La Corrida de Candiles ha llegado para quedarse en Marbella. La plaza registró un cartel de «No hay localidades» en una noche de gran ambiente que volvió a confirmar el atractivo de una cita llamada a consolidarse entre los grandes acontecimientos del verano taurino. Se lidiaron toros de Cayetano Muñoz, bien presentados y de correcta presencia, aunque de juego desigual. En líneas generales, fue un encierro falto de transmisión, circunstancia que obligó a los toreros a poner prácticamente todo de su parte para construir las faenas. Tras el paseíllo, con la plaza a oscuras, iluminada únicamente por la luz de los candiles y un foco desde el palco presidencial, se rindió un emotivo homenaje al recordado Manolo González, cuyo hijo recogió el reconocimiento entre una cerrada ovación.Morante de la Puebla, vestido de catafalco y azabache cristalizado, abrió la función con un recibo a la verónica de enorme belleza, rematado con una airosa revolera. Durante el primer tercio, Ángel Rivas cayó del caballo en el encuentro con el toro, mientras que en el quite el sevillano emocionó con unas tafalleras en las que estuvo a punto de ser prendido antes de dejar una magnífica media verónica. Inició la faena con un toreo a dos manos, estirando la embestida por abajo con enorme suavidad. Toreó muy despacio, con un temple exquisito y una efigie vertical que encontró sus momentos de mayor hondura al natural. El toro, sin embargo, evidenció escaso fondo y transmisión, por lo que el cigarrero tuvo que sostener por sí solo toda la emoción de la obra. Una estocada baja le valió la primera oreja de la noche, no sin que antes el toro alcanzara al banderillero Juan José Domínguez en la briega tras la suerte suprema, afortunadamente sin consecuencias.Lo mejor del maestro llegó en el cuarto. El toro derribó al caballo de Germán González y pronto confirmó que sería un ejemplar sin entrega ni alma. Todo invitaba a abreviar. Morante, sin embargo, decidió inventarse una faena donde parecía imposible. Con la espada de matar en la mano desde el inicio, obligó a embestir a un toro que no decía nada gracias a un temple descomunal y a una capacidad creadora reservada a muy pocos. Toreó de frente, con los pies juntos, gobernando los tiempos y arrancándole muletazo a muletazo todo lo que llevaba dentro. Fue una auténtica demostración de magisterio. La estocada, trasera y baja, dio paso a una oreja que supo a poco para una faena de genio despedida entre los gritos de «¡torero, torero!».José María Manzanares dejó una de las actuaciones de mayor poso de la noche. Recibió al segundo con un bonito saludo a la verónica y construyó una labor basada en la inteligencia, administrando las embestidas de un toro noble al que fue cuidando y llevando siempre muy cosido a la muleta. Sobre la diestra dejó series de gran suavidad, mientras que al natural llegaron los pasajes de mayor profundidad, con un precioso muletazo en círculo y largos pases de pecho. En el tramo final apretó por el pitón derecho y terminó sacando todo el fondo del animal. Mató de una estocada tendida, necesitó un descabello y paseó las dos orejas.El quinto volvió a poner a prueba su oficio. Tras sufrir el toro una voltereta en el recibo de capote, se encontró el alicantino otro toro de escasa transmisión, al que fue haciendo poco a poco gracias a una técnica depurada y mucha paciencia. Consiguió exprimir al máximo sus limitadas condiciones, destacando especialmente una serie al natural. La espada, sin embargo, le privó de un triunfo mayor. Intentó recibir al toro, pero tuvo que tirarse al volapié dejando una estocada que hizo guardia. Al retirar la espada, el toro volteó al subalterno Juan José Trujillo, afortunadamente sin consecuencias. Después llegaron un pinchazo y otro agarrado, un aviso y el descabello al primer intento. La gran revelación de la noche volvió a llevar el nombre de Aarón Palacio. El joven maño revolucionó el tendido desde el recibo de su primero con afarolados de rodillas, acompasadas verónicas y un brillante quite por chicuelinas rematado con una gran media verónica y revolera. Brindó al público una faena de entrega, gusto y personalidad frente a un toro que terminó rajándose. Si el toro dijo poco, el torero dijo mucho. Cortó dos orejas tras una actuación madura, muy por encima de la condición del animal.Marbella. Corrida de Candiles Viernes, 7 de agosto de 2026. Corrida de Candiles. Lleno de «No hay localidades». Toros de Cayetano Muñoz, bien presentados y de juego desigual, en conjunto faltos de transmisión, aunque algunos sacaron fondo. Morante de la Puebla, de catafalco y azabache cristalizado: estocada baja (oreja); estocada trasera y baja (oreja). José María Manzanares, de gris plomo y azabache: estocada tendida y ligeramente trasera, descabello (dos orejas); estocada que hizo guardia, pinchazo, pinchazo hondo, y descabello (silencio tras aviso). Aarón Palacio, de azul noche y oro: pinchazo y estocada contraria (dos orejas); pinchazo y estocada casi entera (oreja). Incidencias: Se rindió homenaje al recordado Manolo González, cuyo hijo recogió el reconocimiento. Juan Sierra saludó una ovación tras desmonterarse en el tercer toro de la tarde. Los tres matadores salieron a hombros.En el sexto volvió a dejar patente el excelente momento que atraviesa. Recibió al toro con unas ajustadas tijerillas con las rodillas flexionadas antes de continuar a la verónica y brindó la faena a Morante de la Puebla. Muy despacio, con inteligencia y capacidad, fue sacando el fondo de otro ejemplar deslucido, conduciéndolo con acierto por ambos pitones y dejando una notable serie de naturales muy encajados. En el tramo final se arrimó para poner la emoción que al toro le faltaba, aunque sí sacó fondo, y remató la labor con un ayudado por alto de gran expresión. Pinchó antes de dejar una estocada casi entera y paseó una oreja que le convirtió en el triunfador numérico de la Corrida de Candiles, compartiendo la salida a hombros con Morante y Manzanares en una noche que confirmó que Palacio ha llegado a estos carteles para quedarse. La Corrida de Candiles ha llegado para quedarse en Marbella. La plaza registró un cartel de «No hay localidades» en una noche de gran ambiente que volvió a confirmar el atractivo de una cita llamada a consolidarse entre los grandes acontecimientos del verano taurino. Se lidiaron toros de Cayetano Muñoz, bien presentados y de correcta presencia, aunque de juego desigual. En líneas generales, fue un encierro falto de transmisión, circunstancia que obligó a los toreros a poner prácticamente todo de su parte para construir las faenas. Tras el paseíllo, con la plaza a oscuras, iluminada únicamente por la luz de los candiles y un foco desde el palco presidencial, se rindió un emotivo homenaje al recordado Manolo González, cuyo hijo recogió el reconocimiento entre una cerrada ovación.Morante de la Puebla, vestido de catafalco y azabache cristalizado, abrió la función con un recibo a la verónica de enorme belleza, rematado con una airosa revolera. Durante el primer tercio, Ángel Rivas cayó del caballo en el encuentro con el toro, mientras que en el quite el sevillano emocionó con unas tafalleras en las que estuvo a punto de ser prendido antes de dejar una magnífica media verónica. Inició la faena con un toreo a dos manos, estirando la embestida por abajo con enorme suavidad. Toreó muy despacio, con un temple exquisito y una efigie vertical que encontró sus momentos de mayor hondura al natural. El toro, sin embargo, evidenció escaso fondo y transmisión, por lo que el cigarrero tuvo que sostener por sí solo toda la emoción de la obra. Una estocada baja le valió la primera oreja de la noche, no sin que antes el toro alcanzara al banderillero Juan José Domínguez en la briega tras la suerte suprema, afortunadamente sin consecuencias.Lo mejor del maestro llegó en el cuarto. El toro derribó al caballo de Germán González y pronto confirmó que sería un ejemplar sin entrega ni alma. Todo invitaba a abreviar. Morante, sin embargo, decidió inventarse una faena donde parecía imposible. Con la espada de matar en la mano desde el inicio, obligó a embestir a un toro que no decía nada gracias a un temple descomunal y a una capacidad creadora reservada a muy pocos. Toreó de frente, con los pies juntos, gobernando los tiempos y arrancándole muletazo a muletazo todo lo que llevaba dentro. Fue una auténtica demostración de magisterio. La estocada, trasera y baja, dio paso a una oreja que supo a poco para una faena de genio despedida entre los gritos de «¡torero, torero!».José María Manzanares dejó una de las actuaciones de mayor poso de la noche. Recibió al segundo con un bonito saludo a la verónica y construyó una labor basada en la inteligencia, administrando las embestidas de un toro noble al que fue cuidando y llevando siempre muy cosido a la muleta. Sobre la diestra dejó series de gran suavidad, mientras que al natural llegaron los pasajes de mayor profundidad, con un precioso muletazo en círculo y largos pases de pecho. En el tramo final apretó por el pitón derecho y terminó sacando todo el fondo del animal. Mató de una estocada tendida, necesitó un descabello y paseó las dos orejas.El quinto volvió a poner a prueba su oficio. Tras sufrir el toro una voltereta en el recibo de capote, se encontró el alicantino otro toro de escasa transmisión, al que fue haciendo poco a poco gracias a una técnica depurada y mucha paciencia. Consiguió exprimir al máximo sus limitadas condiciones, destacando especialmente una serie al natural. La espada, sin embargo, le privó de un triunfo mayor. Intentó recibir al toro, pero tuvo que tirarse al volapié dejando una estocada que hizo guardia. Al retirar la espada, el toro volteó al subalterno Juan José Trujillo, afortunadamente sin consecuencias. Después llegaron un pinchazo y otro agarrado, un aviso y el descabello al primer intento. La gran revelación de la noche volvió a llevar el nombre de Aarón Palacio. El joven maño revolucionó el tendido desde el recibo de su primero con afarolados de rodillas, acompasadas verónicas y un brillante quite por chicuelinas rematado con una gran media verónica y revolera. Brindó al público una faena de entrega, gusto y personalidad frente a un toro que terminó rajándose. Si el toro dijo poco, el torero dijo mucho. Cortó dos orejas tras una actuación madura, muy por encima de la condición del animal.Marbella. Corrida de Candiles Viernes, 7 de agosto de 2026. Corrida de Candiles. Lleno de «No hay localidades». Toros de Cayetano Muñoz, bien presentados y de juego desigual, en conjunto faltos de transmisión, aunque algunos sacaron fondo. Morante de la Puebla, de catafalco y azabache cristalizado: estocada baja (oreja); estocada trasera y baja (oreja). José María Manzanares, de gris plomo y azabache: estocada tendida y ligeramente trasera, descabello (dos orejas); estocada que hizo guardia, pinchazo, pinchazo hondo, y descabello (silencio tras aviso). Aarón Palacio, de azul noche y oro: pinchazo y estocada contraria (dos orejas); pinchazo y estocada casi entera (oreja). Incidencias: Se rindió homenaje al recordado Manolo González, cuyo hijo recogió el reconocimiento. Juan Sierra saludó una ovación tras desmonterarse en el tercer toro de la tarde. Los tres matadores salieron a hombros.En el sexto volvió a dejar patente el excelente momento que atraviesa. Recibió al toro con unas ajustadas tijerillas con las rodillas flexionadas antes de continuar a la verónica y brindó la faena a Morante de la Puebla. Muy despacio, con inteligencia y capacidad, fue sacando el fondo de otro ejemplar deslucido, conduciéndolo con acierto por ambos pitones y dejando una notable serie de naturales muy encajados. En el tramo final se arrimó para poner la emoción que al toro le faltaba, aunque sí sacó fondo, y remató la labor con un ayudado por alto de gran expresión. Pinchó antes de dejar una estocada casi entera y paseó una oreja que le convirtió en el triunfador numérico de la Corrida de Candiles, compartiendo la salida a hombros con Morante y Manzanares en una noche que confirmó que Palacio ha llegado a estos carteles para quedarse. La Corrida de Candiles ha llegado para quedarse en Marbella. La plaza registró un cartel de «No hay localidades» en una noche de gran ambiente que volvió a confirmar el atractivo de una cita llamada a consolidarse entre los grandes acontecimientos del verano taurino. Se lidiaron toros de Cayetano Muñoz, bien presentados y de correcta presencia, aunque de juego desigual. En líneas generales, fue un encierro falto de transmisión, circunstancia que obligó a los toreros a poner prácticamente todo de su parte para construir las faenas. Tras el paseíllo, con la plaza a oscuras, iluminada únicamente por la luz de los candiles y un foco desde el palco presidencial, se rindió un emotivo homenaje al recordado Manolo González, cuyo hijo recogió el reconocimiento entre una cerrada ovación.Morante de la Puebla, vestido de catafalco y azabache cristalizado, abrió la función con un recibo a la verónica de enorme belleza, rematado con una airosa revolera. Durante el primer tercio, Ángel Rivas cayó del caballo en el encuentro con el toro, mientras que en el quite el sevillano emocionó con unas tafalleras en las que estuvo a punto de ser prendido antes de dejar una magnífica media verónica. Inició la faena con un toreo a dos manos, estirando la embestida por abajo con enorme suavidad. Toreó muy despacio, con un temple exquisito y una efigie vertical que encontró sus momentos de mayor hondura al natural. El toro, sin embargo, evidenció escaso fondo y transmisión, por lo que el cigarrero tuvo que sostener por sí solo toda la emoción de la obra. Una estocada baja le valió la primera oreja de la noche, no sin que antes el toro alcanzara al banderillero Juan José Domínguez en la briega tras la suerte suprema, afortunadamente sin consecuencias.Lo mejor del maestro llegó en el cuarto. El toro derribó al caballo de Germán González y pronto confirmó que sería un ejemplar sin entrega ni alma. Todo invitaba a abreviar. Morante, sin embargo, decidió inventarse una faena donde parecía imposible. Con la espada de matar en la mano desde el inicio, obligó a embestir a un toro que no decía nada gracias a un temple descomunal y a una capacidad creadora reservada a muy pocos. Toreó de frente, con los pies juntos, gobernando los tiempos y arrancándole muletazo a muletazo todo lo que llevaba dentro. Fue una auténtica demostración de magisterio. La estocada, trasera y baja, dio paso a una oreja que supo a poco para una faena de genio despedida entre los gritos de «¡torero, torero!».José María Manzanares dejó una de las actuaciones de mayor poso de la noche. Recibió al segundo con un bonito saludo a la verónica y construyó una labor basada en la inteligencia, administrando las embestidas de un toro noble al que fue cuidando y llevando siempre muy cosido a la muleta. Sobre la diestra dejó series de gran suavidad, mientras que al natural llegaron los pasajes de mayor profundidad, con un precioso muletazo en círculo y largos pases de pecho. En el tramo final apretó por el pitón derecho y terminó sacando todo el fondo del animal. Mató de una estocada tendida, necesitó un descabello y paseó las dos orejas.El quinto volvió a poner a prueba su oficio. Tras sufrir el toro una voltereta en el recibo de capote, se encontró el alicantino otro toro de escasa transmisión, al que fue haciendo poco a poco gracias a una técnica depurada y mucha paciencia. Consiguió exprimir al máximo sus limitadas condiciones, destacando especialmente una serie al natural. La espada, sin embargo, le privó de un triunfo mayor. Intentó recibir al toro, pero tuvo que tirarse al volapié dejando una estocada que hizo guardia. Al retirar la espada, el toro volteó al subalterno Juan José Trujillo, afortunadamente sin consecuencias. Después llegaron un pinchazo y otro agarrado, un aviso y el descabello al primer intento. La gran revelación de la noche volvió a llevar el nombre de Aarón Palacio. El joven maño revolucionó el tendido desde el recibo de su primero con afarolados de rodillas, acompasadas verónicas y un brillante quite por chicuelinas rematado con una gran media verónica y revolera. Brindó al público una faena de entrega, gusto y personalidad frente a un toro que terminó rajándose. Si el toro dijo poco, el torero dijo mucho. Cortó dos orejas tras una actuación madura, muy por encima de la condición del animal.Marbella. Corrida de Candiles Viernes, 7 de agosto de 2026. Corrida de Candiles. Lleno de «No hay localidades». Toros de Cayetano Muñoz, bien presentados y de juego desigual, en conjunto faltos de transmisión, aunque algunos sacaron fondo. Morante de la Puebla, de catafalco y azabache cristalizado: estocada baja (oreja); estocada trasera y baja (oreja). José María Manzanares, de gris plomo y azabache: estocada tendida y ligeramente trasera, descabello (dos orejas); estocada que hizo guardia, pinchazo, pinchazo hondo, y descabello (silencio tras aviso). Aarón Palacio, de azul noche y oro: pinchazo y estocada contraria (dos orejas); pinchazo y estocada casi entera (oreja). Incidencias: Se rindió homenaje al recordado Manolo González, cuyo hijo recogió el reconocimiento. Juan Sierra saludó una ovación tras desmonterarse en el tercer toro de la tarde. Los tres matadores salieron a hombros.En el sexto volvió a dejar patente el excelente momento que atraviesa. Recibió al toro con unas ajustadas tijerillas con las rodillas flexionadas antes de continuar a la verónica y brindó la faena a Morante de la Puebla. Muy despacio, con inteligencia y capacidad, fue sacando el fondo de otro ejemplar deslucido, conduciéndolo con acierto por ambos pitones y dejando una notable serie de naturales muy encajados. En el tramo final se arrimó para poner la emoción que al toro le faltaba, aunque sí sacó fondo, y remató la labor con un ayudado por alto de gran expresión. Pinchó antes de dejar una estocada casi entera y paseó una oreja que le convirtió en el triunfador numérico de la Corrida de Candiles, compartiendo la salida a hombros con Morante y Manzanares en una noche que confirmó que Palacio ha llegado a estos carteles para quedarse. RSS de noticias de cultura
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