Hace decenios el filósofo venezolano Juan Nuño sostenía que Israel ya era una nación como otras, pero que «el antisemitismo no desaparece ni se desarma tan fácilmente». Y en otra parte advertía de la transformación moral de la izquierda, en la que volvía «a estar de moda el antisemitismo más descarado. Se hace alarde de ello, y rinde, como siempre, beneficios».En estas páginas se ha informado ya de que la catedrática y documentalista Ana Gallego Cuiñas , y la editora Patricia Escalona , directoras del festival Cultur Alh, organizado por la Universidad de Granada y que se inaugura este lunes, cancelaron la presencia de la escritora Ariana Harwicz por no haberse opuesto explícitamente a las políticas palestinas del actual gobierno israelí, en el marco del movimiento internacional BDS (boicot, desinversiones y sanciones). Como Harwicz sí se opone a la censura cultural que dicho movimiento pretende también imponer a las ideas, el festival, avalado por organismos del gobierno y por el British Council o el Institut Français, entre otros, decidió repentinamente vetarla. Sin embargo, las incoherentes responsables del festival no han cancelado todavía la participación de la novelista Margaret Atwood , que también se opuso a la censura cultural del movimiento cuando se le instó a que rechazara un premio concedido en Israel hace unos años. Ceder para Atwood suponía aceptar el argumento, entre otros, de que la literatura de una nación es meramente producto de la propaganda, y no el mérito artístico del escritor. Cuando Ludmila Ulítskaya recibió en Canarias el premio Formentor el mismo año de la invasión a Ucrania, un participante de aquellas jornadas abandonó uno de los actos arguyendo tribalmente la nacionalidad de la novelista rusa, y pasando por alto que, por su oposición al régimen de Putin, ella se había visto obligada al exilio en Berlín, como Sorokin, Stepánova o la Premio Nóbel Aleksiévich, entre otros escritores. Que ningún invitado se haya manifestado en defensa de las posturas de Harwicz, y que con su participación avale la censura del debate y la disidencia en un festival que aduce tender «puentes entre las grandes conversaciones globales y las tradiciones culturales» es elocuente del grave clima moral imperante. Se la segrega por ser judía.Oponerse a toda censura y filisteísmo no haciendo uso instrumental de los escritores, como sostenía Susan Sontag, es la urgente expiación que se precisa.* Aurelio Major es poeta. Hace decenios el filósofo venezolano Juan Nuño sostenía que Israel ya era una nación como otras, pero que «el antisemitismo no desaparece ni se desarma tan fácilmente». Y en otra parte advertía de la transformación moral de la izquierda, en la que volvía «a estar de moda el antisemitismo más descarado. Se hace alarde de ello, y rinde, como siempre, beneficios».En estas páginas se ha informado ya de que la catedrática y documentalista Ana Gallego Cuiñas , y la editora Patricia Escalona , directoras del festival Cultur Alh, organizado por la Universidad de Granada y que se inaugura este lunes, cancelaron la presencia de la escritora Ariana Harwicz por no haberse opuesto explícitamente a las políticas palestinas del actual gobierno israelí, en el marco del movimiento internacional BDS (boicot, desinversiones y sanciones). Como Harwicz sí se opone a la censura cultural que dicho movimiento pretende también imponer a las ideas, el festival, avalado por organismos del gobierno y por el British Council o el Institut Français, entre otros, decidió repentinamente vetarla. Sin embargo, las incoherentes responsables del festival no han cancelado todavía la participación de la novelista Margaret Atwood , que también se opuso a la censura cultural del movimiento cuando se le instó a que rechazara un premio concedido en Israel hace unos años. Ceder para Atwood suponía aceptar el argumento, entre otros, de que la literatura de una nación es meramente producto de la propaganda, y no el mérito artístico del escritor. Cuando Ludmila Ulítskaya recibió en Canarias el premio Formentor el mismo año de la invasión a Ucrania, un participante de aquellas jornadas abandonó uno de los actos arguyendo tribalmente la nacionalidad de la novelista rusa, y pasando por alto que, por su oposición al régimen de Putin, ella se había visto obligada al exilio en Berlín, como Sorokin, Stepánova o la Premio Nóbel Aleksiévich, entre otros escritores. Que ningún invitado se haya manifestado en defensa de las posturas de Harwicz, y que con su participación avale la censura del debate y la disidencia en un festival que aduce tender «puentes entre las grandes conversaciones globales y las tradiciones culturales» es elocuente del grave clima moral imperante. Se la segrega por ser judía.Oponerse a toda censura y filisteísmo no haciendo uso instrumental de los escritores, como sostenía Susan Sontag, es la urgente expiación que se precisa.* Aurelio Major es poeta. Hace decenios el filósofo venezolano Juan Nuño sostenía que Israel ya era una nación como otras, pero que «el antisemitismo no desaparece ni se desarma tan fácilmente». Y en otra parte advertía de la transformación moral de la izquierda, en la que volvía «a estar de moda el antisemitismo más descarado. Se hace alarde de ello, y rinde, como siempre, beneficios».En estas páginas se ha informado ya de que la catedrática y documentalista Ana Gallego Cuiñas , y la editora Patricia Escalona , directoras del festival Cultur Alh, organizado por la Universidad de Granada y que se inaugura este lunes, cancelaron la presencia de la escritora Ariana Harwicz por no haberse opuesto explícitamente a las políticas palestinas del actual gobierno israelí, en el marco del movimiento internacional BDS (boicot, desinversiones y sanciones). Como Harwicz sí se opone a la censura cultural que dicho movimiento pretende también imponer a las ideas, el festival, avalado por organismos del gobierno y por el British Council o el Institut Français, entre otros, decidió repentinamente vetarla. Sin embargo, las incoherentes responsables del festival no han cancelado todavía la participación de la novelista Margaret Atwood , que también se opuso a la censura cultural del movimiento cuando se le instó a que rechazara un premio concedido en Israel hace unos años. Ceder para Atwood suponía aceptar el argumento, entre otros, de que la literatura de una nación es meramente producto de la propaganda, y no el mérito artístico del escritor. Cuando Ludmila Ulítskaya recibió en Canarias el premio Formentor el mismo año de la invasión a Ucrania, un participante de aquellas jornadas abandonó uno de los actos arguyendo tribalmente la nacionalidad de la novelista rusa, y pasando por alto que, por su oposición al régimen de Putin, ella se había visto obligada al exilio en Berlín, como Sorokin, Stepánova o la Premio Nóbel Aleksiévich, entre otros escritores. Que ningún invitado se haya manifestado en defensa de las posturas de Harwicz, y que con su participación avale la censura del debate y la disidencia en un festival que aduce tender «puentes entre las grandes conversaciones globales y las tradiciones culturales» es elocuente del grave clima moral imperante. Se la segrega por ser judía.Oponerse a toda censura y filisteísmo no haciendo uso instrumental de los escritores, como sostenía Susan Sontag, es la urgente expiación que se precisa.* Aurelio Major es poeta. RSS de noticias de cultura
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