masculinidad), ni ‘Forbidden Colors’ (1988) -cuatro cuadros de colores evocan la bandera de Gaza-, ni ’10 años, 10 horas, 10 madres’…. Demasiadas ausencias . Félix Gonzalez-Torres. ‘Untitled’, 1992/1993; ‘Untitled (Beginning)’, 1994, y ‘Untitled (Lover’s Letters)’, 1991. Fotografía: Roberto Ruiz. © Estate Felix Gonzalez-TorresAlejandro Cesarco y Nancy Spector son los comisarios de la muestra. Para el primero, la obra de Gonzalez-Torres «está atravesada por el duelo y la pérdida, pero también por el deseo, el amor , la resiliencia y el humor. Es una forma de infiltración, como si fuera un virus. Se infiltra lentamente. Usa la ternura, la belleza, la vulnerabilidad y el amor como fuerzas políticas». Spector, por su parte, ve su obra como un caballo de troya: «Es seductora, pero con un contenido subversivo . Una obra abierta, deliberadamente inestable, que acepta múltiples interpretaciones». La biografía se cuela en su obra de forma discreta, sutil, poética, metafórica. Gay y seropositivo, el sida segó prematuramente, a los 38 años, la vida y la obra de este genial artista A caballo entre el arte conceptual, el minimalismo y el arte povera , su obra invita a una reflexión crítica. El trabajo de Gonzalez-Torres, siempre sutil, esconde una profunda carga emocional y política . Hay en él contradicciones, paradojas: lo público y lo privado, lo personal y lo político, la levedad y la fuerza, la abstracción y la resistencia, lo minimalista y lo emocional, lo elegiaco y lo celebratorio… La refinada belleza de su vocabulario estético contrasta con la dureza de los temas que aborda en sus obras: la guerra, la enfermedad, las desigualdades sociales… Su obra es elegiaca, atrae y desconcierta, da pero exige algo a cambio. Entre el amor y la pérdida, seduce y frustra a la vez. Gay y seropositivo, Felix Gonzalez-Torres (Guáimaro, Cuba, 1957-Miami, 1996) trabajó en Estados Unidos en una etapa marcada por las políticas conservadoras de Reagan y por el drama del sida , que acabó con su vida prematuramente, a los 38 años. Es uno de los artistas más interesantes en el Nueva York de finales de los 80 y comienzos de los 90. Representó de forma póstuma a Estados Unidos en la Bienal de Venecia de 2007 y su trabajo se halla en las colecciones de los museos más importantes del mundo. En 2010 una de sus obras se vendió por 4,6 millones de dólares. RSS de noticias de cultura
Noticias Similares
