Hubo un tiempo en que España viajaba a los Mundiales convencida de que algo saldría mal. Hemos cambiado tanto que hasta las derrotas nos parecen injustas. Nos pasamos unos años esperando al siguiente Iniesta, al siguiente Casillas, hasta que descubrimos que la selección funciona como un reloj suizo, donde nadie parece imprescindible. Una virtud extraordinaria hasta que el fútbol deja de ser un arte y se convierte en una coreografía vikinga. Hay partidos que no se arreglan con un relojero sino con alguien dispuesto a romper el reloj.
Hubo un tiempo en que España viajaba a los Mundiales convencida de que algo saldría mal. Hemos cambiado tanto que hasta las derrotas nos parecen injustas. Nos pasamos unos años
Hubo un tiempo en que España viajaba a los Mundiales convencida de que algo saldría mal. Hemos cambiado tanto que hasta las derrotas nos parecen injustas. Nos pasamos unos años esperando al siguiente Iniesta, al siguiente Casillas, hasta que descubrimos que la selección funciona como un reloj suizo, donde nadie parece imprescindible. Una virtud extraordinaria hasta que el fútbol deja de ser un arte y se convierte en una coreografía vikinga. Hay partidos que no se arreglan con un relojero sino con alguien dispuesto a romper el reloj.
Noticias de Deportes
