<p>Cuando Argentina invadió las Malvinas en 1982, <strong>Lord Carrington</strong>, entonces ministro de Asuntos Exteriores británico, presentó su dimisión. Carrington no había ordenado la invasión. Tampoco había cometido ninguna negligencia directa. Los fallos fueron difusos pero no era difuso que los había habido dentro de su ámbito de competencia. <strong>Margaret Thatcher</strong> no exigió inicialmente su dimisión, pero Carrington insistió, no como admisión de culpa sino como declaración de principios: la autoridad política conlleva una responsabilidad. Algo elemental que nuestra orgullosa clase política ignora, mientras se escandaliza de la supuesta pérdida de vocación democrática del pueblo, como si el proceso no tuviera relación con su conducta.</p>
«Nuestra orgullosa clase política se escandaliza de la supuesta pérdida de vocación democrática del pueblo, como si el proceso no tuviera relación con su conducta»
<p>Cuando Argentina invadió las Malvinas en 1982, <strong>Lord Carrington</strong>, entonces ministro de Asuntos Exteriores británico, presentó su dimisión. Carrington no había ordenado la invasión. Tampoco había cometido ninguna negligencia directa. Los fallos fueron difusos pero no era difuso que los había habido dentro de su ámbito de competencia. <strong>Margaret Thatcher</strong> no exigió inicialmente su dimisión, pero Carrington insistió, no como admisión de culpa sino como declaración de principios: la autoridad política conlleva una responsabilidad. Algo elemental que nuestra orgullosa clase política ignora, mientras se escandaliza de la supuesta pérdida de vocación democrática del pueblo, como si el proceso no tuviera relación con su conducta.</p>
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