A las ocho y treinta y siete caía herido Andrés Roca Rey al entrar a matar. Se le vino el toro de Cortés y el peruano no dudó: con rectitud de vela se tiró encima de Soleares, que no perdonó tanta verdad y hundió el pitón en el muslo, con mucha saña, girando en segundos eternos. El limeño sabía que iba herido, el boquete anunciaba el tabaco, pero jamás perdió el rictus. Cuando las cuadrillas se lo llevaban en volandas, solo miraba al toro para ver si caía, para que la obra quedase rematada al completo. Sin un solo gesto de dolor pese a la gravedad presentida. ¡Qué barbaridad de figura! Solo un número 1 es capaz de voltear así una tarde que se precipitaba al vacío por la decepcionante corrida de Victoriano del Río, a la que le faltó la casta y el motor a los que nos tiene acostumbrados en la primera parte. Toda la raza puso el peruano en una faena que brindó a El Juli, siete veces Príncipe. De mandamás a mandamás. Su autoridad demostró Andrés con un toro muy exigente y complejo, que pensaba más que un filósofo. Llevaba el hierro de Cortés y se le notaban sus cinco años. Ese toro solo le servía a un titán de asombrosa capacidad. Se desbocó el corazón de la Maestranza cuando el volcán peruano se plantó en los medios de rodillas en una apertura explosiva. Derramaba la testosterona como un río de fuego líquido mientras citaba con el pendular a Soleares, negro como la media noche. Hasta tres pases por la espalda dibujó, con uno en el que aguantó un larguísimo parón de un toro que lo medía, que lo miraba. Ni una vez se arrugó con valor estratosférico, salvaje. Hasta poner en pie la plaza, con la música sonando. Cuántas teclas tenía Soleares, de cortar la respiración. Su autoridad impuso Andrés como el emperador que no negocia su trono. Mandón, imperial. Hubo un desarme y paró la banda de Tristán, y cuando quiso arrancar de nuevo Roca dijo que nones. Mejor: aquella faena -para profesionales, para aficionados y para público, que a todos llegó- era mejor verla en silencio, solo roto por las ovaciones y ese rugido cuando se dejó acariciar por esos pitones que luego dejarían a la máxima figura herida. Aplomada fue su obra, de mano baja y gobierno de hierro. De mucho entendimiento. «¡Torero, torero!», gritaron en la grada mientras permanecía clavado en la arena y con los ojos encendidos de gloria. A por ella iba y a tumba abierta se tiró a matar cuando Soleares lo sorprendió. Igual le dio: ofreció el pecho a sabiendas de que el rayo de Soleares podría herirlo, podría matarlo. Tanta fue la furia en la cornada que el estoque se enganchó en la taleguilla, pero Roca lo había cazado y el cinqueño dobló sus manos. Un bosque de pañuelos blancos eran los tendidos. La faena había sido tremendamente emocionante, con la entrega total de un torero a un toro que no regaló nada. Dos orejones le llevó Viruta a la enfermería, con el matador tranquilo y la gente conmocionada. Todos se asustaron, desde Tomás Páramo a Luisma Lozano, desde El Juli a Francisco Rivera, conocedores de la dureza del toreo. Al cierre de esta edición, continuaban operándolo.Qué dura comienza la temporada: las dos figuras que llenan, las dos figuras que mandan, en el hule. Feria de Abril Real Maestranza de Sevilla Jueves, 23 de abril de 2026. Duodécima de abono. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Victoriano del Río (1º, 2º y 4º) y Toros de Cortés (3º, 5º y 6º), cinqueños los tres últimos. José María Manzanares, de habano y oro: pinchazo y estocada (silencio); media trasera tendida (silencio). Andrés Roca Rey, de azul y oro: pinchazo y estocada desprendida con travesía (silencio tras aviso); estocada (dos orejas). Javier Zulueta de lila y oro: estocada delantera perpendicular y dos descabellos (silencio); estocada caída (petición y vuelta al ruedo).dsfdf A las ocho y treinta y siete caía herido Andrés Roca Rey al entrar a matar. Se le vino el toro de Cortés y el peruano no dudó: con rectitud de vela se tiró encima de Soleares, que no perdonó tanta verdad y hundió el pitón en el muslo, con mucha saña, girando en segundos eternos. El limeño sabía que iba herido, el boquete anunciaba el tabaco, pero jamás perdió el rictus. Cuando las cuadrillas se lo llevaban en volandas, solo miraba al toro para ver si caía, para que la obra quedase rematada al completo. Sin un solo gesto de dolor pese a la gravedad presentida. ¡Qué barbaridad de figura! Solo un número 1 es capaz de voltear así una tarde que se precipitaba al vacío por la decepcionante corrida de Victoriano del Río, a la que le faltó la casta y el motor a los que nos tiene acostumbrados en la primera parte. Toda la raza puso el peruano en una faena que brindó a El Juli, siete veces Príncipe. De mandamás a mandamás. Su autoridad demostró Andrés con un toro muy exigente y complejo, que pensaba más que un filósofo. Llevaba el hierro de Cortés y se le notaban sus cinco años. Ese toro solo le servía a un titán de asombrosa capacidad. Se desbocó el corazón de la Maestranza cuando el volcán peruano se plantó en los medios de rodillas en una apertura explosiva. Derramaba la testosterona como un río de fuego líquido mientras citaba con el pendular a Soleares, negro como la media noche. Hasta tres pases por la espalda dibujó, con uno en el que aguantó un larguísimo parón de un toro que lo medía, que lo miraba. Ni una vez se arrugó con valor estratosférico, salvaje. Hasta poner en pie la plaza, con la música sonando. Cuántas teclas tenía Soleares, de cortar la respiración. Su autoridad impuso Andrés como el emperador que no negocia su trono. Mandón, imperial. Hubo un desarme y paró la banda de Tristán, y cuando quiso arrancar de nuevo Roca dijo que nones. Mejor: aquella faena -para profesionales, para aficionados y para público, que a todos llegó- era mejor verla en silencio, solo roto por las ovaciones y ese rugido cuando se dejó acariciar por esos pitones que luego dejarían a la máxima figura herida. Aplomada fue su obra, de mano baja y gobierno de hierro. De mucho entendimiento. «¡Torero, torero!», gritaron en la grada mientras permanecía clavado en la arena y con los ojos encendidos de gloria. A por ella iba y a tumba abierta se tiró a matar cuando Soleares lo sorprendió. Igual le dio: ofreció el pecho a sabiendas de que el rayo de Soleares podría herirlo, podría matarlo. Tanta fue la furia en la cornada que el estoque se enganchó en la taleguilla, pero Roca lo había cazado y el cinqueño dobló sus manos. Un bosque de pañuelos blancos eran los tendidos. La faena había sido tremendamente emocionante, con la entrega total de un torero a un toro que no regaló nada. Dos orejones le llevó Viruta a la enfermería, con el matador tranquilo y la gente conmocionada. Todos se asustaron, desde Tomás Páramo a Luisma Lozano, desde El Juli a Francisco Rivera, conocedores de la dureza del toreo. Al cierre de esta edición, continuaban operándolo.Qué dura comienza la temporada: las dos figuras que llenan, las dos figuras que mandan, en el hule. Feria de Abril Real Maestranza de Sevilla Jueves, 23 de abril de 2026. Duodécima de abono. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Victoriano del Río (1º, 2º y 4º) y Toros de Cortés (3º, 5º y 6º), cinqueños los tres últimos. José María Manzanares, de habano y oro: pinchazo y estocada (silencio); media trasera tendida (silencio). Andrés Roca Rey, de azul y oro: pinchazo y estocada desprendida con travesía (silencio tras aviso); estocada (dos orejas). Javier Zulueta de lila y oro: estocada delantera perpendicular y dos descabellos (silencio); estocada caída (petición y vuelta al ruedo).dsfdf A las ocho y treinta y siete caía herido Andrés Roca Rey al entrar a matar. Se le vino el toro de Cortés y el peruano no dudó: con rectitud de vela se tiró encima de Soleares, que no perdonó tanta verdad y hundió el pitón en el muslo, con mucha saña, girando en segundos eternos. El limeño sabía que iba herido, el boquete anunciaba el tabaco, pero jamás perdió el rictus. Cuando las cuadrillas se lo llevaban en volandas, solo miraba al toro para ver si caía, para que la obra quedase rematada al completo. Sin un solo gesto de dolor pese a la gravedad presentida. ¡Qué barbaridad de figura! Solo un número 1 es capaz de voltear así una tarde que se precipitaba al vacío por la decepcionante corrida de Victoriano del Río, a la que le faltó la casta y el motor a los que nos tiene acostumbrados en la primera parte. Toda la raza puso el peruano en una faena que brindó a El Juli, siete veces Príncipe. De mandamás a mandamás. Su autoridad demostró Andrés con un toro muy exigente y complejo, que pensaba más que un filósofo. Llevaba el hierro de Cortés y se le notaban sus cinco años. Ese toro solo le servía a un titán de asombrosa capacidad. Se desbocó el corazón de la Maestranza cuando el volcán peruano se plantó en los medios de rodillas en una apertura explosiva. Derramaba la testosterona como un río de fuego líquido mientras citaba con el pendular a Soleares, negro como la media noche. Hasta tres pases por la espalda dibujó, con uno en el que aguantó un larguísimo parón de un toro que lo medía, que lo miraba. Ni una vez se arrugó con valor estratosférico, salvaje. Hasta poner en pie la plaza, con la música sonando. Cuántas teclas tenía Soleares, de cortar la respiración. Su autoridad impuso Andrés como el emperador que no negocia su trono. Mandón, imperial. Hubo un desarme y paró la banda de Tristán, y cuando quiso arrancar de nuevo Roca dijo que nones. Mejor: aquella faena -para profesionales, para aficionados y para público, que a todos llegó- era mejor verla en silencio, solo roto por las ovaciones y ese rugido cuando se dejó acariciar por esos pitones que luego dejarían a la máxima figura herida. Aplomada fue su obra, de mano baja y gobierno de hierro. De mucho entendimiento. «¡Torero, torero!», gritaron en la grada mientras permanecía clavado en la arena y con los ojos encendidos de gloria. A por ella iba y a tumba abierta se tiró a matar cuando Soleares lo sorprendió. Igual le dio: ofreció el pecho a sabiendas de que el rayo de Soleares podría herirlo, podría matarlo. Tanta fue la furia en la cornada que el estoque se enganchó en la taleguilla, pero Roca lo había cazado y el cinqueño dobló sus manos. Un bosque de pañuelos blancos eran los tendidos. La faena había sido tremendamente emocionante, con la entrega total de un torero a un toro que no regaló nada. Dos orejones le llevó Viruta a la enfermería, con el matador tranquilo y la gente conmocionada. Todos se asustaron, desde Tomás Páramo a Luisma Lozano, desde El Juli a Francisco Rivera, conocedores de la dureza del toreo. Al cierre de esta edición, continuaban operándolo.Qué dura comienza la temporada: las dos figuras que llenan, las dos figuras que mandan, en el hule. Feria de Abril Real Maestranza de Sevilla Jueves, 23 de abril de 2026. Duodécima de abono. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Victoriano del Río (1º, 2º y 4º) y Toros de Cortés (3º, 5º y 6º), cinqueños los tres últimos. José María Manzanares, de habano y oro: pinchazo y estocada (silencio); media trasera tendida (silencio). Andrés Roca Rey, de azul y oro: pinchazo y estocada desprendida con travesía (silencio tras aviso); estocada (dos orejas). Javier Zulueta de lila y oro: estocada delantera perpendicular y dos descabellos (silencio); estocada caída (petición y vuelta al ruedo).dsfdf RSS de noticias de cultura
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