Lo recordó cuando estaba recogiéndose el pelo y encajando la flor . Cuando se presentaba sin la melena suelta le notaba un brillo breve en la mirada, algo parecido a un pellizco imprevisto. No habría sabido decir nunca si era de dicha o de sufrimiento, pero no se lo preguntó. Nunca habían pasado de los dos besos en la cara al saludarse. Tenía la manía de recordar el tacto en las manos y con él ni siquiera había llegado ahí. Habían conectado desde el principio y alguna vez habían caído en la confidencia , pero aunque jamás habían pasado de ahí al menos ella había tenido siempre el recuerdo. Sus grupos de amigos habían sido tangenciales y de vez en cuando charlaban en las salidas de universitarios.Ella tenía pareja entonces, pero en aquel grupo abierto casi todo el mundo hablaba con todo el mundo. Bastantes noches se veían y pegaban la hebra con facilidad. Era alto, de aire tranquilo y con una nobleza que a sus amigas no les inspiraba confianza. Decían que no tenía misterio, que parecía demasiado claro, que un hombre debía ofrecer algo de picardía . De malicia.Noticia relacionada galeria No No Fotogalería El martes de la Feria, en imágenes Rafael CarmonaNo le abandonó el recuerdo. Se terminó de colocar la flor, se vio en el espejo y cuando se fue añadiendo los complementos del traje de flamenca recordó la cicatriz junto a la barbilla, con forma de C, casi como un hoyuelo. Aquella caída de pequeño era el recuerdo más antiguo que conservaba, según le contó. No el golpe y la sangre, sino el flexo del médico para la sutura y desde luego aquel recuerdo que ya no se le podía borrar de la piel. Alguna vez se había dejado barba, pero siempre se había sentido extraño , como si se tapara un ojo. Le gustaba llevarse allí la mano de vez en cuando.Habían pasado más de cinco años y todavía recordaba las conversaciones. A ella le agradaba la conversación. Él tenía el rictus serio , no inexpresivo, y desde luego se daba cuenta de que tenía que contenerse cuando por detrás llegaba su novio de entonces y la cogía por la cintura.En el autobús, cuando iba sola con destino a la Feria de Córdoba , recordaba aquella expresión en que la sonrisa se congelaba, pero los ojos no se bajaban aunque reflejasen la decepción. Decía adiós y se marchaba. Una de esas noches lo encontró besándose con una chica que se había incorporado antes al grupo y al poco acabaron las carreras y cada uno tiró para un lado. La amiga que se lo había presentado se había marchado a trabajar a Madrid y le había perdido la pista a todo el mundo, así jamás le preguntó.El calor casi la derribó de una bofetada al bajarse del autobús. Desde que había empezado a trabajar prefería los primeros días de la Feria, porque la invitaban a casetas tradicionales y no tenía ni que esperar ni caer en las incomodidades. Ella, que había sido tan de comer como se pudiera y de seguir ahora había empezado a abrazar otra vida. Y desde luego que se sentía bien: había encontrado trabajo con cierta facilidad, no se le daba mal la abogacía y tenía esperanzas de seguir creciendo.El trajeA la hora de comer encontró El Arenal más o menos quieto, pero por la experiencia era capaz de recordar que lo normal es que estuviera toda la gente dentro, y más en un día como aquel. Vio a gente que conocía ir para sus comidas de empresa y aunque le dijeron que se pasara estaba decidido a desconectar del mundo de todos los días. De hecho ya estaba pensando en el descanso: conforme terminase el miércoles había pensado irse con su hermana mayor y los niños a la playa .Al caminar con el vestido de flamenca se sentía como una modelo. «Es el único momento del año en que pienso que soy guapa», le había dicho a él alguna vez, cuando hablaban de la Feria . Él le dijo con timidez que tenía que serlo también en otros momentos porque había motivos, pero ella prefirió no hacer caso. Lo recordaba entonces como una astilla clavada en la yema de los dedos y al buscar la caseta se dio un golpe con una mano en el otro brazo. Llevaba una hora con la cabeza puesta en alguien que había desaparecido de su vida sin dejar rastro, y con razón. Si continuaba por aquel camino iba a acabar pidiéndole el teléfono a alguien para buscar una oportunidad ahora que llevaba ella bastante tiempo sola y sin demasiadas ganas de empezar a otra vez.Al cruzar por la calle de Enmedio le sirvió, como le pasaba algunas veces, encenderse contra las casetas que parecían comederos, con olor penetrante a carne asada, a marisco hervido, a pescado frito, y con la gente que salía a ofrecer cervezas y paellas. La Feria había mejorado bastante y lo sabía, pero había que cortar aquello.Las amigas le ayudaron a quitarse de encima aquel recuerdo que había empezado a embriagarla. Desde luego que se calló lo que pensaba y pronto empezaron con las risas, la conversación intrascendente, la comida y la bebida. Desde que estuvo en Alemania había aprendido la táctica de poner una servilleta encima de la copa cuando no quería que le sirvieran más, o no quería ella tomar. Había en su caseta un cortador de jamón y aquel vicio era al que más pensaba darse aquel día. Después de todo siempre había peleado bien contra los kilos de más.A mitad de la tarde salieron un momento a la puerta porque una de las amigas tenía ganas de fumar un cigarro y ella la acompañó. Encontró cada vez más gente y mil trajes de flamenca de mil colores. Se propuso cambiar el suyo para los años siguientes, porque ya tenía algún tiempo y se lo había prometido a su sobrina cuando creciera. Su amiga estaba al tanto de las últimas tendencias y empezó a aconsejarle sobre lo que se llevaba y lo que podía ser un poco más imperecedero y al ver pasar a algunas mujeres lo utilizaba de ejemplo. Era descarada e incluso le pidió a alguna que se detuviera para fijarse en algún detalle.El sol volvió a mostrarse inclemente en El Arenal en una jornada con vida a la hora de comer y luego en crecimientoPasaron al interior. Disfrutaron de los postres con vino Pedro Ximénez y ella pensó en aquel tiempo en que veía amanecer, sobre todo a partir de los últimos días. Fue ella la que tuvo la idea de empezar a bailar sevillanas para evitar la modorra, el aburrimiento o la bebida excesiva. Pidió en la barra las más rápidas y animadas y pronto todas reían. Se dio cuenta entonces que la caseta había cambiado un poco de público. No muy lejos había un grupo de hombres de su edad, con chaquetas verdes y azules y le parecieron un poco ruidosos, como de otra época. No estaba tentada de marcharse, pero sí que pensaba que no iban a aguntar mucha más bebida.Cuando se cansaron de bailar fueron ellas las que se pasaron a las copas , que ya era hora. El aire acondicionado era la mejor vacuna contra el calor que había notado fuera, cuando había acompañado a la fumadora, y de vez en cuando miraba para ver que el sol caía despacio en el Mayo Festivo.El grupo lo tenían cerca y no quería ni mirar, aunque ya estaban más tranquilos. Uno de ellos, el que estaba de espaldas, estaba haciendo ademán de irse y los demás le cerraban el paso y le hacían barreras. Había notado en los hombros algo que le parecía familiar, pero ella pensó en que quizá sería mejor que se fueran todos, hasta que oyó una voz acabada en carcajada: «Venga, tómate otra, que no se te va a borrar la cicatriz por rozarla cada cinco minutos». Lo recordó cuando estaba recogiéndose el pelo y encajando la flor . Cuando se presentaba sin la melena suelta le notaba un brillo breve en la mirada, algo parecido a un pellizco imprevisto. No habría sabido decir nunca si era de dicha o de sufrimiento, pero no se lo preguntó. Nunca habían pasado de los dos besos en la cara al saludarse. Tenía la manía de recordar el tacto en las manos y con él ni siquiera había llegado ahí. Habían conectado desde el principio y alguna vez habían caído en la confidencia , pero aunque jamás habían pasado de ahí al menos ella había tenido siempre el recuerdo. Sus grupos de amigos habían sido tangenciales y de vez en cuando charlaban en las salidas de universitarios.Ella tenía pareja entonces, pero en aquel grupo abierto casi todo el mundo hablaba con todo el mundo. Bastantes noches se veían y pegaban la hebra con facilidad. Era alto, de aire tranquilo y con una nobleza que a sus amigas no les inspiraba confianza. Decían que no tenía misterio, que parecía demasiado claro, que un hombre debía ofrecer algo de picardía . De malicia.Noticia relacionada galeria No No Fotogalería El martes de la Feria, en imágenes Rafael CarmonaNo le abandonó el recuerdo. Se terminó de colocar la flor, se vio en el espejo y cuando se fue añadiendo los complementos del traje de flamenca recordó la cicatriz junto a la barbilla, con forma de C, casi como un hoyuelo. Aquella caída de pequeño era el recuerdo más antiguo que conservaba, según le contó. No el golpe y la sangre, sino el flexo del médico para la sutura y desde luego aquel recuerdo que ya no se le podía borrar de la piel. Alguna vez se había dejado barba, pero siempre se había sentido extraño , como si se tapara un ojo. Le gustaba llevarse allí la mano de vez en cuando.Habían pasado más de cinco años y todavía recordaba las conversaciones. A ella le agradaba la conversación. Él tenía el rictus serio , no inexpresivo, y desde luego se daba cuenta de que tenía que contenerse cuando por detrás llegaba su novio de entonces y la cogía por la cintura.En el autobús, cuando iba sola con destino a la Feria de Córdoba , recordaba aquella expresión en que la sonrisa se congelaba, pero los ojos no se bajaban aunque reflejasen la decepción. Decía adiós y se marchaba. Una de esas noches lo encontró besándose con una chica que se había incorporado antes al grupo y al poco acabaron las carreras y cada uno tiró para un lado. La amiga que se lo había presentado se había marchado a trabajar a Madrid y le había perdido la pista a todo el mundo, así jamás le preguntó.El calor casi la derribó de una bofetada al bajarse del autobús. Desde que había empezado a trabajar prefería los primeros días de la Feria, porque la invitaban a casetas tradicionales y no tenía ni que esperar ni caer en las incomodidades. Ella, que había sido tan de comer como se pudiera y de seguir ahora había empezado a abrazar otra vida. Y desde luego que se sentía bien: había encontrado trabajo con cierta facilidad, no se le daba mal la abogacía y tenía esperanzas de seguir creciendo.El trajeA la hora de comer encontró El Arenal más o menos quieto, pero por la experiencia era capaz de recordar que lo normal es que estuviera toda la gente dentro, y más en un día como aquel. Vio a gente que conocía ir para sus comidas de empresa y aunque le dijeron que se pasara estaba decidido a desconectar del mundo de todos los días. De hecho ya estaba pensando en el descanso: conforme terminase el miércoles había pensado irse con su hermana mayor y los niños a la playa .Al caminar con el vestido de flamenca se sentía como una modelo. «Es el único momento del año en que pienso que soy guapa», le había dicho a él alguna vez, cuando hablaban de la Feria . Él le dijo con timidez que tenía que serlo también en otros momentos porque había motivos, pero ella prefirió no hacer caso. Lo recordaba entonces como una astilla clavada en la yema de los dedos y al buscar la caseta se dio un golpe con una mano en el otro brazo. Llevaba una hora con la cabeza puesta en alguien que había desaparecido de su vida sin dejar rastro, y con razón. Si continuaba por aquel camino iba a acabar pidiéndole el teléfono a alguien para buscar una oportunidad ahora que llevaba ella bastante tiempo sola y sin demasiadas ganas de empezar a otra vez.Al cruzar por la calle de Enmedio le sirvió, como le pasaba algunas veces, encenderse contra las casetas que parecían comederos, con olor penetrante a carne asada, a marisco hervido, a pescado frito, y con la gente que salía a ofrecer cervezas y paellas. La Feria había mejorado bastante y lo sabía, pero había que cortar aquello.Las amigas le ayudaron a quitarse de encima aquel recuerdo que había empezado a embriagarla. Desde luego que se calló lo que pensaba y pronto empezaron con las risas, la conversación intrascendente, la comida y la bebida. Desde que estuvo en Alemania había aprendido la táctica de poner una servilleta encima de la copa cuando no quería que le sirvieran más, o no quería ella tomar. Había en su caseta un cortador de jamón y aquel vicio era al que más pensaba darse aquel día. Después de todo siempre había peleado bien contra los kilos de más.A mitad de la tarde salieron un momento a la puerta porque una de las amigas tenía ganas de fumar un cigarro y ella la acompañó. Encontró cada vez más gente y mil trajes de flamenca de mil colores. Se propuso cambiar el suyo para los años siguientes, porque ya tenía algún tiempo y se lo había prometido a su sobrina cuando creciera. Su amiga estaba al tanto de las últimas tendencias y empezó a aconsejarle sobre lo que se llevaba y lo que podía ser un poco más imperecedero y al ver pasar a algunas mujeres lo utilizaba de ejemplo. Era descarada e incluso le pidió a alguna que se detuviera para fijarse en algún detalle.El sol volvió a mostrarse inclemente en El Arenal en una jornada con vida a la hora de comer y luego en crecimientoPasaron al interior. Disfrutaron de los postres con vino Pedro Ximénez y ella pensó en aquel tiempo en que veía amanecer, sobre todo a partir de los últimos días. Fue ella la que tuvo la idea de empezar a bailar sevillanas para evitar la modorra, el aburrimiento o la bebida excesiva. Pidió en la barra las más rápidas y animadas y pronto todas reían. Se dio cuenta entonces que la caseta había cambiado un poco de público. No muy lejos había un grupo de hombres de su edad, con chaquetas verdes y azules y le parecieron un poco ruidosos, como de otra época. No estaba tentada de marcharse, pero sí que pensaba que no iban a aguntar mucha más bebida.Cuando se cansaron de bailar fueron ellas las que se pasaron a las copas , que ya era hora. El aire acondicionado era la mejor vacuna contra el calor que había notado fuera, cuando había acompañado a la fumadora, y de vez en cuando miraba para ver que el sol caía despacio en el Mayo Festivo.El grupo lo tenían cerca y no quería ni mirar, aunque ya estaban más tranquilos. Uno de ellos, el que estaba de espaldas, estaba haciendo ademán de irse y los demás le cerraban el paso y le hacían barreras. Había notado en los hombros algo que le parecía familiar, pero ella pensó en que quizá sería mejor que se fueran todos, hasta que oyó una voz acabada en carcajada: «Venga, tómate otra, que no se te va a borrar la cicatriz por rozarla cada cinco minutos». Lo recordó cuando estaba recogiéndose el pelo y encajando la flor . Cuando se presentaba sin la melena suelta le notaba un brillo breve en la mirada, algo parecido a un pellizco imprevisto. No habría sabido decir nunca si era de dicha o de sufrimiento, pero no se lo preguntó. Nunca habían pasado de los dos besos en la cara al saludarse. Tenía la manía de recordar el tacto en las manos y con él ni siquiera había llegado ahí. Habían conectado desde el principio y alguna vez habían caído en la confidencia , pero aunque jamás habían pasado de ahí al menos ella había tenido siempre el recuerdo. Sus grupos de amigos habían sido tangenciales y de vez en cuando charlaban en las salidas de universitarios.Ella tenía pareja entonces, pero en aquel grupo abierto casi todo el mundo hablaba con todo el mundo. Bastantes noches se veían y pegaban la hebra con facilidad. Era alto, de aire tranquilo y con una nobleza que a sus amigas no les inspiraba confianza. Decían que no tenía misterio, que parecía demasiado claro, que un hombre debía ofrecer algo de picardía . De malicia.Noticia relacionada galeria No No Fotogalería El martes de la Feria, en imágenes Rafael CarmonaNo le abandonó el recuerdo. Se terminó de colocar la flor, se vio en el espejo y cuando se fue añadiendo los complementos del traje de flamenca recordó la cicatriz junto a la barbilla, con forma de C, casi como un hoyuelo. Aquella caída de pequeño era el recuerdo más antiguo que conservaba, según le contó. No el golpe y la sangre, sino el flexo del médico para la sutura y desde luego aquel recuerdo que ya no se le podía borrar de la piel. Alguna vez se había dejado barba, pero siempre se había sentido extraño , como si se tapara un ojo. Le gustaba llevarse allí la mano de vez en cuando.Habían pasado más de cinco años y todavía recordaba las conversaciones. A ella le agradaba la conversación. Él tenía el rictus serio , no inexpresivo, y desde luego se daba cuenta de que tenía que contenerse cuando por detrás llegaba su novio de entonces y la cogía por la cintura.En el autobús, cuando iba sola con destino a la Feria de Córdoba , recordaba aquella expresión en que la sonrisa se congelaba, pero los ojos no se bajaban aunque reflejasen la decepción. Decía adiós y se marchaba. Una de esas noches lo encontró besándose con una chica que se había incorporado antes al grupo y al poco acabaron las carreras y cada uno tiró para un lado. La amiga que se lo había presentado se había marchado a trabajar a Madrid y le había perdido la pista a todo el mundo, así jamás le preguntó.El calor casi la derribó de una bofetada al bajarse del autobús. Desde que había empezado a trabajar prefería los primeros días de la Feria, porque la invitaban a casetas tradicionales y no tenía ni que esperar ni caer en las incomodidades. Ella, que había sido tan de comer como se pudiera y de seguir ahora había empezado a abrazar otra vida. Y desde luego que se sentía bien: había encontrado trabajo con cierta facilidad, no se le daba mal la abogacía y tenía esperanzas de seguir creciendo.El trajeA la hora de comer encontró El Arenal más o menos quieto, pero por la experiencia era capaz de recordar que lo normal es que estuviera toda la gente dentro, y más en un día como aquel. Vio a gente que conocía ir para sus comidas de empresa y aunque le dijeron que se pasara estaba decidido a desconectar del mundo de todos los días. De hecho ya estaba pensando en el descanso: conforme terminase el miércoles había pensado irse con su hermana mayor y los niños a la playa .Al caminar con el vestido de flamenca se sentía como una modelo. «Es el único momento del año en que pienso que soy guapa», le había dicho a él alguna vez, cuando hablaban de la Feria . Él le dijo con timidez que tenía que serlo también en otros momentos porque había motivos, pero ella prefirió no hacer caso. Lo recordaba entonces como una astilla clavada en la yema de los dedos y al buscar la caseta se dio un golpe con una mano en el otro brazo. Llevaba una hora con la cabeza puesta en alguien que había desaparecido de su vida sin dejar rastro, y con razón. Si continuaba por aquel camino iba a acabar pidiéndole el teléfono a alguien para buscar una oportunidad ahora que llevaba ella bastante tiempo sola y sin demasiadas ganas de empezar a otra vez.Al cruzar por la calle de Enmedio le sirvió, como le pasaba algunas veces, encenderse contra las casetas que parecían comederos, con olor penetrante a carne asada, a marisco hervido, a pescado frito, y con la gente que salía a ofrecer cervezas y paellas. La Feria había mejorado bastante y lo sabía, pero había que cortar aquello.Las amigas le ayudaron a quitarse de encima aquel recuerdo que había empezado a embriagarla. Desde luego que se calló lo que pensaba y pronto empezaron con las risas, la conversación intrascendente, la comida y la bebida. Desde que estuvo en Alemania había aprendido la táctica de poner una servilleta encima de la copa cuando no quería que le sirvieran más, o no quería ella tomar. Había en su caseta un cortador de jamón y aquel vicio era al que más pensaba darse aquel día. Después de todo siempre había peleado bien contra los kilos de más.A mitad de la tarde salieron un momento a la puerta porque una de las amigas tenía ganas de fumar un cigarro y ella la acompañó. Encontró cada vez más gente y mil trajes de flamenca de mil colores. Se propuso cambiar el suyo para los años siguientes, porque ya tenía algún tiempo y se lo había prometido a su sobrina cuando creciera. Su amiga estaba al tanto de las últimas tendencias y empezó a aconsejarle sobre lo que se llevaba y lo que podía ser un poco más imperecedero y al ver pasar a algunas mujeres lo utilizaba de ejemplo. Era descarada e incluso le pidió a alguna que se detuviera para fijarse en algún detalle.El sol volvió a mostrarse inclemente en El Arenal en una jornada con vida a la hora de comer y luego en crecimientoPasaron al interior. Disfrutaron de los postres con vino Pedro Ximénez y ella pensó en aquel tiempo en que veía amanecer, sobre todo a partir de los últimos días. Fue ella la que tuvo la idea de empezar a bailar sevillanas para evitar la modorra, el aburrimiento o la bebida excesiva. Pidió en la barra las más rápidas y animadas y pronto todas reían. Se dio cuenta entonces que la caseta había cambiado un poco de público. No muy lejos había un grupo de hombres de su edad, con chaquetas verdes y azules y le parecieron un poco ruidosos, como de otra época. No estaba tentada de marcharse, pero sí que pensaba que no iban a aguntar mucha más bebida.Cuando se cansaron de bailar fueron ellas las que se pasaron a las copas , que ya era hora. El aire acondicionado era la mejor vacuna contra el calor que había notado fuera, cuando había acompañado a la fumadora, y de vez en cuando miraba para ver que el sol caía despacio en el Mayo Festivo.El grupo lo tenían cerca y no quería ni mirar, aunque ya estaban más tranquilos. Uno de ellos, el que estaba de espaldas, estaba haciendo ademán de irse y los demás le cerraban el paso y le hacían barreras. Había notado en los hombros algo que le parecía familiar, pero ella pensó en que quizá sería mejor que se fueran todos, hasta que oyó una voz acabada en carcajada: «Venga, tómate otra, que no se te va a borrar la cicatriz por rozarla cada cinco minutos». RSS de noticias de espana/andalucia
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