La desfachatez de Trump es de sobra conocida. No pretende engañar a nadie. Es lo que se ve. No hay precedentes de un presidente americano que haya exprimido la presidencia como lo ha hecho este. Y, con el descaro que le caracteriza, presume de ello prácticamente a diario. Las cifras de lo que ha podido levantar en lo que lleva de mandato marean. Más de dos mil millones de dólares y subiendo.Y va a más. Ha convertido la presidencia en una caja registradora. Lo último ha sido cobrar por acceder en tiempo real a los mensajes de la cuenta oficial del presidente en su propia red social. El presidente americano mercadea con la información privilegiada. No hay límites. No le parece suficiente lo que ha ganado él y los suyos anticipándose a los anuncios del primer mandatario del mundo, sino que ahora también quiere monetizar los anuncios del Ejecutivo americano.Con Trump el planteamiento siempre pasa por el «¿qué hay de lo mío?». No hay medias tintas. Todo es susceptible de convertirse en una transacción en la que el presidente americano, con total impunidad, está dispuesto a meter la cuchara. Da igual que sean los fletes en Ormuz o la reconstrucción de Ucrania. Él va a estar donde haya un dólar que ganar. Y en los últimos tiempos se ha quitado la careta. No parece preocuparle nada que su popularidad esté en mínimos a pocos meses de unas elecciones de mitad de mandato que le pueden dar la puntilla definitiva. Es consciente de que no le queda mucho tiempo y de que hay que apurar hasta el último momento.Los contrapoderes parece que se han desintegrado. Pero no es así. En los 250 años de vida de la nación americana ha habido de todo. Quizá nada tan estrafalario y soez, pero todos al final han acabado rindiendo cuentas. El pecado original es la impunidad con la que se ha manejado desde el principio. Esta, sumada a la zafiedad del personaje, es nitroglicerina. Y va a acabar explotando.Estamos en los últimos coletazos de un periodo especialmente aciago. Los ‘checks and balances’ prevalecerán. Y este estrafalario presidente quedará como una nota a pie de página en la historia. Nada muy distinto de lo que estamos viendo por aquí cerca. La desconexión con la realidad es total. Y el final, parecido. Otro borrón en la historia de éxito que es nuestro proyecto común.SpaceXNo ha durado mucho la alegría de la salida a Bolsa. La cotización de la compañía del visionario Musk ya está por debajo del precio de salida. En cosa de pocas semanas se ha desinflado la euforia que acompañó al último proyecto de Musk. Comentábamos entonces que, desde el punto de vista financiero, era un disparate. Las asunciones para justificar esas valoraciones no eran de este mundo. Y aun así, también enfatizábamos que podía tener buena acogida por cómo se había articulado la salida a Bolsa. Elon Musk es un visionario, pero es un visionario brillante. Y sabe de qué va la vaina. Sacar al mercado una participación pequeña, con un inversor minorista –para quien esto es más una religión que otra cosa– sobrerrepresentado, y luego dejar que los aspectos técnicos –índices, gestión pasiva, algoritmos– y aquellos que habían afilado el lápiz y han querido sacar tajada de forma tangencial se impusieran.Quizá la sorpresa ha sido lo poco que ha tardado en desmontarse el castillo de naipes. No es síntoma de nada. O sí. Puede que esto haya llegado ya demasiado lejos y que el fiasco de SpaceX pase a la historia como el último capítulo de esta fiesta. O puede que no. Y esa corrección sea otra oportunidad de compra –¿la penúltima?–.En cualquier caso, todo lo que rodea a Musk es de la envergadura suficiente como para que sea un fantástico colofón a toda esta película que estamos viviendo.En los finales de las fiestas es cuando se dan los mayores excesos. Y esto de SpaceX es un muy buen ejemplo. Los seguidores de Musk llevándolo en volandas hasta el infinito y más allá. Ya veremos hasta dónde llegan y si no se dejan muchas plumas en la gatera.Todos del mismo ladoEn un reciente análisis, una importante gestora de fondos de inversión estadounidense señalaba que los inversores europeos están todos subidos al mismo carro. Tienen un peso muy alto en compañías de inteligencia artificial americanas. La posición en dólares de los europeos es la más alta de la historia. Y son precisamente estas lecturas extremas las que pueden estar dando alguna señal de que esto se haya pasado de frenada. Tiene exposición a la Bolsa americana, y en concreto a las compañías que están de moda, hasta la vecina del quinto.Además de lo que esto pueda suponer para la Bolsa americana –y para los índices globales– por la concentración sin precedentes en este puñado de nombres, hay otra lectura en lo que se refiere al dólar.Una eventual corrección de la Bolsa americana, dado el posicionamiento de los inversores europeos, puede llevar aparejada también una caída de la divisa americana. Para el inversor europeo el impacto, por lo tanto, sería doble. A la caída de la Bolsa habría que sumar la depreciación del dólar.Echando la vista atrás y, como siempre, salvando las distancias, esto guarda algunas similitudes con lo que pasó en la Bolsa mundial a principios de los años 2000. El pinchazo de la burbuja tecnológica supuso el pistoletazo de salida de uno de los mejores periodos de comportamiento relativo de la Bolsa europea –y, en concreto, de la española– de la historia. Hoy, además de la eventual sobrevaloración de algunas compañías americanas, hay otras similitudes. Las economías europeas, tras un largo periodo de peor comportamiento, parecen estar levantando cabeza –y la española brilla con luz propia–. Las valoraciones también apoyan a las compañías de este lado del Atlántico. La composición sectorial, que lastró a Europa durante los años de tipos anómalamente bajos, ahora juega a favor. Y, por último, el posicionamiento. Si todos están del mismo lado, como todo parece indicar, en la puerta de salida se van a amontonar los inversores europeos que se han subido más o menos tarde a la fiesta de la IA. Veremos qué termina pasando. Permanezcan atentos a sus pantallas. La desfachatez de Trump es de sobra conocida. No pretende engañar a nadie. Es lo que se ve. No hay precedentes de un presidente americano que haya exprimido la presidencia como lo ha hecho este. Y, con el descaro que le caracteriza, presume de ello prácticamente a diario. Las cifras de lo que ha podido levantar en lo que lleva de mandato marean. Más de dos mil millones de dólares y subiendo.Y va a más. Ha convertido la presidencia en una caja registradora. Lo último ha sido cobrar por acceder en tiempo real a los mensajes de la cuenta oficial del presidente en su propia red social. El presidente americano mercadea con la información privilegiada. No hay límites. No le parece suficiente lo que ha ganado él y los suyos anticipándose a los anuncios del primer mandatario del mundo, sino que ahora también quiere monetizar los anuncios del Ejecutivo americano.Con Trump el planteamiento siempre pasa por el «¿qué hay de lo mío?». No hay medias tintas. Todo es susceptible de convertirse en una transacción en la que el presidente americano, con total impunidad, está dispuesto a meter la cuchara. Da igual que sean los fletes en Ormuz o la reconstrucción de Ucrania. Él va a estar donde haya un dólar que ganar. Y en los últimos tiempos se ha quitado la careta. No parece preocuparle nada que su popularidad esté en mínimos a pocos meses de unas elecciones de mitad de mandato que le pueden dar la puntilla definitiva. Es consciente de que no le queda mucho tiempo y de que hay que apurar hasta el último momento.Los contrapoderes parece que se han desintegrado. Pero no es así. En los 250 años de vida de la nación americana ha habido de todo. Quizá nada tan estrafalario y soez, pero todos al final han acabado rindiendo cuentas. El pecado original es la impunidad con la que se ha manejado desde el principio. Esta, sumada a la zafiedad del personaje, es nitroglicerina. Y va a acabar explotando.Estamos en los últimos coletazos de un periodo especialmente aciago. Los ‘checks and balances’ prevalecerán. Y este estrafalario presidente quedará como una nota a pie de página en la historia. Nada muy distinto de lo que estamos viendo por aquí cerca. La desconexión con la realidad es total. Y el final, parecido. Otro borrón en la historia de éxito que es nuestro proyecto común.SpaceXNo ha durado mucho la alegría de la salida a Bolsa. La cotización de la compañía del visionario Musk ya está por debajo del precio de salida. En cosa de pocas semanas se ha desinflado la euforia que acompañó al último proyecto de Musk. Comentábamos entonces que, desde el punto de vista financiero, era un disparate. Las asunciones para justificar esas valoraciones no eran de este mundo. Y aun así, también enfatizábamos que podía tener buena acogida por cómo se había articulado la salida a Bolsa. Elon Musk es un visionario, pero es un visionario brillante. Y sabe de qué va la vaina. Sacar al mercado una participación pequeña, con un inversor minorista –para quien esto es más una religión que otra cosa– sobrerrepresentado, y luego dejar que los aspectos técnicos –índices, gestión pasiva, algoritmos– y aquellos que habían afilado el lápiz y han querido sacar tajada de forma tangencial se impusieran.Quizá la sorpresa ha sido lo poco que ha tardado en desmontarse el castillo de naipes. No es síntoma de nada. O sí. Puede que esto haya llegado ya demasiado lejos y que el fiasco de SpaceX pase a la historia como el último capítulo de esta fiesta. O puede que no. Y esa corrección sea otra oportunidad de compra –¿la penúltima?–.En cualquier caso, todo lo que rodea a Musk es de la envergadura suficiente como para que sea un fantástico colofón a toda esta película que estamos viviendo.En los finales de las fiestas es cuando se dan los mayores excesos. Y esto de SpaceX es un muy buen ejemplo. Los seguidores de Musk llevándolo en volandas hasta el infinito y más allá. Ya veremos hasta dónde llegan y si no se dejan muchas plumas en la gatera.Todos del mismo ladoEn un reciente análisis, una importante gestora de fondos de inversión estadounidense señalaba que los inversores europeos están todos subidos al mismo carro. Tienen un peso muy alto en compañías de inteligencia artificial americanas. La posición en dólares de los europeos es la más alta de la historia. Y son precisamente estas lecturas extremas las que pueden estar dando alguna señal de que esto se haya pasado de frenada. Tiene exposición a la Bolsa americana, y en concreto a las compañías que están de moda, hasta la vecina del quinto.Además de lo que esto pueda suponer para la Bolsa americana –y para los índices globales– por la concentración sin precedentes en este puñado de nombres, hay otra lectura en lo que se refiere al dólar.Una eventual corrección de la Bolsa americana, dado el posicionamiento de los inversores europeos, puede llevar aparejada también una caída de la divisa americana. Para el inversor europeo el impacto, por lo tanto, sería doble. A la caída de la Bolsa habría que sumar la depreciación del dólar.Echando la vista atrás y, como siempre, salvando las distancias, esto guarda algunas similitudes con lo que pasó en la Bolsa mundial a principios de los años 2000. El pinchazo de la burbuja tecnológica supuso el pistoletazo de salida de uno de los mejores periodos de comportamiento relativo de la Bolsa europea –y, en concreto, de la española– de la historia. Hoy, además de la eventual sobrevaloración de algunas compañías americanas, hay otras similitudes. Las economías europeas, tras un largo periodo de peor comportamiento, parecen estar levantando cabeza –y la española brilla con luz propia–. Las valoraciones también apoyan a las compañías de este lado del Atlántico. La composición sectorial, que lastró a Europa durante los años de tipos anómalamente bajos, ahora juega a favor. Y, por último, el posicionamiento. Si todos están del mismo lado, como todo parece indicar, en la puerta de salida se van a amontonar los inversores europeos que se han subido más o menos tarde a la fiesta de la IA. Veremos qué termina pasando. Permanezcan atentos a sus pantallas. La desfachatez de Trump es de sobra conocida. No pretende engañar a nadie. Es lo que se ve. No hay precedentes de un presidente americano que haya exprimido la presidencia como lo ha hecho este. Y, con el descaro que le caracteriza, presume de ello prácticamente a diario. Las cifras de lo que ha podido levantar en lo que lleva de mandato marean. Más de dos mil millones de dólares y subiendo.Y va a más. Ha convertido la presidencia en una caja registradora. Lo último ha sido cobrar por acceder en tiempo real a los mensajes de la cuenta oficial del presidente en su propia red social. El presidente americano mercadea con la información privilegiada. No hay límites. No le parece suficiente lo que ha ganado él y los suyos anticipándose a los anuncios del primer mandatario del mundo, sino que ahora también quiere monetizar los anuncios del Ejecutivo americano.Con Trump el planteamiento siempre pasa por el «¿qué hay de lo mío?». No hay medias tintas. Todo es susceptible de convertirse en una transacción en la que el presidente americano, con total impunidad, está dispuesto a meter la cuchara. Da igual que sean los fletes en Ormuz o la reconstrucción de Ucrania. Él va a estar donde haya un dólar que ganar. Y en los últimos tiempos se ha quitado la careta. No parece preocuparle nada que su popularidad esté en mínimos a pocos meses de unas elecciones de mitad de mandato que le pueden dar la puntilla definitiva. Es consciente de que no le queda mucho tiempo y de que hay que apurar hasta el último momento.Los contrapoderes parece que se han desintegrado. Pero no es así. En los 250 años de vida de la nación americana ha habido de todo. Quizá nada tan estrafalario y soez, pero todos al final han acabado rindiendo cuentas. El pecado original es la impunidad con la que se ha manejado desde el principio. Esta, sumada a la zafiedad del personaje, es nitroglicerina. Y va a acabar explotando.Estamos en los últimos coletazos de un periodo especialmente aciago. Los ‘checks and balances’ prevalecerán. Y este estrafalario presidente quedará como una nota a pie de página en la historia. Nada muy distinto de lo que estamos viendo por aquí cerca. La desconexión con la realidad es total. Y el final, parecido. Otro borrón en la historia de éxito que es nuestro proyecto común.SpaceXNo ha durado mucho la alegría de la salida a Bolsa. La cotización de la compañía del visionario Musk ya está por debajo del precio de salida. En cosa de pocas semanas se ha desinflado la euforia que acompañó al último proyecto de Musk. Comentábamos entonces que, desde el punto de vista financiero, era un disparate. Las asunciones para justificar esas valoraciones no eran de este mundo. Y aun así, también enfatizábamos que podía tener buena acogida por cómo se había articulado la salida a Bolsa. Elon Musk es un visionario, pero es un visionario brillante. Y sabe de qué va la vaina. Sacar al mercado una participación pequeña, con un inversor minorista –para quien esto es más una religión que otra cosa– sobrerrepresentado, y luego dejar que los aspectos técnicos –índices, gestión pasiva, algoritmos– y aquellos que habían afilado el lápiz y han querido sacar tajada de forma tangencial se impusieran.Quizá la sorpresa ha sido lo poco que ha tardado en desmontarse el castillo de naipes. No es síntoma de nada. O sí. Puede que esto haya llegado ya demasiado lejos y que el fiasco de SpaceX pase a la historia como el último capítulo de esta fiesta. O puede que no. Y esa corrección sea otra oportunidad de compra –¿la penúltima?–.En cualquier caso, todo lo que rodea a Musk es de la envergadura suficiente como para que sea un fantástico colofón a toda esta película que estamos viviendo.En los finales de las fiestas es cuando se dan los mayores excesos. Y esto de SpaceX es un muy buen ejemplo. Los seguidores de Musk llevándolo en volandas hasta el infinito y más allá. Ya veremos hasta dónde llegan y si no se dejan muchas plumas en la gatera.Todos del mismo ladoEn un reciente análisis, una importante gestora de fondos de inversión estadounidense señalaba que los inversores europeos están todos subidos al mismo carro. Tienen un peso muy alto en compañías de inteligencia artificial americanas. La posición en dólares de los europeos es la más alta de la historia. Y son precisamente estas lecturas extremas las que pueden estar dando alguna señal de que esto se haya pasado de frenada. Tiene exposición a la Bolsa americana, y en concreto a las compañías que están de moda, hasta la vecina del quinto.Además de lo que esto pueda suponer para la Bolsa americana –y para los índices globales– por la concentración sin precedentes en este puñado de nombres, hay otra lectura en lo que se refiere al dólar.Una eventual corrección de la Bolsa americana, dado el posicionamiento de los inversores europeos, puede llevar aparejada también una caída de la divisa americana. Para el inversor europeo el impacto, por lo tanto, sería doble. A la caída de la Bolsa habría que sumar la depreciación del dólar.Echando la vista atrás y, como siempre, salvando las distancias, esto guarda algunas similitudes con lo que pasó en la Bolsa mundial a principios de los años 2000. El pinchazo de la burbuja tecnológica supuso el pistoletazo de salida de uno de los mejores periodos de comportamiento relativo de la Bolsa europea –y, en concreto, de la española– de la historia. Hoy, además de la eventual sobrevaloración de algunas compañías americanas, hay otras similitudes. Las economías europeas, tras un largo periodo de peor comportamiento, parecen estar levantando cabeza –y la española brilla con luz propia–. Las valoraciones también apoyan a las compañías de este lado del Atlántico. La composición sectorial, que lastró a Europa durante los años de tipos anómalamente bajos, ahora juega a favor. Y, por último, el posicionamiento. Si todos están del mismo lado, como todo parece indicar, en la puerta de salida se van a amontonar los inversores europeos que se han subido más o menos tarde a la fiesta de la IA. Veremos qué termina pasando. Permanezcan atentos a sus pantallas. RSS de noticias de economia
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