El Teatro de la Maestranza acogió este Domingo de Resurrección un acto que, siendo Pregón Taurino , terminó siendo algo muy distinto. No fue un pregón al uso. Ni siquiera, estrictamente, un pregón. Fue una reflexión en voz alta. Una disertación profunda, valiente por momentos, incómoda por otros, pero sostenida siempre en la brillantez de su discurso.Durante cuarenta y cinco minutos, Rubén Amón no vino a anunciar la temporada: vino a interpretarla. Y, sobre todo, vino a situar en el centro de todo a Morante de la Puebla.La escena, de alto voltaje institucional , ya marcaba la dimensión del acto. La presencia de la Infanta Elena, del presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, y del alcalde de la ciudad, José Luis Sanz, entre otras autoridades, subrayaba el peso simbólico de una cita que abre el pulso taurino de Sevilla. El delegado de Fiestas Mayores del Ayuntamiento de Sevilla, Manuel Alés, fue el encargado de abrir el acto con una idea clara: «llega el tiempo de otra pasión sevillana». Una jornada de luz, de vida, de reafirmación sin complejos de la tauromaquia como parte esencial de la identidad de la ciudad.El acompañamiento musical de la Banda Sinfónica Municipal , dirigida por Francisco Javier Gutiérrez Juan, puso los sones clásicos —Manolete, España Cañí, Agüero— a un acto que pronto abandonaría cualquier previsión formal.Juan del Val, la medida exactaEl colega del pregonero, Juan del Val, ejerció de introductor con inteligencia y economía. Recordó el origen de la invitación —en un camerino de El Hormiguero— y se definió como «su banderillero hoy». Reivindicó a Amón como uno de los grandes periodistas de España, destacando su solvencia intelectual y su capacidad para abordar cualquier terreno. Breve, certero, remató con oficio.«Rubén, disfruta»El pregonero arrancó desde la ironía y la conciencia del momento. «Me siento bajo una presión estimulante», confesó, antes de compartir la primera frase que se había escrito: «Rubén, disfruta».Brindó su intervención a Curro Vázquez y, a título póstumo, a Ricardo Ortiz, recientemente fallecido en los corrales de Málaga. Y dejó una sentencia que ya queda como una de las frases de la tarde: «Cuanto más vengo a Sevilla, menos me gustan Las Ventas».Porque el discurso transitó constantemente entre Madrid y Sevilla, entre dos formas de entender la tauromaquia. «Claro que Madrid es la primera plaza de España, y claro que Sevilla es la primera del mundo».Morante como centro del universoA partir de ahí, el pregón dejó de ser pregón. Se convirtió en una tesis. En una defensa apasionada —y también intelectual— del fenómeno Morante. Amón habló de trance, de sobreexposición a la belleza, de esa capacidad única de conmover hasta dejar temblando al espectador. «Es un torero insoportable», dijo, en una de esas contradicciones que solo explican lo extraordinario.«Es el más artista de los toreros valientes y el más valiente de los toreros artistas. Es el alfa y el omega». Para Amón, Morante no es solo un torero. Es una religión. Es lo nunca visto. Y, por tanto, irrepetible.Un discurso con aristaEl pregón también tuvo filo político. Sin rodeos. Amón criticó abiertamente lo que considera un ataque de la izquierda política y de ciertos nacionalismos a la tauromaquia. Lo hizo desde una posición personal —reconociéndose antiguo votante socialista— y con un tono directo, sin matices. Más allá de la carga ideológica, el discurso planteó una idea de fondo: la tauromaquia como elemento incómodo para la sociedad contemporánea.«Somos un escándalo», vino a decir. Y en esa incomodidad situó una de las claves de su supervivencia. Señaló directamente al ministro de Cultura, Ernest Urtasun, en una de las referencias más contundentes: «le niega la mano al Juli y se la brinda a Otegui». Los jóvenes y el regresoFrente a ese contexto, destacó un fenómeno: el regreso de los jóvenes. No le interesa tanto por qué van, sino por qué vuelven. Y en ese regreso vuelve a aparecer Morante como eje, como figura que atrae, transforma y genera afición. Un morantismo que, según Amón, se expande incluso más allá del conocimiento profundo de la tauromaquia. Como emoción pura.Morante, mito y resurrecciónEl final fue puro arrebato literario. Morante como Picasso. Como Joselito. Como Belmonte. Como los dioses del Olimpo. Como un torero que murió simbólicamente el 12 de octubre de 2025 en Madrid y que resucita este Domingo de Resurrección en Sevilla.«Y si no me creen, vayan a verlo». Ni pregón ni falta que hizo. Y ahí está la clave. Lo de Rubén Amón fue un discurso brillante. De altura. De pensamiento. Pero no fue un pregón al uso. No anunció la temporada ni dibujó sus líneas. Sin embargo, logró algo más complejo: detener a Sevilla durante cuarenta y cinco minutos para hacerla pensar. Para recordarle que está viviendo un tiempo único. El tiempo de Morante. Y eso, en Sevilla, es casi una forma de eternidad. El Teatro de la Maestranza acogió este Domingo de Resurrección un acto que, siendo Pregón Taurino , terminó siendo algo muy distinto. No fue un pregón al uso. Ni siquiera, estrictamente, un pregón. Fue una reflexión en voz alta. Una disertación profunda, valiente por momentos, incómoda por otros, pero sostenida siempre en la brillantez de su discurso.Durante cuarenta y cinco minutos, Rubén Amón no vino a anunciar la temporada: vino a interpretarla. Y, sobre todo, vino a situar en el centro de todo a Morante de la Puebla.La escena, de alto voltaje institucional , ya marcaba la dimensión del acto. La presencia de la Infanta Elena, del presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, y del alcalde de la ciudad, José Luis Sanz, entre otras autoridades, subrayaba el peso simbólico de una cita que abre el pulso taurino de Sevilla. El delegado de Fiestas Mayores del Ayuntamiento de Sevilla, Manuel Alés, fue el encargado de abrir el acto con una idea clara: «llega el tiempo de otra pasión sevillana». Una jornada de luz, de vida, de reafirmación sin complejos de la tauromaquia como parte esencial de la identidad de la ciudad.El acompañamiento musical de la Banda Sinfónica Municipal , dirigida por Francisco Javier Gutiérrez Juan, puso los sones clásicos —Manolete, España Cañí, Agüero— a un acto que pronto abandonaría cualquier previsión formal.Juan del Val, la medida exactaEl colega del pregonero, Juan del Val, ejerció de introductor con inteligencia y economía. Recordó el origen de la invitación —en un camerino de El Hormiguero— y se definió como «su banderillero hoy». Reivindicó a Amón como uno de los grandes periodistas de España, destacando su solvencia intelectual y su capacidad para abordar cualquier terreno. Breve, certero, remató con oficio.«Rubén, disfruta»El pregonero arrancó desde la ironía y la conciencia del momento. «Me siento bajo una presión estimulante», confesó, antes de compartir la primera frase que se había escrito: «Rubén, disfruta».Brindó su intervención a Curro Vázquez y, a título póstumo, a Ricardo Ortiz, recientemente fallecido en los corrales de Málaga. Y dejó una sentencia que ya queda como una de las frases de la tarde: «Cuanto más vengo a Sevilla, menos me gustan Las Ventas».Porque el discurso transitó constantemente entre Madrid y Sevilla, entre dos formas de entender la tauromaquia. «Claro que Madrid es la primera plaza de España, y claro que Sevilla es la primera del mundo».Morante como centro del universoA partir de ahí, el pregón dejó de ser pregón. Se convirtió en una tesis. En una defensa apasionada —y también intelectual— del fenómeno Morante. Amón habló de trance, de sobreexposición a la belleza, de esa capacidad única de conmover hasta dejar temblando al espectador. «Es un torero insoportable», dijo, en una de esas contradicciones que solo explican lo extraordinario.«Es el más artista de los toreros valientes y el más valiente de los toreros artistas. Es el alfa y el omega». Para Amón, Morante no es solo un torero. Es una religión. Es lo nunca visto. Y, por tanto, irrepetible.Un discurso con aristaEl pregón también tuvo filo político. Sin rodeos. Amón criticó abiertamente lo que considera un ataque de la izquierda política y de ciertos nacionalismos a la tauromaquia. Lo hizo desde una posición personal —reconociéndose antiguo votante socialista— y con un tono directo, sin matices. Más allá de la carga ideológica, el discurso planteó una idea de fondo: la tauromaquia como elemento incómodo para la sociedad contemporánea.«Somos un escándalo», vino a decir. Y en esa incomodidad situó una de las claves de su supervivencia. Señaló directamente al ministro de Cultura, Ernest Urtasun, en una de las referencias más contundentes: «le niega la mano al Juli y se la brinda a Otegui». Los jóvenes y el regresoFrente a ese contexto, destacó un fenómeno: el regreso de los jóvenes. No le interesa tanto por qué van, sino por qué vuelven. Y en ese regreso vuelve a aparecer Morante como eje, como figura que atrae, transforma y genera afición. Un morantismo que, según Amón, se expande incluso más allá del conocimiento profundo de la tauromaquia. Como emoción pura.Morante, mito y resurrecciónEl final fue puro arrebato literario. Morante como Picasso. Como Joselito. Como Belmonte. Como los dioses del Olimpo. Como un torero que murió simbólicamente el 12 de octubre de 2025 en Madrid y que resucita este Domingo de Resurrección en Sevilla.«Y si no me creen, vayan a verlo». Ni pregón ni falta que hizo. Y ahí está la clave. Lo de Rubén Amón fue un discurso brillante. De altura. De pensamiento. Pero no fue un pregón al uso. No anunció la temporada ni dibujó sus líneas. Sin embargo, logró algo más complejo: detener a Sevilla durante cuarenta y cinco minutos para hacerla pensar. Para recordarle que está viviendo un tiempo único. El tiempo de Morante. Y eso, en Sevilla, es casi una forma de eternidad. El Teatro de la Maestranza acogió este Domingo de Resurrección un acto que, siendo Pregón Taurino , terminó siendo algo muy distinto. No fue un pregón al uso. Ni siquiera, estrictamente, un pregón. Fue una reflexión en voz alta. Una disertación profunda, valiente por momentos, incómoda por otros, pero sostenida siempre en la brillantez de su discurso.Durante cuarenta y cinco minutos, Rubén Amón no vino a anunciar la temporada: vino a interpretarla. Y, sobre todo, vino a situar en el centro de todo a Morante de la Puebla.La escena, de alto voltaje institucional , ya marcaba la dimensión del acto. La presencia de la Infanta Elena, del presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, y del alcalde de la ciudad, José Luis Sanz, entre otras autoridades, subrayaba el peso simbólico de una cita que abre el pulso taurino de Sevilla. El delegado de Fiestas Mayores del Ayuntamiento de Sevilla, Manuel Alés, fue el encargado de abrir el acto con una idea clara: «llega el tiempo de otra pasión sevillana». Una jornada de luz, de vida, de reafirmación sin complejos de la tauromaquia como parte esencial de la identidad de la ciudad.El acompañamiento musical de la Banda Sinfónica Municipal , dirigida por Francisco Javier Gutiérrez Juan, puso los sones clásicos —Manolete, España Cañí, Agüero— a un acto que pronto abandonaría cualquier previsión formal.Juan del Val, la medida exactaEl colega del pregonero, Juan del Val, ejerció de introductor con inteligencia y economía. Recordó el origen de la invitación —en un camerino de El Hormiguero— y se definió como «su banderillero hoy». Reivindicó a Amón como uno de los grandes periodistas de España, destacando su solvencia intelectual y su capacidad para abordar cualquier terreno. Breve, certero, remató con oficio.«Rubén, disfruta»El pregonero arrancó desde la ironía y la conciencia del momento. «Me siento bajo una presión estimulante», confesó, antes de compartir la primera frase que se había escrito: «Rubén, disfruta».Brindó su intervención a Curro Vázquez y, a título póstumo, a Ricardo Ortiz, recientemente fallecido en los corrales de Málaga. Y dejó una sentencia que ya queda como una de las frases de la tarde: «Cuanto más vengo a Sevilla, menos me gustan Las Ventas».Porque el discurso transitó constantemente entre Madrid y Sevilla, entre dos formas de entender la tauromaquia. «Claro que Madrid es la primera plaza de España, y claro que Sevilla es la primera del mundo».Morante como centro del universoA partir de ahí, el pregón dejó de ser pregón. Se convirtió en una tesis. En una defensa apasionada —y también intelectual— del fenómeno Morante. Amón habló de trance, de sobreexposición a la belleza, de esa capacidad única de conmover hasta dejar temblando al espectador. «Es un torero insoportable», dijo, en una de esas contradicciones que solo explican lo extraordinario.«Es el más artista de los toreros valientes y el más valiente de los toreros artistas. Es el alfa y el omega». Para Amón, Morante no es solo un torero. Es una religión. Es lo nunca visto. Y, por tanto, irrepetible.Un discurso con aristaEl pregón también tuvo filo político. Sin rodeos. Amón criticó abiertamente lo que considera un ataque de la izquierda política y de ciertos nacionalismos a la tauromaquia. Lo hizo desde una posición personal —reconociéndose antiguo votante socialista— y con un tono directo, sin matices. Más allá de la carga ideológica, el discurso planteó una idea de fondo: la tauromaquia como elemento incómodo para la sociedad contemporánea.«Somos un escándalo», vino a decir. Y en esa incomodidad situó una de las claves de su supervivencia. Señaló directamente al ministro de Cultura, Ernest Urtasun, en una de las referencias más contundentes: «le niega la mano al Juli y se la brinda a Otegui». Los jóvenes y el regresoFrente a ese contexto, destacó un fenómeno: el regreso de los jóvenes. No le interesa tanto por qué van, sino por qué vuelven. Y en ese regreso vuelve a aparecer Morante como eje, como figura que atrae, transforma y genera afición. Un morantismo que, según Amón, se expande incluso más allá del conocimiento profundo de la tauromaquia. Como emoción pura.Morante, mito y resurrecciónEl final fue puro arrebato literario. Morante como Picasso. Como Joselito. Como Belmonte. Como los dioses del Olimpo. Como un torero que murió simbólicamente el 12 de octubre de 2025 en Madrid y que resucita este Domingo de Resurrección en Sevilla.«Y si no me creen, vayan a verlo». Ni pregón ni falta que hizo. Y ahí está la clave. Lo de Rubén Amón fue un discurso brillante. De altura. De pensamiento. Pero no fue un pregón al uso. No anunció la temporada ni dibujó sus líneas. Sin embargo, logró algo más complejo: detener a Sevilla durante cuarenta y cinco minutos para hacerla pensar. Para recordarle que está viviendo un tiempo único. El tiempo de Morante. Y eso, en Sevilla, es casi una forma de eternidad. RSS de noticias de cultura
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