La mejor arquitectura contemporánea es la ruina. Las ciudades de Ucrania reducidas a esqueletos calcinados, Gaza convertida en escombros… El segundo mandato de Trump nos obsequia con ruinas a diario. Hemos dejado de apartar la vista. ¿Qué ocurre cuando se naturaliza la ruina? ¿Qué pasa cuando los escombros dejan de ser excepción y se vuelven paisaje? Yo mismo me he quedado extasiado muchas veces, no sin un cierto rubor, ante la inusitada belleza de las ruinas de Bakhmut, Marinka, Toretsk, Vuhledar… ¡Y Gaza… esos escombros sublimes!Reconozco que siempre he tenido una enorme afinidad con este género distópico, de ‘Blade Runner’ a ‘Deviant Art’. Es el Ruin porn : las fotografías de Yves Marchand y Romain Meffre que convierten a Detroit en catedral: la fábrica muerta y el barrio arrasado compuestos con ojo de paisajista. Capitalizando la tradición paisajista y pintoresca inglesa de Constable, Martin y Turner, Tate Britain consagró el género en la exposición ‘Ruin Lust ‘, en 2014, justo cuando empezaba la guerra en Ucrania. Pero en 2026 las ruinas ya no son para el deleite de la aristocracia británica y estetizar la catástrofe ajena despolitiza el crimen, lo vuelve un decorado. Solo puedo decir en mi defensa que quizá los arquitectos vemos lo que los fundamentalistas del imperativo moral no ven: cada ruina desnuda una verdad distinta . La ruina clásica reduce el edificio a esqueleto —sobrevive lo que carga, se pierde lo que cierra—. La ruina romana expone la masa: Piranesi se deleitaba en el hormigón y el ladrillo que asoman bajo el mármol robado: la ruina como sección, las tripas del edificio a la vista. La cruda verdad.Alois Riegl había descubierto el ‘Ruin porn’ ya en 1903: el valor de antigüedad, el goce de la pátina, del tiempo hecho visible sobre las cosas. Adoramos las ruinas antiguas porque el tiempo las ha domesticado. Georg Simmel, que tenía una sensibilidad más gótica y naturalista, explicaba en 1911 que la ruina es el instante en que la naturaleza reconquista el artificio humano . La hiedra devorando las piedras de la ruina evidencia la fragilidad de lo artificial y su sino inevitable.Pero la ruina de hoy no concede ni pátina ni paz . El bloque de viviendas seccionado por un misil no expone grandeza sino intimidad. La casa de muñecas abierta en canal, el papel pintado, la bañera colgando sobre el vacío, la cocina a la intemperie. No es la ruina monumental del poder, es la ruina doméstica de la víctima : lo privado violado y hecho público. Ruina fresca, escena del crimen sin tiempo de maduración. La intimidad cristalizada de golpe, a la vista de todos. Es la que nos llena las pantallas, y no se parece a las anteriores.Hay quien incluso intentó diseñar las ruinas: Albert Speer teorizó sobre el valor de ruina (Ruinenwerttheorie) y proyectó los edificios del Tercer Reich para que dejaran ruinas tan nobles como las romanas. Francisco Franco lo hizo como un ready-made: congeló los escombros de Belchite como monumento, la ruina por decreto. Matta Clark exponía la estratificación del ‘balloon frame’ de la arquitectura domestica suburbana en Norteamérica. Pero creo que lo realmente poderoso de la ruina es que no se diseña sino que ocurre , como la Arquitectura sin Arquitectos de Rudofsky.Edmund Burke escribió en 1757 que hay dos tipos de belleza: la belleza tranquila —lo armónico, lo proporcionado— y otra cosa, más honda y más turbia, que Burke llamó lo sublime: el extraño placer que da el terror cuando se contempla a salvo . La tormenta desde la ventana, el precipicio con una barandilla delante. No disfrutamos el daño; disfrutamos nuestra distancia de él, y la escala de una fuerza que nos supera. Nos asomamos al abismo.Edificios en ruinas en Mariupol (Ucrania) ReutersLa ruina es el retorno de lo sublime, lo trágico, lo monumental y lo material: todo lo que el arte terapéutico, identitario y discursivo de la última década había exiliado. Frente a un mundo del arte ocupado en la representación, la posicionalidad y el lenguaje, la ruina reafirma la realidad bruta de la masa, la gravedad y la muerte: es tercamente física , indiferente al tiempo vivido ― la durée bergsoniana―, los sentimientos, los manifiestos de posición y al arte situado.La disciplina de la arquitectura ya intentó producir su propia ruina , no con misiles sino con teoría. El deconstructivismo —el MoMA lo bautizó así en 1988— fue posestructuralismo construido. El posestructuralismo y la teoría crítica crecieron sobre los escombros del estructuralismo moderno —el sistema, la gramática universal, el hombre blanco europeo ordenando el mundo. Peter Eisenman proyectaba con Derrida en la mano, Daniel Libeskind hacía del vacío y la fractura una forma, la falla y el fragmento erigidos. Pero nunca se acercaron siquiera a lo sublime.A esa autodemolición le siguió la arquitectura de la culpa y de la empatía. Perdida la confianza, la disciplina se refugió en la penitencia y la piedad —el pabellón participativo, el reconocimiento de tierras, la forma disuelta en la comunidad, el programa y el discurso. La arquitectura se avergonzó de la belleza sublime y atemporal para entregarse a los modos menores del tiempo sentido de la durée. Renunció a erigirse por miedo a ofender . Pero la durée es puro fluir, y la arquitectura perdura. Construir para el sentimiento, la posición o la consigna es congelar el instante en materia: una durée cristalizada no evoluciona, se fosiliza. Por eso esta arquitectura nace caduca, monumento a una emoción que el tiempo ya ha dejado atrás.Viviendas destruidas en Bakhmut (Ucrania) AFPLa razón por la que el discurso de la culpa y el tiempo sentido no ha producido ninguna arquitectura significativa es porque no busca la consistencia interna, sino una relación de empatía con el sujeto, la audiencia o el electorado. Antepone el propósito político al arquitectónico, sin darse cuenta de que los ciclos políticos son mucho más cortos que los arquitectónicos. Hoy son los misiles los que producen lo sublime a destiempo a base de acelerar la destrucción: la ruina real llega antes de tiempo, cortocircuita la durée y supera cuanto la disciplina se atreve a proyectar.La arquitectura woke , si es que alguna vez existió, no murió de crítica: murió por comparación. Al lado de Mariúpol, el pabellón participativo y la ciudad de los cuidados son provincianos y carecen de profundidad temporal. Ya no hace falta proyectar monumentos: el misil los erige. Quizá nos devuelva lo trágico que la arquitectura terapéutica y políticamente correcta nos negó: la escala y la muerte. Quizá sea la anestesia final: la ruina como fondo de pantalla, la catástrofe vuelta atmósfera.De los escombros de la arquitectura identitaria, terapéutica, empática y socialmente justa emerge al fin una posibilidad para reconstruir. La ruina no solo acusa: enseña. Revela lo que perdura cuando todo lo demás ha caído —la geometría, la estructura, la masa, la gravedad—, y ahí está el posible renacimiento, que no es un estilo sino un regreso a lo irreducible. Una arquitectura que vuelva a responder de su peso antes que de su discurso; que trabaje la piedra, el hormigón y la luz como hechos y no como metáforas o como máximas proferidas en neolenguas; que recupere la forma, la escala y la geometría sin pedir perdón. No la monumentalidad del poder ni la penitencia de la culpa: la seriedad de lo que está construido para durar. Hay que empezar por lo que queda en pie.Alejandro Zaera-Polo Arquitecto español fundador de Alejandro Zaera-Polo & Maider Llaguno Architecture (AZPML). Ha sido decano de la Facultad de Arquitectura de Princeton y del Berlage Institute en Rotterdam La mejor arquitectura contemporánea es la ruina. Las ciudades de Ucrania reducidas a esqueletos calcinados, Gaza convertida en escombros… El segundo mandato de Trump nos obsequia con ruinas a diario. Hemos dejado de apartar la vista. ¿Qué ocurre cuando se naturaliza la ruina? ¿Qué pasa cuando los escombros dejan de ser excepción y se vuelven paisaje? Yo mismo me he quedado extasiado muchas veces, no sin un cierto rubor, ante la inusitada belleza de las ruinas de Bakhmut, Marinka, Toretsk, Vuhledar… ¡Y Gaza… esos escombros sublimes!Reconozco que siempre he tenido una enorme afinidad con este género distópico, de ‘Blade Runner’ a ‘Deviant Art’. Es el Ruin porn : las fotografías de Yves Marchand y Romain Meffre que convierten a Detroit en catedral: la fábrica muerta y el barrio arrasado compuestos con ojo de paisajista. Capitalizando la tradición paisajista y pintoresca inglesa de Constable, Martin y Turner, Tate Britain consagró el género en la exposición ‘Ruin Lust ‘, en 2014, justo cuando empezaba la guerra en Ucrania. Pero en 2026 las ruinas ya no son para el deleite de la aristocracia británica y estetizar la catástrofe ajena despolitiza el crimen, lo vuelve un decorado. Solo puedo decir en mi defensa que quizá los arquitectos vemos lo que los fundamentalistas del imperativo moral no ven: cada ruina desnuda una verdad distinta . La ruina clásica reduce el edificio a esqueleto —sobrevive lo que carga, se pierde lo que cierra—. La ruina romana expone la masa: Piranesi se deleitaba en el hormigón y el ladrillo que asoman bajo el mármol robado: la ruina como sección, las tripas del edificio a la vista. La cruda verdad.Alois Riegl había descubierto el ‘Ruin porn’ ya en 1903: el valor de antigüedad, el goce de la pátina, del tiempo hecho visible sobre las cosas. Adoramos las ruinas antiguas porque el tiempo las ha domesticado. Georg Simmel, que tenía una sensibilidad más gótica y naturalista, explicaba en 1911 que la ruina es el instante en que la naturaleza reconquista el artificio humano . La hiedra devorando las piedras de la ruina evidencia la fragilidad de lo artificial y su sino inevitable.Pero la ruina de hoy no concede ni pátina ni paz . El bloque de viviendas seccionado por un misil no expone grandeza sino intimidad. La casa de muñecas abierta en canal, el papel pintado, la bañera colgando sobre el vacío, la cocina a la intemperie. No es la ruina monumental del poder, es la ruina doméstica de la víctima : lo privado violado y hecho público. Ruina fresca, escena del crimen sin tiempo de maduración. La intimidad cristalizada de golpe, a la vista de todos. Es la que nos llena las pantallas, y no se parece a las anteriores.Hay quien incluso intentó diseñar las ruinas: Albert Speer teorizó sobre el valor de ruina (Ruinenwerttheorie) y proyectó los edificios del Tercer Reich para que dejaran ruinas tan nobles como las romanas. Francisco Franco lo hizo como un ready-made: congeló los escombros de Belchite como monumento, la ruina por decreto. Matta Clark exponía la estratificación del ‘balloon frame’ de la arquitectura domestica suburbana en Norteamérica. Pero creo que lo realmente poderoso de la ruina es que no se diseña sino que ocurre , como la Arquitectura sin Arquitectos de Rudofsky.Edmund Burke escribió en 1757 que hay dos tipos de belleza: la belleza tranquila —lo armónico, lo proporcionado— y otra cosa, más honda y más turbia, que Burke llamó lo sublime: el extraño placer que da el terror cuando se contempla a salvo . La tormenta desde la ventana, el precipicio con una barandilla delante. No disfrutamos el daño; disfrutamos nuestra distancia de él, y la escala de una fuerza que nos supera. Nos asomamos al abismo.Edificios en ruinas en Mariupol (Ucrania) ReutersLa ruina es el retorno de lo sublime, lo trágico, lo monumental y lo material: todo lo que el arte terapéutico, identitario y discursivo de la última década había exiliado. Frente a un mundo del arte ocupado en la representación, la posicionalidad y el lenguaje, la ruina reafirma la realidad bruta de la masa, la gravedad y la muerte: es tercamente física , indiferente al tiempo vivido ― la durée bergsoniana―, los sentimientos, los manifiestos de posición y al arte situado.La disciplina de la arquitectura ya intentó producir su propia ruina , no con misiles sino con teoría. El deconstructivismo —el MoMA lo bautizó así en 1988— fue posestructuralismo construido. El posestructuralismo y la teoría crítica crecieron sobre los escombros del estructuralismo moderno —el sistema, la gramática universal, el hombre blanco europeo ordenando el mundo. Peter Eisenman proyectaba con Derrida en la mano, Daniel Libeskind hacía del vacío y la fractura una forma, la falla y el fragmento erigidos. Pero nunca se acercaron siquiera a lo sublime.A esa autodemolición le siguió la arquitectura de la culpa y de la empatía. Perdida la confianza, la disciplina se refugió en la penitencia y la piedad —el pabellón participativo, el reconocimiento de tierras, la forma disuelta en la comunidad, el programa y el discurso. La arquitectura se avergonzó de la belleza sublime y atemporal para entregarse a los modos menores del tiempo sentido de la durée. Renunció a erigirse por miedo a ofender . Pero la durée es puro fluir, y la arquitectura perdura. Construir para el sentimiento, la posición o la consigna es congelar el instante en materia: una durée cristalizada no evoluciona, se fosiliza. Por eso esta arquitectura nace caduca, monumento a una emoción que el tiempo ya ha dejado atrás.Viviendas destruidas en Bakhmut (Ucrania) AFPLa razón por la que el discurso de la culpa y el tiempo sentido no ha producido ninguna arquitectura significativa es porque no busca la consistencia interna, sino una relación de empatía con el sujeto, la audiencia o el electorado. Antepone el propósito político al arquitectónico, sin darse cuenta de que los ciclos políticos son mucho más cortos que los arquitectónicos. Hoy son los misiles los que producen lo sublime a destiempo a base de acelerar la destrucción: la ruina real llega antes de tiempo, cortocircuita la durée y supera cuanto la disciplina se atreve a proyectar.La arquitectura woke , si es que alguna vez existió, no murió de crítica: murió por comparación. Al lado de Mariúpol, el pabellón participativo y la ciudad de los cuidados son provincianos y carecen de profundidad temporal. Ya no hace falta proyectar monumentos: el misil los erige. Quizá nos devuelva lo trágico que la arquitectura terapéutica y políticamente correcta nos negó: la escala y la muerte. Quizá sea la anestesia final: la ruina como fondo de pantalla, la catástrofe vuelta atmósfera.De los escombros de la arquitectura identitaria, terapéutica, empática y socialmente justa emerge al fin una posibilidad para reconstruir. La ruina no solo acusa: enseña. Revela lo que perdura cuando todo lo demás ha caído —la geometría, la estructura, la masa, la gravedad—, y ahí está el posible renacimiento, que no es un estilo sino un regreso a lo irreducible. Una arquitectura que vuelva a responder de su peso antes que de su discurso; que trabaje la piedra, el hormigón y la luz como hechos y no como metáforas o como máximas proferidas en neolenguas; que recupere la forma, la escala y la geometría sin pedir perdón. No la monumentalidad del poder ni la penitencia de la culpa: la seriedad de lo que está construido para durar. Hay que empezar por lo que queda en pie.Alejandro Zaera-Polo Arquitecto español fundador de Alejandro Zaera-Polo & Maider Llaguno Architecture (AZPML). Ha sido decano de la Facultad de Arquitectura de Princeton y del Berlage Institute en Rotterdam La mejor arquitectura contemporánea es la ruina. Las ciudades de Ucrania reducidas a esqueletos calcinados, Gaza convertida en escombros… El segundo mandato de Trump nos obsequia con ruinas a diario. Hemos dejado de apartar la vista. ¿Qué ocurre cuando se naturaliza la ruina? ¿Qué pasa cuando los escombros dejan de ser excepción y se vuelven paisaje? Yo mismo me he quedado extasiado muchas veces, no sin un cierto rubor, ante la inusitada belleza de las ruinas de Bakhmut, Marinka, Toretsk, Vuhledar… ¡Y Gaza… esos escombros sublimes!Reconozco que siempre he tenido una enorme afinidad con este género distópico, de ‘Blade Runner’ a ‘Deviant Art’. Es el Ruin porn : las fotografías de Yves Marchand y Romain Meffre que convierten a Detroit en catedral: la fábrica muerta y el barrio arrasado compuestos con ojo de paisajista. Capitalizando la tradición paisajista y pintoresca inglesa de Constable, Martin y Turner, Tate Britain consagró el género en la exposición ‘Ruin Lust ‘, en 2014, justo cuando empezaba la guerra en Ucrania. Pero en 2026 las ruinas ya no son para el deleite de la aristocracia británica y estetizar la catástrofe ajena despolitiza el crimen, lo vuelve un decorado. Solo puedo decir en mi defensa que quizá los arquitectos vemos lo que los fundamentalistas del imperativo moral no ven: cada ruina desnuda una verdad distinta . La ruina clásica reduce el edificio a esqueleto —sobrevive lo que carga, se pierde lo que cierra—. La ruina romana expone la masa: Piranesi se deleitaba en el hormigón y el ladrillo que asoman bajo el mármol robado: la ruina como sección, las tripas del edificio a la vista. La cruda verdad.Alois Riegl había descubierto el ‘Ruin porn’ ya en 1903: el valor de antigüedad, el goce de la pátina, del tiempo hecho visible sobre las cosas. Adoramos las ruinas antiguas porque el tiempo las ha domesticado. Georg Simmel, que tenía una sensibilidad más gótica y naturalista, explicaba en 1911 que la ruina es el instante en que la naturaleza reconquista el artificio humano . La hiedra devorando las piedras de la ruina evidencia la fragilidad de lo artificial y su sino inevitable.Pero la ruina de hoy no concede ni pátina ni paz . El bloque de viviendas seccionado por un misil no expone grandeza sino intimidad. La casa de muñecas abierta en canal, el papel pintado, la bañera colgando sobre el vacío, la cocina a la intemperie. No es la ruina monumental del poder, es la ruina doméstica de la víctima : lo privado violado y hecho público. Ruina fresca, escena del crimen sin tiempo de maduración. La intimidad cristalizada de golpe, a la vista de todos. Es la que nos llena las pantallas, y no se parece a las anteriores.Hay quien incluso intentó diseñar las ruinas: Albert Speer teorizó sobre el valor de ruina (Ruinenwerttheorie) y proyectó los edificios del Tercer Reich para que dejaran ruinas tan nobles como las romanas. Francisco Franco lo hizo como un ready-made: congeló los escombros de Belchite como monumento, la ruina por decreto. Matta Clark exponía la estratificación del ‘balloon frame’ de la arquitectura domestica suburbana en Norteamérica. Pero creo que lo realmente poderoso de la ruina es que no se diseña sino que ocurre , como la Arquitectura sin Arquitectos de Rudofsky.Edmund Burke escribió en 1757 que hay dos tipos de belleza: la belleza tranquila —lo armónico, lo proporcionado— y otra cosa, más honda y más turbia, que Burke llamó lo sublime: el extraño placer que da el terror cuando se contempla a salvo . La tormenta desde la ventana, el precipicio con una barandilla delante. No disfrutamos el daño; disfrutamos nuestra distancia de él, y la escala de una fuerza que nos supera. Nos asomamos al abismo.Edificios en ruinas en Mariupol (Ucrania) ReutersLa ruina es el retorno de lo sublime, lo trágico, lo monumental y lo material: todo lo que el arte terapéutico, identitario y discursivo de la última década había exiliado. Frente a un mundo del arte ocupado en la representación, la posicionalidad y el lenguaje, la ruina reafirma la realidad bruta de la masa, la gravedad y la muerte: es tercamente física , indiferente al tiempo vivido ― la durée bergsoniana―, los sentimientos, los manifiestos de posición y al arte situado.La disciplina de la arquitectura ya intentó producir su propia ruina , no con misiles sino con teoría. El deconstructivismo —el MoMA lo bautizó así en 1988— fue posestructuralismo construido. El posestructuralismo y la teoría crítica crecieron sobre los escombros del estructuralismo moderno —el sistema, la gramática universal, el hombre blanco europeo ordenando el mundo. Peter Eisenman proyectaba con Derrida en la mano, Daniel Libeskind hacía del vacío y la fractura una forma, la falla y el fragmento erigidos. Pero nunca se acercaron siquiera a lo sublime.A esa autodemolición le siguió la arquitectura de la culpa y de la empatía. Perdida la confianza, la disciplina se refugió en la penitencia y la piedad —el pabellón participativo, el reconocimiento de tierras, la forma disuelta en la comunidad, el programa y el discurso. La arquitectura se avergonzó de la belleza sublime y atemporal para entregarse a los modos menores del tiempo sentido de la durée. Renunció a erigirse por miedo a ofender . Pero la durée es puro fluir, y la arquitectura perdura. Construir para el sentimiento, la posición o la consigna es congelar el instante en materia: una durée cristalizada no evoluciona, se fosiliza. Por eso esta arquitectura nace caduca, monumento a una emoción que el tiempo ya ha dejado atrás.Viviendas destruidas en Bakhmut (Ucrania) AFPLa razón por la que el discurso de la culpa y el tiempo sentido no ha producido ninguna arquitectura significativa es porque no busca la consistencia interna, sino una relación de empatía con el sujeto, la audiencia o el electorado. Antepone el propósito político al arquitectónico, sin darse cuenta de que los ciclos políticos son mucho más cortos que los arquitectónicos. Hoy son los misiles los que producen lo sublime a destiempo a base de acelerar la destrucción: la ruina real llega antes de tiempo, cortocircuita la durée y supera cuanto la disciplina se atreve a proyectar.La arquitectura woke , si es que alguna vez existió, no murió de crítica: murió por comparación. Al lado de Mariúpol, el pabellón participativo y la ciudad de los cuidados son provincianos y carecen de profundidad temporal. Ya no hace falta proyectar monumentos: el misil los erige. Quizá nos devuelva lo trágico que la arquitectura terapéutica y políticamente correcta nos negó: la escala y la muerte. Quizá sea la anestesia final: la ruina como fondo de pantalla, la catástrofe vuelta atmósfera.De los escombros de la arquitectura identitaria, terapéutica, empática y socialmente justa emerge al fin una posibilidad para reconstruir. La ruina no solo acusa: enseña. Revela lo que perdura cuando todo lo demás ha caído —la geometría, la estructura, la masa, la gravedad—, y ahí está el posible renacimiento, que no es un estilo sino un regreso a lo irreducible. Una arquitectura que vuelva a responder de su peso antes que de su discurso; que trabaje la piedra, el hormigón y la luz como hechos y no como metáforas o como máximas proferidas en neolenguas; que recupere la forma, la escala y la geometría sin pedir perdón. No la monumentalidad del poder ni la penitencia de la culpa: la seriedad de lo que está construido para durar. Hay que empezar por lo que queda en pie.Alejandro Zaera-Polo Arquitecto español fundador de Alejandro Zaera-Polo & Maider Llaguno Architecture (AZPML). Ha sido decano de la Facultad de Arquitectura de Princeton y del Berlage Institute en Rotterdam RSS de noticias de cultura
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