A principios de los noventa, Madrid comenzaba a tener una resaca de la que no despertaba del todo. Del «que todo el mundo se coloque» de Tierno Galván a la peseta de Lola Flores , había pasado de todo. El sur de la ciudad atravesaba también uno de los peores momentos de su historia reciente y entre todo ese ruido se alzó una voz que trataba de poner fin a las chutas y al suicidio de una generación perdida por la heroína. Era la de Nicanor Briceño, un tipo normal que decidió hacer cosas cuando todos los demás miraban a otro lado. Él no pertenecía a ningún partido político ni tampoco ocupaba cargo público alguno. Se trataba del conserje del colegio público Julián Besteiro, en Perales del Río, pero asumió el papel de portavoz de miles de vecinos preocupados por el deterioro del barrio de Villaverde y de Perales, hartos de ver cómo todo se iba al carajo. Mientras Lole y Manuel cantaban aquello de ‘Todo es de color’ y una generación entera se tropezaba en el pozo de la adicción, el bueno del Nica, como le decían, comenzó esa revolución silenciosa que, de puerta a puerta, terminó por reunir a miles de personas contra la muerte latente que asomaba en cada pico en los descampados. La prensa de la época llegó a bautizar a sus seguidores como «los nicanores», pues se plantó ante los realojos de poblados chabolistas y ante los señores del caballo, harto de ver a tantos jóvenes tirarse por el precipicio de la adicción. Como presidente de la asociación de vecinos de Perales del Río, Briceño comenzó a coordinar reuniones, manifestaciones y concentraciones que llegaron a reunir a un ejército de personas normales que estaban hartos de la decadencia. Su lenguaje directo y sencillo fueron sus mejores armas para convencer a sus iguales de esta lacra que arrasaba todas las familias. Aún con todo, su figura también recibió críticas de algunos colectivos y periodistas, ya que consideraban que su oposición al realojo de familias gitanas podía fomentar actitudes discriminatorias. Noticia relacionada reportaje No No GATOS QUE FUERON TIGRES Silverio Lanza, cuando tu gremio es tu firma Alfonso J. UssíaÉl se defendía alegando que no tenía nada contra la etnia sino más bien contra lo que sucedía en algunos entornos de poblados chabolistas, como el de Torregrosa o la zona de Los Focos, donde el modelo de negocio eran las micras y por las personas que se reunían entorno a una hoguera para seguir consumiendo burro mientras robaban a vecinos para conseguir las mil pelas que costaba el pico de polvo marrón. La tensión vivida durante aquellos meses del 91 y del 92 también provocó episodios de violencia. Batallas campales, pelotas de goma e intentos por cortar alguna carretera nacional fueron el escenario. Grupos vecinales comenzaron a unirse y patrullar las calles para actuar por su cuenta contra toxicómanos y delincuentes comunes, momento en el que el Nica abandonó la coordinadora vecinal porque no compartía estos métodos. Esta deriva terminó cuando el alcalde de Madrid, don José María Álvarez del Manzano recorrió junto a él las calles de Villaverde para conocer los detalles de la lucha que reclamaban.Terminó por reunir a miles de personas contra la muerte latente que asomaba en cada pico en los descampadosTras estos años, Briceño desapareció del foco mediático, pero continuó vinculado al movimiento vecinal de Perales del Río. Aunque su nombre resulte poco conocido fuera del sur de Madrid, es indudable que su esfuerzo sirvió para que la atención pública de una ciudad entera mirara hacia Villaverde. Porque su historia refleja el papel que, en determinados momentos, pueden desempeñar ciudadanos anónimos que, sin querer convertirse en figuras públicas, terminan siendo la voz de todo un barrio. A principios de los noventa, Madrid comenzaba a tener una resaca de la que no despertaba del todo. Del «que todo el mundo se coloque» de Tierno Galván a la peseta de Lola Flores , había pasado de todo. El sur de la ciudad atravesaba también uno de los peores momentos de su historia reciente y entre todo ese ruido se alzó una voz que trataba de poner fin a las chutas y al suicidio de una generación perdida por la heroína. Era la de Nicanor Briceño, un tipo normal que decidió hacer cosas cuando todos los demás miraban a otro lado. Él no pertenecía a ningún partido político ni tampoco ocupaba cargo público alguno. Se trataba del conserje del colegio público Julián Besteiro, en Perales del Río, pero asumió el papel de portavoz de miles de vecinos preocupados por el deterioro del barrio de Villaverde y de Perales, hartos de ver cómo todo se iba al carajo. Mientras Lole y Manuel cantaban aquello de ‘Todo es de color’ y una generación entera se tropezaba en el pozo de la adicción, el bueno del Nica, como le decían, comenzó esa revolución silenciosa que, de puerta a puerta, terminó por reunir a miles de personas contra la muerte latente que asomaba en cada pico en los descampados. La prensa de la época llegó a bautizar a sus seguidores como «los nicanores», pues se plantó ante los realojos de poblados chabolistas y ante los señores del caballo, harto de ver a tantos jóvenes tirarse por el precipicio de la adicción. Como presidente de la asociación de vecinos de Perales del Río, Briceño comenzó a coordinar reuniones, manifestaciones y concentraciones que llegaron a reunir a un ejército de personas normales que estaban hartos de la decadencia. Su lenguaje directo y sencillo fueron sus mejores armas para convencer a sus iguales de esta lacra que arrasaba todas las familias. Aún con todo, su figura también recibió críticas de algunos colectivos y periodistas, ya que consideraban que su oposición al realojo de familias gitanas podía fomentar actitudes discriminatorias. Noticia relacionada reportaje No No GATOS QUE FUERON TIGRES Silverio Lanza, cuando tu gremio es tu firma Alfonso J. UssíaÉl se defendía alegando que no tenía nada contra la etnia sino más bien contra lo que sucedía en algunos entornos de poblados chabolistas, como el de Torregrosa o la zona de Los Focos, donde el modelo de negocio eran las micras y por las personas que se reunían entorno a una hoguera para seguir consumiendo burro mientras robaban a vecinos para conseguir las mil pelas que costaba el pico de polvo marrón. La tensión vivida durante aquellos meses del 91 y del 92 también provocó episodios de violencia. Batallas campales, pelotas de goma e intentos por cortar alguna carretera nacional fueron el escenario. Grupos vecinales comenzaron a unirse y patrullar las calles para actuar por su cuenta contra toxicómanos y delincuentes comunes, momento en el que el Nica abandonó la coordinadora vecinal porque no compartía estos métodos. Esta deriva terminó cuando el alcalde de Madrid, don José María Álvarez del Manzano recorrió junto a él las calles de Villaverde para conocer los detalles de la lucha que reclamaban.Terminó por reunir a miles de personas contra la muerte latente que asomaba en cada pico en los descampadosTras estos años, Briceño desapareció del foco mediático, pero continuó vinculado al movimiento vecinal de Perales del Río. Aunque su nombre resulte poco conocido fuera del sur de Madrid, es indudable que su esfuerzo sirvió para que la atención pública de una ciudad entera mirara hacia Villaverde. Porque su historia refleja el papel que, en determinados momentos, pueden desempeñar ciudadanos anónimos que, sin querer convertirse en figuras públicas, terminan siendo la voz de todo un barrio. A principios de los noventa, Madrid comenzaba a tener una resaca de la que no despertaba del todo. Del «que todo el mundo se coloque» de Tierno Galván a la peseta de Lola Flores , había pasado de todo. El sur de la ciudad atravesaba también uno de los peores momentos de su historia reciente y entre todo ese ruido se alzó una voz que trataba de poner fin a las chutas y al suicidio de una generación perdida por la heroína. Era la de Nicanor Briceño, un tipo normal que decidió hacer cosas cuando todos los demás miraban a otro lado. Él no pertenecía a ningún partido político ni tampoco ocupaba cargo público alguno. Se trataba del conserje del colegio público Julián Besteiro, en Perales del Río, pero asumió el papel de portavoz de miles de vecinos preocupados por el deterioro del barrio de Villaverde y de Perales, hartos de ver cómo todo se iba al carajo. Mientras Lole y Manuel cantaban aquello de ‘Todo es de color’ y una generación entera se tropezaba en el pozo de la adicción, el bueno del Nica, como le decían, comenzó esa revolución silenciosa que, de puerta a puerta, terminó por reunir a miles de personas contra la muerte latente que asomaba en cada pico en los descampados. La prensa de la época llegó a bautizar a sus seguidores como «los nicanores», pues se plantó ante los realojos de poblados chabolistas y ante los señores del caballo, harto de ver a tantos jóvenes tirarse por el precipicio de la adicción. Como presidente de la asociación de vecinos de Perales del Río, Briceño comenzó a coordinar reuniones, manifestaciones y concentraciones que llegaron a reunir a un ejército de personas normales que estaban hartos de la decadencia. Su lenguaje directo y sencillo fueron sus mejores armas para convencer a sus iguales de esta lacra que arrasaba todas las familias. Aún con todo, su figura también recibió críticas de algunos colectivos y periodistas, ya que consideraban que su oposición al realojo de familias gitanas podía fomentar actitudes discriminatorias. Noticia relacionada reportaje No No GATOS QUE FUERON TIGRES Silverio Lanza, cuando tu gremio es tu firma Alfonso J. UssíaÉl se defendía alegando que no tenía nada contra la etnia sino más bien contra lo que sucedía en algunos entornos de poblados chabolistas, como el de Torregrosa o la zona de Los Focos, donde el modelo de negocio eran las micras y por las personas que se reunían entorno a una hoguera para seguir consumiendo burro mientras robaban a vecinos para conseguir las mil pelas que costaba el pico de polvo marrón. La tensión vivida durante aquellos meses del 91 y del 92 también provocó episodios de violencia. Batallas campales, pelotas de goma e intentos por cortar alguna carretera nacional fueron el escenario. Grupos vecinales comenzaron a unirse y patrullar las calles para actuar por su cuenta contra toxicómanos y delincuentes comunes, momento en el que el Nica abandonó la coordinadora vecinal porque no compartía estos métodos. Esta deriva terminó cuando el alcalde de Madrid, don José María Álvarez del Manzano recorrió junto a él las calles de Villaverde para conocer los detalles de la lucha que reclamaban.Terminó por reunir a miles de personas contra la muerte latente que asomaba en cada pico en los descampadosTras estos años, Briceño desapareció del foco mediático, pero continuó vinculado al movimiento vecinal de Perales del Río. Aunque su nombre resulte poco conocido fuera del sur de Madrid, es indudable que su esfuerzo sirvió para que la atención pública de una ciudad entera mirara hacia Villaverde. Porque su historia refleja el papel que, en determinados momentos, pueden desempeñar ciudadanos anónimos que, sin querer convertirse en figuras públicas, terminan siendo la voz de todo un barrio. RSS de noticias de espana
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