<p><strong>Nacho de la Serna (Madrid, 1973)</strong>, nieto del gran Victoriano de la Serna, eslabón de una cadena de toreros, «robó» un día, de muy niño, un página de la revista<i> El Ruedo</i> porque había en ella una verónica de Curro Puya. Un niño que roba un lance de Curro Puya es un niño que ya lleva el veneno del toreo dentro. Eso no pide castigo, sino premio. La Serna llegó a torear algunas novilladas picadas que él mismo considera como algo anecdótico. No es eso lo que le da autoridad, sino el conocimiento profundo de la historia del toreo. Y, además, tiene el concepto, el bueno, de la bravura y el toreo, mamado desde la infancia directamente de su padre, José Ignacio, un aficionado descomunal, torero de plata, torero a secas.</p>
El periodista y apoderado, descendiente de una dinastía de toreros, hace su debut literario con 26 autorretratos de la gloria y el fracaso, de injusticias y atropellos en el toreo, del sentimiento del artista para jugarse la vida sin darle importancia: «Este libro libro simboliza hasta dónde está dispuesto a llegar un hombre para cumplir un sueño»
<p><strong>Nacho de la Serna (Madrid, 1973)</strong>, nieto del gran Victoriano de la Serna, eslabón de una cadena de toreros, «robó» un día, de muy niño, un página de la revista<i> El Ruedo</i> porque había en ella una verónica de Curro Puya. Un niño que roba un lance de Curro Puya es un niño que ya lleva el veneno del toreo dentro. Eso no pide castigo, sino premio. La Serna llegó a torear algunas novilladas picadas que él mismo considera como algo anecdótico. No es eso lo que le da autoridad, sino el conocimiento profundo de la historia del toreo. Y, además, tiene el concepto, el bueno, de la bravura y el toreo, mamado desde la infancia directamente de su padre, José Ignacio, un aficionado descomunal, torero de plata, torero a secas.</p>
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