Atienden al nombre de Nines y Seve aunque en sus partidas de nacimiento figuran como Angelines y Severino. El viernes cruzaban la Plaza de España de Valladolid ante la mirada distraída de docenas de paisanos que esperaban en la acera a que llegara el autobús urbano. Nines avanzaba despacio ofreciendo su brazo a Seve.Sus rostros decían que los dos tenían los mismos años pero la espalda corvada del marido ofrecía señales inequívocas de un desgaste físico que su mujer sobrellevaba con otro arte, recta, tiesa como dirían algunos. Ella lucía un pelo níveo con un corte prudente que confirmaba un trato tan exquisito como alejado de tintes, cardados y permanentes. Nines, de joven, lucía media melena pero con los años había decidido acortar el largo para no parecer lo que no era. Seve llevaba la chaqueta abierta, una corbata perfecta y una camisa de un blanco sólo comparable al del cabello de su esposa. Los abrigos de los dos eran escuetos, sin pieles ni colorines, justo lo que necesitaban para no llamar la atención y dejar que su elegancia innata anunciara su paso ante el inesperado auditorio de la parada del autobús. A Nines sus nietos, a veces, le decían que parecía una señorita de Valladolid y no les faltaba razón, puede que la laca en su justa medida sea un tótem ante el que arrodillarse.Nines y Seve son elegantes, prudentes, dignos. Algunos pensarán que, por su aspecto, podrían llevar ya en el bolsillo de la chaqueta el voto preparado para las elecciones del quince de marzo. Nada más lejos de la realidad, el aspecto de Nines y de Seve es el suyo y de nadie más. Pensar lo contrario solo sería el fruto de una de esas ignorantes reflexiones que se convierten en ladrillos del despreciable muro con el que algunos nos quieren separar. La sociología del Valladolid donde Seve y Nines fueron jóvenes, demuestra que la ciudad acarrea por error el apodo de ‘Fachadolid’ pese a la socialdemocracia que siempre se mezcló en sus venas a partes casi iguales con las tinturas del antiguo régimen.Vamos, que aquí no hay ni graneros ni cotos vedados, la realidad es la que es y la radiografía de las citas electorales lo confirma sin lugar a dudas.Mientras, al paso del matrimonio, los de la parada del autobús acumulaban sobre sí abrigos acolchados de colores imposibles, colores de pelo inexplicables, botas con cordones de colores… colores, colorines imposibles que solos o mezclados sólo sirven para una temporada, unos meses, un suspiro. Nines y Seve desfilaban frente a ellos como si Rainero y Grace Kelly hubieran resucitado y se estuvieran dando un paseo antes de ir a casa a cenar un poco de fruta y un yogur. La sobriedad de su atuendo no dejaba lugar a modas pasajeras ni a colores de los de ahora porque eran los suyos, con los que se encontraban cómodos y alejados de las imposiciones de los diseñadores parisinos y de las fábricas asiáticas de textiles que comercializan las plataformas de venta ‘online’. Nines y Seve siguen comprando en su tienda de siempre aunque aquella esté a punto de cerrar por jubilación como tantas otras que cada vez que cierran nos dejan un poco huérfanos.Ni el autobús que por fin llegaba ni el halo de luz de los móviles en la cara de los de la marquesina se detuvieron al paso de los ancianos pero el mundo se hizo un poco más elegante, menos tribal, más digno. Puede que Nines y Seve hayan sido catedráticos de historia antigua o dependientes de una zapatería, poco importa.Puede que el matrimonio votara a Rodríguez Bolaños o a Javier León de la Riva porque para ellos casi cualquier cosa es posible sin renunciar a lo que son y a lo que siempre fueron. Las familias de ambos superaron la guerra y se alegraron de la Transición sin pensar en el color de sus muertos sino en que aquellos eran sus padres, sus tíos, sus hermanos y que, por fin, vivían en paz. Ellos vivieron, tuvieron hijos, soportaron tantas alegrías como sacrificios y lo hicieron sin necesidad de condenar a nadie ni de pintarse los pelos de colores que no fueran los suyos. Los de la parada del autobús no repararon en ellos pero Nines y Seve continúan paseando su elegancia sin siglas por la plaza de España de Valladolid mientras el mundo se mata por ser diferente. ¡Cuánto nos queda por aprender! Atienden al nombre de Nines y Seve aunque en sus partidas de nacimiento figuran como Angelines y Severino. El viernes cruzaban la Plaza de España de Valladolid ante la mirada distraída de docenas de paisanos que esperaban en la acera a que llegara el autobús urbano. Nines avanzaba despacio ofreciendo su brazo a Seve.Sus rostros decían que los dos tenían los mismos años pero la espalda corvada del marido ofrecía señales inequívocas de un desgaste físico que su mujer sobrellevaba con otro arte, recta, tiesa como dirían algunos. Ella lucía un pelo níveo con un corte prudente que confirmaba un trato tan exquisito como alejado de tintes, cardados y permanentes. Nines, de joven, lucía media melena pero con los años había decidido acortar el largo para no parecer lo que no era. Seve llevaba la chaqueta abierta, una corbata perfecta y una camisa de un blanco sólo comparable al del cabello de su esposa. Los abrigos de los dos eran escuetos, sin pieles ni colorines, justo lo que necesitaban para no llamar la atención y dejar que su elegancia innata anunciara su paso ante el inesperado auditorio de la parada del autobús. A Nines sus nietos, a veces, le decían que parecía una señorita de Valladolid y no les faltaba razón, puede que la laca en su justa medida sea un tótem ante el que arrodillarse.Nines y Seve son elegantes, prudentes, dignos. Algunos pensarán que, por su aspecto, podrían llevar ya en el bolsillo de la chaqueta el voto preparado para las elecciones del quince de marzo. Nada más lejos de la realidad, el aspecto de Nines y de Seve es el suyo y de nadie más. Pensar lo contrario solo sería el fruto de una de esas ignorantes reflexiones que se convierten en ladrillos del despreciable muro con el que algunos nos quieren separar. La sociología del Valladolid donde Seve y Nines fueron jóvenes, demuestra que la ciudad acarrea por error el apodo de ‘Fachadolid’ pese a la socialdemocracia que siempre se mezcló en sus venas a partes casi iguales con las tinturas del antiguo régimen.Vamos, que aquí no hay ni graneros ni cotos vedados, la realidad es la que es y la radiografía de las citas electorales lo confirma sin lugar a dudas.Mientras, al paso del matrimonio, los de la parada del autobús acumulaban sobre sí abrigos acolchados de colores imposibles, colores de pelo inexplicables, botas con cordones de colores… colores, colorines imposibles que solos o mezclados sólo sirven para una temporada, unos meses, un suspiro. Nines y Seve desfilaban frente a ellos como si Rainero y Grace Kelly hubieran resucitado y se estuvieran dando un paseo antes de ir a casa a cenar un poco de fruta y un yogur. La sobriedad de su atuendo no dejaba lugar a modas pasajeras ni a colores de los de ahora porque eran los suyos, con los que se encontraban cómodos y alejados de las imposiciones de los diseñadores parisinos y de las fábricas asiáticas de textiles que comercializan las plataformas de venta ‘online’. Nines y Seve siguen comprando en su tienda de siempre aunque aquella esté a punto de cerrar por jubilación como tantas otras que cada vez que cierran nos dejan un poco huérfanos.Ni el autobús que por fin llegaba ni el halo de luz de los móviles en la cara de los de la marquesina se detuvieron al paso de los ancianos pero el mundo se hizo un poco más elegante, menos tribal, más digno. Puede que Nines y Seve hayan sido catedráticos de historia antigua o dependientes de una zapatería, poco importa.Puede que el matrimonio votara a Rodríguez Bolaños o a Javier León de la Riva porque para ellos casi cualquier cosa es posible sin renunciar a lo que son y a lo que siempre fueron. Las familias de ambos superaron la guerra y se alegraron de la Transición sin pensar en el color de sus muertos sino en que aquellos eran sus padres, sus tíos, sus hermanos y que, por fin, vivían en paz. Ellos vivieron, tuvieron hijos, soportaron tantas alegrías como sacrificios y lo hicieron sin necesidad de condenar a nadie ni de pintarse los pelos de colores que no fueran los suyos. Los de la parada del autobús no repararon en ellos pero Nines y Seve continúan paseando su elegancia sin siglas por la plaza de España de Valladolid mientras el mundo se mata por ser diferente. ¡Cuánto nos queda por aprender! Atienden al nombre de Nines y Seve aunque en sus partidas de nacimiento figuran como Angelines y Severino. El viernes cruzaban la Plaza de España de Valladolid ante la mirada distraída de docenas de paisanos que esperaban en la acera a que llegara el autobús urbano. Nines avanzaba despacio ofreciendo su brazo a Seve.Sus rostros decían que los dos tenían los mismos años pero la espalda corvada del marido ofrecía señales inequívocas de un desgaste físico que su mujer sobrellevaba con otro arte, recta, tiesa como dirían algunos. Ella lucía un pelo níveo con un corte prudente que confirmaba un trato tan exquisito como alejado de tintes, cardados y permanentes. Nines, de joven, lucía media melena pero con los años había decidido acortar el largo para no parecer lo que no era. Seve llevaba la chaqueta abierta, una corbata perfecta y una camisa de un blanco sólo comparable al del cabello de su esposa. Los abrigos de los dos eran escuetos, sin pieles ni colorines, justo lo que necesitaban para no llamar la atención y dejar que su elegancia innata anunciara su paso ante el inesperado auditorio de la parada del autobús. A Nines sus nietos, a veces, le decían que parecía una señorita de Valladolid y no les faltaba razón, puede que la laca en su justa medida sea un tótem ante el que arrodillarse.Nines y Seve son elegantes, prudentes, dignos. Algunos pensarán que, por su aspecto, podrían llevar ya en el bolsillo de la chaqueta el voto preparado para las elecciones del quince de marzo. Nada más lejos de la realidad, el aspecto de Nines y de Seve es el suyo y de nadie más. Pensar lo contrario solo sería el fruto de una de esas ignorantes reflexiones que se convierten en ladrillos del despreciable muro con el que algunos nos quieren separar. La sociología del Valladolid donde Seve y Nines fueron jóvenes, demuestra que la ciudad acarrea por error el apodo de ‘Fachadolid’ pese a la socialdemocracia que siempre se mezcló en sus venas a partes casi iguales con las tinturas del antiguo régimen.Vamos, que aquí no hay ni graneros ni cotos vedados, la realidad es la que es y la radiografía de las citas electorales lo confirma sin lugar a dudas.Mientras, al paso del matrimonio, los de la parada del autobús acumulaban sobre sí abrigos acolchados de colores imposibles, colores de pelo inexplicables, botas con cordones de colores… colores, colorines imposibles que solos o mezclados sólo sirven para una temporada, unos meses, un suspiro. Nines y Seve desfilaban frente a ellos como si Rainero y Grace Kelly hubieran resucitado y se estuvieran dando un paseo antes de ir a casa a cenar un poco de fruta y un yogur. La sobriedad de su atuendo no dejaba lugar a modas pasajeras ni a colores de los de ahora porque eran los suyos, con los que se encontraban cómodos y alejados de las imposiciones de los diseñadores parisinos y de las fábricas asiáticas de textiles que comercializan las plataformas de venta ‘online’. Nines y Seve siguen comprando en su tienda de siempre aunque aquella esté a punto de cerrar por jubilación como tantas otras que cada vez que cierran nos dejan un poco huérfanos.Ni el autobús que por fin llegaba ni el halo de luz de los móviles en la cara de los de la marquesina se detuvieron al paso de los ancianos pero el mundo se hizo un poco más elegante, menos tribal, más digno. Puede que Nines y Seve hayan sido catedráticos de historia antigua o dependientes de una zapatería, poco importa.Puede que el matrimonio votara a Rodríguez Bolaños o a Javier León de la Riva porque para ellos casi cualquier cosa es posible sin renunciar a lo que son y a lo que siempre fueron. Las familias de ambos superaron la guerra y se alegraron de la Transición sin pensar en el color de sus muertos sino en que aquellos eran sus padres, sus tíos, sus hermanos y que, por fin, vivían en paz. Ellos vivieron, tuvieron hijos, soportaron tantas alegrías como sacrificios y lo hicieron sin necesidad de condenar a nadie ni de pintarse los pelos de colores que no fueran los suyos. Los de la parada del autobús no repararon en ellos pero Nines y Seve continúan paseando su elegancia sin siglas por la plaza de España de Valladolid mientras el mundo se mata por ser diferente. ¡Cuánto nos queda por aprender! RSS de noticias de espana
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