Aunque cualquier día es bueno para conmemorar a esos fieles compañeros que son los libros, siempre que se acerca el día 23 de abril, fecha de la muerte de Cervantes y de Shakespeare, me acuerdo de aquel lema que hizo célebre el profesor Tierno Galván: ‘Mas libros, más libres’. Porque si hay un objeto que simboliza la libertad ese es el libro, y estamos pensando no solo en la libertad política, sino también en la libertad para soñar, para imaginar, para emocionarnos. No es casualidad que en todas las pesadillas totalitarias tenga un papel protagonista la quema de libros : distopías como Fahrenheit 451 (la temperatura a la que el papel se inflama y arde), en la que los bomberos se dedican a amontonar libros para prenderles fuego, desgraciadamente no son más que la recreación literaria de ‘bibliocaustos’ históricos, como la quema de 20.000 libros en 1933 en la plaza de la Ópera de Berlín por parte de los profesores y los estudiantes nazis; la quema sistemática de libros que se consideraban subversivos en dictaduras como la franquista, la chilena o la argentina, o, por poner un último ejemplo, la destrucción de los códices mayas ordenada en 1562 por el obispo Diego de Landa. Ya sea porque se crean escritas por el demonio, ya sea porque sean obras de rebeldes o sediciosos, los libros siempre han supuesto un peligro para todas las clases de tiranía que pretendían no sólo eliminar las ideas contrarias, sino también suprimir la memoria, a fin de ejercer un control ideológico sobre el presente y sobre el pasado.Hoy la amenaza a los libros no les viene de la hoguera sino de esa ‘pantallización’ de nuestras existencias . Cada vez en mayor medida somos víctimas de la agobiante opresión a la que nos someten las nuevas tecnologías: ¿para qué mirar si podemos fotografiar o grabar?, ¿por qué hacer el esfuerzo de recordar si tenemos siempre a mano a Google? ¿Y por qué no ahorrarnos también el trabajo de pensar por nosotros mismos?, ¿no contamos para ello con la ayuda de la IA? ¿El ChatGPT va a suplir también nuestra capacidad de imaginar? Una de las características más sorprendentes de nuestro cerebro es su plasticidad o capacidad de adaptación. Y hoy puede decirse que nuestro cerebro se ha vuelto cómodo e impaciente, pues se guía por la ley del mínimo esfuerzo: si lo acostumbramos a la captación inmediata de estímulos, la inteligencia que desarrollará será una inteligencia icónica y puntual. Por eso a nuestros estudiantes les cuesta cada vez más leer, no porque carezcan del léxico necesario (que también), sino porque la lectura requiere un tempus lento y pausado, un recorrido discursivo al que no están acostumbrados. Además, siempre se le puede pedir el resumen de un libro a la IA . El caso es que los algoritmos generativos aprenden a partir de lo que ya existe, con una rapidez que nos cuesta imaginar, pero le falta lo que aún pueden ofrecernos los libros: su lenguaje de predicción carece (¿todavía?) de la chispa del azar y de la improvisación, el accidente que nos abre a lo nuevo o, como escribe Samantha Schweblin, «el salto hacia fuera». «A nuestros estudiantes les cuesta cada vez más leer, no porque carezcan del léxico necesario (que también), sino porque la lectura requiere un tempus lento y pausado, un recorrido discursivo al que no están acostumbrados» Luis Peñalver AlhambraGracias a los libros accedemos al pasado, al presente y al futuro, a lo próximo y a lo lejano, a lo posible, lo real y lo imaginario. Pero también los libros obran el milagro de ensanchar nuestras vidas abriéndonos a otras vidas, otras sensibilidades y otras culturas. Cuando leemos un libro tendemos puentes con el autor , pero asimismo con la humanidad entera. Los libros nos sirven para ensoñar e imaginar otras vidas, y en este soñar despiertos compensar esa grisura y previsibilidad de la que se compone en mayor o menor medida nuestra existencia; pero también pueden convertirse en un instrumento no para evadirse de la realidad, sino para transformarla por medio de la libertad y de la acción.Irene Vallejo nos ha contado en un libro maravilloso, El infinito en un junco , la apasionante relación de la humanidad con los libros desde la antigüedad hasta nuestro días. Desde Mohyd-din ibn-Arabi, que compara el universo con un «inmenso libro», al libro de la naturaleza de Galileo escrito en lenguaje matemático; desde el Liber Vitae del Apocalipsis al Liber Mundi de los rosacruces, el libro se ha convertido en uno de nuestros grandes símbolos: como las hojas del Árbol de la Vida, los caracteres de los libros representan la totalidad de los seres. Hoy, más que nunca, el libro es, debe ser, un símbolo de la libertad. Aunque cualquier día es bueno para conmemorar a esos fieles compañeros que son los libros, siempre que se acerca el día 23 de abril, fecha de la muerte de Cervantes y de Shakespeare, me acuerdo de aquel lema que hizo célebre el profesor Tierno Galván: ‘Mas libros, más libres’. Porque si hay un objeto que simboliza la libertad ese es el libro, y estamos pensando no solo en la libertad política, sino también en la libertad para soñar, para imaginar, para emocionarnos. No es casualidad que en todas las pesadillas totalitarias tenga un papel protagonista la quema de libros : distopías como Fahrenheit 451 (la temperatura a la que el papel se inflama y arde), en la que los bomberos se dedican a amontonar libros para prenderles fuego, desgraciadamente no son más que la recreación literaria de ‘bibliocaustos’ históricos, como la quema de 20.000 libros en 1933 en la plaza de la Ópera de Berlín por parte de los profesores y los estudiantes nazis; la quema sistemática de libros que se consideraban subversivos en dictaduras como la franquista, la chilena o la argentina, o, por poner un último ejemplo, la destrucción de los códices mayas ordenada en 1562 por el obispo Diego de Landa. Ya sea porque se crean escritas por el demonio, ya sea porque sean obras de rebeldes o sediciosos, los libros siempre han supuesto un peligro para todas las clases de tiranía que pretendían no sólo eliminar las ideas contrarias, sino también suprimir la memoria, a fin de ejercer un control ideológico sobre el presente y sobre el pasado.Hoy la amenaza a los libros no les viene de la hoguera sino de esa ‘pantallización’ de nuestras existencias . Cada vez en mayor medida somos víctimas de la agobiante opresión a la que nos someten las nuevas tecnologías: ¿para qué mirar si podemos fotografiar o grabar?, ¿por qué hacer el esfuerzo de recordar si tenemos siempre a mano a Google? ¿Y por qué no ahorrarnos también el trabajo de pensar por nosotros mismos?, ¿no contamos para ello con la ayuda de la IA? ¿El ChatGPT va a suplir también nuestra capacidad de imaginar? Una de las características más sorprendentes de nuestro cerebro es su plasticidad o capacidad de adaptación. Y hoy puede decirse que nuestro cerebro se ha vuelto cómodo e impaciente, pues se guía por la ley del mínimo esfuerzo: si lo acostumbramos a la captación inmediata de estímulos, la inteligencia que desarrollará será una inteligencia icónica y puntual. Por eso a nuestros estudiantes les cuesta cada vez más leer, no porque carezcan del léxico necesario (que también), sino porque la lectura requiere un tempus lento y pausado, un recorrido discursivo al que no están acostumbrados. Además, siempre se le puede pedir el resumen de un libro a la IA . El caso es que los algoritmos generativos aprenden a partir de lo que ya existe, con una rapidez que nos cuesta imaginar, pero le falta lo que aún pueden ofrecernos los libros: su lenguaje de predicción carece (¿todavía?) de la chispa del azar y de la improvisación, el accidente que nos abre a lo nuevo o, como escribe Samantha Schweblin, «el salto hacia fuera». «A nuestros estudiantes les cuesta cada vez más leer, no porque carezcan del léxico necesario (que también), sino porque la lectura requiere un tempus lento y pausado, un recorrido discursivo al que no están acostumbrados» Luis Peñalver AlhambraGracias a los libros accedemos al pasado, al presente y al futuro, a lo próximo y a lo lejano, a lo posible, lo real y lo imaginario. Pero también los libros obran el milagro de ensanchar nuestras vidas abriéndonos a otras vidas, otras sensibilidades y otras culturas. Cuando leemos un libro tendemos puentes con el autor , pero asimismo con la humanidad entera. Los libros nos sirven para ensoñar e imaginar otras vidas, y en este soñar despiertos compensar esa grisura y previsibilidad de la que se compone en mayor o menor medida nuestra existencia; pero también pueden convertirse en un instrumento no para evadirse de la realidad, sino para transformarla por medio de la libertad y de la acción.Irene Vallejo nos ha contado en un libro maravilloso, El infinito en un junco , la apasionante relación de la humanidad con los libros desde la antigüedad hasta nuestro días. Desde Mohyd-din ibn-Arabi, que compara el universo con un «inmenso libro», al libro de la naturaleza de Galileo escrito en lenguaje matemático; desde el Liber Vitae del Apocalipsis al Liber Mundi de los rosacruces, el libro se ha convertido en uno de nuestros grandes símbolos: como las hojas del Árbol de la Vida, los caracteres de los libros representan la totalidad de los seres. Hoy, más que nunca, el libro es, debe ser, un símbolo de la libertad. Aunque cualquier día es bueno para conmemorar a esos fieles compañeros que son los libros, siempre que se acerca el día 23 de abril, fecha de la muerte de Cervantes y de Shakespeare, me acuerdo de aquel lema que hizo célebre el profesor Tierno Galván: ‘Mas libros, más libres’. Porque si hay un objeto que simboliza la libertad ese es el libro, y estamos pensando no solo en la libertad política, sino también en la libertad para soñar, para imaginar, para emocionarnos. No es casualidad que en todas las pesadillas totalitarias tenga un papel protagonista la quema de libros : distopías como Fahrenheit 451 (la temperatura a la que el papel se inflama y arde), en la que los bomberos se dedican a amontonar libros para prenderles fuego, desgraciadamente no son más que la recreación literaria de ‘bibliocaustos’ históricos, como la quema de 20.000 libros en 1933 en la plaza de la Ópera de Berlín por parte de los profesores y los estudiantes nazis; la quema sistemática de libros que se consideraban subversivos en dictaduras como la franquista, la chilena o la argentina, o, por poner un último ejemplo, la destrucción de los códices mayas ordenada en 1562 por el obispo Diego de Landa. Ya sea porque se crean escritas por el demonio, ya sea porque sean obras de rebeldes o sediciosos, los libros siempre han supuesto un peligro para todas las clases de tiranía que pretendían no sólo eliminar las ideas contrarias, sino también suprimir la memoria, a fin de ejercer un control ideológico sobre el presente y sobre el pasado.Hoy la amenaza a los libros no les viene de la hoguera sino de esa ‘pantallización’ de nuestras existencias . Cada vez en mayor medida somos víctimas de la agobiante opresión a la que nos someten las nuevas tecnologías: ¿para qué mirar si podemos fotografiar o grabar?, ¿por qué hacer el esfuerzo de recordar si tenemos siempre a mano a Google? ¿Y por qué no ahorrarnos también el trabajo de pensar por nosotros mismos?, ¿no contamos para ello con la ayuda de la IA? ¿El ChatGPT va a suplir también nuestra capacidad de imaginar? Una de las características más sorprendentes de nuestro cerebro es su plasticidad o capacidad de adaptación. Y hoy puede decirse que nuestro cerebro se ha vuelto cómodo e impaciente, pues se guía por la ley del mínimo esfuerzo: si lo acostumbramos a la captación inmediata de estímulos, la inteligencia que desarrollará será una inteligencia icónica y puntual. Por eso a nuestros estudiantes les cuesta cada vez más leer, no porque carezcan del léxico necesario (que también), sino porque la lectura requiere un tempus lento y pausado, un recorrido discursivo al que no están acostumbrados. Además, siempre se le puede pedir el resumen de un libro a la IA . El caso es que los algoritmos generativos aprenden a partir de lo que ya existe, con una rapidez que nos cuesta imaginar, pero le falta lo que aún pueden ofrecernos los libros: su lenguaje de predicción carece (¿todavía?) de la chispa del azar y de la improvisación, el accidente que nos abre a lo nuevo o, como escribe Samantha Schweblin, «el salto hacia fuera». «A nuestros estudiantes les cuesta cada vez más leer, no porque carezcan del léxico necesario (que también), sino porque la lectura requiere un tempus lento y pausado, un recorrido discursivo al que no están acostumbrados» Luis Peñalver AlhambraGracias a los libros accedemos al pasado, al presente y al futuro, a lo próximo y a lo lejano, a lo posible, lo real y lo imaginario. Pero también los libros obran el milagro de ensanchar nuestras vidas abriéndonos a otras vidas, otras sensibilidades y otras culturas. Cuando leemos un libro tendemos puentes con el autor , pero asimismo con la humanidad entera. Los libros nos sirven para ensoñar e imaginar otras vidas, y en este soñar despiertos compensar esa grisura y previsibilidad de la que se compone en mayor o menor medida nuestra existencia; pero también pueden convertirse en un instrumento no para evadirse de la realidad, sino para transformarla por medio de la libertad y de la acción.Irene Vallejo nos ha contado en un libro maravilloso, El infinito en un junco , la apasionante relación de la humanidad con los libros desde la antigüedad hasta nuestro días. Desde Mohyd-din ibn-Arabi, que compara el universo con un «inmenso libro», al libro de la naturaleza de Galileo escrito en lenguaje matemático; desde el Liber Vitae del Apocalipsis al Liber Mundi de los rosacruces, el libro se ha convertido en uno de nuestros grandes símbolos: como las hojas del Árbol de la Vida, los caracteres de los libros representan la totalidad de los seres. Hoy, más que nunca, el libro es, debe ser, un símbolo de la libertad. RSS de noticias de espana
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abril 26, 2026
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