En un tiempo no lejano era habitual en algunos sectores eclesiales autodenominados «progresistas» un discurso que distinguía, con una especie de dialéctica marxista, entre el pueblo de Dios y la jerarquía . La verdadera Iglesia la conformaría ese pueblo (naturalmente, sólo la parte del pueblo que se identificaba con sus postulados) mientras que la jerarquía sería, por definición, un poder abusivo que impedía vivir auténticamente el Evangelio , entendido lógicamente según su interpretación ideológica y, por tanto, selectiva. El fenómeno está ampliamente documentado. Lo novedoso hoy es que una cierta «derecha» católica es la que practica el mismo juego: separar al pueblo cristiano (una vez más, la parte que se identifica con su ideología) de los obispos , calificados ahora de cobardes y traidores. No se trata simplemente de legítimas discrepancias sobre juicios históricos que pueden asumir los obispos, sino de una sistemática siembra de desafección, en la medida en que los obispos no asuman el «programa» de quienes se presentan como «salvadores» de la propia Iglesia. Reconozcamos también que ejemplos de esta deriva existen en nuestra historia patria desde el siglo XIX, cuando algunos organizaban rogativas «para que se convierta el Papa». En todo caso, desde la izquierda o la derecha, es la misma trampa, separar al pueblo de los pastores, negar la fisonomía de la Iglesia tal como su Señor la quiso y la fundó. Nadie dice que los pastores sean perfectos, ni siempre ejemplares. Tampoco que sus juicios sobre las contingencias de la historia sean siempre acertados. Todo eso se puede afrontar y valorar en el seno de la gran unidad católica, cuya dinámica es la caridad en la verdad . Sin embargo, separar y oponer al cuerpo de la cabeza es negar la propia naturaleza de la Iglesia. El riesgo de reducir la fe a ideología (de uno u otro signo), que tantas veces denunció el Papa Francisco, está a la orden del día en este momento de polarización extrema. Como acaba de decir León XIV a los obispos de Perú, la misión «pasa por una comunión real y afectiva entre los pastores, y entre estos y el Pueblo de Dios, superando divisiones, protagonismos y toda forma de aislamiento». Ya en la primera generación de cristianos había «listos» que pretendían leer la cartilla a unos apóstoles cuyas goteras eran, por otra parte, evidentes. Tirando de ironía, Pablo les respondió que a los apóstoles Dios los coloca como espectáculo para recibir bofetadas en público, mientras que sus acusadores parecen muy sabios y sensatos. Para cualquier cristiano sencillo, aunque le desagrade esto o aquello, la sensatez consiste en permanecer unido al cuerpo total de la Iglesia. No para estar «calladitos», como dicen algunos, sino para hablar dentro de la unidad católica con verdadera «parresía cristiana», esa que tan poco se ve en algunos aficionados a las algaradas. En un tiempo no lejano era habitual en algunos sectores eclesiales autodenominados «progresistas» un discurso que distinguía, con una especie de dialéctica marxista, entre el pueblo de Dios y la jerarquía . La verdadera Iglesia la conformaría ese pueblo (naturalmente, sólo la parte del pueblo que se identificaba con sus postulados) mientras que la jerarquía sería, por definición, un poder abusivo que impedía vivir auténticamente el Evangelio , entendido lógicamente según su interpretación ideológica y, por tanto, selectiva. El fenómeno está ampliamente documentado. Lo novedoso hoy es que una cierta «derecha» católica es la que practica el mismo juego: separar al pueblo cristiano (una vez más, la parte que se identifica con su ideología) de los obispos , calificados ahora de cobardes y traidores. No se trata simplemente de legítimas discrepancias sobre juicios históricos que pueden asumir los obispos, sino de una sistemática siembra de desafección, en la medida en que los obispos no asuman el «programa» de quienes se presentan como «salvadores» de la propia Iglesia. Reconozcamos también que ejemplos de esta deriva existen en nuestra historia patria desde el siglo XIX, cuando algunos organizaban rogativas «para que se convierta el Papa». En todo caso, desde la izquierda o la derecha, es la misma trampa, separar al pueblo de los pastores, negar la fisonomía de la Iglesia tal como su Señor la quiso y la fundó. Nadie dice que los pastores sean perfectos, ni siempre ejemplares. Tampoco que sus juicios sobre las contingencias de la historia sean siempre acertados. Todo eso se puede afrontar y valorar en el seno de la gran unidad católica, cuya dinámica es la caridad en la verdad . Sin embargo, separar y oponer al cuerpo de la cabeza es negar la propia naturaleza de la Iglesia. El riesgo de reducir la fe a ideología (de uno u otro signo), que tantas veces denunció el Papa Francisco, está a la orden del día en este momento de polarización extrema. Como acaba de decir León XIV a los obispos de Perú, la misión «pasa por una comunión real y afectiva entre los pastores, y entre estos y el Pueblo de Dios, superando divisiones, protagonismos y toda forma de aislamiento». Ya en la primera generación de cristianos había «listos» que pretendían leer la cartilla a unos apóstoles cuyas goteras eran, por otra parte, evidentes. Tirando de ironía, Pablo les respondió que a los apóstoles Dios los coloca como espectáculo para recibir bofetadas en público, mientras que sus acusadores parecen muy sabios y sensatos. Para cualquier cristiano sencillo, aunque le desagrade esto o aquello, la sensatez consiste en permanecer unido al cuerpo total de la Iglesia. No para estar «calladitos», como dicen algunos, sino para hablar dentro de la unidad católica con verdadera «parresía cristiana», esa que tan poco se ve en algunos aficionados a las algaradas. En un tiempo no lejano era habitual en algunos sectores eclesiales autodenominados «progresistas» un discurso que distinguía, con una especie de dialéctica marxista, entre el pueblo de Dios y la jerarquía . La verdadera Iglesia la conformaría ese pueblo (naturalmente, sólo la parte del pueblo que se identificaba con sus postulados) mientras que la jerarquía sería, por definición, un poder abusivo que impedía vivir auténticamente el Evangelio , entendido lógicamente según su interpretación ideológica y, por tanto, selectiva. El fenómeno está ampliamente documentado. Lo novedoso hoy es que una cierta «derecha» católica es la que practica el mismo juego: separar al pueblo cristiano (una vez más, la parte que se identifica con su ideología) de los obispos , calificados ahora de cobardes y traidores. No se trata simplemente de legítimas discrepancias sobre juicios históricos que pueden asumir los obispos, sino de una sistemática siembra de desafección, en la medida en que los obispos no asuman el «programa» de quienes se presentan como «salvadores» de la propia Iglesia. Reconozcamos también que ejemplos de esta deriva existen en nuestra historia patria desde el siglo XIX, cuando algunos organizaban rogativas «para que se convierta el Papa». En todo caso, desde la izquierda o la derecha, es la misma trampa, separar al pueblo de los pastores, negar la fisonomía de la Iglesia tal como su Señor la quiso y la fundó. Nadie dice que los pastores sean perfectos, ni siempre ejemplares. Tampoco que sus juicios sobre las contingencias de la historia sean siempre acertados. Todo eso se puede afrontar y valorar en el seno de la gran unidad católica, cuya dinámica es la caridad en la verdad . Sin embargo, separar y oponer al cuerpo de la cabeza es negar la propia naturaleza de la Iglesia. El riesgo de reducir la fe a ideología (de uno u otro signo), que tantas veces denunció el Papa Francisco, está a la orden del día en este momento de polarización extrema. Como acaba de decir León XIV a los obispos de Perú, la misión «pasa por una comunión real y afectiva entre los pastores, y entre estos y el Pueblo de Dios, superando divisiones, protagonismos y toda forma de aislamiento». Ya en la primera generación de cristianos había «listos» que pretendían leer la cartilla a unos apóstoles cuyas goteras eran, por otra parte, evidentes. Tirando de ironía, Pablo les respondió que a los apóstoles Dios los coloca como espectáculo para recibir bofetadas en público, mientras que sus acusadores parecen muy sabios y sensatos. Para cualquier cristiano sencillo, aunque le desagrade esto o aquello, la sensatez consiste en permanecer unido al cuerpo total de la Iglesia. No para estar «calladitos», como dicen algunos, sino para hablar dentro de la unidad católica con verdadera «parresía cristiana», esa que tan poco se ve en algunos aficionados a las algaradas. RSS de noticias de sociedad
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