Se han cumplido los 50 años de la primera transmisión en catalán de un partido de fútbol del Barça tras la dictadura. Joaquim Maria Puyal ha sido el gran ídolo de mi vida. No me hacen falta las efemérides para pensar en él pero siempre que lo miro a través de las exaltaciones de los demás lo siento algo ajeno a mi Puyal íntimo, al que yo adoro, y me vuelvo hacia mis adentros a mirarlo de nuevo.Hay algo que admito que puede parecer extraño, y es que a pesar de que yo, como casi todos, descubrí a Puyal a través de las transmisiones de los partidos del Barça, me siento contrariado cuando me doy cuenta de que su figura se exalta a través de lo futbolístico. Para mí Puyal no fue un canalizador del Barça, o un aumentador de la pasión por mi equipo, sino un sustitutivo. A través del Barça llegué a Puyal y a través de Puyal, llegué a configurar mi vida tal como es hoy. Escucharlo era aprender, crecer, poder participar luego en conversaciones adultas con un vocabulario inesperado en un niño y gozar de un prestigio prematuro, muy mío y muy suyo, y él era mi equipo y mi escudo.Para mí Puyal es el que cuando hay huelgas sindicalistas retransmite él sólo el partido, sin colaboradores, sin música; o el que pasados muchos años me llevó a casa de sus padres, con la tienda en la planta inferior, y me mostró el agujero del techo por el que su madre llamaba a su marido desde el piso de arriba para que subiera a almorzar. Éste es mi Puyal. El de la parka blanca con el cuello de pana marrón. El que te puede llevar tres horas caminando por Collserola, como en busca de algo, y parar de repente en una explanada o en una fuente y explicarte a través de un arbusto o un árbol el significado de una palabra, o una escena que solía tener lugar en aquel paraje a finales de los años sesenta. Éste es mi Puyal, el que dice que lo peor que nos puede pasar es que hagamos las cosas sin ningún criterio.Mi Puyal es el que cuida de sus colaboradores si están enfermos o desvalidos, el que se preocupa de tu vida como si fuera la suya. Por supuesto Puyal público del “Urruti t’estimo” también me pertenece, pero el mío es el que trató con especial cariño a Andoni Zubizarreta, porque con su narración mítica del penalti parado que dio la primera Liga en once años al Barça, engrandeció el mito de un portero ya de por sí muy querido, y en parte por ello Zubi fue recibido con frialdad cuando llegó al Camp Nou.Que sus transmisiones fueran en catalán o de los partidos del Barça resultó sin duda muy importante para muchos, sin embargo a mí lo que me importaba era su carácter, su ambición, el cuidado con que hacía su trabajo, la precisión lingüística; y sobre todo, cómo ha tenido siempre la valentía y la dignidad de defender un espacio para vivir su vida exactamente como la ha querido vivir. El fútbol ha estado siempre, pero siempre de fondo, y aunque ni puedo ni quiero negar que las transmisiones han sido su gran obra visible, tangible, obvia, el Puyal que yo he vivido, que yo he sentido, que a mí me ha hecho tal y como soy, es el Puyal tozudo, resistente, orgulloso, cortante a veces, que hay detrás del Puyal público.Incluso antes de conocerlo, lo que me atraía de él era su modo tan desacomplejado de ser diferente, de usar palabras -y por lo tanto significados- nuevos. Nunca ha intentado hacer promedio con los demás, y su medida no ha sido otra que su conciencia cívica y su autoexigencia personal. Cuando empezó a ser una estrella -y Puyal fue una superestrella, con programas en TV3 de un share de más del 90%- puso un especial empeño en preservar su intimidad. Me parece muy bien que se celebren los 50 años de su primera transmisión, pero a mí me gusta más celebrar que nunca ha tenido móvil porque prefiere encontrar a quien quiere y cuando quiere, y no al revés. Por el alto valor que concede a los encuentros personales, nunca cometería la vulgaridad de interrumpirlos por una llamada impertinente. Me gusta que se cumplan los 50 años de aquel partido contra Las Palmas, pero me gusta mucho más que durante este mismo tiempo nunca se haya conocido ningún detalle de su vida sentimental. Y en una Cataluña chafardera, pueblerina, que cuando no tiene información inventa los rumores más malintencionados, esto me parece de una clase que trasciende lo anecdótico y perfila al Puyal obstinado y libre al que tanto quiero y que tanto me ha enseñado a vivir.Su creatividad con el catalán, y su delicadeza, me han interesado mucho más que las banderas al respecto, que de todos modos él se ha guardado siempre de agitar; en cambio, algunos de los que se reivindican sus discípulos, al no poder igualar su talento -ni siquiera intuir dónde estaba en realidad- lo han intentado copiar a través de una adhesión a la causa política del catalanismo, tal como los poetas desprovistos de la Gracia recurren a la poesía social.Puyal, mi Puyal, es el que ha vivido siempre en la idea de que la vida es su deber y no se ha quejado nunca. Mi Puyal siempre ha sido rentable para las empresas para las que ha trabajado, y para sus patrocinadores, y para sus anunciantes. Formó a los periodistas más relevantes que ha dado Cataluña en los últimos años, y en no pocas ocasiones lo hizo desafiando a los directivos de la empresa, que le discutían la temeridad de rodearse siempre de colaboradores tan jóvenes e inexpertos. El público le reconoció siempre el trabajo bien hecho y en todo lo que hizo fue líder de audiencia: en la radio y en la televisión, en las transmisiones del Barça y en los programas de debate o entrevistas. En todos ellos, el catalán no fue sólo un vehículo o un complemento, sino un elemento de especial cuidado y reflexión. Hay algo especialmente significativo, o que a mí me lo parece, en la reivindicación de mi Puyal ídolo, íntimo, y es que mientras que muchos periodistas de TV3 y Catalunya Ràdio se quejaban de las correcciones que les hacían llegar los lingüistas de la casa, y justificaban su pobre registro idiomático con el trágico argumento de hablar «como se habla en la calle», Puyal pagó de su bolsillo al editor de todos y cada uno de sus programas, Jordi Mir, y juntos contribuyeron a divulgar un catalán normativo, precioso, y desplegado para explicar el mundo entero.Las instituciones, en cambio, reconocieron poco o nada al verdadero Puyal. Al Puyal público le rindieron considerables homenajes y elogios, para mí tan vacíos y estériles como algunos de los periodistas que haciéndose pasar por sus discípulos se han convertido en su lacerante parodia. En cambio al Puyal verdadero, al Puyal letal y que ambicionaba algo que sólo él entendía, le negaron los medios para construir una radio privada en catalán que fuera una superación de la broma fácil en que consiste buena parte del actual y naufragante panorama mediático en catalán.España tampoco ha sido agradecida y una vez más ha demostrado un total desinterés y desprecio a las formas no castellanas de expresar nuestro valor y nuestra riqueza. Si la mejor Cataluña que Joaquim Maria Puyal encarna, en ninguna de sus facetas, ha merecido ningún premio o reconocimiento a la altura de su importancia por parte de un Estado que nunca ha incorporado a Puyal al relato de sus grandes periodistas; si Puyal no ha sido en este sentido objeto de ninguna demostración de respeto o de afecto, es casi inevitable que afloren los peores en su zafiedad, que cunda el funesto sentimiento de agravio aunque precisamente quienes lo esgrimen no tengan ninguna razón ni talento para hacerlo.En el 50 aniversario de su primera transmisión confieso que me he sentido algo forzado a escribir este artículo y si lo he hecho ha sido más por no dejarlo de hacer que porque realmente me saliera de dentro. La razón no es ninguna desafección o distanciamiento sino todo lo contrario: llevo a Puyal tan conmigo a todas partes, y tan diariamente, y tengo tan incorporadas sus enseñanzas, que se me hace extraño verlo desde fuera cuando otros lo recuerdan en las fechas señaladas, y ningún recuerdo me parece más importante de consignar que el presente continuo en que lo siento y lo venero. Se han cumplido los 50 años de la primera transmisión en catalán de un partido de fútbol del Barça tras la dictadura. Joaquim Maria Puyal ha sido el gran ídolo de mi vida. No me hacen falta las efemérides para pensar en él pero siempre que lo miro a través de las exaltaciones de los demás lo siento algo ajeno a mi Puyal íntimo, al que yo adoro, y me vuelvo hacia mis adentros a mirarlo de nuevo.Hay algo que admito que puede parecer extraño, y es que a pesar de que yo, como casi todos, descubrí a Puyal a través de las transmisiones de los partidos del Barça, me siento contrariado cuando me doy cuenta de que su figura se exalta a través de lo futbolístico. Para mí Puyal no fue un canalizador del Barça, o un aumentador de la pasión por mi equipo, sino un sustitutivo. A través del Barça llegué a Puyal y a través de Puyal, llegué a configurar mi vida tal como es hoy. Escucharlo era aprender, crecer, poder participar luego en conversaciones adultas con un vocabulario inesperado en un niño y gozar de un prestigio prematuro, muy mío y muy suyo, y él era mi equipo y mi escudo.Para mí Puyal es el que cuando hay huelgas sindicalistas retransmite él sólo el partido, sin colaboradores, sin música; o el que pasados muchos años me llevó a casa de sus padres, con la tienda en la planta inferior, y me mostró el agujero del techo por el que su madre llamaba a su marido desde el piso de arriba para que subiera a almorzar. Éste es mi Puyal. El de la parka blanca con el cuello de pana marrón. El que te puede llevar tres horas caminando por Collserola, como en busca de algo, y parar de repente en una explanada o en una fuente y explicarte a través de un arbusto o un árbol el significado de una palabra, o una escena que solía tener lugar en aquel paraje a finales de los años sesenta. Éste es mi Puyal, el que dice que lo peor que nos puede pasar es que hagamos las cosas sin ningún criterio.Mi Puyal es el que cuida de sus colaboradores si están enfermos o desvalidos, el que se preocupa de tu vida como si fuera la suya. Por supuesto Puyal público del “Urruti t’estimo” también me pertenece, pero el mío es el que trató con especial cariño a Andoni Zubizarreta, porque con su narración mítica del penalti parado que dio la primera Liga en once años al Barça, engrandeció el mito de un portero ya de por sí muy querido, y en parte por ello Zubi fue recibido con frialdad cuando llegó al Camp Nou.Que sus transmisiones fueran en catalán o de los partidos del Barça resultó sin duda muy importante para muchos, sin embargo a mí lo que me importaba era su carácter, su ambición, el cuidado con que hacía su trabajo, la precisión lingüística; y sobre todo, cómo ha tenido siempre la valentía y la dignidad de defender un espacio para vivir su vida exactamente como la ha querido vivir. El fútbol ha estado siempre, pero siempre de fondo, y aunque ni puedo ni quiero negar que las transmisiones han sido su gran obra visible, tangible, obvia, el Puyal que yo he vivido, que yo he sentido, que a mí me ha hecho tal y como soy, es el Puyal tozudo, resistente, orgulloso, cortante a veces, que hay detrás del Puyal público.Incluso antes de conocerlo, lo que me atraía de él era su modo tan desacomplejado de ser diferente, de usar palabras -y por lo tanto significados- nuevos. Nunca ha intentado hacer promedio con los demás, y su medida no ha sido otra que su conciencia cívica y su autoexigencia personal. Cuando empezó a ser una estrella -y Puyal fue una superestrella, con programas en TV3 de un share de más del 90%- puso un especial empeño en preservar su intimidad. Me parece muy bien que se celebren los 50 años de su primera transmisión, pero a mí me gusta más celebrar que nunca ha tenido móvil porque prefiere encontrar a quien quiere y cuando quiere, y no al revés. Por el alto valor que concede a los encuentros personales, nunca cometería la vulgaridad de interrumpirlos por una llamada impertinente. Me gusta que se cumplan los 50 años de aquel partido contra Las Palmas, pero me gusta mucho más que durante este mismo tiempo nunca se haya conocido ningún detalle de su vida sentimental. Y en una Cataluña chafardera, pueblerina, que cuando no tiene información inventa los rumores más malintencionados, esto me parece de una clase que trasciende lo anecdótico y perfila al Puyal obstinado y libre al que tanto quiero y que tanto me ha enseñado a vivir.Su creatividad con el catalán, y su delicadeza, me han interesado mucho más que las banderas al respecto, que de todos modos él se ha guardado siempre de agitar; en cambio, algunos de los que se reivindican sus discípulos, al no poder igualar su talento -ni siquiera intuir dónde estaba en realidad- lo han intentado copiar a través de una adhesión a la causa política del catalanismo, tal como los poetas desprovistos de la Gracia recurren a la poesía social.Puyal, mi Puyal, es el que ha vivido siempre en la idea de que la vida es su deber y no se ha quejado nunca. Mi Puyal siempre ha sido rentable para las empresas para las que ha trabajado, y para sus patrocinadores, y para sus anunciantes. Formó a los periodistas más relevantes que ha dado Cataluña en los últimos años, y en no pocas ocasiones lo hizo desafiando a los directivos de la empresa, que le discutían la temeridad de rodearse siempre de colaboradores tan jóvenes e inexpertos. El público le reconoció siempre el trabajo bien hecho y en todo lo que hizo fue líder de audiencia: en la radio y en la televisión, en las transmisiones del Barça y en los programas de debate o entrevistas. En todos ellos, el catalán no fue sólo un vehículo o un complemento, sino un elemento de especial cuidado y reflexión. Hay algo especialmente significativo, o que a mí me lo parece, en la reivindicación de mi Puyal ídolo, íntimo, y es que mientras que muchos periodistas de TV3 y Catalunya Ràdio se quejaban de las correcciones que les hacían llegar los lingüistas de la casa, y justificaban su pobre registro idiomático con el trágico argumento de hablar «como se habla en la calle», Puyal pagó de su bolsillo al editor de todos y cada uno de sus programas, Jordi Mir, y juntos contribuyeron a divulgar un catalán normativo, precioso, y desplegado para explicar el mundo entero.Las instituciones, en cambio, reconocieron poco o nada al verdadero Puyal. Al Puyal público le rindieron considerables homenajes y elogios, para mí tan vacíos y estériles como algunos de los periodistas que haciéndose pasar por sus discípulos se han convertido en su lacerante parodia. En cambio al Puyal verdadero, al Puyal letal y que ambicionaba algo que sólo él entendía, le negaron los medios para construir una radio privada en catalán que fuera una superación de la broma fácil en que consiste buena parte del actual y naufragante panorama mediático en catalán.España tampoco ha sido agradecida y una vez más ha demostrado un total desinterés y desprecio a las formas no castellanas de expresar nuestro valor y nuestra riqueza. Si la mejor Cataluña que Joaquim Maria Puyal encarna, en ninguna de sus facetas, ha merecido ningún premio o reconocimiento a la altura de su importancia por parte de un Estado que nunca ha incorporado a Puyal al relato de sus grandes periodistas; si Puyal no ha sido en este sentido objeto de ninguna demostración de respeto o de afecto, es casi inevitable que afloren los peores en su zafiedad, que cunda el funesto sentimiento de agravio aunque precisamente quienes lo esgrimen no tengan ninguna razón ni talento para hacerlo.En el 50 aniversario de su primera transmisión confieso que me he sentido algo forzado a escribir este artículo y si lo he hecho ha sido más por no dejarlo de hacer que porque realmente me saliera de dentro. La razón no es ninguna desafección o distanciamiento sino todo lo contrario: llevo a Puyal tan conmigo a todas partes, y tan diariamente, y tengo tan incorporadas sus enseñanzas, que se me hace extraño verlo desde fuera cuando otros lo recuerdan en las fechas señaladas, y ningún recuerdo me parece más importante de consignar que el presente continuo en que lo siento y lo venero. Se han cumplido los 50 años de la primera transmisión en catalán de un partido de fútbol del Barça tras la dictadura. Joaquim Maria Puyal ha sido el gran ídolo de mi vida. No me hacen falta las efemérides para pensar en él pero siempre que lo miro a través de las exaltaciones de los demás lo siento algo ajeno a mi Puyal íntimo, al que yo adoro, y me vuelvo hacia mis adentros a mirarlo de nuevo.Hay algo que admito que puede parecer extraño, y es que a pesar de que yo, como casi todos, descubrí a Puyal a través de las transmisiones de los partidos del Barça, me siento contrariado cuando me doy cuenta de que su figura se exalta a través de lo futbolístico. Para mí Puyal no fue un canalizador del Barça, o un aumentador de la pasión por mi equipo, sino un sustitutivo. A través del Barça llegué a Puyal y a través de Puyal, llegué a configurar mi vida tal como es hoy. Escucharlo era aprender, crecer, poder participar luego en conversaciones adultas con un vocabulario inesperado en un niño y gozar de un prestigio prematuro, muy mío y muy suyo, y él era mi equipo y mi escudo.Para mí Puyal es el que cuando hay huelgas sindicalistas retransmite él sólo el partido, sin colaboradores, sin música; o el que pasados muchos años me llevó a casa de sus padres, con la tienda en la planta inferior, y me mostró el agujero del techo por el que su madre llamaba a su marido desde el piso de arriba para que subiera a almorzar. Éste es mi Puyal. El de la parka blanca con el cuello de pana marrón. El que te puede llevar tres horas caminando por Collserola, como en busca de algo, y parar de repente en una explanada o en una fuente y explicarte a través de un arbusto o un árbol el significado de una palabra, o una escena que solía tener lugar en aquel paraje a finales de los años sesenta. Éste es mi Puyal, el que dice que lo peor que nos puede pasar es que hagamos las cosas sin ningún criterio.Mi Puyal es el que cuida de sus colaboradores si están enfermos o desvalidos, el que se preocupa de tu vida como si fuera la suya. Por supuesto Puyal público del “Urruti t’estimo” también me pertenece, pero el mío es el que trató con especial cariño a Andoni Zubizarreta, porque con su narración mítica del penalti parado que dio la primera Liga en once años al Barça, engrandeció el mito de un portero ya de por sí muy querido, y en parte por ello Zubi fue recibido con frialdad cuando llegó al Camp Nou.Que sus transmisiones fueran en catalán o de los partidos del Barça resultó sin duda muy importante para muchos, sin embargo a mí lo que me importaba era su carácter, su ambición, el cuidado con que hacía su trabajo, la precisión lingüística; y sobre todo, cómo ha tenido siempre la valentía y la dignidad de defender un espacio para vivir su vida exactamente como la ha querido vivir. El fútbol ha estado siempre, pero siempre de fondo, y aunque ni puedo ni quiero negar que las transmisiones han sido su gran obra visible, tangible, obvia, el Puyal que yo he vivido, que yo he sentido, que a mí me ha hecho tal y como soy, es el Puyal tozudo, resistente, orgulloso, cortante a veces, que hay detrás del Puyal público.Incluso antes de conocerlo, lo que me atraía de él era su modo tan desacomplejado de ser diferente, de usar palabras -y por lo tanto significados- nuevos. Nunca ha intentado hacer promedio con los demás, y su medida no ha sido otra que su conciencia cívica y su autoexigencia personal. Cuando empezó a ser una estrella -y Puyal fue una superestrella, con programas en TV3 de un share de más del 90%- puso un especial empeño en preservar su intimidad. Me parece muy bien que se celebren los 50 años de su primera transmisión, pero a mí me gusta más celebrar que nunca ha tenido móvil porque prefiere encontrar a quien quiere y cuando quiere, y no al revés. Por el alto valor que concede a los encuentros personales, nunca cometería la vulgaridad de interrumpirlos por una llamada impertinente. Me gusta que se cumplan los 50 años de aquel partido contra Las Palmas, pero me gusta mucho más que durante este mismo tiempo nunca se haya conocido ningún detalle de su vida sentimental. Y en una Cataluña chafardera, pueblerina, que cuando no tiene información inventa los rumores más malintencionados, esto me parece de una clase que trasciende lo anecdótico y perfila al Puyal obstinado y libre al que tanto quiero y que tanto me ha enseñado a vivir.Su creatividad con el catalán, y su delicadeza, me han interesado mucho más que las banderas al respecto, que de todos modos él se ha guardado siempre de agitar; en cambio, algunos de los que se reivindican sus discípulos, al no poder igualar su talento -ni siquiera intuir dónde estaba en realidad- lo han intentado copiar a través de una adhesión a la causa política del catalanismo, tal como los poetas desprovistos de la Gracia recurren a la poesía social.Puyal, mi Puyal, es el que ha vivido siempre en la idea de que la vida es su deber y no se ha quejado nunca. Mi Puyal siempre ha sido rentable para las empresas para las que ha trabajado, y para sus patrocinadores, y para sus anunciantes. Formó a los periodistas más relevantes que ha dado Cataluña en los últimos años, y en no pocas ocasiones lo hizo desafiando a los directivos de la empresa, que le discutían la temeridad de rodearse siempre de colaboradores tan jóvenes e inexpertos. El público le reconoció siempre el trabajo bien hecho y en todo lo que hizo fue líder de audiencia: en la radio y en la televisión, en las transmisiones del Barça y en los programas de debate o entrevistas. En todos ellos, el catalán no fue sólo un vehículo o un complemento, sino un elemento de especial cuidado y reflexión. Hay algo especialmente significativo, o que a mí me lo parece, en la reivindicación de mi Puyal ídolo, íntimo, y es que mientras que muchos periodistas de TV3 y Catalunya Ràdio se quejaban de las correcciones que les hacían llegar los lingüistas de la casa, y justificaban su pobre registro idiomático con el trágico argumento de hablar «como se habla en la calle», Puyal pagó de su bolsillo al editor de todos y cada uno de sus programas, Jordi Mir, y juntos contribuyeron a divulgar un catalán normativo, precioso, y desplegado para explicar el mundo entero.Las instituciones, en cambio, reconocieron poco o nada al verdadero Puyal. Al Puyal público le rindieron considerables homenajes y elogios, para mí tan vacíos y estériles como algunos de los periodistas que haciéndose pasar por sus discípulos se han convertido en su lacerante parodia. En cambio al Puyal verdadero, al Puyal letal y que ambicionaba algo que sólo él entendía, le negaron los medios para construir una radio privada en catalán que fuera una superación de la broma fácil en que consiste buena parte del actual y naufragante panorama mediático en catalán.España tampoco ha sido agradecida y una vez más ha demostrado un total desinterés y desprecio a las formas no castellanas de expresar nuestro valor y nuestra riqueza. Si la mejor Cataluña que Joaquim Maria Puyal encarna, en ninguna de sus facetas, ha merecido ningún premio o reconocimiento a la altura de su importancia por parte de un Estado que nunca ha incorporado a Puyal al relato de sus grandes periodistas; si Puyal no ha sido en este sentido objeto de ninguna demostración de respeto o de afecto, es casi inevitable que afloren los peores en su zafiedad, que cunda el funesto sentimiento de agravio aunque precisamente quienes lo esgrimen no tengan ninguna razón ni talento para hacerlo.En el 50 aniversario de su primera transmisión confieso que me he sentido algo forzado a escribir este artículo y si lo he hecho ha sido más por no dejarlo de hacer que porque realmente me saliera de dentro. La razón no es ninguna desafección o distanciamiento sino todo lo contrario: llevo a Puyal tan conmigo a todas partes, y tan diariamente, y tengo tan incorporadas sus enseñanzas, que se me hace extraño verlo desde fuera cuando otros lo recuerdan en las fechas señaladas, y ningún recuerdo me parece más importante de consignar que el presente continuo en que lo siento y lo venero. RSS de noticias de espana
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