Es mayo, pero hay que mirar al Viernes Santo : «Oh, cruz fiel, árbol único en nobleza. Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto». Cuando el sagrario está abierto y vacío y en muchos lugares se siguen cubriendo las imágenes con paños morados, no queda más que una cruz. El árbol de la cruz. Después de los Oficios del Viernes Santo, cuando a la hora nona ha muerto Jesús, se adora a la cruz de rodillas, como el día anterior se hace con el Santísimo Sacramento. Un árbol desnudo, quizá con el sudario de haber bajado el cuerpo de Cristo, es lo que queda en el ambiente ensordecido de la tarde.La cruz fiel fue en aquellos años un signo infamante, el lugar en que se castigaba de la forma más cruel y a la gente más baja. Quizá algo para la vergüenza. Por eso la pedían los sacerdotes y los jefes de los judíos para el hombre al que consideraban reo de muerte por blasfemo. Noticia relacionada galeria No No Fotogalería El ambiente de las Cruces, en imágenes Rafael CarmonaCristo en la cruz fue « escándalo para los judíos y necedad para los gentiles», dijo San Pablo, que estaba entre los dos mundos por ser ciudadano romano y por saber que aquel árbol era suplicio de gente que no merecía ni que la miraran.Para los cristianos la cruz no fue una identificación inmediata, porque a muchos de ellos todavía les evocaba crueldad, pero al cabo de algunos siglos se le tuvo por árbol santo, porque de él colgó la salvación del mundo, y con forma de cruces se construyeron las iglesias y el árbol que había sido infamante empezó a estar por todas partes. No se podía encontrar un signo más sencillo y a la vez más elocuente. Hubo un momento en que en mayo empezaron también a florecer, como todos los árboles.El 3 de mayo del año 326 Santa Elena, la madre del emperador Constantino, encontró la verdadera cruz de Cristo y allí comenzó la fiesta de la invención, que es la palabra que significa hallazgo. En paralelo corría una fiesta pagana de exaltación de la naturaleza , porque no hay que olvidar que mayo es mes de flores. No de promesas ni de anuncio, no de lo que está empezando, sino de lo que ya es una realidad sin vuelta atrás. En muchas culturas antiguas se celebraban fiestas en torno a los árboles florecidos.En el siglo XVII parecía que ambas tradiciones iban a fundirse en la fiesta de la Cruz, que no por casualidad iba a llegar justo después de la Semana Santa en los años en que las procesiones ya estaban llenando las calles.Si el árbol había ofrecido regalos de salvación y frutos de vida eterno, era justo que se ornamentara. Floreció por muchos lugares de Europa, y en algunos tuvo que desaparecer por culpa de las reformas y de los cismas y de considerarse demasiado católica, pero en el sur de España, en Córdoba, permaneció. Quién sabe si sería recuerdo de aquellas cruces y altares que se colocaban en las casas en Semana Santa, especialmente en los duros años sin procesiones, eran las que después iban a ponerse en los patios de vecinos, adornadas por ellos mismos con las flores de los huertos o de las macetas, centro de la vida de las casas en aquellos días y lugares para la visita y para que todo el mundo dijera lo bonito que había quedado. Quién sabe si aquella amalgama de especies, de colores y de cariño no se entendería también con un sentido simbólico , en que la perfección delicada de las rosas, la exuberancia natural de las calas y el olor de las celindas tendrían la voluntad de aludir a un aspecto concreto de la espiritualidad.El patio entero era una vergel de flores en la que la más importante era la cruz misma, aquella que había triunfado con Cristo en la Semana Santa todavía fresca. Era una cruz mucho más pequeña que la actual, con flores variadas y en la que siempre estaba el sudario. Los cuadros costumbristas sevillanos de principios del siglo XX las mostraban exactamente así, mientras que Bodegas Campos, que conservaba fotografías antiguas, la recreó así en alguna ocasión en alguno de sus muchos rincones hermosos.Pablo García Baena , con la aguda mirada que tenía para la intrahistoria, quiere ver allí un mismo tronco de lo que luego fueron dos historias separadas. En la década de 1930, la de la II República, empezó el concurso popular de patios, que en esencia serían lo mismo, pero ya con la cruz fuera. Para él, era una especie de conquista del laicismo: las dos fiestas empezarían a caminar cada una por su lado. Las Cruces y los Patios, aunque vinieran de la misma rama, ya eran distintas y ambas en mayo, porque ninguna se entendía sin las flores.Y desde entonces crecieron, aunque en parecidas calles, en las mismas plazas y con un aliento muy parecido. En los primeros años, los vecinos, asociaciones y peñas se ocupaban de las Cruces, que no dejaban de ser también el escaparate de su trabajo para toda la ciudad que debía disfrutar.TradicionesCreció también el rojo , que era el color litúrgico del día de la Invención de la Cruz, porque es el del derramamiento de sangre y por lo tanto el del sacrificio de Jesús, y rojos eran los claveles con los que se adornaban las que se instalaban en las calles, ya de gran tamaño. Hay que volver a Pablo García Baena, en su soneto al Cristo del Remedio de Ánimas: «Si la cruz, como árbol de sangre en la negrura / es nido temporal donde rojean los frutos».La fiesta había cambiado y había tomado la forma que hoy tiene y en algunos pueblos cercanos todavía salían jóvenes con cruces en pequeñas andas, y desde luego con sudarios como antes, en el mismo día 3 en que se celebra su hallazgo.Lo que estos días se está viendo en las calles de Córdoba no es sino el eco de todo aquel proceso de siglos. Ahora las flores llegan antes porque llega antes el calor y ya no son las que se encuentran en los huertos ni las cercanías de la ciudad, porque ya nadie las busca de forma espontánea, pero las cruces vuelven a ser la expresión de una tradición y del sustrato religioso de una cultura que no pierde su signo y que evoluciona y crece.Ahora las gentes no se organizan sólo según la vecindad, aunque queden asociaciones que sigan haciéndolo, porque la ciudad permite abarcar cada vez más, sino en torno al vínculo de objetivos comunes de una peña o sobre todo de una cofradía, que busca un lugar en que levantar la cruz.De aquellas cruces pequeñas y con sudario a las de ahora hay cambios pero la misma esencia de unirse para levantarlas Aquí regresa otra vez el signo del sacrificio, porque muchos se dejan el tiempo, el esfuerzo y la tranquilidad para atender la barra, cocinar tapas, poner bocadillos y aguantar graciosos para conseguir dinero que luego volverá a dar frutos, y serán del patrimonio de la cofradía, aquello que en la Semana Santa siguiente ofrecerá flores de admiración cuando pise las calles y todo el mundo quiera saber el detalle, el artista, el material.Esas cruces estaban este viernes para el disfrute en las calles de Córdoba en un día de multitudes: en el Triunfo en un marco de difícil parangón, junto a la Puerta de la Luna con un sudario como los que había antes. En San Francisco como recuerdo de los rezos de aquel claustro de frailes del que ahora sólo queda la mitad y mucho del esplendor en la iglesia. En Santa Marina es alegría de jóvenes y en el Bailío, donde si algo sobran son las cruces, es también estallido de color, grito en la cal de las paredes y en el ciprés que intenta recuperar su sitio, en tonos amarillos y blancos . Nunca un árbol dio un fruto tan variado y generoso según los acentos de quienes estos días se afanan en que su armonía de colores y de formas no deje de admirar a todos los que llenan las calles. Es mayo, pero hay que mirar al Viernes Santo : «Oh, cruz fiel, árbol único en nobleza. Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto». Cuando el sagrario está abierto y vacío y en muchos lugares se siguen cubriendo las imágenes con paños morados, no queda más que una cruz. El árbol de la cruz. Después de los Oficios del Viernes Santo, cuando a la hora nona ha muerto Jesús, se adora a la cruz de rodillas, como el día anterior se hace con el Santísimo Sacramento. Un árbol desnudo, quizá con el sudario de haber bajado el cuerpo de Cristo, es lo que queda en el ambiente ensordecido de la tarde.La cruz fiel fue en aquellos años un signo infamante, el lugar en que se castigaba de la forma más cruel y a la gente más baja. Quizá algo para la vergüenza. Por eso la pedían los sacerdotes y los jefes de los judíos para el hombre al que consideraban reo de muerte por blasfemo. Noticia relacionada galeria No No Fotogalería El ambiente de las Cruces, en imágenes Rafael CarmonaCristo en la cruz fue « escándalo para los judíos y necedad para los gentiles», dijo San Pablo, que estaba entre los dos mundos por ser ciudadano romano y por saber que aquel árbol era suplicio de gente que no merecía ni que la miraran.Para los cristianos la cruz no fue una identificación inmediata, porque a muchos de ellos todavía les evocaba crueldad, pero al cabo de algunos siglos se le tuvo por árbol santo, porque de él colgó la salvación del mundo, y con forma de cruces se construyeron las iglesias y el árbol que había sido infamante empezó a estar por todas partes. No se podía encontrar un signo más sencillo y a la vez más elocuente. Hubo un momento en que en mayo empezaron también a florecer, como todos los árboles.El 3 de mayo del año 326 Santa Elena, la madre del emperador Constantino, encontró la verdadera cruz de Cristo y allí comenzó la fiesta de la invención, que es la palabra que significa hallazgo. En paralelo corría una fiesta pagana de exaltación de la naturaleza , porque no hay que olvidar que mayo es mes de flores. No de promesas ni de anuncio, no de lo que está empezando, sino de lo que ya es una realidad sin vuelta atrás. En muchas culturas antiguas se celebraban fiestas en torno a los árboles florecidos.En el siglo XVII parecía que ambas tradiciones iban a fundirse en la fiesta de la Cruz, que no por casualidad iba a llegar justo después de la Semana Santa en los años en que las procesiones ya estaban llenando las calles.Si el árbol había ofrecido regalos de salvación y frutos de vida eterno, era justo que se ornamentara. Floreció por muchos lugares de Europa, y en algunos tuvo que desaparecer por culpa de las reformas y de los cismas y de considerarse demasiado católica, pero en el sur de España, en Córdoba, permaneció. Quién sabe si sería recuerdo de aquellas cruces y altares que se colocaban en las casas en Semana Santa, especialmente en los duros años sin procesiones, eran las que después iban a ponerse en los patios de vecinos, adornadas por ellos mismos con las flores de los huertos o de las macetas, centro de la vida de las casas en aquellos días y lugares para la visita y para que todo el mundo dijera lo bonito que había quedado. Quién sabe si aquella amalgama de especies, de colores y de cariño no se entendería también con un sentido simbólico , en que la perfección delicada de las rosas, la exuberancia natural de las calas y el olor de las celindas tendrían la voluntad de aludir a un aspecto concreto de la espiritualidad.El patio entero era una vergel de flores en la que la más importante era la cruz misma, aquella que había triunfado con Cristo en la Semana Santa todavía fresca. Era una cruz mucho más pequeña que la actual, con flores variadas y en la que siempre estaba el sudario. Los cuadros costumbristas sevillanos de principios del siglo XX las mostraban exactamente así, mientras que Bodegas Campos, que conservaba fotografías antiguas, la recreó así en alguna ocasión en alguno de sus muchos rincones hermosos.Pablo García Baena , con la aguda mirada que tenía para la intrahistoria, quiere ver allí un mismo tronco de lo que luego fueron dos historias separadas. En la década de 1930, la de la II República, empezó el concurso popular de patios, que en esencia serían lo mismo, pero ya con la cruz fuera. Para él, era una especie de conquista del laicismo: las dos fiestas empezarían a caminar cada una por su lado. Las Cruces y los Patios, aunque vinieran de la misma rama, ya eran distintas y ambas en mayo, porque ninguna se entendía sin las flores.Y desde entonces crecieron, aunque en parecidas calles, en las mismas plazas y con un aliento muy parecido. En los primeros años, los vecinos, asociaciones y peñas se ocupaban de las Cruces, que no dejaban de ser también el escaparate de su trabajo para toda la ciudad que debía disfrutar.TradicionesCreció también el rojo , que era el color litúrgico del día de la Invención de la Cruz, porque es el del derramamiento de sangre y por lo tanto el del sacrificio de Jesús, y rojos eran los claveles con los que se adornaban las que se instalaban en las calles, ya de gran tamaño. Hay que volver a Pablo García Baena, en su soneto al Cristo del Remedio de Ánimas: «Si la cruz, como árbol de sangre en la negrura / es nido temporal donde rojean los frutos».La fiesta había cambiado y había tomado la forma que hoy tiene y en algunos pueblos cercanos todavía salían jóvenes con cruces en pequeñas andas, y desde luego con sudarios como antes, en el mismo día 3 en que se celebra su hallazgo.Lo que estos días se está viendo en las calles de Córdoba no es sino el eco de todo aquel proceso de siglos. Ahora las flores llegan antes porque llega antes el calor y ya no son las que se encuentran en los huertos ni las cercanías de la ciudad, porque ya nadie las busca de forma espontánea, pero las cruces vuelven a ser la expresión de una tradición y del sustrato religioso de una cultura que no pierde su signo y que evoluciona y crece.Ahora las gentes no se organizan sólo según la vecindad, aunque queden asociaciones que sigan haciéndolo, porque la ciudad permite abarcar cada vez más, sino en torno al vínculo de objetivos comunes de una peña o sobre todo de una cofradía, que busca un lugar en que levantar la cruz.De aquellas cruces pequeñas y con sudario a las de ahora hay cambios pero la misma esencia de unirse para levantarlas Aquí regresa otra vez el signo del sacrificio, porque muchos se dejan el tiempo, el esfuerzo y la tranquilidad para atender la barra, cocinar tapas, poner bocadillos y aguantar graciosos para conseguir dinero que luego volverá a dar frutos, y serán del patrimonio de la cofradía, aquello que en la Semana Santa siguiente ofrecerá flores de admiración cuando pise las calles y todo el mundo quiera saber el detalle, el artista, el material.Esas cruces estaban este viernes para el disfrute en las calles de Córdoba en un día de multitudes: en el Triunfo en un marco de difícil parangón, junto a la Puerta de la Luna con un sudario como los que había antes. En San Francisco como recuerdo de los rezos de aquel claustro de frailes del que ahora sólo queda la mitad y mucho del esplendor en la iglesia. En Santa Marina es alegría de jóvenes y en el Bailío, donde si algo sobran son las cruces, es también estallido de color, grito en la cal de las paredes y en el ciprés que intenta recuperar su sitio, en tonos amarillos y blancos . Nunca un árbol dio un fruto tan variado y generoso según los acentos de quienes estos días se afanan en que su armonía de colores y de formas no deje de admirar a todos los que llenan las calles. Es mayo, pero hay que mirar al Viernes Santo : «Oh, cruz fiel, árbol único en nobleza. Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto». Cuando el sagrario está abierto y vacío y en muchos lugares se siguen cubriendo las imágenes con paños morados, no queda más que una cruz. El árbol de la cruz. Después de los Oficios del Viernes Santo, cuando a la hora nona ha muerto Jesús, se adora a la cruz de rodillas, como el día anterior se hace con el Santísimo Sacramento. Un árbol desnudo, quizá con el sudario de haber bajado el cuerpo de Cristo, es lo que queda en el ambiente ensordecido de la tarde.La cruz fiel fue en aquellos años un signo infamante, el lugar en que se castigaba de la forma más cruel y a la gente más baja. Quizá algo para la vergüenza. Por eso la pedían los sacerdotes y los jefes de los judíos para el hombre al que consideraban reo de muerte por blasfemo. Noticia relacionada galeria No No Fotogalería El ambiente de las Cruces, en imágenes Rafael CarmonaCristo en la cruz fue « escándalo para los judíos y necedad para los gentiles», dijo San Pablo, que estaba entre los dos mundos por ser ciudadano romano y por saber que aquel árbol era suplicio de gente que no merecía ni que la miraran.Para los cristianos la cruz no fue una identificación inmediata, porque a muchos de ellos todavía les evocaba crueldad, pero al cabo de algunos siglos se le tuvo por árbol santo, porque de él colgó la salvación del mundo, y con forma de cruces se construyeron las iglesias y el árbol que había sido infamante empezó a estar por todas partes. No se podía encontrar un signo más sencillo y a la vez más elocuente. Hubo un momento en que en mayo empezaron también a florecer, como todos los árboles.El 3 de mayo del año 326 Santa Elena, la madre del emperador Constantino, encontró la verdadera cruz de Cristo y allí comenzó la fiesta de la invención, que es la palabra que significa hallazgo. En paralelo corría una fiesta pagana de exaltación de la naturaleza , porque no hay que olvidar que mayo es mes de flores. No de promesas ni de anuncio, no de lo que está empezando, sino de lo que ya es una realidad sin vuelta atrás. En muchas culturas antiguas se celebraban fiestas en torno a los árboles florecidos.En el siglo XVII parecía que ambas tradiciones iban a fundirse en la fiesta de la Cruz, que no por casualidad iba a llegar justo después de la Semana Santa en los años en que las procesiones ya estaban llenando las calles.Si el árbol había ofrecido regalos de salvación y frutos de vida eterno, era justo que se ornamentara. Floreció por muchos lugares de Europa, y en algunos tuvo que desaparecer por culpa de las reformas y de los cismas y de considerarse demasiado católica, pero en el sur de España, en Córdoba, permaneció. Quién sabe si sería recuerdo de aquellas cruces y altares que se colocaban en las casas en Semana Santa, especialmente en los duros años sin procesiones, eran las que después iban a ponerse en los patios de vecinos, adornadas por ellos mismos con las flores de los huertos o de las macetas, centro de la vida de las casas en aquellos días y lugares para la visita y para que todo el mundo dijera lo bonito que había quedado. Quién sabe si aquella amalgama de especies, de colores y de cariño no se entendería también con un sentido simbólico , en que la perfección delicada de las rosas, la exuberancia natural de las calas y el olor de las celindas tendrían la voluntad de aludir a un aspecto concreto de la espiritualidad.El patio entero era una vergel de flores en la que la más importante era la cruz misma, aquella que había triunfado con Cristo en la Semana Santa todavía fresca. Era una cruz mucho más pequeña que la actual, con flores variadas y en la que siempre estaba el sudario. Los cuadros costumbristas sevillanos de principios del siglo XX las mostraban exactamente así, mientras que Bodegas Campos, que conservaba fotografías antiguas, la recreó así en alguna ocasión en alguno de sus muchos rincones hermosos.Pablo García Baena , con la aguda mirada que tenía para la intrahistoria, quiere ver allí un mismo tronco de lo que luego fueron dos historias separadas. En la década de 1930, la de la II República, empezó el concurso popular de patios, que en esencia serían lo mismo, pero ya con la cruz fuera. Para él, era una especie de conquista del laicismo: las dos fiestas empezarían a caminar cada una por su lado. Las Cruces y los Patios, aunque vinieran de la misma rama, ya eran distintas y ambas en mayo, porque ninguna se entendía sin las flores.Y desde entonces crecieron, aunque en parecidas calles, en las mismas plazas y con un aliento muy parecido. En los primeros años, los vecinos, asociaciones y peñas se ocupaban de las Cruces, que no dejaban de ser también el escaparate de su trabajo para toda la ciudad que debía disfrutar.TradicionesCreció también el rojo , que era el color litúrgico del día de la Invención de la Cruz, porque es el del derramamiento de sangre y por lo tanto el del sacrificio de Jesús, y rojos eran los claveles con los que se adornaban las que se instalaban en las calles, ya de gran tamaño. Hay que volver a Pablo García Baena, en su soneto al Cristo del Remedio de Ánimas: «Si la cruz, como árbol de sangre en la negrura / es nido temporal donde rojean los frutos».La fiesta había cambiado y había tomado la forma que hoy tiene y en algunos pueblos cercanos todavía salían jóvenes con cruces en pequeñas andas, y desde luego con sudarios como antes, en el mismo día 3 en que se celebra su hallazgo.Lo que estos días se está viendo en las calles de Córdoba no es sino el eco de todo aquel proceso de siglos. Ahora las flores llegan antes porque llega antes el calor y ya no son las que se encuentran en los huertos ni las cercanías de la ciudad, porque ya nadie las busca de forma espontánea, pero las cruces vuelven a ser la expresión de una tradición y del sustrato religioso de una cultura que no pierde su signo y que evoluciona y crece.Ahora las gentes no se organizan sólo según la vecindad, aunque queden asociaciones que sigan haciéndolo, porque la ciudad permite abarcar cada vez más, sino en torno al vínculo de objetivos comunes de una peña o sobre todo de una cofradía, que busca un lugar en que levantar la cruz.De aquellas cruces pequeñas y con sudario a las de ahora hay cambios pero la misma esencia de unirse para levantarlas Aquí regresa otra vez el signo del sacrificio, porque muchos se dejan el tiempo, el esfuerzo y la tranquilidad para atender la barra, cocinar tapas, poner bocadillos y aguantar graciosos para conseguir dinero que luego volverá a dar frutos, y serán del patrimonio de la cofradía, aquello que en la Semana Santa siguiente ofrecerá flores de admiración cuando pise las calles y todo el mundo quiera saber el detalle, el artista, el material.Esas cruces estaban este viernes para el disfrute en las calles de Córdoba en un día de multitudes: en el Triunfo en un marco de difícil parangón, junto a la Puerta de la Luna con un sudario como los que había antes. En San Francisco como recuerdo de los rezos de aquel claustro de frailes del que ahora sólo queda la mitad y mucho del esplendor en la iglesia. En Santa Marina es alegría de jóvenes y en el Bailío, donde si algo sobran son las cruces, es también estallido de color, grito en la cal de las paredes y en el ciprés que intenta recuperar su sitio, en tonos amarillos y blancos . Nunca un árbol dio un fruto tan variado y generoso según los acentos de quienes estos días se afanan en que su armonía de colores y de formas no deje de admirar a todos los que llenan las calles. RSS de noticias de espana/andalucia
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