«Hay que ir recogiendo el verano» es la expresión familiar, sentenciosa y ritualmente repetida, que marca el proceso de aclimatación mental ante el retorno a la vida corriente y sus responsabilidades. La tengo incrustada en la memoria y escucharla me produce cada vez un pellizco en el estómago. «Recoger el verano» es muchas cosas, desde la relación de reparaciones y reposiciones «para el año que viene» -las tejas zarandeadas por el viento o las toallas a retirar- hasta los proyectos de cada uno, el repaso general de lo que se queda y lo que se va, festoneado todo ello por el «no te olvides de». En este contexto, el desaliento siempre me invade al confrontar la pila de libros incólumes que engrosan el inventario de derrotas. También al apreciar los abandonados a medio camino, cuyo número aumenta desde que ya no precede a su adquisición aquel examen en librería que sopesaba la utilidad de la inversión. A ello se suma haber perdido el respeto al libro «en esencia», por el que me tengo embaulados ladrillos insoportables.
No esperaba encontrar en un libro a propósito de religión, ‘Taking Religion Seriously’, una prolongación de reflexiones que han partido de Ulises o la inteligencia artificial y que han conducido a la perenne interrogación sobre Occidente
«Hay que ir recogiendo el verano» es la expresión familiar, sentenciosa y ritualmente repetida, que marca el proceso de aclimatación mental ante el retorno a la vida corriente y sus responsabilidades. La tengo incrustada en la memoria y escucharla me produce cada vez un pellizco en el estómago. «Recoger el verano» es muchas cosas, desde la relación de reparaciones y reposiciones «para el año que viene» -las tejas zarandeadas por el viento o las toallas a retirar- hasta los proyectos de cada uno, el repaso general de lo que se queda y lo que se va, festoneado todo ello por el «no te olvides de». En este contexto, el desaliento siempre me invade al confrontar la pila de libros incólumes que engrosan el inventario de derrotas. También al apreciar los abandonados a medio camino, cuyo número aumenta desde que ya no precede a su adquisición aquel examen en librería que sopesaba la utilidad de la inversión. A ello se suma haber perdido el respeto al libro «en esencia», por el que me tengo embaulados ladrillos insoportables.
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