Como cada mañana a las 7:27, unas seiscientas personas cogían un tren en la estación de Valladolid-Campo Grande con destino a Madrid-Chamartín. Se trata de un trayecto con una duración de una hora que, en esta ocasión, se convirtió en dos horas y tres cuartos. Así que, en lugar de a las 8:30, como estaba previsto, el tren hacía su entrada triunfal en la vía 22 de Chamartín sobre las 10:15 de la mañana, con una temperatura agradable en el exterior y unos inusitados niveles de desesperación en los vagones. Aunque resulte contraintuitivo, la desesperación real no viene con gritos, golpes de pecho ni exabruptos, como sucede en las películas; muy al contrario, el hartazgo llega en silencio, con la vulgaridad de los sonidos cotidianos y una calma cínica y aterradora. De esas dos horas y tres cuartos, una hora y tres cuartos la pasamos encerrados en un tren que decidió pararse a apenas doscientos metros de la estación de Segovia-Guiomar. Cabe apuntar que una hora y tres cuartos es lo que dura un partido de fútbol con el descanso incluido, tiempo insoportable cuando no puedes hacer nada y durante el cual la única información que recibimos fue que «todos los trenes de España que llegan o salen de Chamartín o de Atocha están parados y no tenemos previsión de que vuelvana arrancar». Los móviles ya ardían con mensajes de amigos esperando a los trenes posteriores y atrapados en las estaciones, donde los trabajadores de Adif comenzaban a recomendarles que volvieran a su casa ante la imposibilidad de dar mejores noticias. No tengo ni idea de cuánta gente ha podido estar parada en las estaciones y en las vías durante ese tiempo. Pero tengo claro que, en su gran mayoría, son trabajadores que hoy han tenido que ponerse colorados para justificar ante su jefe que, de nuevo, no han podido estar en su puesto de trabajo porque así es la vida.Es posible que alguno de esos jefes diga: «Es la cuarta vez que te pasa este trimestre. Si no puedes vivir en Valladolid, tendrás que elegir entre mudarte a Madrid con tu familia o cambiar de trabajo». Y tendrían toda la razón. Hay miles de familias que han organizado su futuro profesional y que han tomado decisiones familiares decisivas -hipotecarse, escolarizar a sus hijos- sobre la ingenua base de que los trenes en España salen y llegan a su hora. Pero eso es en el resto del mundo; aquí ya es una quimera. Y no hablamos de molestias puntuales sino de gente que va a perder su trabajo. Todo esto no se puede vivir con la sensación de familiaridad con la que mi tren lo vivió, como si el desastre ferroviario o los apagones fueran cosas que pasan, cosas como, qué sé yo, una tormenta, una picadura de abeja, un padrastro. La gente civilizada reacciona de modo civilizado: tranquilidad, frialdad y amabilidad con los empleados, más afectados por el ridículo que los propios viajeros. Pero asumir sin más que hoy yo no he podido hacer mi trabajo no entra dentro de mis planes.Intenté conectarme a la sesión de control en la propia web del Congreso pero, por supuesto, en medio de la vía no había cobertura. Tampoco había demasiada en la estación de Chamartín, donde tuve la enorme fortuna de encontrarme con otros tres cuartos de hora de retraso en mi tren de vuelta. Así que toda la mañana esperando trenes para, finalmente, tener que esperar a llegar a casa para conectarme y ver lo sucedido. No sin antes dar de comer a una niña que, durante ese tiempo,esperaba a su padre con más hambre que un perro pequeño y más sueño que Morrissey en Valencia. Porque al otro lado de un retraso de tren hay niños esperando, jefes enfadados, conexiones aéreas perdidas, citas médicas dilatadas durante meses, reuniones de trabajo, oportunidades comerciales, trenes hacia el sur, entrevistas laborales y hasta congresos -leo que había varios peruanos llegados a España para acudir a un evento de UGT al que, evidentemente, no llegaron-. Y, por supuesto, aunque sea lo de menos, cronistas parlamentarios que no van a ganar el premio AENA de narrativa pero que se postulan abiertamente para el premio Adif al cronismo con obstáculos. Como cada mañana a las 7:27, unas seiscientas personas cogían un tren en la estación de Valladolid-Campo Grande con destino a Madrid-Chamartín. Se trata de un trayecto con una duración de una hora que, en esta ocasión, se convirtió en dos horas y tres cuartos. Así que, en lugar de a las 8:30, como estaba previsto, el tren hacía su entrada triunfal en la vía 22 de Chamartín sobre las 10:15 de la mañana, con una temperatura agradable en el exterior y unos inusitados niveles de desesperación en los vagones. Aunque resulte contraintuitivo, la desesperación real no viene con gritos, golpes de pecho ni exabruptos, como sucede en las películas; muy al contrario, el hartazgo llega en silencio, con la vulgaridad de los sonidos cotidianos y una calma cínica y aterradora. De esas dos horas y tres cuartos, una hora y tres cuartos la pasamos encerrados en un tren que decidió pararse a apenas doscientos metros de la estación de Segovia-Guiomar. Cabe apuntar que una hora y tres cuartos es lo que dura un partido de fútbol con el descanso incluido, tiempo insoportable cuando no puedes hacer nada y durante el cual la única información que recibimos fue que «todos los trenes de España que llegan o salen de Chamartín o de Atocha están parados y no tenemos previsión de que vuelvana arrancar». Los móviles ya ardían con mensajes de amigos esperando a los trenes posteriores y atrapados en las estaciones, donde los trabajadores de Adif comenzaban a recomendarles que volvieran a su casa ante la imposibilidad de dar mejores noticias. No tengo ni idea de cuánta gente ha podido estar parada en las estaciones y en las vías durante ese tiempo. Pero tengo claro que, en su gran mayoría, son trabajadores que hoy han tenido que ponerse colorados para justificar ante su jefe que, de nuevo, no han podido estar en su puesto de trabajo porque así es la vida.Es posible que alguno de esos jefes diga: «Es la cuarta vez que te pasa este trimestre. Si no puedes vivir en Valladolid, tendrás que elegir entre mudarte a Madrid con tu familia o cambiar de trabajo». Y tendrían toda la razón. Hay miles de familias que han organizado su futuro profesional y que han tomado decisiones familiares decisivas -hipotecarse, escolarizar a sus hijos- sobre la ingenua base de que los trenes en España salen y llegan a su hora. Pero eso es en el resto del mundo; aquí ya es una quimera. Y no hablamos de molestias puntuales sino de gente que va a perder su trabajo. Todo esto no se puede vivir con la sensación de familiaridad con la que mi tren lo vivió, como si el desastre ferroviario o los apagones fueran cosas que pasan, cosas como, qué sé yo, una tormenta, una picadura de abeja, un padrastro. La gente civilizada reacciona de modo civilizado: tranquilidad, frialdad y amabilidad con los empleados, más afectados por el ridículo que los propios viajeros. Pero asumir sin más que hoy yo no he podido hacer mi trabajo no entra dentro de mis planes.Intenté conectarme a la sesión de control en la propia web del Congreso pero, por supuesto, en medio de la vía no había cobertura. Tampoco había demasiada en la estación de Chamartín, donde tuve la enorme fortuna de encontrarme con otros tres cuartos de hora de retraso en mi tren de vuelta. Así que toda la mañana esperando trenes para, finalmente, tener que esperar a llegar a casa para conectarme y ver lo sucedido. No sin antes dar de comer a una niña que, durante ese tiempo,esperaba a su padre con más hambre que un perro pequeño y más sueño que Morrissey en Valencia. Porque al otro lado de un retraso de tren hay niños esperando, jefes enfadados, conexiones aéreas perdidas, citas médicas dilatadas durante meses, reuniones de trabajo, oportunidades comerciales, trenes hacia el sur, entrevistas laborales y hasta congresos -leo que había varios peruanos llegados a España para acudir a un evento de UGT al que, evidentemente, no llegaron-. Y, por supuesto, aunque sea lo de menos, cronistas parlamentarios que no van a ganar el premio AENA de narrativa pero que se postulan abiertamente para el premio Adif al cronismo con obstáculos. Como cada mañana a las 7:27, unas seiscientas personas cogían un tren en la estación de Valladolid-Campo Grande con destino a Madrid-Chamartín. Se trata de un trayecto con una duración de una hora que, en esta ocasión, se convirtió en dos horas y tres cuartos. Así que, en lugar de a las 8:30, como estaba previsto, el tren hacía su entrada triunfal en la vía 22 de Chamartín sobre las 10:15 de la mañana, con una temperatura agradable en el exterior y unos inusitados niveles de desesperación en los vagones. Aunque resulte contraintuitivo, la desesperación real no viene con gritos, golpes de pecho ni exabruptos, como sucede en las películas; muy al contrario, el hartazgo llega en silencio, con la vulgaridad de los sonidos cotidianos y una calma cínica y aterradora. De esas dos horas y tres cuartos, una hora y tres cuartos la pasamos encerrados en un tren que decidió pararse a apenas doscientos metros de la estación de Segovia-Guiomar. Cabe apuntar que una hora y tres cuartos es lo que dura un partido de fútbol con el descanso incluido, tiempo insoportable cuando no puedes hacer nada y durante el cual la única información que recibimos fue que «todos los trenes de España que llegan o salen de Chamartín o de Atocha están parados y no tenemos previsión de que vuelvana arrancar». Los móviles ya ardían con mensajes de amigos esperando a los trenes posteriores y atrapados en las estaciones, donde los trabajadores de Adif comenzaban a recomendarles que volvieran a su casa ante la imposibilidad de dar mejores noticias. No tengo ni idea de cuánta gente ha podido estar parada en las estaciones y en las vías durante ese tiempo. Pero tengo claro que, en su gran mayoría, son trabajadores que hoy han tenido que ponerse colorados para justificar ante su jefe que, de nuevo, no han podido estar en su puesto de trabajo porque así es la vida.Es posible que alguno de esos jefes diga: «Es la cuarta vez que te pasa este trimestre. Si no puedes vivir en Valladolid, tendrás que elegir entre mudarte a Madrid con tu familia o cambiar de trabajo». Y tendrían toda la razón. Hay miles de familias que han organizado su futuro profesional y que han tomado decisiones familiares decisivas -hipotecarse, escolarizar a sus hijos- sobre la ingenua base de que los trenes en España salen y llegan a su hora. Pero eso es en el resto del mundo; aquí ya es una quimera. Y no hablamos de molestias puntuales sino de gente que va a perder su trabajo. Todo esto no se puede vivir con la sensación de familiaridad con la que mi tren lo vivió, como si el desastre ferroviario o los apagones fueran cosas que pasan, cosas como, qué sé yo, una tormenta, una picadura de abeja, un padrastro. La gente civilizada reacciona de modo civilizado: tranquilidad, frialdad y amabilidad con los empleados, más afectados por el ridículo que los propios viajeros. Pero asumir sin más que hoy yo no he podido hacer mi trabajo no entra dentro de mis planes.Intenté conectarme a la sesión de control en la propia web del Congreso pero, por supuesto, en medio de la vía no había cobertura. Tampoco había demasiada en la estación de Chamartín, donde tuve la enorme fortuna de encontrarme con otros tres cuartos de hora de retraso en mi tren de vuelta. Así que toda la mañana esperando trenes para, finalmente, tener que esperar a llegar a casa para conectarme y ver lo sucedido. No sin antes dar de comer a una niña que, durante ese tiempo,esperaba a su padre con más hambre que un perro pequeño y más sueño que Morrissey en Valencia. Porque al otro lado de un retraso de tren hay niños esperando, jefes enfadados, conexiones aéreas perdidas, citas médicas dilatadas durante meses, reuniones de trabajo, oportunidades comerciales, trenes hacia el sur, entrevistas laborales y hasta congresos -leo que había varios peruanos llegados a España para acudir a un evento de UGT al que, evidentemente, no llegaron-. Y, por supuesto, aunque sea lo de menos, cronistas parlamentarios que no van a ganar el premio AENA de narrativa pero que se postulan abiertamente para el premio Adif al cronismo con obstáculos. RSS de noticias de espana
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