<p>Pensemos por un momento que el cerebro es una orquesta filarmónica con todas sus funciones jerarquizadas: las cuerdas llevan la melodía, los instrumentos de vientos acompañan, el director dirige… Esa jerarquía es vital en el cerebro ya que permite, entre otras cosas, que nuestros pensamientos no se vean interrumpidos por el ruido constante de lo que vemos y tocamos (por ejemplo, que podamos seguir leyendo y entendiendo un libro en un vagón de tren lleno de gente, a pesar del traqueteo del vagón, o en el salón de nuestra casa con el zumbido de un electrodoméstico). Pero <strong>cuando una sustancia psicodélica entra en nuestro cuerpo, el director de orquesta se toma un descanso</strong> y los músicos empiezan a improvisar. El resultado, sin embargo, no es un sonido sin sentido, sino una nueva sinfonía.</p>
El estudio más ambicioso hasta la fecha sobre estas sustancias indica que transforman la organización cerebral. Liderado por la Universidad de California, San Francisco (UCSF), la Universidad de Cambridge y el Instituto de IA Mila de Quebec, se ha publicado en ‘Nature Medicine’
<p>Pensemos por un momento que el cerebro es una orquesta filarmónica con todas sus funciones jerarquizadas: las cuerdas llevan la melodía, los instrumentos de vientos acompañan, el director dirige… Esa jerarquía es vital en el cerebro ya que permite, entre otras cosas, que nuestros pensamientos no se vean interrumpidos por el ruido constante de lo que vemos y tocamos (por ejemplo, que podamos seguir leyendo y entendiendo un libro en un vagón de tren lleno de gente, a pesar del traqueteo del vagón, o en el salón de nuestra casa con el zumbido de un electrodoméstico). Pero <strong>cuando una sustancia psicodélica entra en nuestro cuerpo, el director de orquesta se toma un descanso</strong> y los músicos empiezan a improvisar. El resultado, sin embargo, no es un sonido sin sentido, sino una nueva sinfonía.</p>
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