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Los ruegos y las súplicas de mis asistentes han caído como una lluvia de drones iraníes sobre las producciones de los programas españoles más exitosos, de mayor audiencia, a saber: el de Pablo, el de David, el de Marc, el de Aimar, el de Bertín, el de Iker, contando solo a los de la noche, pero también han incordiado de modo incesante a los programas matutinos y vespertinos, por ejemplo: el de Ana Rosa, el de Susanna, el de Sonsoles, el de Risto, el de Cristina y otros más. Nadie ha respondido, ni siquiera por piedad o compasión, salvo uno, Jenaro, un caballero, un hombre de honor, quien, al ver en mí a un perdedor masacrado por el infortunio, me ha ofrecido una entrevista que grabaríamos, si hay suerte, el segundo semestre del próximo año.La pregunta quemante es entonces la siguiente: si ningún programa nocturno, vespertino o matutino de la televisión española desea entrevistarme, ¿es porque no tiene el menor interés en lo que yo pueda decir? Sí, eso es exactamente cierto. ¿Significa entonces que me ven como un invitado deleznable, inconveniente, prescindible? Sí, eso es indudablemente cierto. ¿Será que esos programas no invitan nunca a escritores como tertulianos, porque los consideran tediosos? No, claro que invitan a muchos escritores de éxito, populares, que les dan buenos números de audiencia, como el gran Pérez-Reverte, como el notable Gómez-Jurado, pero no a mí, porque me ven como un plomo, un peso muerto, un paso en falso, una rémora.En otros tiempos más benignos sí me invitaban a ciertos programas de entrevistas en la televisión española. Hablo, claro, de hace veinte años o más, cuando yo todavía era delgado y parecía un escritor de éxito. Dragó, que en paz descanse, me hizo una entrevista preciosa, en la que hablamos de las erecciones que nos resultaban ateas, ingobernables, es decir, auténticos motines, sublevaciones, golpes de Estado, y de las pastillas azuladas que tomábamos para propiciarlas y fortificarlas, y de mis andanzas como señorito con sombrero y canalla sentimental, y solo nos liamos discutiendo un momento porque yo no alcanzaba a ver la belleza en la fiesta de los toros, cuya crueldad aún me perturba. Quintero, el loco de la colina, que en paz descanse, me entrevistó en un hermoso teatro en Sevilla y, durante sus largos, calculados silencios, me hizo llorar, recordando a mi padre, viendo en él, un artista de la palabra, al padre que hubiera querido tener. Buenafuente, un genio del humor, me entrevistó en su programa nocturno y quedé en deuda con él, pues me pareció un tipo noble, entrañable, que soñaba con triunfar en las televisiones de Nueva York y acaso no era consciente de cuánto le queríamos ya en América, por tantas risas que nos había regalado. Y hasta derrapé en las orgías vocingleras, carnavalescas de Sardá, promocionando en vano una novela, promocionándome a mí mismo, también en vano. Y la señorial Ana Rosa, una diva, una esfinge, me sentó a su mesa una mañana, me trató con un cariño que yo no merecía y me ofreció ficharme como su esporádico tertuliano bien remunerado, pero decliné porque mis amores se hallaban al otro lado del mar.Pero ahora nadie quiere perder su tiempo conmigo en la televisión española, y debo aceptarlo con humildad y resignación, como una corrosión que el paso del tiempo ejerce en los contornos de mi perfil público. Sin embargo, algo tengo que hacer para mejorar las ventas de la novela. Así las cosas, me pregunto si debo viajar a Madrid en los próximos días y presentarme un sábado por la tarde en la feria del libro del Retiro, en la caseta de mi editorial, Galaxia Gutenberg. Tengo el boleto aéreo comprado hace meses, y el hotel reservado, pero no estoy seguro de que me conviene viajar. Me explico: cada día que paso en Europa, pierdo dos días de vida en América. Duermo bien en América, duermo fatal en Europa. Soy un hombre de América, no de Europa. Mi expectativa de vida se recorta cuando estoy en Europa. Quiero decir: si voy a Madrid la próxima semana, no es que moriré esta primavera en aquella ciudad, pero, a buen seguro, moriré más pronto. Puede que entonces, ya fallecido, reducido a cenizas, mi nueva novela se venda más, y las anteriores también, y mis editores me extrañen, pero no tanto. Si expiro de un infarto en la feria del Retiro, ante el estupor de mis lectores afiebrados, y alguien graba mi caída y no tarda en subir el video de marras a todas las redes promiscuas de internet, quizás sea la mejor campaña de propaganda para vender mis libros. Tal vez esa muerte súbita, literaria, firmando ejemplares, escribiendo un nombre largo e ininteligible como la palabra «ininteligible», me ayude mucho más que una improbable entrevista en la televisión española, en el afán de vender unas novelas, las mías, que otros, ya está claro, no desean comprar. Desde ese punto de vista, que mi esposa comparte, pues piensa en el dinero que habrá de heredar cuando yo deje de respirar, sin duda me conviene viajar la próxima semana a Madrid: las fatigas inevitables de la travesía, las malas noches envenenadas por tantos sedantes de distintos colores, las filas inhumanas en los aeropuertos, las espesas flatulencias de los pasajeros que se convierten en yacimientos gasíferos sentados en los aviones, me robarían días de vida y me acercarían al estado ideal para vender la nueva novela, quiero decir, el de escritor tieso, ya fenecido, al que, de pronto, le encuentran unas virtudes que en vida le fueron escamoteadas por la crítica y por sus pares.Dejo entonces el viaje a Madrid en manos del azar. Si mis asistentes me anuncian por ventura que algún programa de la televisión española condescendió a invitarme en los próximos días, no dudaré en abordar el avión, incluso si mi colega Jenaro promete grabar la entrevista conmigo y emitirla en el segundo semestre del próximo año, cuando yo sea, por fin, un escritor exangüe y, debido a ello, elogiado por la crítica y por sus pares. Si, como es de suponer, nadie quiere entrevistarme en las televisiones privadas ni en las públicas, en los programas de alta audiencia ni en los de escaso público, pediré a mis colaboradores que, como recurso desesperado, me ofrezcan también a los espacios de entrevistas, charlas sosas, frivolidades y tés de tías que se difunden en diversas páginas de YouTube, incluso si sus anfitriones son a menudo truculentos, morbosos o cizañeros. Estoy dispuesto a hablar con ellos de literatura, de política, de fútbol, de religión, de huracanes, del amor y, en particular, de sexo anal, un tema a contramano en el que se me considera una voz sapiente, ilustrada.Si, al final, no viajo a Madrid en unos días, tampoco es que me rendiré. No desmayaré hasta que alguien me conceda un fugaz espacio en la televisión española y, de pronto, déjenme soñar, la novela se dispare en las ventas y supere a «Los genios», que llegó a vender más de cien mil ejemplares en España y América, sin contar las copias piratas. Harto de mi insistencia, y de la terquedad de mis asistentes en ofrecerme como opinante de paso, tal vez algún productor de la televisión española se rendirá y dirá: bueno, ya está, inviten a ese gordo insoportable, libidinoso, mal peinado, y que venga a hablarnos de sus libros, pero que no nos tome por gilipollas, que nos pague por la entrevista, porque dicen que su madre tiene mucha pasta y le mantiene. No sería entonces un reportaje, sino un cohecho, una entrevista cohechada, a lo que hemos llegado para triunfar como escritor. Desesperado porque mi nueva novela «Los golpistas» no está vendiéndose tan bien como mi novela anterior «Los genios», he montado una impúdica campaña de propaganda para que me inviten a un programa de la televisión española y me entrevisten, siquiera unos minutos piadosos, sobre mi nueva obra incomprendida. Los resultados han sido devastadores.Mis asistentes en España, Domingo y Luis, que son una pareja encantadora, han mortificado con llamadas, mensajes y correos a los programas más populares de entrevistas que se emiten en las cadenas privadas y públicas de la televisión española, ofreciéndome como invitado estelar, mintiendo con descaro, y con mi expreso consentimiento, sobre las supuestas virtudes que me adornan: celebridad de las televisiones americanas, niño terrible de las letras hispanoamericanas, expresidente de mi país en el exilio, agente retirado de la CIA, hombre de sospechosa fortuna y amante confundido y de buen corazón. Los ruegos y las súplicas de mis asistentes han caído como una lluvia de drones iraníes sobre las producciones de los programas españoles más exitosos, de mayor audiencia, a saber: el de Pablo, el de David, el de Marc, el de Aimar, el de Bertín, el de Iker, contando solo a los de la noche, pero también han incordiado de modo incesante a los programas matutinos y vespertinos, por ejemplo: el de Ana Rosa, el de Susanna, el de Sonsoles, el de Risto, el de Cristina y otros más. Nadie ha respondido, ni siquiera por piedad o compasión, salvo uno, Jenaro, un caballero, un hombre de honor, quien, al ver en mí a un perdedor masacrado por el infortunio, me ha ofrecido una entrevista que grabaríamos, si hay suerte, el segundo semestre del próximo año.La pregunta quemante es entonces la siguiente: si ningún programa nocturno, vespertino o matutino de la televisión española desea entrevistarme, ¿es porque no tiene el menor interés en lo que yo pueda decir? Sí, eso es exactamente cierto. ¿Significa entonces que me ven como un invitado deleznable, inconveniente, prescindible? Sí, eso es indudablemente cierto. ¿Será que esos programas no invitan nunca a escritores como tertulianos, porque los consideran tediosos? No, claro que invitan a muchos escritores de éxito, populares, que les dan buenos números de audiencia, como el gran Pérez-Reverte, como el notable Gómez-Jurado, pero no a mí, porque me ven como un plomo, un peso muerto, un paso en falso, una rémora.En otros tiempos más benignos sí me invitaban a ciertos programas de entrevistas en la televisión española. Hablo, claro, de hace veinte años o más, cuando yo todavía era delgado y parecía un escritor de éxito. Dragó, que en paz descanse, me hizo una entrevista preciosa, en la que hablamos de las erecciones que nos resultaban ateas, ingobernables, es decir, auténticos motines, sublevaciones, golpes de Estado, y de las pastillas azuladas que tomábamos para propiciarlas y fortificarlas, y de mis andanzas como señorito con sombrero y canalla sentimental, y solo nos liamos discutiendo un momento porque yo no alcanzaba a ver la belleza en la fiesta de los toros, cuya crueldad aún me perturba. Quintero, el loco de la colina, que en paz descanse, me entrevistó en un hermoso teatro en Sevilla y, durante sus largos, calculados silencios, me hizo llorar, recordando a mi padre, viendo en él, un artista de la palabra, al padre que hubiera querido tener. Buenafuente, un genio del humor, me entrevistó en su programa nocturno y quedé en deuda con él, pues me pareció un tipo noble, entrañable, que soñaba con triunfar en las televisiones de Nueva York y acaso no era consciente de cuánto le queríamos ya en América, por tantas risas que nos había regalado. Y hasta derrapé en las orgías vocingleras, carnavalescas de Sardá, promocionando en vano una novela, promocionándome a mí mismo, también en vano. Y la señorial Ana Rosa, una diva, una esfinge, me sentó a su mesa una mañana, me trató con un cariño que yo no merecía y me ofreció ficharme como su esporádico tertuliano bien remunerado, pero decliné porque mis amores se hallaban al otro lado del mar.Pero ahora nadie quiere perder su tiempo conmigo en la televisión española, y debo aceptarlo con humildad y resignación, como una corrosión que el paso del tiempo ejerce en los contornos de mi perfil público. Sin embargo, algo tengo que hacer para mejorar las ventas de la novela. Así las cosas, me pregunto si debo viajar a Madrid en los próximos días y presentarme un sábado por la tarde en la feria del libro del Retiro, en la caseta de mi editorial, Galaxia Gutenberg. Tengo el boleto aéreo comprado hace meses, y el hotel reservado, pero no estoy seguro de que me conviene viajar. Me explico: cada día que paso en Europa, pierdo dos días de vida en América. Duermo bien en América, duermo fatal en Europa. Soy un hombre de América, no de Europa. Mi expectativa de vida se recorta cuando estoy en Europa. Quiero decir: si voy a Madrid la próxima semana, no es que moriré esta primavera en aquella ciudad, pero, a buen seguro, moriré más pronto. Puede que entonces, ya fallecido, reducido a cenizas, mi nueva novela se venda más, y las anteriores también, y mis editores me extrañen, pero no tanto. Si expiro de un infarto en la feria del Retiro, ante el estupor de mis lectores afiebrados, y alguien graba mi caída y no tarda en subir el video de marras a todas las redes promiscuas de internet, quizás sea la mejor campaña de propaganda para vender mis libros. Tal vez esa muerte súbita, literaria, firmando ejemplares, escribiendo un nombre largo e ininteligible como la palabra «ininteligible», me ayude mucho más que una improbable entrevista en la televisión española, en el afán de vender unas novelas, las mías, que otros, ya está claro, no desean comprar. Desde ese punto de vista, que mi esposa comparte, pues piensa en el dinero que habrá de heredar cuando yo deje de respirar, sin duda me conviene viajar la próxima semana a Madrid: las fatigas inevitables de la travesía, las malas noches envenenadas por tantos sedantes de distintos colores, las filas inhumanas en los aeropuertos, las espesas flatulencias de los pasajeros que se convierten en yacimientos gasíferos sentados en los aviones, me robarían días de vida y me acercarían al estado ideal para vender la nueva novela, quiero decir, el de escritor tieso, ya fenecido, al que, de pronto, le encuentran unas virtudes que en vida le fueron escamoteadas por la crítica y por sus pares.Dejo entonces el viaje a Madrid en manos del azar. Si mis asistentes me anuncian por ventura que algún programa de la televisión española condescendió a invitarme en los próximos días, no dudaré en abordar el avión, incluso si mi colega Jenaro promete grabar la entrevista conmigo y emitirla en el segundo semestre del próximo año, cuando yo sea, por fin, un escritor exangüe y, debido a ello, elogiado por la crítica y por sus pares. Si, como es de suponer, nadie quiere entrevistarme en las televisiones privadas ni en las públicas, en los programas de alta audiencia ni en los de escaso público, pediré a mis colaboradores que, como recurso desesperado, me ofrezcan también a los espacios de entrevistas, charlas sosas, frivolidades y tés de tías que se difunden en diversas páginas de YouTube, incluso si sus anfitriones son a menudo truculentos, morbosos o cizañeros. Estoy dispuesto a hablar con ellos de literatura, de política, de fútbol, de religión, de huracanes, del amor y, en particular, de sexo anal, un tema a contramano en el que se me considera una voz sapiente, ilustrada.Si, al final, no viajo a Madrid en unos días, tampoco es que me rendiré. No desmayaré hasta que alguien me conceda un fugaz espacio en la televisión española y, de pronto, déjenme soñar, la novela se dispare en las ventas y supere a «Los genios», que llegó a vender más de cien mil ejemplares en España y América, sin contar las copias piratas. Harto de mi insistencia, y de la terquedad de mis asistentes en ofrecerme como opinante de paso, tal vez algún productor de la televisión española se rendirá y dirá: bueno, ya está, inviten a ese gordo insoportable, libidinoso, mal peinado, y que venga a hablarnos de sus libros, pero que no nos tome por gilipollas, que nos pague por la entrevista, porque dicen que su madre tiene mucha pasta y le mantiene. No sería entonces un reportaje, sino un cohecho, una entrevista cohechada, a lo que hemos llegado para triunfar como escritor.  Desesperado porque mi nueva novela «Los golpistas» no está vendiéndose tan bien como mi novela anterior «Los genios», he montado una impúdica campaña de propaganda para que me inviten a un programa de la televisión española y me entrevisten, siquiera unos minutos piadosos, sobre mi nueva obra incomprendida. Los resultados han sido devastadores.Mis asistentes en España, Domingo y Luis, que son una pareja encantadora, han mortificado con llamadas, mensajes y correos a los programas más populares de entrevistas que se emiten en las cadenas privadas y públicas de la televisión española, ofreciéndome como invitado estelar, mintiendo con descaro, y con mi expreso consentimiento, sobre las supuestas virtudes que me adornan: celebridad de las televisiones americanas, niño terrible de las letras hispanoamericanas, expresidente de mi país en el exilio, agente retirado de la CIA, hombre de sospechosa fortuna y amante confundido y de buen corazón. Los ruegos y las súplicas de mis asistentes han caído como una lluvia de drones iraníes sobre las producciones de los programas españoles más exitosos, de mayor audiencia, a saber: el de Pablo, el de David, el de Marc, el de Aimar, el de Bertín, el de Iker, contando solo a los de la noche, pero también han incordiado de modo incesante a los programas matutinos y vespertinos, por ejemplo: el de Ana Rosa, el de Susanna, el de Sonsoles, el de Risto, el de Cristina y otros más. Nadie ha respondido, ni siquiera por piedad o compasión, salvo uno, Jenaro, un caballero, un hombre de honor, quien, al ver en mí a un perdedor masacrado por el infortunio, me ha ofrecido una entrevista que grabaríamos, si hay suerte, el segundo semestre del próximo año.La pregunta quemante es entonces la siguiente: si ningún programa nocturno, vespertino o matutino de la televisión española desea entrevistarme, ¿es porque no tiene el menor interés en lo que yo pueda decir? Sí, eso es exactamente cierto. ¿Significa entonces que me ven como un invitado deleznable, inconveniente, prescindible? Sí, eso es indudablemente cierto. ¿Será que esos programas no invitan nunca a escritores como tertulianos, porque los consideran tediosos? No, claro que invitan a muchos escritores de éxito, populares, que les dan buenos números de audiencia, como el gran Pérez-Reverte, como el notable Gómez-Jurado, pero no a mí, porque me ven como un plomo, un peso muerto, un paso en falso, una rémora.En otros tiempos más benignos sí me invitaban a ciertos programas de entrevistas en la televisión española. Hablo, claro, de hace veinte años o más, cuando yo todavía era delgado y parecía un escritor de éxito. Dragó, que en paz descanse, me hizo una entrevista preciosa, en la que hablamos de las erecciones que nos resultaban ateas, ingobernables, es decir, auténticos motines, sublevaciones, golpes de Estado, y de las pastillas azuladas que tomábamos para propiciarlas y fortificarlas, y de mis andanzas como señorito con sombrero y canalla sentimental, y solo nos liamos discutiendo un momento porque yo no alcanzaba a ver la belleza en la fiesta de los toros, cuya crueldad aún me perturba. Quintero, el loco de la colina, que en paz descanse, me entrevistó en un hermoso teatro en Sevilla y, durante sus largos, calculados silencios, me hizo llorar, recordando a mi padre, viendo en él, un artista de la palabra, al padre que hubiera querido tener. Buenafuente, un genio del humor, me entrevistó en su programa nocturno y quedé en deuda con él, pues me pareció un tipo noble, entrañable, que soñaba con triunfar en las televisiones de Nueva York y acaso no era consciente de cuánto le queríamos ya en América, por tantas risas que nos había regalado. Y hasta derrapé en las orgías vocingleras, carnavalescas de Sardá, promocionando en vano una novela, promocionándome a mí mismo, también en vano. Y la señorial Ana Rosa, una diva, una esfinge, me sentó a su mesa una mañana, me trató con un cariño que yo no merecía y me ofreció ficharme como su esporádico tertuliano bien remunerado, pero decliné porque mis amores se hallaban al otro lado del mar.Pero ahora nadie quiere perder su tiempo conmigo en la televisión española, y debo aceptarlo con humildad y resignación, como una corrosión que el paso del tiempo ejerce en los contornos de mi perfil público. Sin embargo, algo tengo que hacer para mejorar las ventas de la novela. Así las cosas, me pregunto si debo viajar a Madrid en los próximos días y presentarme un sábado por la tarde en la feria del libro del Retiro, en la caseta de mi editorial, Galaxia Gutenberg. Tengo el boleto aéreo comprado hace meses, y el hotel reservado, pero no estoy seguro de que me conviene viajar. Me explico: cada día que paso en Europa, pierdo dos días de vida en América. Duermo bien en América, duermo fatal en Europa. Soy un hombre de América, no de Europa. Mi expectativa de vida se recorta cuando estoy en Europa. Quiero decir: si voy a Madrid la próxima semana, no es que moriré esta primavera en aquella ciudad, pero, a buen seguro, moriré más pronto. Puede que entonces, ya fallecido, reducido a cenizas, mi nueva novela se venda más, y las anteriores también, y mis editores me extrañen, pero no tanto. Si expiro de un infarto en la feria del Retiro, ante el estupor de mis lectores afiebrados, y alguien graba mi caída y no tarda en subir el video de marras a todas las redes promiscuas de internet, quizás sea la mejor campaña de propaganda para vender mis libros. Tal vez esa muerte súbita, literaria, firmando ejemplares, escribiendo un nombre largo e ininteligible como la palabra «ininteligible», me ayude mucho más que una improbable entrevista en la televisión española, en el afán de vender unas novelas, las mías, que otros, ya está claro, no desean comprar. Desde ese punto de vista, que mi esposa comparte, pues piensa en el dinero que habrá de heredar cuando yo deje de respirar, sin duda me conviene viajar la próxima semana a Madrid: las fatigas inevitables de la travesía, las malas noches envenenadas por tantos sedantes de distintos colores, las filas inhumanas en los aeropuertos, las espesas flatulencias de los pasajeros que se convierten en yacimientos gasíferos sentados en los aviones, me robarían días de vida y me acercarían al estado ideal para vender la nueva novela, quiero decir, el de escritor tieso, ya fenecido, al que, de pronto, le encuentran unas virtudes que en vida le fueron escamoteadas por la crítica y por sus pares.Dejo entonces el viaje a Madrid en manos del azar. Si mis asistentes me anuncian por ventura que algún programa de la televisión española condescendió a invitarme en los próximos días, no dudaré en abordar el avión, incluso si mi colega Jenaro promete grabar la entrevista conmigo y emitirla en el segundo semestre del próximo año, cuando yo sea, por fin, un escritor exangüe y, debido a ello, elogiado por la crítica y por sus pares. Si, como es de suponer, nadie quiere entrevistarme en las televisiones privadas ni en las públicas, en los programas de alta audiencia ni en los de escaso público, pediré a mis colaboradores que, como recurso desesperado, me ofrezcan también a los espacios de entrevistas, charlas sosas, frivolidades y tés de tías que se difunden en diversas páginas de YouTube, incluso si sus anfitriones son a menudo truculentos, morbosos o cizañeros. Estoy dispuesto a hablar con ellos de literatura, de política, de fútbol, de religión, de huracanes, del amor y, en particular, de sexo anal, un tema a contramano en el que se me considera una voz sapiente, ilustrada.Si, al final, no viajo a Madrid en unos días, tampoco es que me rendiré. No desmayaré hasta que alguien me conceda un fugaz espacio en la televisión española y, de pronto, déjenme soñar, la novela se dispare en las ventas y supere a «Los genios», que llegó a vender más de cien mil ejemplares en España y América, sin contar las copias piratas. Harto de mi insistencia, y de la terquedad de mis asistentes en ofrecerme como opinante de paso, tal vez algún productor de la televisión española se rendirá y dirá: bueno, ya está, inviten a ese gordo insoportable, libidinoso, mal peinado, y que venga a hablarnos de sus libros, pero que no nos tome por gilipollas, que nos pague por la entrevista, porque dicen que su madre tiene mucha pasta y le mantiene. 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