Salimos de casa siguiendo las huellas de dos místicos muertos hace más de cuatrocientos años, sin buscar nada en concreto, y sin embargo lo que encontramos tenía algo de todo lo que no estábamos buscando. Hablo de bares con vocación de ayuntamiento, iglesias cerradas pero abiertas, paisajes planísimos en los que se adivina el infinito y tradiciones que resisten gracias a un moribundo que cantó un romance de Lope de Vega meses antes de morir. Pero me estoy adelantando. El autobús nos dejó en Ávila, donde todo es santa Teresa y frío. De ella guardan el leño que usaba como almohada en el Convento de la Encarnación, y que resume lo que fue la reforma teresiana: austeridad dura, severidad en las formas, acaso un punto de humor. Una voluntaria nos contó que, cuando volvió al convento a ejercer como madre priora, las monjas le montaron una suerte de piquete para no perder sus privilegios: llegaron a un acuerdo, sellaron la paz y siguieron viviendo allí mejor que fuera. Dicen que hubo un tiempo en el que los nobles iban allí a buscar mujer, porque todas estaban solteras. En el convento también hay huellas de san Juan: una muela (no es broma), el dibujo de un Cristo crucificado visto desde arriba que inspiró a Dalí (qué descubrimiento) y su confesionario («¿Veis lo pequeño que es? San Juan medía un metro cuarenta. Fue capellán aquí durante cuatro años. Santa Teresa era más alta, medía algo más de uno cincuenta»). Fuera, la ciudad se adorna con sus versos: en un bar han rotulado una pared con un «vivo sin vivir en mí», y, no muy lejos, hay una escultura de san Juan con el mítico «con su sola figura / vestidos los dejó con su hermosura». Es para estar satisfechos. También hay una rotonda dedicada a la cremallera, lo que nos llevó a soñar con otra dedicada a la fregona, gran invento patrio.Podría detenerme en la noche, en la procesión, en la iglesia iluminada solo por las velas de los pasos, en los encuentros fortuitos con la intelectualidad española o la sensualidad griega, pero a Ávila habíamos ido para salir de allí: ese era el objetivo, salvar la muralla. Por la mañana descubrimos dos cosas: que la única salida posible era por carretera, caminando por el arcén de la autovía, y que las infraestructuras contemporáneas son horrorosas. ¿Las admiraremos como acueductos en el futuro? ¿Alguien dirá «hemos ido a Ávila a ver la Nacional-403»? ¿Y la AV-20? Son preguntas para la posteridad. ***El primer destino era Gotarrendura, el pueblo donde supuestamente nació santa Teresa, aunque no tengamos documento que lo confirme, sí tenemos certeza de que allí nacieron sus hermanos y murió su madre. De camino, los milanos nos acompañaron hasta Cardeñosa, donde hay un bar con callos y oreja, una ermita en ruinas y una iglesia (la de la Santa Cruz) donde solo hay misa los domingos. Y no todos. Estaba cerrada, pero un hombre que barría la puerta nos abrió y encendió las luces. Como en tantos otros de la zona, el templo tenía una concepción mudéjar («el románico mudo», como lo bautizó Jiménez Lozano), un altar barroco y un órgano que ya no funciona. «Si me toca la lotería lo arreglo yo», nos dijo el hombre, que pertenecía a la Cofradía del Santo Sepulcro. Luego, su mujer llegó a ponerle flores a una virgen, y fue su suegra quien nos contó que allí, en la procesión del Viernes Santo, cantan por el pueblo un romance de Lope de Vega, que empieza así: «En el doloroso entierro / de aquel justo ajusticiado, / que por culpas y no suyas / quiso morir en un palo». «Es una tradición de cientos de años. La procesión se para en cada puerta y canta una estrofa: es precioso, precioso», explicó la mujer. Como los viejos se han ido muriendo, el canto está en peligro de extinción. «Hay que saber entonar el romance, y no es fácil. Pero tenemos una grabación…». La grabación era de un viejo del lugar que dejó grabada su versión del romance meses antes de morir, ya con los pulmones cansados, solo con la fuerza del recuerdo. Al escucharla pensé en ese señor sin rostro y en la belleza de los últimos custodios del mundo de ayer. Y en la erosión lentísima de todo. Y en Joaquín Díaz.Mientras nos alejábamos, nuestros anfitriones quisieron frenarnos:—¿Queréis meteros a la cofradía del Santo Sepulcro? Seríais noticia en toda la provincia: tres jóvenes se suman a la cofradía…Era una oferta tentadora, pero tocaba seguir caminando: lo bueno de caminar es que no tienes que decidir, solo avanzar. Solo eso.***La Moraña es una comarca tan llana que el viento parece venir de la Sierra de Gredos o de alguna otra montaña aún por descubrir al otro lado del mundo: no hay donde esconderse de él, ni del frío, ni del sol si lo hubiera. Tampoco puedes esconderte de ti mismo. Todo parece cerca y, sin embargo, pasa el tiempo y las cosas siguen a la misma distancia, a veces parece que se alejan o hasta se encogen. Caminar, aquí, es entrenar la paciencia de no pensar en el destino. Pensar, por ejemplo, en levitar. «¿Y si a san Juan se lo llevó el viento?» Tal vez eso explicaría que esta fuera la tierra de los místicos. Es cierto que también es la de Isabel la Católica, pero esa es otra historia. Los caminos están vacíos, un poco como esta parte de España donde el patrimonio envejece en silencio y en los colegios hay casi tantos niños como profesores: debe de ser la mejor ratio del país. «Si nos cierran el colegio nos quitan el autobús», lamentaba un hombre en Peñalba de Ávila. Allí, también, un pastor apoyado en la pared vigilaba a sus ovejas: parecía llevar años en la misma posición. «Estoy jubilado, pero esto me entretiene». Es esa llaneza la que parece haber moldeado el paisaje, o al revés. Y el tiempo ha limado sus esperanzas hasta dejarlas en un encogimiento de hombros: esto es lo que hay. Una estepa.La imagen de santa Teresa en Goterrendura. Debajo, la muela de san Juan y el leño que santa Teresa usaba como almohada en el Convento de la Encarnación de Ávila. B. PardoY llegamos a Gotarrendura, donde nos recibió José, un hombre que aún cree en el trueque: «Yo le doy chatarra al chamarilero y él me trae calcetines. Todos del mismo color, eh. La gente se piensa que son los mismos, pero mis calcetines tienen menos tomates que los de muchos políticos». Es él quien ejerce de maestro de ceremonias del pueblo y tiene su sede en el bar. El bar, por cierto, se llama El Cielito: cubatas a cinco euros, una bolita de luces de discoteca y hamburguesas gourmet para cenar (hasta aquí han llegado, sí). Lo regentan una pareja de venezolanos que dicen, por separado y en distintos momentos: «Antes vivíamos en Madrid, pero aquí se está mejor. Ya tenemos treinta y tenemos una hija y queremos tranquilidad. Y Ávila está a quince minutos». ¿Y el invierno? «Es que en Madrid hace calor».La vida, en Gotarrendura, gira en torno a la plaza: ahí está el ayuntamiento, el bar, el museo y la imagen de santa Teresa. No muy lejos está su palomar, donde dicen que nació, que esa tarde de sábado estaba cerrado. También lo estaba el museo, pero José nos trajo a Concesa (89 años, agilidad de 70 como mucho) para que nos lo enseñara. Dentro hay cuadros de Eugenio López Berrón (el pintor de Gotarrendura) y un montón de objetos de los que solo ella sabe el nombre: la visita fue un viaje al siglo XX y un festival de palabras perdidas. ¿Qué nos dejó en claro? Que hubo un tiempo donde aquí todo dependía del campo y del frío, un tiempo en el que los niños llevaban su hornillo a la escuela para no congelarse y el celemín era una unidad básica de medida. Un tiempo donde cualquier placer exigía un esfuerzo mucho mayor que su recompensa: la comida, el agua, la ropa. «¿Veis esto? Esto era una matrícula de carro. Y esto es la matrícula de una pata de jamón. ¡De un jamón!», explicaba Concesa. El Estado ya llegaba entonces hasta allí.Al rato, José nos trajo a Émilien, un francés que estaba haciendo el mismo camino que nosotros pero en dirección contraria: fue el único que nos encontramos. Nos contó que era cocinero en el Palace de Viena, aunque ya estaba cansado de esa vida: del estrés del lujo, del desarraigo en Austria. «Además, este trabajo no me permite ir a misa los domingos». Era su primera vez en España.—¿Y qué haces aquí?—Es una historia larga… Digamos que sentí que tenía que hacer este camino [iba de Salamanca a Ávila]. Y cuanto más camino más me alegro de estar aquí.—¿No nos puedes contar nada más?—Es una historia que no se puede contar con palabras, me la reservo para mí. Esto queda entre santa Teresa y yo. Pero es bonito estar aquí hoy.—¿Por qué hoy?—Porque hoy es el cumpleaños de santa Teresa.Al día siguiente, ya en Fontiveros, en el lugar donde nació san Juan de la Cruz, descubrimos que se cumplían trescientos años de su canonización… Antes de salir de Gotarrendura, el domingo a las diez de la mañana, a la hora que abría el bar, José vino a despedirse en batín. Nos dijo: «Deja al maestro obrar, aunque sea un animal».—¿Y tú no vas a misa hoy?—¡Que ya os he dicho que soy agnóstico! De joven fui monaguillo y…***El Domingo de Ramos (en esa zona de laurel, más bien: es lo que tienen) soplaba un viento aún más fuerte en La Moraña. Por el camino vimos garzas, milanos, cigüeñas, vencejos y, en el bar de Papatrigo (vivan los topónimos), vimos una avutarda en la corbata de un hombre que parecía andaluz. Llevaba corbata y riñonera, camisa y polar: fue imposible no hablar con él. Se llamaba Alejandro (91 años) y había nacido en Papatrigo y envejecido en Sanlúcar de Barrameda. Era filósofo y biólogo, aunque toda su vida había querido una sola cosa: cuidar avutardas. Ahora tiene un centro de cría para repoblar de avutardas la península. «Me las he traído hasta del Serengueti… Mira, mira cómo se reproducen», decía, con el teléfono en la mano.Pasaron muchas cosas así: casualidades que solo suceden caminando, porque caminando el mundo aún es grande y desconocido. Quiero decir que todos los aeropuertos se parecen, y los aviones, pero eso no ocurre con los caminos. Los caminos son siempre distintos.En Collado de Contreras, César, el alcalde, salió a recibirnos como si fuéramos la primera noticia de la semana o del mes. «Es que os he visto caminar mientras comía con mi mujer y he dicho: voy a ver quiénes son estos jóvenes. Me ha dicho mi mujer que a ver si me ibais a robar, pero como no me robéis el chaleco…». Así que César nos enseñó la iglesia, que dentro tenía, de nuevo, muros con paño árabe y un retablo muy barroco: da la sensación de que en algún momento Castilla intentó desmozaravirizarse y a pintarse de oro, como si tocara irse de verbena. En la iglesia también había dos tallas románicas que nos hablaban de un mundo más hierático y dos baptisterios, quién sabe por qué. Esto nos lo contaba el alcalde con vocabulario de guía turístico y cariño de padre orgulloso: es por gente así que el mundo es un poco mejor.La persona más joven censada en Collado de Contreras, por cierto, tenía diecinueve años. La siguiente parada era el destino: Fontiveros. Allí no nos recibió el alcalde, sino una abubilla, algo que adivinamos después de buscarlo en Google. El cielo no estaba despejado: estaba limpio. Pronto comprobamos que el pueblo de san Juan aún es de san Juan, está repleto de letreros que dicen: «Villa de la poesía». Hasta en la marquesina del autobús hay uno. Y botellas rotas. En la iglesia de San Cipriano está la tumba de su padre y de su hermano, y el baptisterio donde se bautizó y un señor que te lo dice: «Mira, aquí fue». No nos dijo su nombre, pero nos acompañó hasta el lugar donde estaba la casa natal mientras contaba sus nostalgias: siempre quiso ser monje, pero su padre se lo impidió y le obligó a trabajar en el campo; para cuando pudo liberarse y entrar el monasterio, tuvo que salir por enfermedad. Hay vidas que son así. Lo que fue la casa de san Juan es hoy una iglesia algo rococó donde conservan una reliquia del poeta: una falange.—Es la falange del dedo con el que escribía— nos contó la mujer que cuidaba del templo.—Pues en Ávila tienen una muela.—Ya, es que san Juan murió en Úbeda, pero está repartido por toda España. Salimos de casa siguiendo las huellas de dos místicos muertos hace más de cuatrocientos años, sin buscar nada en concreto, y sin embargo lo que encontramos tenía algo de todo lo que no estábamos buscando. Hablo de bares con vocación de ayuntamiento, iglesias cerradas pero abiertas, paisajes planísimos en los que se adivina el infinito y tradiciones que resisten gracias a un moribundo que cantó un romance de Lope de Vega meses antes de morir. Pero me estoy adelantando. El autobús nos dejó en Ávila, donde todo es santa Teresa y frío. De ella guardan el leño que usaba como almohada en el Convento de la Encarnación, y que resume lo que fue la reforma teresiana: austeridad dura, severidad en las formas, acaso un punto de humor. Una voluntaria nos contó que, cuando volvió al convento a ejercer como madre priora, las monjas le montaron una suerte de piquete para no perder sus privilegios: llegaron a un acuerdo, sellaron la paz y siguieron viviendo allí mejor que fuera. Dicen que hubo un tiempo en el que los nobles iban allí a buscar mujer, porque todas estaban solteras. En el convento también hay huellas de san Juan: una muela (no es broma), el dibujo de un Cristo crucificado visto desde arriba que inspiró a Dalí (qué descubrimiento) y su confesionario («¿Veis lo pequeño que es? San Juan medía un metro cuarenta. Fue capellán aquí durante cuatro años. Santa Teresa era más alta, medía algo más de uno cincuenta»). Fuera, la ciudad se adorna con sus versos: en un bar han rotulado una pared con un «vivo sin vivir en mí», y, no muy lejos, hay una escultura de san Juan con el mítico «con su sola figura / vestidos los dejó con su hermosura». Es para estar satisfechos. También hay una rotonda dedicada a la cremallera, lo que nos llevó a soñar con otra dedicada a la fregona, gran invento patrio.Podría detenerme en la noche, en la procesión, en la iglesia iluminada solo por las velas de los pasos, en los encuentros fortuitos con la intelectualidad española o la sensualidad griega, pero a Ávila habíamos ido para salir de allí: ese era el objetivo, salvar la muralla. Por la mañana descubrimos dos cosas: que la única salida posible era por carretera, caminando por el arcén de la autovía, y que las infraestructuras contemporáneas son horrorosas. ¿Las admiraremos como acueductos en el futuro? ¿Alguien dirá «hemos ido a Ávila a ver la Nacional-403»? ¿Y la AV-20? Son preguntas para la posteridad. ***El primer destino era Gotarrendura, el pueblo donde supuestamente nació santa Teresa, aunque no tengamos documento que lo confirme, sí tenemos certeza de que allí nacieron sus hermanos y murió su madre. De camino, los milanos nos acompañaron hasta Cardeñosa, donde hay un bar con callos y oreja, una ermita en ruinas y una iglesia (la de la Santa Cruz) donde solo hay misa los domingos. Y no todos. Estaba cerrada, pero un hombre que barría la puerta nos abrió y encendió las luces. Como en tantos otros de la zona, el templo tenía una concepción mudéjar («el románico mudo», como lo bautizó Jiménez Lozano), un altar barroco y un órgano que ya no funciona. «Si me toca la lotería lo arreglo yo», nos dijo el hombre, que pertenecía a la Cofradía del Santo Sepulcro. Luego, su mujer llegó a ponerle flores a una virgen, y fue su suegra quien nos contó que allí, en la procesión del Viernes Santo, cantan por el pueblo un romance de Lope de Vega, que empieza así: «En el doloroso entierro / de aquel justo ajusticiado, / que por culpas y no suyas / quiso morir en un palo». «Es una tradición de cientos de años. La procesión se para en cada puerta y canta una estrofa: es precioso, precioso», explicó la mujer. Como los viejos se han ido muriendo, el canto está en peligro de extinción. «Hay que saber entonar el romance, y no es fácil. Pero tenemos una grabación…». La grabación era de un viejo del lugar que dejó grabada su versión del romance meses antes de morir, ya con los pulmones cansados, solo con la fuerza del recuerdo. Al escucharla pensé en ese señor sin rostro y en la belleza de los últimos custodios del mundo de ayer. Y en la erosión lentísima de todo. Y en Joaquín Díaz.Mientras nos alejábamos, nuestros anfitriones quisieron frenarnos:—¿Queréis meteros a la cofradía del Santo Sepulcro? Seríais noticia en toda la provincia: tres jóvenes se suman a la cofradía…Era una oferta tentadora, pero tocaba seguir caminando: lo bueno de caminar es que no tienes que decidir, solo avanzar. Solo eso.***La Moraña es una comarca tan llana que el viento parece venir de la Sierra de Gredos o de alguna otra montaña aún por descubrir al otro lado del mundo: no hay donde esconderse de él, ni del frío, ni del sol si lo hubiera. Tampoco puedes esconderte de ti mismo. Todo parece cerca y, sin embargo, pasa el tiempo y las cosas siguen a la misma distancia, a veces parece que se alejan o hasta se encogen. Caminar, aquí, es entrenar la paciencia de no pensar en el destino. Pensar, por ejemplo, en levitar. «¿Y si a san Juan se lo llevó el viento?» Tal vez eso explicaría que esta fuera la tierra de los místicos. Es cierto que también es la de Isabel la Católica, pero esa es otra historia. Los caminos están vacíos, un poco como esta parte de España donde el patrimonio envejece en silencio y en los colegios hay casi tantos niños como profesores: debe de ser la mejor ratio del país. «Si nos cierran el colegio nos quitan el autobús», lamentaba un hombre en Peñalba de Ávila. Allí, también, un pastor apoyado en la pared vigilaba a sus ovejas: parecía llevar años en la misma posición. «Estoy jubilado, pero esto me entretiene». Es esa llaneza la que parece haber moldeado el paisaje, o al revés. Y el tiempo ha limado sus esperanzas hasta dejarlas en un encogimiento de hombros: esto es lo que hay. Una estepa.La imagen de santa Teresa en Goterrendura. Debajo, la muela de san Juan y el leño que santa Teresa usaba como almohada en el Convento de la Encarnación de Ávila. B. PardoY llegamos a Gotarrendura, donde nos recibió José, un hombre que aún cree en el trueque: «Yo le doy chatarra al chamarilero y él me trae calcetines. Todos del mismo color, eh. La gente se piensa que son los mismos, pero mis calcetines tienen menos tomates que los de muchos políticos». Es él quien ejerce de maestro de ceremonias del pueblo y tiene su sede en el bar. El bar, por cierto, se llama El Cielito: cubatas a cinco euros, una bolita de luces de discoteca y hamburguesas gourmet para cenar (hasta aquí han llegado, sí). Lo regentan una pareja de venezolanos que dicen, por separado y en distintos momentos: «Antes vivíamos en Madrid, pero aquí se está mejor. Ya tenemos treinta y tenemos una hija y queremos tranquilidad. Y Ávila está a quince minutos». ¿Y el invierno? «Es que en Madrid hace calor».La vida, en Gotarrendura, gira en torno a la plaza: ahí está el ayuntamiento, el bar, el museo y la imagen de santa Teresa. No muy lejos está su palomar, donde dicen que nació, que esa tarde de sábado estaba cerrado. También lo estaba el museo, pero José nos trajo a Concesa (89 años, agilidad de 70 como mucho) para que nos lo enseñara. Dentro hay cuadros de Eugenio López Berrón (el pintor de Gotarrendura) y un montón de objetos de los que solo ella sabe el nombre: la visita fue un viaje al siglo XX y un festival de palabras perdidas. ¿Qué nos dejó en claro? Que hubo un tiempo donde aquí todo dependía del campo y del frío, un tiempo en el que los niños llevaban su hornillo a la escuela para no congelarse y el celemín era una unidad básica de medida. Un tiempo donde cualquier placer exigía un esfuerzo mucho mayor que su recompensa: la comida, el agua, la ropa. «¿Veis esto? Esto era una matrícula de carro. Y esto es la matrícula de una pata de jamón. ¡De un jamón!», explicaba Concesa. El Estado ya llegaba entonces hasta allí.Al rato, José nos trajo a Émilien, un francés que estaba haciendo el mismo camino que nosotros pero en dirección contraria: fue el único que nos encontramos. Nos contó que era cocinero en el Palace de Viena, aunque ya estaba cansado de esa vida: del estrés del lujo, del desarraigo en Austria. «Además, este trabajo no me permite ir a misa los domingos». Era su primera vez en España.—¿Y qué haces aquí?—Es una historia larga… Digamos que sentí que tenía que hacer este camino [iba de Salamanca a Ávila]. Y cuanto más camino más me alegro de estar aquí.—¿No nos puedes contar nada más?—Es una historia que no se puede contar con palabras, me la reservo para mí. Esto queda entre santa Teresa y yo. Pero es bonito estar aquí hoy.—¿Por qué hoy?—Porque hoy es el cumpleaños de santa Teresa.Al día siguiente, ya en Fontiveros, en el lugar donde nació san Juan de la Cruz, descubrimos que se cumplían trescientos años de su canonización… Antes de salir de Gotarrendura, el domingo a las diez de la mañana, a la hora que abría el bar, José vino a despedirse en batín. Nos dijo: «Deja al maestro obrar, aunque sea un animal».—¿Y tú no vas a misa hoy?—¡Que ya os he dicho que soy agnóstico! De joven fui monaguillo y…***El Domingo de Ramos (en esa zona de laurel, más bien: es lo que tienen) soplaba un viento aún más fuerte en La Moraña. Por el camino vimos garzas, milanos, cigüeñas, vencejos y, en el bar de Papatrigo (vivan los topónimos), vimos una avutarda en la corbata de un hombre que parecía andaluz. Llevaba corbata y riñonera, camisa y polar: fue imposible no hablar con él. Se llamaba Alejandro (91 años) y había nacido en Papatrigo y envejecido en Sanlúcar de Barrameda. Era filósofo y biólogo, aunque toda su vida había querido una sola cosa: cuidar avutardas. Ahora tiene un centro de cría para repoblar de avutardas la península. «Me las he traído hasta del Serengueti… Mira, mira cómo se reproducen», decía, con el teléfono en la mano.Pasaron muchas cosas así: casualidades que solo suceden caminando, porque caminando el mundo aún es grande y desconocido. Quiero decir que todos los aeropuertos se parecen, y los aviones, pero eso no ocurre con los caminos. Los caminos son siempre distintos.En Collado de Contreras, César, el alcalde, salió a recibirnos como si fuéramos la primera noticia de la semana o del mes. «Es que os he visto caminar mientras comía con mi mujer y he dicho: voy a ver quiénes son estos jóvenes. Me ha dicho mi mujer que a ver si me ibais a robar, pero como no me robéis el chaleco…». Así que César nos enseñó la iglesia, que dentro tenía, de nuevo, muros con paño árabe y un retablo muy barroco: da la sensación de que en algún momento Castilla intentó desmozaravirizarse y a pintarse de oro, como si tocara irse de verbena. En la iglesia también había dos tallas románicas que nos hablaban de un mundo más hierático y dos baptisterios, quién sabe por qué. Esto nos lo contaba el alcalde con vocabulario de guía turístico y cariño de padre orgulloso: es por gente así que el mundo es un poco mejor.La persona más joven censada en Collado de Contreras, por cierto, tenía diecinueve años. La siguiente parada era el destino: Fontiveros. Allí no nos recibió el alcalde, sino una abubilla, algo que adivinamos después de buscarlo en Google. El cielo no estaba despejado: estaba limpio. Pronto comprobamos que el pueblo de san Juan aún es de san Juan, está repleto de letreros que dicen: «Villa de la poesía». Hasta en la marquesina del autobús hay uno. Y botellas rotas. En la iglesia de San Cipriano está la tumba de su padre y de su hermano, y el baptisterio donde se bautizó y un señor que te lo dice: «Mira, aquí fue». No nos dijo su nombre, pero nos acompañó hasta el lugar donde estaba la casa natal mientras contaba sus nostalgias: siempre quiso ser monje, pero su padre se lo impidió y le obligó a trabajar en el campo; para cuando pudo liberarse y entrar el monasterio, tuvo que salir por enfermedad. Hay vidas que son así. Lo que fue la casa de san Juan es hoy una iglesia algo rococó donde conservan una reliquia del poeta: una falange.—Es la falange del dedo con el que escribía— nos contó la mujer que cuidaba del templo.—Pues en Ávila tienen una muela.—Ya, es que san Juan murió en Úbeda, pero está repartido por toda España. Salimos de casa siguiendo las huellas de dos místicos muertos hace más de cuatrocientos años, sin buscar nada en concreto, y sin embargo lo que encontramos tenía algo de todo lo que no estábamos buscando. Hablo de bares con vocación de ayuntamiento, iglesias cerradas pero abiertas, paisajes planísimos en los que se adivina el infinito y tradiciones que resisten gracias a un moribundo que cantó un romance de Lope de Vega meses antes de morir. Pero me estoy adelantando. El autobús nos dejó en Ávila, donde todo es santa Teresa y frío. De ella guardan el leño que usaba como almohada en el Convento de la Encarnación, y que resume lo que fue la reforma teresiana: austeridad dura, severidad en las formas, acaso un punto de humor. Una voluntaria nos contó que, cuando volvió al convento a ejercer como madre priora, las monjas le montaron una suerte de piquete para no perder sus privilegios: llegaron a un acuerdo, sellaron la paz y siguieron viviendo allí mejor que fuera. Dicen que hubo un tiempo en el que los nobles iban allí a buscar mujer, porque todas estaban solteras. En el convento también hay huellas de san Juan: una muela (no es broma), el dibujo de un Cristo crucificado visto desde arriba que inspiró a Dalí (qué descubrimiento) y su confesionario («¿Veis lo pequeño que es? San Juan medía un metro cuarenta. Fue capellán aquí durante cuatro años. Santa Teresa era más alta, medía algo más de uno cincuenta»). Fuera, la ciudad se adorna con sus versos: en un bar han rotulado una pared con un «vivo sin vivir en mí», y, no muy lejos, hay una escultura de san Juan con el mítico «con su sola figura / vestidos los dejó con su hermosura». Es para estar satisfechos. También hay una rotonda dedicada a la cremallera, lo que nos llevó a soñar con otra dedicada a la fregona, gran invento patrio.Podría detenerme en la noche, en la procesión, en la iglesia iluminada solo por las velas de los pasos, en los encuentros fortuitos con la intelectualidad española o la sensualidad griega, pero a Ávila habíamos ido para salir de allí: ese era el objetivo, salvar la muralla. Por la mañana descubrimos dos cosas: que la única salida posible era por carretera, caminando por el arcén de la autovía, y que las infraestructuras contemporáneas son horrorosas. ¿Las admiraremos como acueductos en el futuro? ¿Alguien dirá «hemos ido a Ávila a ver la Nacional-403»? ¿Y la AV-20? Son preguntas para la posteridad. ***El primer destino era Gotarrendura, el pueblo donde supuestamente nació santa Teresa, aunque no tengamos documento que lo confirme, sí tenemos certeza de que allí nacieron sus hermanos y murió su madre. De camino, los milanos nos acompañaron hasta Cardeñosa, donde hay un bar con callos y oreja, una ermita en ruinas y una iglesia (la de la Santa Cruz) donde solo hay misa los domingos. Y no todos. Estaba cerrada, pero un hombre que barría la puerta nos abrió y encendió las luces. Como en tantos otros de la zona, el templo tenía una concepción mudéjar («el románico mudo», como lo bautizó Jiménez Lozano), un altar barroco y un órgano que ya no funciona. «Si me toca la lotería lo arreglo yo», nos dijo el hombre, que pertenecía a la Cofradía del Santo Sepulcro. Luego, su mujer llegó a ponerle flores a una virgen, y fue su suegra quien nos contó que allí, en la procesión del Viernes Santo, cantan por el pueblo un romance de Lope de Vega, que empieza así: «En el doloroso entierro / de aquel justo ajusticiado, / que por culpas y no suyas / quiso morir en un palo». «Es una tradición de cientos de años. La procesión se para en cada puerta y canta una estrofa: es precioso, precioso», explicó la mujer. Como los viejos se han ido muriendo, el canto está en peligro de extinción. «Hay que saber entonar el romance, y no es fácil. Pero tenemos una grabación…». La grabación era de un viejo del lugar que dejó grabada su versión del romance meses antes de morir, ya con los pulmones cansados, solo con la fuerza del recuerdo. Al escucharla pensé en ese señor sin rostro y en la belleza de los últimos custodios del mundo de ayer. Y en la erosión lentísima de todo. Y en Joaquín Díaz.Mientras nos alejábamos, nuestros anfitriones quisieron frenarnos:—¿Queréis meteros a la cofradía del Santo Sepulcro? Seríais noticia en toda la provincia: tres jóvenes se suman a la cofradía…Era una oferta tentadora, pero tocaba seguir caminando: lo bueno de caminar es que no tienes que decidir, solo avanzar. Solo eso.***La Moraña es una comarca tan llana que el viento parece venir de la Sierra de Gredos o de alguna otra montaña aún por descubrir al otro lado del mundo: no hay donde esconderse de él, ni del frío, ni del sol si lo hubiera. Tampoco puedes esconderte de ti mismo. Todo parece cerca y, sin embargo, pasa el tiempo y las cosas siguen a la misma distancia, a veces parece que se alejan o hasta se encogen. Caminar, aquí, es entrenar la paciencia de no pensar en el destino. Pensar, por ejemplo, en levitar. «¿Y si a san Juan se lo llevó el viento?» Tal vez eso explicaría que esta fuera la tierra de los místicos. Es cierto que también es la de Isabel la Católica, pero esa es otra historia. Los caminos están vacíos, un poco como esta parte de España donde el patrimonio envejece en silencio y en los colegios hay casi tantos niños como profesores: debe de ser la mejor ratio del país. «Si nos cierran el colegio nos quitan el autobús», lamentaba un hombre en Peñalba de Ávila. Allí, también, un pastor apoyado en la pared vigilaba a sus ovejas: parecía llevar años en la misma posición. «Estoy jubilado, pero esto me entretiene». Es esa llaneza la que parece haber moldeado el paisaje, o al revés. Y el tiempo ha limado sus esperanzas hasta dejarlas en un encogimiento de hombros: esto es lo que hay. Una estepa.La imagen de santa Teresa en Goterrendura. Debajo, la muela de san Juan y el leño que santa Teresa usaba como almohada en el Convento de la Encarnación de Ávila. B. PardoY llegamos a Gotarrendura, donde nos recibió José, un hombre que aún cree en el trueque: «Yo le doy chatarra al chamarilero y él me trae calcetines. Todos del mismo color, eh. La gente se piensa que son los mismos, pero mis calcetines tienen menos tomates que los de muchos políticos». Es él quien ejerce de maestro de ceremonias del pueblo y tiene su sede en el bar. El bar, por cierto, se llama El Cielito: cubatas a cinco euros, una bolita de luces de discoteca y hamburguesas gourmet para cenar (hasta aquí han llegado, sí). Lo regentan una pareja de venezolanos que dicen, por separado y en distintos momentos: «Antes vivíamos en Madrid, pero aquí se está mejor. Ya tenemos treinta y tenemos una hija y queremos tranquilidad. Y Ávila está a quince minutos». ¿Y el invierno? «Es que en Madrid hace calor».La vida, en Gotarrendura, gira en torno a la plaza: ahí está el ayuntamiento, el bar, el museo y la imagen de santa Teresa. No muy lejos está su palomar, donde dicen que nació, que esa tarde de sábado estaba cerrado. También lo estaba el museo, pero José nos trajo a Concesa (89 años, agilidad de 70 como mucho) para que nos lo enseñara. Dentro hay cuadros de Eugenio López Berrón (el pintor de Gotarrendura) y un montón de objetos de los que solo ella sabe el nombre: la visita fue un viaje al siglo XX y un festival de palabras perdidas. ¿Qué nos dejó en claro? Que hubo un tiempo donde aquí todo dependía del campo y del frío, un tiempo en el que los niños llevaban su hornillo a la escuela para no congelarse y el celemín era una unidad básica de medida. Un tiempo donde cualquier placer exigía un esfuerzo mucho mayor que su recompensa: la comida, el agua, la ropa. «¿Veis esto? Esto era una matrícula de carro. Y esto es la matrícula de una pata de jamón. ¡De un jamón!», explicaba Concesa. El Estado ya llegaba entonces hasta allí.Al rato, José nos trajo a Émilien, un francés que estaba haciendo el mismo camino que nosotros pero en dirección contraria: fue el único que nos encontramos. Nos contó que era cocinero en el Palace de Viena, aunque ya estaba cansado de esa vida: del estrés del lujo, del desarraigo en Austria. «Además, este trabajo no me permite ir a misa los domingos». Era su primera vez en España.—¿Y qué haces aquí?—Es una historia larga… Digamos que sentí que tenía que hacer este camino [iba de Salamanca a Ávila]. Y cuanto más camino más me alegro de estar aquí.—¿No nos puedes contar nada más?—Es una historia que no se puede contar con palabras, me la reservo para mí. Esto queda entre santa Teresa y yo. Pero es bonito estar aquí hoy.—¿Por qué hoy?—Porque hoy es el cumpleaños de santa Teresa.Al día siguiente, ya en Fontiveros, en el lugar donde nació san Juan de la Cruz, descubrimos que se cumplían trescientos años de su canonización… Antes de salir de Gotarrendura, el domingo a las diez de la mañana, a la hora que abría el bar, José vino a despedirse en batín. Nos dijo: «Deja al maestro obrar, aunque sea un animal».—¿Y tú no vas a misa hoy?—¡Que ya os he dicho que soy agnóstico! De joven fui monaguillo y…***El Domingo de Ramos (en esa zona de laurel, más bien: es lo que tienen) soplaba un viento aún más fuerte en La Moraña. Por el camino vimos garzas, milanos, cigüeñas, vencejos y, en el bar de Papatrigo (vivan los topónimos), vimos una avutarda en la corbata de un hombre que parecía andaluz. Llevaba corbata y riñonera, camisa y polar: fue imposible no hablar con él. Se llamaba Alejandro (91 años) y había nacido en Papatrigo y envejecido en Sanlúcar de Barrameda. Era filósofo y biólogo, aunque toda su vida había querido una sola cosa: cuidar avutardas. Ahora tiene un centro de cría para repoblar de avutardas la península. «Me las he traído hasta del Serengueti… Mira, mira cómo se reproducen», decía, con el teléfono en la mano.Pasaron muchas cosas así: casualidades que solo suceden caminando, porque caminando el mundo aún es grande y desconocido. Quiero decir que todos los aeropuertos se parecen, y los aviones, pero eso no ocurre con los caminos. Los caminos son siempre distintos.En Collado de Contreras, César, el alcalde, salió a recibirnos como si fuéramos la primera noticia de la semana o del mes. «Es que os he visto caminar mientras comía con mi mujer y he dicho: voy a ver quiénes son estos jóvenes. Me ha dicho mi mujer que a ver si me ibais a robar, pero como no me robéis el chaleco…». Así que César nos enseñó la iglesia, que dentro tenía, de nuevo, muros con paño árabe y un retablo muy barroco: da la sensación de que en algún momento Castilla intentó desmozaravirizarse y a pintarse de oro, como si tocara irse de verbena. En la iglesia también había dos tallas románicas que nos hablaban de un mundo más hierático y dos baptisterios, quién sabe por qué. Esto nos lo contaba el alcalde con vocabulario de guía turístico y cariño de padre orgulloso: es por gente así que el mundo es un poco mejor.La persona más joven censada en Collado de Contreras, por cierto, tenía diecinueve años. La siguiente parada era el destino: Fontiveros. Allí no nos recibió el alcalde, sino una abubilla, algo que adivinamos después de buscarlo en Google. El cielo no estaba despejado: estaba limpio. Pronto comprobamos que el pueblo de san Juan aún es de san Juan, está repleto de letreros que dicen: «Villa de la poesía». Hasta en la marquesina del autobús hay uno. Y botellas rotas. En la iglesia de San Cipriano está la tumba de su padre y de su hermano, y el baptisterio donde se bautizó y un señor que te lo dice: «Mira, aquí fue». No nos dijo su nombre, pero nos acompañó hasta el lugar donde estaba la casa natal mientras contaba sus nostalgias: siempre quiso ser monje, pero su padre se lo impidió y le obligó a trabajar en el campo; para cuando pudo liberarse y entrar el monasterio, tuvo que salir por enfermedad. Hay vidas que son así. Lo que fue la casa de san Juan es hoy una iglesia algo rococó donde conservan una reliquia del poeta: una falange.—Es la falange del dedo con el que escribía— nos contó la mujer que cuidaba del templo.—Pues en Ávila tienen una muela.—Ya, es que san Juan murió en Úbeda, pero está repartido por toda España. RSS de noticias de cultura
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