En los primeros días de la guerra con Irán, la presidenta de la Comisión Europea quiso dar a entender que no merecería la pena discutir si el conflicto era elegido o necesario. Vino a decir que había llegado como un meteorito, un acontecimiento externo al que simplemente había que adaptarse pragmáticamente. Pero ni siquiera los meteoritos viajan por el vacío absoluto. Su trayectoria puede alterarse por campos gravitatorios, colisiones o perturbaciones menores. En política internacional ocurre lo mismo: los hechos no aparecen de la nada , sino que son el resultado de decisiones acumuladas o, peor, de responsabilidades no atendidas.La guerra que hoy sacude Oriente Próximo no es una fatalidad cósmica. Es una elección hecha por el presidente de Estados Unidos. Cuando Donald Trump ordenó el inicio de la Operación Furia Épica , muchos sospechamos que Washington se estaba alejando de la llamada doctrina Powell: objetivos políticos claros, un interés nacional vital, empleo de fuerza abrumadora y, sobre todo, una estrategia de salida definida. Hoy esa sospecha está casi confirmada.En el plano militar, EE.UU. puede haber obtenido éxitos indiscutibles. La campaña aérea ha destruido gran parte de las defensas iraníes y hundido decenas de sus buques. Pero la victoria táctica no se ha traducido en control estratégico. El mejor ejemplo es el estrecho de Ormuz . Tras el inicio del conflicto el tráfico comercial se ha desplomado. No por un bloqueo naval clásico, sino por algo más prosaico: el seguro. El transporte marítimo internacional depende de un sistema complejo de aseguramiento privado. Los armadores necesitan cobertura para daños al buque, responsabilidad civil y, en zonas de conflicto, riesgo de guerra. Cuando este último desaparece o se vuelve caro, los barcos simplemente no navegan. Las primas de seguro de guerra, que antes de la crisis se situaban en torno al 0,05-0,25% del valor del buque, han llegado a multiplicarse hasta entre el 1% y el 3% por tránsito. Para un petrolero moderno valorado en unos 100 millones de dólares , eso significa entre uno y tres millones adicionales por cada cruce. En muchos casos, más que el margen comercial del viaje.Esto revela algo más profundo. EE.UU. puede dominar el campo de batalla, pero eso no basta para restablecer la normalidad económica. La reapertura real del tráfico exige algo más lento y complejo: que el mercado asegurador vuelva a considerar el tránsito un riesgo asumible. Y ese proceso no depende de los bombarderos de Trump , sino de algo que EE.UU. no es capaz de crear ahora: confianza.De ahí el giro retórico de Trump, que tras proclamar que Estados Unidos había «diezmado completamente» a Irán pide ahora una coalición internacional para escoltar el tráfico petrolero por Ormuz. El mensaje es revelador: Washington ganó la batalla aérea , pero no puede garantizar el funcionamiento del comercio mundial por sí solo.La política exterior estadounidense ha entrado en un terreno incómodo. Si Estados Unidos asume en solitario la seguridad del estrecho, el conflicto se convierte en una guerra larga y costosa. Si intenta internacionalizar la tarea, admite implícitamente que la intervención inicial no ha sido más que una chapuza de su comandante en jefe . En los primeros días de la guerra con Irán, la presidenta de la Comisión Europea quiso dar a entender que no merecería la pena discutir si el conflicto era elegido o necesario. Vino a decir que había llegado como un meteorito, un acontecimiento externo al que simplemente había que adaptarse pragmáticamente. Pero ni siquiera los meteoritos viajan por el vacío absoluto. Su trayectoria puede alterarse por campos gravitatorios, colisiones o perturbaciones menores. En política internacional ocurre lo mismo: los hechos no aparecen de la nada , sino que son el resultado de decisiones acumuladas o, peor, de responsabilidades no atendidas.La guerra que hoy sacude Oriente Próximo no es una fatalidad cósmica. Es una elección hecha por el presidente de Estados Unidos. Cuando Donald Trump ordenó el inicio de la Operación Furia Épica , muchos sospechamos que Washington se estaba alejando de la llamada doctrina Powell: objetivos políticos claros, un interés nacional vital, empleo de fuerza abrumadora y, sobre todo, una estrategia de salida definida. Hoy esa sospecha está casi confirmada.En el plano militar, EE.UU. puede haber obtenido éxitos indiscutibles. La campaña aérea ha destruido gran parte de las defensas iraníes y hundido decenas de sus buques. Pero la victoria táctica no se ha traducido en control estratégico. El mejor ejemplo es el estrecho de Ormuz . Tras el inicio del conflicto el tráfico comercial se ha desplomado. No por un bloqueo naval clásico, sino por algo más prosaico: el seguro. El transporte marítimo internacional depende de un sistema complejo de aseguramiento privado. Los armadores necesitan cobertura para daños al buque, responsabilidad civil y, en zonas de conflicto, riesgo de guerra. Cuando este último desaparece o se vuelve caro, los barcos simplemente no navegan. Las primas de seguro de guerra, que antes de la crisis se situaban en torno al 0,05-0,25% del valor del buque, han llegado a multiplicarse hasta entre el 1% y el 3% por tránsito. Para un petrolero moderno valorado en unos 100 millones de dólares , eso significa entre uno y tres millones adicionales por cada cruce. En muchos casos, más que el margen comercial del viaje.Esto revela algo más profundo. EE.UU. puede dominar el campo de batalla, pero eso no basta para restablecer la normalidad económica. La reapertura real del tráfico exige algo más lento y complejo: que el mercado asegurador vuelva a considerar el tránsito un riesgo asumible. Y ese proceso no depende de los bombarderos de Trump , sino de algo que EE.UU. no es capaz de crear ahora: confianza.De ahí el giro retórico de Trump, que tras proclamar que Estados Unidos había «diezmado completamente» a Irán pide ahora una coalición internacional para escoltar el tráfico petrolero por Ormuz. El mensaje es revelador: Washington ganó la batalla aérea , pero no puede garantizar el funcionamiento del comercio mundial por sí solo.La política exterior estadounidense ha entrado en un terreno incómodo. Si Estados Unidos asume en solitario la seguridad del estrecho, el conflicto se convierte en una guerra larga y costosa. Si intenta internacionalizar la tarea, admite implícitamente que la intervención inicial no ha sido más que una chapuza de su comandante en jefe . En los primeros días de la guerra con Irán, la presidenta de la Comisión Europea quiso dar a entender que no merecería la pena discutir si el conflicto era elegido o necesario. Vino a decir que había llegado como un meteorito, un acontecimiento externo al que simplemente había que adaptarse pragmáticamente. Pero ni siquiera los meteoritos viajan por el vacío absoluto. Su trayectoria puede alterarse por campos gravitatorios, colisiones o perturbaciones menores. En política internacional ocurre lo mismo: los hechos no aparecen de la nada , sino que son el resultado de decisiones acumuladas o, peor, de responsabilidades no atendidas.La guerra que hoy sacude Oriente Próximo no es una fatalidad cósmica. Es una elección hecha por el presidente de Estados Unidos. Cuando Donald Trump ordenó el inicio de la Operación Furia Épica , muchos sospechamos que Washington se estaba alejando de la llamada doctrina Powell: objetivos políticos claros, un interés nacional vital, empleo de fuerza abrumadora y, sobre todo, una estrategia de salida definida. Hoy esa sospecha está casi confirmada.En el plano militar, EE.UU. puede haber obtenido éxitos indiscutibles. La campaña aérea ha destruido gran parte de las defensas iraníes y hundido decenas de sus buques. Pero la victoria táctica no se ha traducido en control estratégico. El mejor ejemplo es el estrecho de Ormuz . Tras el inicio del conflicto el tráfico comercial se ha desplomado. No por un bloqueo naval clásico, sino por algo más prosaico: el seguro. El transporte marítimo internacional depende de un sistema complejo de aseguramiento privado. Los armadores necesitan cobertura para daños al buque, responsabilidad civil y, en zonas de conflicto, riesgo de guerra. Cuando este último desaparece o se vuelve caro, los barcos simplemente no navegan. Las primas de seguro de guerra, que antes de la crisis se situaban en torno al 0,05-0,25% del valor del buque, han llegado a multiplicarse hasta entre el 1% y el 3% por tránsito. Para un petrolero moderno valorado en unos 100 millones de dólares , eso significa entre uno y tres millones adicionales por cada cruce. En muchos casos, más que el margen comercial del viaje.Esto revela algo más profundo. EE.UU. puede dominar el campo de batalla, pero eso no basta para restablecer la normalidad económica. La reapertura real del tráfico exige algo más lento y complejo: que el mercado asegurador vuelva a considerar el tránsito un riesgo asumible. Y ese proceso no depende de los bombarderos de Trump , sino de algo que EE.UU. no es capaz de crear ahora: confianza.De ahí el giro retórico de Trump, que tras proclamar que Estados Unidos había «diezmado completamente» a Irán pide ahora una coalición internacional para escoltar el tráfico petrolero por Ormuz. El mensaje es revelador: Washington ganó la batalla aérea , pero no puede garantizar el funcionamiento del comercio mundial por sí solo.La política exterior estadounidense ha entrado en un terreno incómodo. Si Estados Unidos asume en solitario la seguridad del estrecho, el conflicto se convierte en una guerra larga y costosa. Si intenta internacionalizar la tarea, admite implícitamente que la intervención inicial no ha sido más que una chapuza de su comandante en jefe . RSS de noticias de economia
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