Duele. Claro que duele. La selección mexicana elevó sus expectativas hasta Marte porque sus futbolistas habían demostrado que podían estar a la altura de las exigencias de volver a ser anfitriones de un Mundial, de lograr algo nunca antes visto. Lograron un pleno de cuatro victorias consecutivas sin recibir gol, con un estilo definido. Le pelearon a Inglaterra, plagada de estrellas, y no dejaron de luchar. Esa insistencia hasta el último marca la diferencia con el resto de Copas del Mundo después de 1986.
A diferencia de otros Mundiales, ahora la Federación Mexicana de Fútbol tiene un plan con jugadores promisorios y Rafa Márquez como entrenador
Duele. Claro que duele. La selección mexicana elevó sus expectativas hasta Marte porque sus futbolistas habían demostrado que podían estar a la altura de las exigencias de volver a ser anfitriones de un Mundial, de lograr algo nunca antes visto. Lograron un pleno de cuatro victorias consecutivas sin recibir gol, con un estilo definido. Le pelearon a Inglaterra, plagada de estrellas, y no dejaron de luchar. Esa insistencia hasta el último marca la diferencia con el resto de Copas del Mundo después de 1986.
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