Cuando la presidenta de la corrida, doña Cristina Ibarrola, se sentó en el palco con una chaquetilla de inspiración torera, ya se podía sospechar que no venía muy en serio. Pero no tanto: una cosa es que Pamplona sea festiva y otra, este festival de chirigota. La puerta grande de Roca Rey y David de Miranda fue un cachondeo, una tómbola de pueblo, sin los mínimos argumentos más allá de la contundencia de las estocadas. A Ibarrola, exalcaldesa de la ciudad, la pitaron al principio de la corrida por su filiación política (UPN), no por la casaquilla, pero cuando verdaderamente la debieron abroncar fue al final de la tarde. Victoriano del Río también se quedó lejos de las excelencias a las que nos acostumbra: la corrida, en consonancia con la tarde, fue más fácil que brava, más aparente que lujosa. La categoría estuvo ausente por dentro y también por fuera: una escalera de hechuras y seriedades. Alejandro Talavante cometió el pecado, visto lo visto, de irse andando con un lote que, aun con sus carencias, fue el más redondo para el toreo.
Cuando la presidenta de la corrida, doña Cristina Ibarrola, se sentó en el palco con una chaquetilla de inspiración torera, ya se podía sospechar que no venía muy en serio. Pero
Cuando la presidenta de la corrida, doña Cristina Ibarrola, se sentó en el palco con una chaquetilla de inspiración torera, ya se podía sospechar que no venía muy en serio. Pero no tanto: una cosa es que Pamplona sea festiva y otra, este festival de chirigota. La puerta grande de Roca Rey y David de Miranda fue un cachondeo, una tómbola de pueblo, sin los mínimos argumentos más allá de la contundencia de las estocadas. A Ibarrola, exalcaldesa de la ciudad, la pitaron al principio de la corrida por su filiación política (UPN), no por la casaquilla, pero cuando verdaderamente la debieron abroncar fue al final de la tarde. Victoriano del Río también se quedó lejos de las excelencias a las que nos acostumbra: la corrida, en consonancia con la tarde, fue más fácil que brava, más aparente que lujosa. La categoría estuvo ausente por dentro y también por fuera: una escalera de hechuras y seriedades. Alejandro Talavante cometió el pecado, visto lo visto, de irse andando con un lote que, aun con sus carencias, fue el más redondo para el toreo.
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