El cine nació con Robin Hood. La primera adaptación con maneras de clásico la rodó en 1922 Allan Dwan con un Douglas Fairbanks en leotardos que ni el propio Errol Flynn pudo superar una década más tarde. Y desde entonces, un centenar largo de revisiones, relecturas, copias, versiones y hasta disparates han completado la leyenda de una leyenda más grande que la propia vida y que, en efecto, cualquier otra leyenda. La última de ellas, La muerte de Robin Hood, la firma Michael Sarnoski y la protagoniza un Hugh Jackman agonizante y, admitámoslo, exageradamente cruel. De repente, la historia tantas veces repetida del buen ladrón adquiere el gesto turbio de un criminal acosado por sus fechorías y, otra vez, su propia leyenda.
El director desmonta de la mano de Hugh Jackman explora el poder de las narrativas para desmontar el mito del buen ladrón en una nueva versión del héroe de los bosques de Sherwood
El cine nació con Robin Hood. La primera adaptación con maneras de clásico la rodó en 1922 Allan Dwan con un Douglas Fairbanks en leotardos que ni el propio Errol Flynn pudo superar una década más tarde. Y desde entonces, un centenar largo de revisiones, relecturas, copias, versiones y hasta disparates han completado la leyenda de una leyenda más grande que la propia vida y que, en efecto, cualquier otra leyenda. La última de ellas, La muerte de Robin Hood, la firma Michael Sarnoski y la protagoniza un Hugh Jackman agonizante y, admitámoslo, exageradamente cruel. De repente, la historia tantas veces repetida del buen ladrón adquiere el gesto turbio de un criminal acosado por sus fechorías y, otra vez, su propia leyenda.
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